Construido en el siglo X, este castillo que fue prisión, palacio real y tribunal de justicia conserva la única necrópolis islámica a cielo abierto de Catalunya
El histórico Castillo de la Suda, también conocido en diversos archivos como el Castillo de San Juan o de Tortosa, se erige majestuoso como el símbolo defensivo más imponente de la ciudad tarraconense. Situado estratégicamente sobre un cerro que alcanza los 59 metros sobre el nivel del mar, esta soberbia fortaleza domina de manera absoluta el casco antiguo de la localidad y el curso del río Ebro. Desde su privilegiada posición y declarada como Bien Cultural de Interés Nacional, el visitante puede disfrutar de una de las panorámicas más bellas de toda la comarca, contemplando la silueta de la catedral basílica, el denso trazado de los barrios históricos y el lejano perfil del Parque Natural dels Ports, fundiéndose con los vastos paisajes del Delta del Ebro, que se abren majestuosos hacia el mar Mediterráneo.
Los orígenes más profundos de esta edificación defensiva se hunden en las raíces más remotas de la historia local, pues las sucesivas campañas de excavaciones arqueológicas han constatado la existencia de antiguos restos ibéricos y romanos bajo sus estructuras de piedra. Sin embargo, el verdadero despegue monumental de la fortificación se produjo durante la primera mitad del siglo X, cuando el califa omeya Abd al-Rahman III ordenó la construcción de una poderosa alcazaba andalusí en la cumbre del cerro. Este enclave defensivo se convirtió rápidamente en el principal centro político, militar y administrativo de la región, articulando un importantísimo reino taifa que ejercería el control absoluto sobre el curso bajo del río Ebro.
Uno de los descubrimientos históricos más singulares y valiosos que alberga este magnífico conjunto fortificado es la necrópolis islámica medieval, que constituye el único cementerio árabe a cielo abierto que se conserva de forma intacta en toda la geografía de Catalunya. Este excepcional recinto funerario fue localizado junto a las antiguas puertas de acceso a la alcazaba, donde las excavaciones arqueológicas sacaron a la luz numerosas sepulturas que atestiguan el arraigo y la importancia de la comunidad musulmana de la época. Para el visitante moderno, caminar hoy en día por este espacio sagrado supone una experiencia conmovedora que conecta de manera directa con el legado multicultural de la urbe, recordando el carácter integrador de una población que, durante siglos, fue un dinámico punto de encuentro entre diversas religiones, culturas y civilizaciones.
La fascinante denominación de Suda proviene directamente de la ingeniería hidráulica de época musulmana, concretamente del monumental pozo central que se encuentra excavado en el corazón del patio descubierto de la fortaleza. Esta imponente obra de ingeniería medieval cuenta con un diámetro asombroso y desciende 14 metros de profundidad por la roca para alcanzar el nivel del río Ebro, garantizando así un suministro constante de agua dulce a los defensores del castillo durante los asedios prolongados. Alrededor de esta colosal estructura subterránea confluyen diversas galerías excavadas que comunicaban con silos, hornos y un antiguo molino harinero.
Tras un asedio militar que se prolongó durante seis meses, la estratégica ciudad fue finalmente conquistada por las tropas de Ramón Berenguer IV en 1148, marcando un giro decisivo en el control del territorio. El castillo de la Suda inició entonces una etapa de profundas transformaciones institucionales, pasando por diversas manos que incluyeron la noble familia Montcada y la Orden de los Caballeros Templarios. Durante los siglos posteriores, la fortaleza asumió funciones extremadamente diversas que reflejan su centralidad en la vida civil y judicial de la comarca, sirviendo sucesivamente como una sombría prisión pública, sede del tribunal de justicia y, de forma destacada, como palacio de residencia real de los monarcas de la Corona de Aragón.
Desde el punto de vista arquitectónico, el castillo destaca por su notable tamaño y su planta de forma alargada, que se adapta de manera milimétrica a la superficie irregular de la elevación rocosa sobre la que se asienta. El elemento defensivo más abundante a lo largo de todo su recinto amurallado son sus torres de piedra, construidas con sillares y mampostería, que presentan formas geométricas variadas como plantas pentagonales, cuadradas y circulares. Entre todas ellas destaca especialmente la mítica Torre Túbal, también conocida popularmente como la punta del Diamante, una imponente estructura circular situada sobre la catedral de Tortosa que supera los 10 metros de altura gracias a su cimentación en la roca, ofreciendo una atalaya defensiva inigualable para vigilar el curso fluvial del río Ebro.
Deterioro y reconstrucción
A partir del siglo XV, la introducción progresiva de la artillería en el arte de la guerra obligó a reformar las defensas del castillo, sustituyendo las antiguas almenas medievales por troneras, parapetos y sólidas plataformas artilleras. Estas modificaciones continuaron durante los siglos XVII y XVIII con la edificación de nuevos fortines avanzados en los cerros colindantes para repeler las incursiones enemigas. No obstante, la fortaleza sufrió gravemente el impacto de los conflictos bélicos, siendo escenario de duros asedios durante la Guerra de Sucesión y la Guerra de la Independencia, periodo en el que las tropas napoleónicas ocuparon el recinto durante tres destructivos años.
Tras largos años de triste abandono y un alarmante estado de deterioro, la década de los ochenta trajo consigo una ambiciosa campaña de restauración y reconstrucción que salvó a la emblemática fortaleza del olvido definitivo. De hecho, el recinto recuperado abrió sus puertas convertido en parador. De las antiguas estructuras defensivas se conservan hoy en día las murallas exteriores, las arcadas góticas de acceso, la nave del histórico polvorín y los restos arqueológicos, ofreciendo un alojamiento singular que aúna la riqueza de su pasado monumental con el confort de la hostelería moderna, permitiendo que este testigo de piedra siga dominando el devenir histórico del Ebro.
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