Una investigación revela cómo el cambio climático alteró el paisaje de los primeros humanos en Estados Unidos
Los grupos humanos que recorrieron el actual suroeste de Estados Unidos durante la última glaciación presenciaron importantes transformaciones ambientales. Una investigación publicada en la revista científica Science Advances ha reconstruido las condiciones climáticas de White Sands, en Nuevo México, donde se han conservado huellas humanas de entre 23.500 y 21.700 años de antigüedad. Los resultados muestran que el aumento de las temperaturas y la disminución de la humedad provocaron el retroceso del antiguo lago Otero y alteraron profundamente la vegetación de la región. Los investigadores también identificaron un episodio de aridez extrema ocurrido hace aproximadamente 23.200 años. El hallazgo permite conocer con una resolución temporal excepcional los cambios que experimentaron aquellas poblaciones durante el Último Máximo Glacial, cuando grandes masas de hielo cubrían extensas zonas de Norteamérica.
El estudio, encabezado por Kathleen B. Springer y Jeffrey S. Pigati, del Servicio Geológico de Estados Unidos, se basa en la ampliación de las excavaciones del Parque Nacional de White Sands. El equipo extendió una zanja hasta alcanzar los 25 metros de longitud y examinó una secuencia de sedimentos de unos 2,7 metros de profundidad. Los trabajos permitieron identificar 20 niveles o conjuntos estratigráficos con huellas humanas, rastros de grandes mamíferos prehistóricos y marcas lineales interpretadas como señales de estructuras de arrastre utilizadas posiblemente para transportar recursos. En total, los científicos midieron 152 pisadas humanas conservadas en depósitos ricos en yeso, cuyas características facilitaron la preservación de los rastros.
Uno de los objetivos de la investigación era precisar la cronología de las huellas, cuya antigüedad había suscitado controversia en trabajos anteriores. Para ello, los investigadores realizaron nuevas dataciones por radiocarbono de semillas de plantas acuáticas y polen de coníferas. También desarrollaron modelos para corregir el denominado efecto de aguas duras, un fenómeno que puede hacer que las muestras acuáticas aparenten una antigüedad superior a la real. Los resultados confirmaron que las pisadas pertenecen al Último Máximo Glacial. Para evaluar la coherencia de los modelos cronológicos, el equipo comparó los registros isotópicos de White Sands con los conservados en los hielos de Groenlandia, donde también se identifican grandes oscilaciones climáticas de aquel periodo.
El retroceso del lago Otero transformó el paisaje
La reconstrucción ambiental indica que, entre hace aproximadamente 24.200 y 23.600 años, el área excavada permanecía cubierta por las aguas del lago Otero. En las zonas montañosas próximas predominaban los bosques mixtos de coníferas, mientras que las temperaturas medias anuales eran inferiores a las actuales. Alrededor de hace 23.600 años comenzó una etapa de calentamiento que favoreció el retroceso del lago y dejó al descubierto terrenos anteriormente sumergidos. Paralelamente, los bosques de coníferas fueron perdiendo presencia frente a comunidades vegetales dominadas por robles y artemisas. Los análisis de sedimentos, polen y biomarcadores muestran que esta transformación estuvo relacionada con el aumento de la evaporación y una disponibilidad cada vez menor de humedad.
El episodio de aridez más acusado se produjo hace unos 23.200 años, coincidiendo con el fenómeno climático conocido como Dansgaard-Oeschger 2. Los registros isotópicos apuntan a una reducción de las precipitaciones invernales y posiblemente a una mayor evaporación durante el transporte de la humedad atmosférica. Al mismo tiempo, los indicadores químicos muestran un incremento de la salinidad y el polen revela la expansión de comunidades vegetales más resistentes a la sequía. Este episodio, extremo pero relativamente breve, coincidió con la transición hacia un paisaje de orillas y superficies alternativamente húmedas y secas. La evolución posterior tampoco fue uniforme: hace aproximadamente 22.700 años se produjo una acumulación localizada y temporal de agua, seguida de nuevas fluctuaciones en las condiciones ambientales.
Las huellas revelan una presencia humana prolongada
El descenso del nivel del lago permitió que personas y grandes animales atravesaran superficies que anteriormente habían permanecido bajo el agua. Las huellas humanas más antiguas identificadas en la secuencia excavada coinciden con el episodio de aridez de hace unos 23.200 años. Junto a ellas aparecen rastros de proboscídeos, entre los que se encuentran los mamuts, perezosos terrestres y carnívoros. Los investigadores también documentaron surcos que atribuyen al arrastre de estructuras formadas por uno o varios palos, posiblemente empleadas para transportar materiales. Estas evidencias muestran que humanos y grandes mamíferos utilizaron el entorno del lago durante una etapa marcada por importantes cambios climáticos.
El análisis del tamaño de las 152 pisadas permitió distinguir cuatro grupos aproximados de edad y estatura. Tres corresponden a niños de distintas edades, mientras que el cuarto incluye adolescentes mayores o adultos. Los autores advierten, sin embargo, de que estas estimaciones presentan incertidumbres y no permiten determinar cuántas personas habitaban la región. Tampoco encontraron evidencias de asentamientos o concentraciones humanas permanentes en el lugar excavado. La distribución de las huellas en numerosos niveles, junto con las marcas de arrastre, respalda la interpretación de que se trataba de una zona de tránsito utilizada repetidamente durante un periodo cercano a los dos milenios, posiblemente por habitantes de la región o por grupos que atravesaban la cuenca.
La principal aportación del estudio es la posibilidad de relacionar la presencia humana con una reconstrucción detallada de las condiciones ambientales de su época. Los investigadores identificaron tanto tendencias prolongadas de calentamiento y pérdida de humedad como fluctuaciones más rápidas, algunas perceptibles dentro de una misma vida humana. Pese a la transformación del paisaje, las evidencias indican que las personas continuaron visitando la cuenca de Tularosa, donde el sistema lacustre todavía ofrecía recursos aprovechables. La investigación no determina cómo modificaron sus hábitos para responder a estos cambios ni demuestra que el clima provocara desplazamientos forzosos o la desaparición de comunidades. Sí acredita, en cambio, que los seres humanos estaban presentes en Norteamérica durante la última glaciación y que convivieron con alteraciones ambientales de considerable magnitud.
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