El castillo de esta ciudad andaluza aguarda una leyenda que recogió Borges en uno de sus relatos

Todo aquel que visita el castillo puede disfrutar de sus vistas espectaculares, que abarcan desde Sierra Morena hasta Sierra Mágina

Alberto Gómez

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El Castillo de Santa Catalina se erige majestuoso sobre el cerro que domina la ciudad de Jaén, consolidándose como uno de los símbolos más significativos de su historia y arquitectura. Desde esta privilegiada localización, todo aquel que lo visite podrá disfrutar de las vistas espectaculares, que abarcan desde Sierra Morena hasta Sierra Mágina. La supervivencia de esta fortaleza no es solo un hito geográfico, sino un testimonio de las civilizaciones que han moldeado la identidad del Alto Guadalquivir a lo largo de los milenios. Las raíces de este asentamiento se hunden en la Edad del Cobre y la época ibérica, con la presencia documentada de un oppidum en el siglo IV a.C. 

Sin embargo, el destino del enclave cambió drásticamente en el año 711, cuando las tropas musulmanas lideradas por Táriq ibn Ziyad ocuparon la ciudad. Jaén se transformó entonces en una fortificación estratégica crucial para proteger la región de las incursiones cristianas que amenazaban la frontera del Al-Ándalus. Fue a mediados del siglo IX, bajo el emirato de Abd al-Rahman II, cuando la ciudad se configuró verdaderamente como un núcleo urbano bajo el nombre de Ŷayyān. En este periodo se levantaron las primeras murallas emirales y califales que estructuraron el recinto defensivo, considerado el germen de la actual alcazaba. Durante siglos, almorávides y almohades continuaron ampliando estas defensas ante la creciente presión de los reinos del norte, especialmente tras la victoria cristiana en Las Navas de Tolosa.

El giro definitivo hacia la etapa cristiana ocurrió en 1246, cuando Fernando III el Santo consiguió que el rey Alhamar de Granada pactase la entrega de la ciudad tras varios asedios. Tras la conquista, el monarca cristiano ordenó reparar las fortificaciones existentes y construir el llamado Alcázar Nuevo sobre los restos de la vieja alcazaba musulmana. Jaén se estableció así como la capital religiosa y administrativa de la región, un papel que mantuvo durante toda la Baja Edad Media. Durante los siglos XV y XVI, el castillo funcionó como un bastión defensivo vital frente a los ataques de los musulmanes granadinos y los piratas berberiscos. No obstante, con el fin de la Reconquista y la llegada de la dinastía borbónica, la fortaleza fue perdiendo paulatinamente su valor militar estratégico. Este cambio de paradigma propició un crecimiento de la ciudad que, en algunos casos, resultó en la destrucción de lienzos de muralla, puertas y torres originales del castillo.

El recinto presenta una característica forma de triángulo alargado, construido con diversos materiales como mampostería, sillarejo y ladrillo

El siglo XIX trajo consigo una de las etapas más destructivas para el monumento debido a la ocupación de las tropas napoleónicas. Entre 1810 y 1812, el ejército francés convirtió la fortaleza en un gran acuartelamiento que incluía caballerizas, calabozos y hasta un hospital. Antes de su retirada, los soldados bombardearon el interior del recinto para evitar que fuera utilizado por ejércitos enemigos, causando daños severos a las estructuras históricas.

Veinticuatro cerraduras

Pero, más allá de sus muros de piedra y de su valor arquitectónico, el castillo de Jaén alberga una dimensión literaria fascinante gracias a Jorge Luis Borges, quien incluyó una de las leyendas de la fortaleza en su obra Historia universal de la infamia. El relato en cuestión, titulado “La cámara de las estatuas”, sitúa en esta fortaleza —o en una ciudad identificada posiblemente como Jaén— un misterio que ha cautivado a generaciones de lectores. Borges rescata una tradición antigua que mezcla la fatalidad con la profecía histórica de la conquista árabe. La leyenda cuenta que en el Castillo Viejo existía un recinto secreto cuya puerta permanecía herméticamente cerrada por veinticuatro cerraduras. Según la tradición, cada rey que heredaba el trono añadía una cerradura propia con sus manos, manteniendo el contenido de la cámara oculto a los ojos de los vivos. 

Durante generaciones, los consejeros defendieron este secreto, advirtiendo que la puerta no debía abrirse bajo ninguna circunstancia por el terrible presagio que ello acarreaba. Sin embargo, la curiosidad y la ambición de un monarca que se apoderó del trono rompieron la milenaria tradición. Desoyendo las súplicas y las ofertas de inmensas riquezas de quienes custodiaban el lugar, el rey ordenó forzar las veinticuatro cerraduras para desvelar el tesoro que creía oculto. Al abrir la puerta con su propia mano, se encontró con una visión inquietante: figuras de metal y madera que representaban temibles guerreros árabes sobre camellos y caballos.

En el fondo de la estancia, el rey descubrió una inscripción que profetizaba el fin de su dominio si alguien se atrevía a abrir la puerta del castillo. El texto advertía que guerreros de carne, idénticos a los de metal allí representados, se adueñarían del reino. La premonición se cumplió antes de que terminara el año, cuando Táriq ibn Ziyad se apoderó de la fortaleza, derrotando al rey y extendiendo el dominio árabe por toda Andalucía. Arquitectónicamente, el conjunto que hoy contemplamos es una compleja evolución histórica formada por tres estructuras principales: el Alcázar Nuevo, el Alcázar Viejo y el castillo-palacio de Abrehuí. El recinto presenta una característica forma de triángulo alargado, construido con diversos materiales como mampostería, sillarejo y ladrillo. 

En el punto más alto de la fortaleza destaca la imponente Torre del Homenaje, una estructura cuadrada de más de 30 metros de altura que simboliza el poder defensivo de la edificación. En la actualidad, el Castillo de Santa Catalina ha dejado atrás los asedios y las profecías para convertirse en un centro cultural y turístico de primer orden. Declarado Monumento Histórico Artístico Nacional en 1963, alberga desde 1985 un Parador Nacional de Turismo que convive con las áreas restauradas para el disfrute público. Hoy, cualquier visitante tiene la oportunidad de recorrer sus torres y adarves, en una visita en la que se mezclan la historia real del propio castillo y la leyenda del escritor argentino.

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