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ENTREVISTA
Psicóloga y sexóloga

Raquel Graña: “¿Quién nos enseña el amor propio si desde que eres pequeña solo te preguntan quién te gusta o cuántos novios tienes ya?”

Raquel Graña.

Patricia Gea

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Gracias a su trabajo, Raquel Graña se adentra a diario en un terreno desconocido y enigmático para la mayoría los adultos: la mente adolescente. Desde hace cuatro años, esta psicóloga y sexóloga recorre los colegios e institutos de toda Galicia enseñando educación afectivo-sexual. Cuenta que cuando entra en una clase, al contrario de lo que surge en la imaginación, todos los jóvenes se quedan en absoluto silencio porque “les interesa lo que van a escuchar”.

 Sus talleres llegan también a otras 600.000 personas a través de su canal de Youtube, Íntimas Conexiones, y desde el pasado junio se ha hecho un hueco en las librerías españolas con su libro Sex-On, un relato en clave adolescente, pero útil para todos los públicos. De sus charlas con adolescentes, de las aproximaciones a lo que les preocupa, les asusta, a sus dudas y su percepción del mundo se nutren las historias de los cuatro personajes de Sex-On, que es mucho más que un libro de sexo: un libro sobre sexualidad adolescente.  

Lo primero que llama la atención en el libro es el concepto sesgado de sexualidad que seguimos manejando en el imaginario colectivo y que gira solo en torno a las relaciones sexuales. ¿Qué es, en todo su sentido, la sexualidad?

La sexualidad es toda forma de comportamiento que tenga como objetivo relacionarse con los demás, desde la familia a las personas que nos gustan, con nuestros amigos o con los profesores… Nacemos con sexo, somos seres sexuados y cualquier tipo de relación afectiva con otras personas ya es sexualidad. Digamos que creo que lo afectivo es sexual y por eso la educación en este terreno sirve, además de para conocer, por ejemplo, los órganos reproductores, para aprender a entablar relaciones sanas con los demás.  

¿Dónde educan su sexualidad los adolescentes?  

En las redes sociales, en las series, en el porno… Por lo general, malos recursos. Las series, por ejemplo, no suelen representar bien a los adolescentes. Muestran perfiles estereotipados e infantilizados con vidas superficiales, mientras que los adolescentes son diversos y mucho más inteligentes de lo que pensamos. Nos negamos a verlo y nadie les enseña a responderse preguntas trascendentales para su crecimiento personal como por qué existimos, por qué sentimos, qué sabemos de nosotros mismos o cómo podemos conocernos. Y esto genera relaciones disfuncionales.

¿Empieza entonces la educación sexual por el auto-conocimiento?

Sí, de hecho en los institutos comenzamos las sesiones por hacernos esas preguntas: cómo sabes quién eres, qué te gusta de ti y qué no te gusta, que capacidades tienes, qué debilidades… Y siempre sale el tema de la autoestima, que es importante porque afecta a la forma en que socializamos. Llevado a un extremo, una muy baja autoestima puede suponer un muro infranqueable que no te deja entablar ningún tipo de relación. Pero eso respondería a una experiencia traumática muy fuerte. Sí es común por el contrario que muestren una fachada que no se corresponde con quienes son en realidad, lo hacen para sentirse más seguros de sí mismos.

Esto está muy ligado a las redes sociales, donde ellos también se educan. Algunas de estas aplicaciones, como Instagram, son muy tóxicas porque solo muestran lo mejor de la vida de la gente. Los demás creen que es una imagen real y quieren tener lo mismo, pero es una imagen proyectada, no real. Trabajo con influencers que sufren problemas de ansiedad, pero eso no se muestra.

¿Es mejor que esta educación empiece en casa o en el colegio? ¿Van a hacer más caso los hijos a una sexóloga que a sus padres?

