Construido el siglo pasado con hierro, acero y hormigón, este curioso cargadero sigue siendo parte del litoral almeriense

Actualmente este cargadero se ha transformado en un espectacular mirador elevado que ofrece vistas inigualables sobre el mar y la ciudad

Alberto Gómez

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El Cable Inglés es uno de esos elementos de una ciudad que no pasan desapercibidos. Y es que se trata de toda una ingente construcción que sigue formando parte del litoral de la ciudad de Almería, recordando un pasado industrial de gran esplendor para la localidad. Esta imponente estructura de hierro, acero y hormigón es mucho más que un simple vestigio, ya que es el símbolo de una época de transformación económica sin precedentes. Su silueta, que se recorta contra el horizonte del Mediterráneo, ha pasado de ser una máquina de carga eficiente a convertirse en un hito patrimonial ineludible.

Ubicado en la playa de las Almadrabillas, este cargadero de mineral representa la perfecta unión entre la ingeniería del siglo pasado y el paisaje marítimo andaluz. Los ciudadanos y visitantes pueden contemplar desde muchos lugares una obra que definió la fisonomía urbana almeriense durante décadas de incansable actividad portuaria. De ahí que la conservación de este monumento suponga un acto de respeto hacia la historia de una provincia que encontró en el mineral su principal motor de desarrollo.

La génesis de esta colosal infraestructura se remonta a los primeros años del siglo XX, impulsada por la necesidad de exportar mineral de hierro. Fue la compañía escocesa The Alquife Mines and Railway Company Limited la que promovió su construcción para dar salida a la producción de Granada. El ingeniero escocés John Ernest Harrison fue el encargado de diseñar este proyecto, buscando siempre optimizar los rudimentarios sistemas de carga previos. El objetivo primordial era aliviar los elevados sobrecostes que suponía el transporte manual del hierro hacia las bodegas de los barcos en el puerto. Almería se convirtió así en el punto estratégico donde la riqueza de las minas del interior se encontraba con las rutas marítimas internacionales.

La inauguración oficial del Cable Inglés tuvo lugar el 20 de abril de 1904, contando con la presencia del rey Alfonso XIII

La inversión en esta tecnología aplicada permitió que la provincia compitiera con éxito en los mercados europeos, especialmente con la ciudad de Glasgow. Esta obra civil singular no solo transformó la economía local, sino que también introdujo una estética industrial moderna y funcional. Desde un punto de vista técnico, el cargadero se adscribe a la corriente ecléctica y sigue de cerca las directrices de la escuela de Gustave Eiffel. Su estructura se basa en el uso masivo del hierro y el acero, materiales que permitieron alcanzar dimensiones y alturas que eran impensables anteriormente. Para su edificación se emplearon cerca de cuatro mil toneladas de acero traídas directamente desde Escocia, junto a grandes cantidades de hormigón.

El diseño incluía innovaciones sorprendentes para la época, como un sistema de cimentación nuevo basado en pilotes de acero y hormigón de gran grosor. Además, se utilizaron unos ocho mil metros cuadrados de madera para el entablado de los depósitos, otorgándole una textura visual característica. La combinación de estos materiales nobles y resistentes ha permitido que el Cable Inglés resista el paso del tiempo y la corrosión marina. El resultado fue un inmueble-máquina de gran valor técnico que hoy en día es considerado una obra maestra de la arquitectura del hierro.

La inauguración oficial del Cable Inglés tuvo lugar el 20 de abril de 1904, contando con la presencia del rey Alfonso XIII. Este evento marcó un hito en la historia de Almería, ya que coincidió con la apertura del ferrocarril que conectaba Albolote con la ciudad de Granada. La estructura se dividía en dos partes claramente diferenciadas: una rampa de acceso desde la estación ferroviaria y el propio muelle de descarga. El viaducto de acceso permitía que los trenes cargados llegaran directamente sobre el nivel del mar a una altura de casi 19 metros. Esta elevación de la cota era fundamental para que el proceso de embarque se realizara mediante el uso de la fuerza de la gravedad. Gracias a este ingenioso sistema, la carga caía directamente desde los depósitos internos del cargadero hasta las bodegas de las embarcaciones.

La eficiencia del Cable Inglés era asombrosa, permitiendo cargar un barco de ocho mil toneladas en un tiempo estimado de apenas diez horas. Antes de su construcción, este mismo proceso podía demorarse hasta diez días, lo que suponía un cuello de botella para la producción minera. La longitud total de la infraestructura alcanzaba los 900 metros, conectando la estación de tren con la línea de costa. El tramo que volaba sobre el mar, de unos 110 metros de largo, disponía de 21 pórticos metálicos que le daban estabilidad. Esta capacidad operativa convirtió a Almería en uno de los puertos más dinámicos de la península durante gran parte del siglo pasado.

Los depósitos o tolvas laterales no solo servían para la descarga, sino que también funcionaban como almacenes temporales de mineral. Esta doble utilidad como contenedor y muelle de descarga fue una de las grandes novedades aportadas por el proyecto de Harrison. El Cable Inglés se convirtió así en el corazón palpitante de la industria metalúrgica y exportadora local.

Tras décadas de servicio ininterrumpido, la actividad en este gigante de hierro cesó definitivamente en torno al año 1970. El declive de la explotación minera y los cambios en los sistemas de transporte internacional condenaron a la estructura al desuso. Durante varios años, el cargadero permaneció como un testigo mudo y oxidado, enfrentándose incluso a la amenaza real de una posible demolición. La caducidad de la concesión administrativa en 1980 puso en peligro la supervivencia de este símbolo del patrimonio industrial. Afortunadamente, la sensibilidad social y política empezó a valorar la importancia histórica y estética de esta colosal infraestructura portuaria. El Cable Inglés dejó de ser visto como una vieja máquina inservible para ser reconocido como un elemento fundamental del paisaje urbano.

Reconocimiento y restauración

El reconocimiento oficial de su valor llegó en 1998, cuando la Junta de Andalucía lo declaró Bien de Interés Cultural. Esta catalogación bajo la categoría de Monumento otorgó al Cable Inglés la protección jurídica necesaria para asegurar su preservación futura. Se reconoció así su importancia como testimonio de la industrialización del sur de España y de la arquitectura de la época. El traspaso de la titularidad del cargadero a manos públicas fue un paso decisivo para iniciar los ambiciosos proyectos de rehabilitación. Las autoridades comprendieron que rehabilitar este espacio era fundamental para devolverle a la ciudad de Almería parte de su identidad.

El monumento fue sometido a estudios técnicos profundos para evaluar el estado de su estructura metálica y su avanzada oxidación. La declaración de BIC supuso un homenaje a los miles de trabajadores que, durante setenta años, mantuvieron viva la llama de la minería. En la actualidad, tras un minucioso proceso de restauración dividido en varias fases, el Cable Inglés ha nacido de nuevo como paseo peatonal. Los trabajos han permitido reforzar la estructura metálica y poner en valor la plataforma superior con madera de iroko. Este espacio se ha transformado en un espectacular mirador elevado que ofrece vistas inigualables sobre el mar y la ciudad. Y ahora el monumento, abierto al público, permite a los visitantes recorrer el mismo camino que antaño realizaban los vagones de mineral.

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