Lecciones de Israel para no entrar en pánico en lo que queda de pandemia
El 19 de diciembre de 2020 empezó la campaña de vacunación israelí contra la COVID-19. Apenas tres meses después, el 11 de marzo de 2021, Pfizer anunciaba mediante una nota de prensa que la efectividad de su vacuna era del 97% “contra casos sintomáticos, hospitalizaciones graves y críticas y muertes”. Eso mejoraba incluso el 95% de eficacia mostrado en los ensayos clínicos. Las vacunas funcionaban, y lo hacían mejor de lo esperado. El planeta entero miraba con optimismo cómo descendían los casos y defunciones en el país de Oriente Medio día a día, semana a semana.
Por desgracia, calcular la efectividad en condiciones reales de una vacuna es mucho más difícil que medir la eficacia en un estudio controlado. No basta con mirar gráficas en internet. Existe una miríada de factores a tener en cuenta: a los ciclos naturales de la epidemia hay que sumar quién se vacuna primero, quién lo hace después y quién no lo hace. También la edad y demás condiciones de cada una de estas poblaciones e, incluso, cómo cambian las medidas de salud pública y el propio virus a lo largo del tiempo.
Por Sergio Ferrer.