Tiene que ser un mix. Les digo a las familias que en primaria ya pueden empezar a crear la confianza para que los niños, como es natural, puedan preguntar las dudas que les surgen y los padres responderlas con sinceridad. Tememos que les dé vergüenza o que se rían, pero si lo hacen es porque es un tema tabú para los adultos y les mandamos el mensaje de que es algo prohibido, en vez de normalizarlo. Y esto empieza muy pronto. Hay una conducta muy común en los niños y niñas que es tocarse los genitales o restregarse contra el sofá, por ejemplo, porque se están explorando. La respuesta de los padres suele ser la prohibición. Les decimos que no lo hagan cuando lo correcto es decirles que se exploren cuando estén solos en su cuarto y, además, hablar con ellos sobre eso que despierta su interés.

¿Qué conseguimos realmente concediéndole al sexo ese carácter de pecado al que es mejor no nombrar?

Por un lado generar un sentimiento de culpabilidad y por otro que busquen la información por otras vías, como Internet. En cuanto al sentimiento de culpabilidad se ve claramente en todo lo que rodea a la masturbación o a las primeras relaciones sexuales, se esconde, es tabú. Además sigue impregnado de machismo: las chicas le dan más importancia a la “virginidad”, fíjate qué concepto tan antiguo, y tardan mucho en “perderla” porque les han dicho que ha de ser un momento especial. Quien tiene pene lo normaliza todo más, empezando por el lenguaje: cómo se nombran las cosas. Al pene se le llama pene y a la vulva se le ponen mil nombres menos el que es; o lo llaman vagina porque ignoran que ésta es solo una parte de la vulva. Ahora creo que empieza a haber libros de anatomía que empiezan a hablar del clítoris como estímulo del placer femenino. Hasta ahora no estaba reflejado en ninguna parte, éramos órganos de reproducción sexual. Por eso ellas normalmente descubren el placer más tarde, en la ESO y ellos antes, en primaria.

¿Lo descubren a través del porno?

 Sí. Para ellas es demasiado agresivo, pero a ellos les suele gustar. Pero como no vale de nada prohibir porque todo lo que prohíbas se vuelve atractivo, lo que hago son dinámicas en las que me focalizo en las consecuencias que tiene ver esas imágenes. Al inicio del taller les pido, por grupos, que elijan entre dar motivos por los que sí ver porno o dar motivos por los que no verlo. Observé, primero, que siempre decidían elegir motivos por los que sí ver porno, y segundo, el importante papel que juega la presión de grupo. Después de que ellos reflexionan les cuento que el porno es machista, que refleja a la mujer como un objeto de sumisión y al hombre como sujeto de dominación y que al verlo tienen que saber diferenciar entre la fantasía y el deseo. La fantasía se queda en la cabeza, el deseo se puede llegar a materializar y no puede adoptar esas formas. Algunas de las cosas que ven son delito. 

¿Se puede sacar algo positivo del porno?

Del porno en sí, no lo creo. Solo provoca excitación y ayuda con la masturbación, más que nada porque lo haces rápido para que no te pillen, pero nada más. El bienestar, el placer, la relajación…están asociados a la masturbación, no al porno. Lo ideal es que no lo vean como una forma de educarse en el sexo ni como una verdad absoluta. Pero alguien tiene que explicárselo, claro.

En una parte del libro, la protagonista reflexiona sobre sus sentimientos con esta expresión: “Siento celos, así que eso significa que me gusta (un chico)”. ¿Cómo emerge la toxicidad en las relaciones adolescentes? ¿Son los celos una manifestación común?

Esto viene porque en uno de los talleres planteé la pregunta de qué cosas tendría que tener nuestra pareja ideal y muchas chicas escribieron: “que sea un poquito celoso”. ¿Por qué? Porque lo asocian con el interés que muestran en ellas: a más celos, más interés. Los chicos, sin embargo, no querían una pareja celosa, ni un poquito. Hay que explicar a las adolescentes que el interés que se desprende de los celos no es un interés real. Es complicado desmontarlo porque nos han puesto el amor como algo muy bonito para lo que hay que dar el 100%. Es común entre las parejas adolescentes que se pidan las contraseñas de las redes sociales, enseñarse los mensajes que les mandan, saber continuamente dónde están…

¿Cómo puede actuar el entorno en una de control así? ¿Debería estar simplemente alerta o intervenir?

