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ENTREVISTA Exministro de Sanidad

Salvador Illa: “Cuento algunas cosas que en su momento no pude porque quiero explicar por qué hicimos lo que hicimos”

Salvador Illa, este pasado jueves en Madrid.

Natalia Chientaroli

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Los primeros minutos se parecen a los de casi exactamente dos años atrás, cuando la entrevista era en el Ministerio de Sanidad. La misma sonrisa y la misma disposición, las mismas gafas con las que pasó de ser un político prácticamente desconocido a la persona más importante de España, casi más que el propio presidente del Gobierno. En septiembre de 2020 Salvador Illa movía el timón en plena tempestad pandémica, pasaba los días en su despacho del Paseo del Prado y dormía en La Moncloa.

Ahora, otra vez en Madrid, se arrellana en un sofá en plena Gran Vía para hablar del libro en el que cuenta ese año de vértigo y angustia, desde que asumió como ministro hasta que lo dejó para presentarse a las elecciones en Catalunya. Sigue negándose a criticar a Isabel Díaz Ayuso, aunque cuenta cómo boicoteó algunas de las decisiones del ministerio, y asegura que la pandemia fue un “baño de realidad” para todos pero, sobre todo, para los catalanes.

En la primera página del libro, confiesa que tenía reticencias respecto del Gobierno de coalición y que se equivocó. ¿Por qué eligió hacerse esta enmienda?

Quise ser sincero y explicar que efectivamente tenía dudas, era el primer Gobierno de coalición… Pero pronto nos tuvimos que enfrentar a una situación sin precedentes y, cuando me fui, después de un año lo que había visto era un Gobierno que había funcionado como un equipo y que había hecho y estaba haciendo frente a una situación muy complicada de una forma muy correcta.

Y ahora que está fuera del Consejo de Ministros, ¿qué ve? 

Una coalición de dos formaciones políticas distintas, con sensibilidades distintas, pero con una perspectiva del gobierno: ahí están las medidas que se han tomado en un contexto, insisto, muy complicado. Funciona bien y se debe a su plan de trabajo.

¿Renovaría la coalición en una hipotética nueva legislatura de Moncloa?

No es el momento de pensar en eso, queda todavía legislatura por delante. Y el Presidente está enfocado en sacar adelante los retos que tiene en estos momentos, muy cerca de las clases medias trabajadoras, con medidas que ayuden a paliar los efectos que tiene la inflación y el precio de la energía en el coste de la vida. 

Descubrimos de su mano la existencia de los Consejos Interterritoriales, de los que admite que tampoco tenía mucha idea. De los 85 en los que participó, ¿cuál fue el peor?

Con las Comunidades el clima general siempre fue muy bueno, de complicidad. Salvo dos episodios con Madrid, funcionaron razonablemente bien. Hicimos cosas de las que nos podemos sentir orgullosos todos. Por ejemplo, la acción coordinada de salud pública para reiniciar la actividad educativa presencial o la que determinó el cierre del ocio nocturno en toda España. 

El más complicado fue a principios de octubre de 2020, cuando debimos tomar la decisión que obligaba a las comunidades autónomas a aplicar ciertas medidas de acuerdo con su situación sanitaria, y en el que hubo un bloqueo de Madrid y otros gobiernos del PP. 

Si hubiéramos actuado antes hubiera sido mejor, pero era muy difícil con la información que teníamos

¿Se arrepiente de algo de su gestión como ministro?

Con la información que tenemos ahora, haría muchas cosas de otra forma. Uno repasa lo sucedido y piensa que si hubiéramos actuado un poco antes, hubiera sido mejor. Pero esto era muy difícil con la información que teníamos. Cuando tienes que tomar medidas tan drásticas como el confinamiento, tienes que tener unos datos muy sólidos y estar muy seguro de que no hay otro camino. Es una decisión muy difícil de tomar. No tiene sentido pensar en algo que no podíamos anticipar.

