¿Cómo cazaban los tiburones hace 5 millones de años? Unos cráneos de ballena en el Mar del Norte guardaban la respuesta
Las relaciones de alimentación en el océano dependen de quién encuentra comida y en qué estado está esa presa. Los grandes depredadores marinos en el pasado formaban parte de una cadena trófica donde no todo era persecución ni caza directa, porque muchas veces el alimento aparecía ya disponible en forma de cadáver. Esa diferencia cambia por completo el papel de cada especie, ya que un tiburón puede comportarse como cazador o como oportunista según la situación.
La cadena trófica marina incluye intercambios de energía que pasan por distintos niveles y no siempre siguen un patrón único. Ese equilibrio depende de la abundancia de presas, del tamaño de los animales y del acceso a los restos que quedan tras la muerte.
Un estudio analiza huesos antiguos con señales muy poco comunes
Ese funcionamiento general encaja con un trabajo recogido por Acta Palaeontologica Polonica en el que un equipo dirigido por Olivier Lambert analizó dos cráneos fósiles con restos de dientes de tiburón incrustados. El estudio identifica de forma cómo estos animales se alimentaban de ballenas en el Plioceno temprano, hace entre 4 y 5 millones de años, a partir de evidencias físicas conservadas en el hueso.
Según explicó Lambert desde el Instituto de Ciencias Naturales de Bruselas, las tomografías permitieron detectar fragmentos de dientes que se rompieron durante el ataque y quedaron atrapados. Esos restos ofrecen una prueba material del contacto entre depredador y presa que rara vez aparece en el registro fósil.
Un caso muestra a un animal que se alimenta sin necesidad de cazar
Uno de los casos muestra un episodio en el que no hubo persecución. En el cráneo de una ballena franca pequeña, de menos de cinco metros, las marcas indican que el animal ya estaba muerto cuando el tiburón empezó a alimentarse. La posición de las mordeduras en la parte superior del cráneo sugiere que el cuerpo flotaba boca arriba, una postura común en cetáceos muertos.
El diente incrustado pertenece a un tiburón de seis branquias, también llamado tiburón vaca, una especie que hoy sigue viva y que se alimenta de carroña cuando tiene la oportunidad. Ese comportamiento encaja con lo que se observa en los océanos actuales, donde los cadáveres de ballenas atraen a numerosos depredadores.
La clave del hallazgo no está solo en las marcas externas, sino en lo que hay dentro del hueso. Durante años, estos fósiles permanecieron en colecciones sin que se supiera todo lo que podían contar, hasta que la tomografía computarizada permitió examinar su interior sin dañarlos.
Las imágenes revelaron fragmentos de dientes que habían quedado encajados tras romperse durante la mordida. El profesor John Stewart, de la Universidad de Bournemouth, que encontró uno de los cráneos en los años 80, explicó que estos restos permiten trabajar con pruebas reales y no solo con suposiciones. Esa diferencia cambia el nivel de detalle con el que se reconstruyen estas interacciones.
Otro cráneo revela un ataque dirigido a una zona concreta
El segundo cráneo presenta una situación distinta y más agresiva. En un ejemplar del género Casatia, pariente de las belugas actuales, las mordeduras se concentran en la parte frontal del cráneo, donde se encuentra una zona rica en grasa. Esa región resulta muy atractiva desde el punto de vista energético, lo que explica por qué los ataques se dirigían ahí.
El diente hallado corresponde a Carcharodon plicatilis, un pariente extinto del gran tiburón blanco. La disposición de las marcas apunta a un intento de arrancar esa parte del cuerpo, con un patrón de alimentación que encaja con una depredación activa.
Ambos casos muestran que los encuentros entre tiburones y ballenas no seguían una única forma. En un caso, el animal aprovecha un cadáver que ya está disponible; en el otro, ataca a una presa para obtener una parte concreta del cuerpo muy apetitosa para estas bestias.
El escenario antiguo ayuda a entender cambios actuales en el mar
Esa diferencia ayuda a entender cómo circulaba la energía en el ecosistema marino, porque cada tipo de interacción implica un gasto distinto y una forma diferente de acceso al alimento. El doctor Paul Gigase, que participó en el hallazgo del segundo cráneo junto a su hijo Pierre, contribuyó a completar ese cuadro con un ejemplar que añade contraste a la interpretación.
El contexto geológico sitúa estos hechos en la Formación Kattendijk, en Bélgica, dentro del Plioceno temprano. En ese periodo, el norte de Europa tenía aguas más cálidas y una fauna más diversa, con grandes tiburones y varios tipos de cetáceos compartiendo espacio.
Muchas de esas especies ya no están presentes en el Mar del Norte, lo que indica que el ecosistema cambió con el tiempo. El propio Lambert señaló que estos datos ayudan a entender cómo varió la disponibilidad de presas y cómo eso influyó en la desaparición de ciertos depredadores en la región.
Ese cambio no pertenece solo al pasado. El estudio plantea que las variaciones actuales en la distribución de mamíferos marinos pueden arrastrar también a sus depredadores hacia nuevas zonas. Lambert afirmó que el calentamiento global ya está alterando estos patrones y que eso puede modificar la presencia de tiburones en lugares donde hoy son raros.
La posibilidad de que especies como el tiburón blanco, que actualmente se encuentra en zoans muy concretas del planeta, regresen a estas aguas depende de cómo evolucionen las poblaciones de presas y las condiciones ambientales, un proceso que sigue abierto en el presente.
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