Hay que entender la adolescencia como una etapa en que las hormonas están por los aires y que les ciegan. Si nos ponemos en su lugar podremos identificar mejor qué les pasa. Lo primero es que las relaciones tóxicas se vienen fomentando desde la infancia y no somos conscientes. ¿Quién nos enseña el amor propio si desde que eres pequeño solo te preguntan si tienes novio o cuántos novios tienes ya? Desde ese momento les estamos condicionando. Una persona solo va a salir de una relación tóxica cuando ella misma se dé cuenta de que lo es. Es importante que tenga los mecanismos para reconocerlo, educación sexual, y una red de apoyos fuera de la pareja para que no tenga la sensación, que se tiene, de que si no tienes pareja vas a estar sola. En los talleres trabajo mucho la empatía en los grupos de amigos porque son clave para que una persona decida dejar una relación tóxica sabiendo que va a seguir estando acompañada. Se basa en hacerse consciente a medida que descubres patrones y repites. Cada vez que encuentras a alguien los ves antes. La terapia y la educación ayuda a que la gente sea consciente y pueda cambiar.

Si a un adulto, con su experiencia, le cuesta diferenciar qué persona es adecuada para él o qué actitudes son tóxicas, ¿cómo puede hacerlo un adolescente que carece de ese bagaje?

Como ellos no cuentan con ese aprendizaje derivado del ensayo-error, les digo que la clave está en el tiempo. Dar tiempo a que sucedan las cosas, dedicarle tiempo a esa persona para conocerla, que es así como se demuestra el interés real, pasar tiempo también con sus amigos para ver cómo se comporta en su círculo… Trato de que enfoquen el inicio de las relaciones desde una perspectiva amistosa más que desde el condicionante, para ellos tan grande, que supone una relación. Cuando te gusta alguien y quieres que sea tu pareja haces todo para gustarle, pero después eso se desmorona y puede descubrirse un “yo real” que ya no es lo mismo y que no te gusta. Es difícil romper con eso en la adolescencia porque las hormonas no dejan que desaparezca la atracción, que ya se ha despertado.

¿Se pueden educar esas emociones?

Por supuesto. La gestión emocional comienza, de hecho, por dar espacio a las emociones. Ahora es muy común encontrar vídeos en las redes sociales invitando a no llorar, a ser siempre feliz… Una chica que vino a verme me dijo que ella no se enfadaba nunca porque controlaba sus emociones. Le dije: eso no es control emocional, es bloqueo y se somatiza. Los adolescentes, como todos, han de tener espacio para llorar, reír, sentir rabia, miedo… y aprenderán a gestionar la frustración y a dar una respuesta cuando pase ese pico. La emoción hay que sentirla y vivirla porque nos está enseñando algo.

Todos hemos pasado por la adolescencia, pero sin embargo parece que demasiado a menudo dejamos de entenderlos y nos preguntamos: ¿qué les pasa a los adolescentes? Yo le pregunto ahora ¿qué nos pasa a los adultos, por qué nos cuesta tanto comprenderles?

 La mayoría de los adultos les tratan como si fueran niños, y ya no lo son, y minimizan sus problemas como si no tuvieran importancia. Llevo cuatro años trabajando con ellos en institutos y esa es la sensación que se les transmite. Creemos, por ejemplo, que si les hablamos de sexo en el aula se van a reír o van a vacilar, pero cuando entro a la clase todos se callan, porque les interesa lo que tengo que contarles y porque les trato de iguales. Aunque me interesa que este libro de educación sexual llegue a las familias, quiero sobre todo que llegue a los adolescentes. Ellos son quienes le conceden más importancia a su educación sexual.  Prohibirlo solo servirá para que busquen otra vía de información, como Internet. 

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