¿Quiénes fueron las Hello Girls que mantuvieron conectados los frentes en la Primera Guerra Mundial?

La red de comunicaciones siguió funcionando tras el final de los combates

Héctor Farrés

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Las órdenes dejaron de circular por los puestos y el silencio empezó a ocupar el lugar del fuego. Los soldados bajaron las armas y abandonaron las trincheras al entender que ya no tenía sentido seguir allí. El frente se fue vaciando mientras los mensajes urgentes perdían su urgencia y las líneas de comunicación dejaban de saturarse.

Las voces que durante meses habían guiado ataques o retiradas dejaron de repetir instrucciones bajo presión. Aun así, el trabajo que había permitido coordinar todo aquello no desapareció en ese mismo instante. Esa red de voces y cables había hecho posible que miles de decisiones se ejecutaran a tiempo.

El Ejército creó un sistema con operadoras bilingües en plena guerra

Ese entramado de comunicaciones llevó a que el Ejército de Estados Unidos organizara un sistema de telefonía militar que dependía de mujeres bilingües, según el US Department of Veterans Affairs. Estas operadoras, conocidas como Hello Girls, conectaron órdenes, movimientos y apoyo de artillería en plena Primera Guerra Mundial.

Su labor permitió coordinar tropas estadounidenses y francesas en un entorno donde el idioma bloqueaba operaciones. El resultado tuvo una consecuencia operativa clara en el frente, porque las decisiones llegaban sin retrasos críticos.

El proceso exigió dominar dos lenguas y entender códigos militares

Las operadoras no se limitaban a responder llamadas, ya que gestionaban órdenes de avance, retirada y apoyo aéreo en tiempo real mientras el combate seguía activo. En septiembre de 1918, durante la ofensiva de Saint-Mihiel, cientos de soldados escuchaban voces femeninas que transmitían instrucciones bajo presión. También en la ofensiva del Mosa-Argonne mantuvieron comunicaciones sin pausa durante jornadas completas.

Según el Museum of the American G.I., llegaron a gestionar más de 26 millones de llamadas hasta el final de la guerra. Elizabeth Cobbs, profesora en Texas A&M, explicó que “el trabajo era peligroso y agotador, con centralitas instaladas en barracones que atraían el fuego de la artillería alemana”. Esa exposición obligaba a trabajar con casco y máscara de gas al alcance de la mano.

El reclutamiento seleccionó a un grupo muy reducido de candidatas

Antes de llegar a ese punto, el reclutamiento respondió a un problema claro dentro del mando militar. El general John J. Pershing pidió operadoras que dominaran inglés y francés para evitar fallos en la coordinación con aliados. Miles de mujeres se presentaron, pero solo una pequeña parte superó las pruebas exigidas. Según el material del Museum of the American G.I., 1.750 solicitaron entrar y solo 223 terminaron en servicio.

Grace Banker, jefa del grupo, explicó que “las chicas tenían que hablar francés e inglés y también entender el francés de los soldados estadounidenses”. A esa exigencia lingüística se sumaba la capacidad de manejar códigos que cambiaban cada día.

El reconocimiento oficial tardó décadas en llegar tras la guerra

Cuando terminó la guerra, el reconocimiento no llegó para ellas. Aunque habían llevado uniforme, seguido órdenes y trabajado bajo fuego, el Ejército decidió clasificarlas como civiles. Eso dejó fuera cualquier derecho como veteranas durante décadas. La situación se mantuvo hasta 1977, cuando el Congreso aprobó una ley que reconocía su servicio.

El presidente Jimmy Carter firmó esa norma y permitió conceder beneficios militares a las supervivientes. Solo 18 de ellas seguían vivas en ese momento. Dos años después, en 1979, 31 mujeres recibieron la Medalla de la Victoria de la Primera Guerra Mundial.

El sistema de comunicación permitió coordinar operaciones en dos idiomas

Durante el conflicto, su formación ya las colocaba dentro de la estructura militar aunque el reconocimiento oficial no llegara, porque recibían instrucción diaria, aprendían términos del Ejército y pasaban inspecciones como cualquier unidad. Llevaban uniforme y rango, de modo que quedaban integradas en la disciplina del cuerpo y no trabajaban como personal externo.

Ese encaje se notó en el rendimiento, ya que superaron a los operadores masculinos en velocidad y precisión al conectar llamadas. Algunos mandos llegaron a afirmar que sin ellas no habría sido posible coordinar brigadas estadounidenses en combate, una teoría que se apoyaba en resultados comprobables durante las operaciones. Esa eficacia terminó por situarlas en una posición necesaria dentro del funcionamiento del frente.

Las historias personales recuperaron su lugar con el paso del tiempo

Con el paso del tiempo, los casos individuales empezaron a recuperar parte de esa historia. Olive Shaw, una de las operadoras que siguió con vida hasta el reconocimiento oficial, trabajó después con la congresista Edith Nourse Rogers. Participó en la lucha para que se reconociera su servicio y, tras su muerte en 1980, fue enterrada en el cementerio nacional de Massachusetts como veterana.

Otro ejemplo fue el de Marguerite Lovera, enterrada en 1959 sin que se mencionara su servicio. Décadas después, un familiar informó a la administración de cementerios y se corrigió su lápida para incluir su papel en la guerra.

Inez Crittenden no llegó a ver ese cambio, porque murió en París el mismo día que terminó la guerra tras enfermar de neumonía. Fue enterrada en el cementerio americano de Suresnes junto a más de mil militares. Su historia quedó ligada al momento en el que el conflicto terminaba mientras ella fallecía lejos de casa.

Muchas de las operadoras que murieron antes de 1977 tampoco pudieron acceder a los beneficios que habían ganado con su trabajo. Aun así, las revisiones posteriores han ido añadiendo sus nombres y su servicio en registros oficiales que durante décadas las ignoraron.

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