El curioso billete de tren con el que podías acceder a los andenes para despedir o recibir una persona
Hubo un tiempo en el que las estaciones de trenes eran escenarios de intensos momentos emocionales. Y, curiosamente, para acceder a los andenes y poder despedir o recibir a un ser querido, era obligatorio pagar. No se trataba de un billete para viajar, sino de una autorización para pisar la zona de vías. Esta normativa impedía el paso libre a quienes no llevasen encima su correspondiente título de transporte impreso. De hecho, en las estaciones más importantes el control era férreo y no se permitían excepciones de ningún tipo. Los vigilantes se encargaban de revisar cada cartoncillo antes de permitir el paso al interior. Hoy esa costumbre ha desaparecido, dejando paso a la nostalgia de una época ferroviaria distinta.
El precio de este curioso permiso, conocido sencillamente como 'billete de andén', varió a lo largo de los años según las tarifas oficiales, pero en la década de los años cincuenta el coste se fijó en la mítica cifra de peseta y media. Anteriormente, los usuarios debían desembolsar una cantidad mayor, llegando a pagar unas 2,10 pesetas. Este cambio a un precio menor buscaba facilitar el acceso a los acompañantes en las terminales. No obstante, la aplicación de esta nueva tarifa más barata no estuvo exenta de problemas. Algunos viajeros denunciaron que se les seguía cobrando la tarifa antigua por puro desconcierto administrativo.
La labor de vigilancia en los accesos era fundamental para el funcionamiento diario de la red. Los porteros se situaban en las puertas de entrada para fiscalizar a viajeros y acompañantes. En el argot ferroviario, esta tarea de control se conocía con el nombre de cubrir la puerta. El empleado procedía a picar todos los billetes para evitar que fueran reutilizados ilegalmente. Incluso los perros debían portar su propio billete para entrar en el recinto. Estos animales, acompañados por sus dueños, tenían cartoncillos con una simpática caricatura identificativa. Sin este control, las aglomeraciones en los andenes habrían dificultado la operativa de los trenes. Era un sistema normalizado que garantizaba el orden en las zonas anexas a las vías.
Físicamente, estos billetes eran pequeños rectángulos de cartón duro con medidas muy específicas. Se fabricaban siguiendo el sistema inventado por el ferroviario inglés Thomas Edmondson en el siglo XIX. Tenían unas dimensiones de unos 58 por 31 milímetros y un grosor cercano al milímetro. Para su producción se utilizaban máquinas de impresión alemanas de gran precisión técnica. En el anverso se imprimía el nombre de la estación, el tipo de entrada y la salida. También incluían un número de serie único para llevar un control contable de las ventas. Antes de ser entregados al público, se formalizaba la fecha exacta mediante un compostor. Estos pedazos de cartoncillo se convirtieron en un objeto cotidiano para millones de españoles.
Resulta interesante destacar que la recaudación de estos billetes tenía fines sociales concretos. El dinero obtenido se destinaba habitualmente a instituciones benéficas vinculadas al sector. Una de las principales beneficiarias era el Colegio de Huérfanos Ferroviarios de la época. Debido a este carácter social, su venta no siempre se limitaba a las taquillas de Renfe. En algunas estaciones, se podían adquirir en dependencias ajenas como estancos o librerías. Eran billetes genéricos que a veces servían para todas las estaciones sin distinción. En otros casos, llevaban impreso el nombre de la terminal, como Madrid-Atocha o Bilbao-Abando. Su bajo precio permitía que casi cualquier ciudadano pudiera costearse el último adiós.
La transición hacia el precio de peseta y media marcó un hito en la memoria colectiva. En la Estación del Norte de Madrid, hoy Príncipe Pío, el despacho estaba bien señalizado, con barandillas metálicas que diferenciaban las colas para las distintas líneas ferroviarias. Los testimonios de la época, eso sí, reflejan el malestar cuando el servicio no era el adecuado, relatando cómo a veces se pagaba más de lo debido a pesar de conocer la rebaja oficial. Y es que el billete de andén era un gasto extra que no todos aceptaban con agrado siempre.
Una escena imposible hoy en día
Con el paso del tiempo, el precio de estos billetes fue subiendo hasta alcanzar las tres pesetas. Este fue el último valor oficial antes de que el sistema cayera totalmente en desuso. Estaciones como Zaragoza-Campo Sepulcro o Badalona expedían estos títulos de acceso con normalidad. No servían para viajar en el tren ni tampoco permitían el acceso al interior de los vagones, eran simplemente un peaje para poder estar cerca de la máquina y sus viajeros. Su desaparición definitiva llegó con los cambios tecnológicos y las nuevas formas de gestión.
Hoy en día, las escenas cinematográficas de despedidas en el andén son casi imposibles. El acceso a las vías está restringido a quienes poseen un título de transporte válido. Las tarjetas sin contacto y las herramientas digitales han jubilado al viejo cartoncillo. Queda el recuerdo de aquel trozo de papel que muchos guardaron tras visitar a un familiar. La evolución tecnológica ha priorizado la eficiencia y el control sobre la tradición romántica. Sin embargo, la historia de las ‘peseta y media’ sigue viva en muchos museos ferroviarios.
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