¿Se podían haber suspendido antes los vuelos con Italia?

Era muy difícil, por el espacio Schengen. Yo creo que tomamos la decisión tan pronto como pudimos. Siempre tratamos de forjar un espacio de decisión conjunta en Europa, también en movilidad. 

En el libro da a entender que eventos en espacios cerrados de Madrid, como la feria Arco, pudieron tener más que ver con el estallido de casos del 9 de marzo de 2020 que las manifestaciones feministas.

Hubo una serie de acontecimientos ese fin de semana y las semanas previas: actos políticos, conciertos, además de las manifestaciones del 8 de marzo. En aquel momento, tampoco estaba claro el mecanismo de transmisión del virus y que era más peligrosa una aglomeración a puertas cerradas que en la calle. La realidad es que la noche del 8 de marzo vimos que en Madrid y en el País Vasco había transmisión comunitaria, sin trazabilidad de casos y que había que tomar medidas no farmacológicas de distanciamiento social. 

Se les criticó no haberlo hecho con suficiente celeridad. 

Fue una semana con tres Consejos de Ministros que acabó con el anuncio del día 14. El día 11 la OMS declaró la pandemia, el miércoles 12 el Centro Europeo de Control de Enfermedades recomendó unos parámetros que España ya cumplía y ese viernes anunciamos el estado de alarma. A partir de ahí, los que se aficionan a predecir el pasado pueden decir lo que les parezca.

Durante muchos meses, habló cada noche con el presidente Pedro Sánchez y fue el ministro con más atribuciones de la democracia. ¿Fue duro salir de ese núcleo de poder? 

La relación con el presidente para mí fue muy importante. Percibí en todo momento su apoyo. Teníamos conversaciones que eran de carácter personal y también de evaluación del día. Generé vínculos muy importantes con él, con los colegas del Consejo de Ministros y con mi equipo en el Ministerio de Sanidad. No me fue fácil abandonar el puesto porque apenas habíamos iniciado la vacunación. No es que me quisiera ir y lo eché de menos. Lo que pasa es que soy un político y me debo a la acción política. Hice lo que hice convencido. 

Con las comunidades el clima siempre fue muy bueno, salvo dos episodios con Madrid

¿Ser candidato en Catalunya era un reto aún mayor que una pandemia?

Fue otro reto que se planteó en ese momento. Habíamos iniciado ya el proceso de vacunación y un día el presidente me liberó del compromiso y me dijo ‘Oye, yo entiendo que podemos hacer esto’ y tomé la decisión conscientemente. Afrontar una tarea política en Catalunya para mí es un reto y que creo, además, que estamos haciendo algo importante. Me motiva mucho lo que estoy haciendo. 

Debe haber sido el único responsable europeo de Sanidad que se fue por voluntad propia. La pandemia ha tumbado a la mayoría de los ministros y también a más de un gobierno. 

Es verdad que fue un periodo muy intenso, muy duro. Lo que hicimos fue decir la verdad y actuar con honestidad y determinación. Hay que contar las cosas con claridad, sin dramatizar. Nosotros intentamos hacerlo y creo sinceramente que lo conseguimos en una situación muy complicada y de carácter mundial. Íbamos contando lo que sabíamos y lo que no sabíamos. La hoja de ruta era salvar vidas y no dejar a nadie atrás, algo que plantea un paralelismo con la situación actual, que es complicada y en la que hay que estar al lado de la clase media trabajadora. 

¿Cree entonces que no les está pasando ni les pasará factura?

La ciudadanía es mucho más inteligente y tiene más sentido común de lo que a veces pensamos. Hay muchas dificultades, pero no hay que obsesionarse en el día a día concreto, hay que tener mirada larga.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, confrontó su política de salud pública hasta tal punto que el Gobierno tuvo que declarar un estado de alarma en la región para que tomara medidas. En las siguientes elecciones autonómicas el PP consiguió casi el triple de votos que el PSOE. ¿En serio no pasó factura?

