Asimétrico y con 17 pares de tirantes, este puente gallego fue considerado una de las construcciones más singulares de nuestra geografía
En 1995 la ciudad de Pontevedra transformó su horizonte con la inauguración de una estructura que se convertiría en un icono de la ingeniería de nuestra geografía. Conocido como el Puente de los Tirantes, esta obra sobre el río Lérez fue rápidamente reconocida por su diseño audaz y vanguardista. Tal fue su impacto que, en 2004, el Ministerio de Fomento lo incluyó en una selecta lista de los 33 puentes más singulares de la historia de España. Desde su nacimiento, ha definido una nueva estética para la ciudad gallega, fusionando la funcionalidad con una presencia visual imponente. Esta construcción no solo cruza aguas, sino que une la tradición con la modernidad en el paisaje local. Hoy en día, sigue siendo una de las imágenes más fotografiadas y representativas de la ciudad del Lérez.
Las mentes creativas detrás de esta obra monumental de Galicia fueron los ingenieros Leonardo Fernández Troyano y Javier Manterola, quienes realizaron el diseño en 1992. Estos profesionales buscaron una solución que encajara perfectamente en el entorno sin perturbar la lámina de agua del río. Su propuesta fue un puente atirantado asimétrico que rompió con los esquemas tradicionales para ofrecer algo mucho más expresivo y visual. Al elegir este diseño, lograron crear una estructura que parece desafiar la gravedad manteniendo un equilibrio delicado en todo momento.
Cada detalle fue calculado para asegurar que el puente no fuera solo un lugar de paso, sino un monumento propio. La visión de los ingenieros transformó con éxito las riberas del Lérez en un espacio de alto interés arquitectónico. Es una obra donde la precisión técnica se encuentra con la expresión artística en cada línea de metal. Esta colaboración resultó en una de las piezas más significativas de la ingeniería civil gallega moderna. Técnicamente, el puente se define por un vano único de aproximadamente 125 metros de largo que salva el río sin necesidad de pilas intermedias. Esta elección de diseño permite una visión limpia del agua y evita cualquier interferencia con la corriente natural del río.
El elemento más llamativo es su esbelta torre de hormigón armado, que se eleva hasta alcanzar una altura de 63 metros. Esta torre está ligeramente inclinada, lo que añade una sensación de dinamismo y tensión a toda la estructura del puente. Desde su cimentación hasta su punto más alto, el mástil actúa como el eje central de todo el sistema de ingeniería. Su presencia se hace notar desde numerosos puntos de la ciudad. La construcción, eso sí, tuvo que considerar la poderosa influencia de las mareas en esta zona tan cercana a la ría, por lo que representa un hito en la integración de infraestructuras pesadas dentro de un entorno natural sensible.
El nombre de Puente de los Tirantes proviene de los 17 pares de cables de acero que descienden desde el mástil central. Estos cables se distribuyen en haces que crean una geometría compleja y hermosa sobre la calzada del puente. Los tirantes delanteros se encargan de sostener el tablero de hormigón, mientras que los traseros aportan el equilibrio necesario. Estas líneas de acero están protegidas por vainas de PVC blanco, dándoles un aspecto limpio y distintivo contra el cielo. Al pasar el viento a través de ellos, se genera un sonido característico que añade una dimensión sensorial al cruce.
La disposición de los cables crea una especie de “puerta simbólica” para quienes entran en la margen izquierda. Este arreglo espacial ofrece perspectivas cambiantes a cualquier persona que camine o conduzca sobre el río Lérez. Es un despliegue de fuerza y elegancia donde cada cable cumple un rol vital en la estabilidad. Uno de los aspectos más interesantes de su ingeniería es su marcada asimetría y el uso inteligente de contrapesos. Debido a que no había espacio para vanos de compensación en el lado de la ciudad, los ingenieros innovaron. Los tirantes traseros se anclan en dos grandes bases de hormigón en tierra firme, actuando como pesas esenciales. Estos contrapesos equilibran las fuerzas ejercidas por la torre y el peso del vano principal que cruza el río. Los haces traseros de cables forman paraboloides hiperbólicos, una forma compleja que aumenta la riqueza visual del puente.
Parte de todo un proyecto
Esta solución estructural no solo resuelve un problema técnico, sino que crea un espacio atractivo bajo los mismos. El puente se convierte así en una lección de física aplicada a la arquitectura, donde tensión y peso armonizan. Su diseño demuestra que las limitaciones técnicas pueden ser la chispa para las soluciones más creativas y singulares. La construcción del puente formó parte de un proyecto urbanístico mucho más ambicioso para el noroeste de la ciudad, ya que fue diseñado para trabajar en conjunto con el Palacio de Congresos y Exposiciones, ubicado justo a su lado.
Juntos, estos edificios forman un emblema de la ingeniería moderna que respeta las líneas horizontales del río. Este conjunto ha revitalizado la zona, creando un núcleo cultural y social para todos los habitantes de Pontevedra. El puente sirve además como puerta de entrada a la Illa das Esculturas, un lugar de gran belleza natural y artística. Recorrer su superficie ofrece excelentes vistas panorámicas del entorno urbano y de las riberas del río Lérez. La integración del puente en el paisaje fue una prioridad absoluta, asegurando que no desentonara con su entorno. Es mucho más que una simple carretera: es una pieza vital de la identidad moderna de la ciudad.
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