Siento que en las elecciones en Catalunya los ciudadanos han premiado nuestra gestión de la pandemia. Y cada elección tiene unos componentes de análisis muy distintos. Pero mire, yo como ministro de Sanidad tenía la obligación de salvar vidas, no de pensar en elecciones. Para mí esa es la única forma de entender la política. En general, y sobre todo cuando uno gobierna, y tiene esa responsabilidad. A veces eso comporta tomar decisiones duras, desagradables, que no gustan. Pero hay que hacerlo y explicar las razones. No concibo otra forma de hacer las cosas.

El libro tiene 318 páginas en las que relata el año más complejo del último siglo y no se le escapa un solo reproche. ¿Es incapaz de criticar? 

Yo lo que he querido es dar mi visión de ese año de la pandemia. Nada más. No he querido poner a nadie en un aprieto. He contado lo que he vivido.

¿Madrid actuó de forma desleal? 

Hubo dos episodios. El primero, en la desescalada, cuando consideramos que Madrid y Barcelona no reunían las condiciones para pasar de fase y el consejero Enrique Ruiz Escudero nos dijo una noche que no lo solicitarían y, a la mañana siguiente, que sí. 

Y hubo un segundo episodio que fue el estado de alarma que declaramos en Madrid para dar el marco jurídico a las decisiones que habíamos tomado. Cuento todas las conversaciones previas, que nosotros intentamos siempre llegar a un acuerdo que no fue posible. En ese momento, no se pudo contar y quería explicar por qué hicimos lo que hicimos. Sobre todo en este segundo episodio para mí resultó muy desagradable.

¿Se arrepiente de no haber confrontado más en ese momento?

Hicimos lo que teníamos que hacer: tomar decisiones de acuerdo con criterios científicos y expertos en cada momento. Nuestro objetivo no era político. La incidencia acumulada de la comunidad señalaba la situación de peligro en la que estaba y era muy preocupante. Había que tomar más medidas que las que Madrid proponía. Y eso es lo que hicimos.

En una crisis de salud pública hay que informar muy claramente a la población y tener una actitud de unidad entre las autoridades. Esto es muy, muy obvio, pero muy importante. Por lo tanto, nos esforzamos todo lo que pudimos en generar un clima de unidad en todo momento.

Mientras tanto, había líderes políticos que le responsabilizaban de las muertes de la pandemia, que fueron más de 50.000 ese año.  

La verdad es que me aislé bastante de todos estos comentarios. Tenía muy claro lo que tenía que hacer como ministro. No quise entrar en eso.

¿La soledad sí le pesó?

Sí. Estuve mucho tiempo solo sin ver a mi familia. Y además, esto nunca lo hubiera dicho, tuve añoranza de mi tierra. Cuando volví por primera vez a Barcelona en junio de ese año fui consciente de que la añoré. Estuve muy cómodo en Madrid aunque no pude disfrutarla. Pero…  no sé cómo decirlo, sentí  añoranza de Cataluña, de Barcelona, de mis seres queridos, de mi lengua también. Fue algo que me sorprendió a mí mismo.

Cuenta que en sus horas libres veía la serie Chernóbil. ¿Le calmaba el ánimo ver la historia de otra catástrofe?  

Es una serie que me encanta. Está muy bien hecha, muy bien ambientada y retrata muy bien los procesos de toma de decisiones. La he visto varias veces y, en esos momentos, vivía conmigo en Moncloa Víctor Franco, que se había incorporado al equipo. La volvimos a ver juntos. Era un momento de distensión, de relax para mí.

Dice en el libro que sus días más oscuros fueron los previos al confinamiento total. ¿En algún momento pensó que no iban a poder con lo que se venía?

No, nunca perdí la fe. Fui consciente de la dificultad, pero nunca, nunca dudé de que saldríamos de esto. Y mirando siempre a la ciencia, intenté ir aprendiendo con humildad. Cuando en verano vimos que lo de la vacuna iba bien, fue un aviso de esperanza muy claro. Eso es aplicable también a hoy. Las cosas al final se resuelven y la inflación se va a controlar y la economía va a seguir mejorando. Hay momentos de dificultad, pero hay que tener claro qué rumbo se toma con nuestra capacidad colectiva, como sociedad. 

¿Con la pandemia ganó un nuevo amigo, Fernando Simón? 

No hablo con él tanto como quisiera, pero es una relación por mi parte de amistad. Vivimos momentos muy intensos. Para mí fue una persona clave.

En su libro reflexiona sobre los efectos de la pandemia en la política catalana. ¿Cree que la pandemia contribuyó a debilitar socialmente la pulsión independentista?  

Yo lo que digo, en una forma que intento que sea muy respetuosa, es que la secesión que se intentó en Catalunya no funcionó y lo enfoco –hay responsabilidad de todo el mundo, de unos mucho más que de otros– como un fracaso colectivo de la sociedad catalana. Muchas de las cosas que están ocurriendo son, creo yo, consecuencias de este fracaso de 2017, que tiene unas consecuencias judiciales, económicas, sociales, en las instituciones… 

La pandemia fue un baño de realidad, como lo está siendo la guerra de Ucrania. Y también la decisión del 22 de junio de 2021 de indultar parcialmente a determinadas personas, que  fue un acto de mirar hacia delante. La pandemia fue un baño de realidad porque nos hizo ver que tenemos que estar juntos, que Europa es ese espacio compartido por el que podíamos obtener vacunas y repartirlas equitativamente, y que los españoles, trabajando juntos con respeto a las competencias del otro, pudimos salir con decencia de la situación.

¿Cómo interpreta el divorcio entre la ANC y ERC en una fecha tan señalada para el independentismo como la Diada?

Los catalanes nos merecemos una Diada nacional respetuosa que refleje la pluralidad de maneras de pensar que hay en Catalunya y que fomente la convivencia. No quiero entrar en los debates que veo en ciertos ámbitos de la sociedad catalana sobre si voy, si no voy, la idea de que hay obligación. Catalunya es muy plural. Este día es un día para señalar la unidad, el consenso. Es lo que me interesa y para lo que vamos a trabajar mi formación política y yo.

¿Se cree la amenaza de Junts de abandonar el Govern?

A mí que este Gobierno de Catalunya no funcione tengo que decir que no me sorprende. De hecho, el señor Aragonès es el único president de la Generalitat que se ha tenido que someter a tres debates de investidura. El esquema de un Gobierno bipartito, Esquerra y Junts con apoyo externo de la CUP, me pareció desde el principio una fórmula fallida. Lo que sí que me ha sorprendido es la rapidez y la intensidad con la que se ha evidenciado esto. Primero vimos que la CUP se desmarcó de los primeros presupuestos. No pasó ni un año. En menos de ocho meses, dijo: ‘No, no estamos de acuerdo’. Y ahora vemos una situación complicada con Junts.

Ya que menciona los presupuestos, el Govern está preparando los próximos. ¿Qué le pediría el PSC para apoyarlos? 

Hablar, simplemente. Lo que digo es que todas las administraciones públicas tienen que tener los presupuestos del año 2023 aprobados en tiempo y forma. Siempre es conveniente, pero ahora es aún más necesario, por el contexto que antes comentábamos, por el incremento del coste de la vida. Me parece mucho mejor si se puede conseguir que tengan un apoyo muy amplio porque da solidez a las políticas. Y me parece que esto es posible en Catalunya, y pongo como ejemplo el acuerdo al que llegamos no hace tanto sobre el uso del catalán. Yo estoy dispuesto, y es un ofrecimiento que va en serio.

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