Millones de monedas revelan una economía romana cada vez más conectada hace más de 2.000 años

Un denario de la época republicana de Roma. Si se considera únicamente el metal (plata), la moneda tiene un valor de unos 3 USD; sin embargo, teniendo en cuenta el poder adquisitivo de la época, su valor podría haber oscilado entre los 20 USD y los 100 USD

Ada Sanuy

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Las monedas que circularon por el mundo romano hace más de 2.000 años conservan un mapa de cómo se fue articulando su economía. Un estudio de Eduardo A. Haddad e Inacio Araujo, publicado en Humanities and Social Sciences Communications, ha analizado la distribución espacial de tesoros monetarios de entre 155 a. C. y 2 d. C. y concluye que el dinero no se desplazaba de forma aleatoria: su presencia estaba estrechamente vinculada con las ciudades, las infraestructuras y las redes de transporte. Además, la distancia fue perdiendo progresivamente importancia como obstáculo para la circulación monetaria, un patrón que los investigadores relacionan con la expansión de las comunicaciones y la creciente integración fiscal y administrativa de los territorios romanos.

Para reconstruir ese proceso, los autores partieron de Coin Hoards of the Roman Republic Online (CHRR), una base que contiene más de 4,2 millones de monedas, de las que seleccionaron 3.988.711 piezas con ceca y lugar de hallazgo identificables. Estas se distribuían entre 24.646 registros de tesoros y 5.167 combinaciones únicas entre lugar de acuñación y punto de aparición; el 99,46% eran de plata, frente al 0,48% de bronce y el 0,06% de oro. Sin embargo, la unidad central del análisis no es el número bruto de monedas, sino los registros construidos a partir de las relaciones entre cecas y lugares de hallazgo. El objetivo es estudiar patrones espaciales de presencia, diversidad y retención monetaria, no utilizar la cantidad de piezas como una medida directa de riqueza o producción económica.

Un mapa del dinero de la República romana

Los resultados dibujan una geografía monetaria fuertemente jerarquizada. Roma, Cartago y otros grandes centros provinciales concentraban una proporción desmedida de los hallazgos, mientras que el análisis estadístico identifica agrupaciones especialmente intensas alrededor de Roma y a lo largo de corredores como la Vía Apia y la Vía Flaminia, alcanzando ciudades como Capua, Beneventum y Brundisium. Los autores consideran que esta distribución reproduce tanto la jerarquía urbana como la red romana de transportes y comunicaciones, en lugar de responder a una dispersión casual de las monedas.

Pero no todas las infraestructuras tuvieron el mismo peso. Los modelos encuentran una relación significativa entre una mayor presencia de monedas y la existencia de estructuras civiles y económicas, mientras que las infraestructuras religiosas muestran una asociación positiva más débil. También aumenta la cantidad esperada de hallazgos cuando existe un puerto antiguo en un radio de cinco kilómetros. En cambio, las instalaciones militares no presentan una relación positiva tan consistente y en algunos modelos incluso aparece una asociación negativa. Para los investigadores, el resultado obliga a matizar la idea de que el Ejército fue el principal motor de la difusión monetaria: las tropas desempeñaron un papel central en el movimiento del dinero, pero la demanda generada por las instituciones y los espacios civiles parece haber sido más estable para sostener su uso y acumulación a escala local.

Predicciones ajustadas del lugar de hallazgo vecino.

Cuando la distancia empezó a importar menos

El cambio más significativo aparece al observar la evolución a lo largo del tiempo. Al comienzo del periodo estudiado, cuanto más lejos estaba un lugar de la ceca, menor era la presencia esperable de sus monedas. Entre 235 y 136 a. C., el modelo detecta todavía importantes fricciones relacionadas con la distancia, pero ese efecto disminuye paulatinamente hasta dejar de ser estadísticamente significativo hacia finales del siglo I a. C. Los autores interpretan esta tendencia como una señal de integración espacial progresiva durante la expansión romana, compatible con la construcción de carreteras y puertos y con las reformas administrativas que facilitaron los desplazamientos a larga distancia y la movilidad del capital.

Eso no significa que todas las monedas viajaran por igual. El estudio encuentra importantes circuitos regionales: el 55,3% de las monedas acuñadas en Narbo, la actual Narbona, apareció dentro de un radio de 1.000 kilómetros de su ceca, y se observan concentraciones locales semejantes alrededor de Massalia y Cartago. Las acuñadas en Roma, por el contrario, presentan una dispersión geográfica mayor, coherente con el papel de la capital en las finanzas públicas y la redistribución entre regiones, aunque una parte considerable permaneció concentrada en el centro de Italia. El sistema combinaba así redes monetarias locales con flujos capaces de alcanzar territorios mucho más alejados.

La expansión territorial también modificó el destino del dinero. Con el paso del tiempo disminuyó el peso relativo de las monedas halladas en el núcleo y las zonas ya pacificadas mientras aumentaba en territorios de transición y expansión. Los investigadores consideran que ese desplazamiento es compatible con un cambio en la geografía del gasto público, especialmente a través de pagas militares e inversiones en infraestructuras dirigidas hacia los nuevos territorios. Proyectos como la Vía Egnatia en los Balcanes y la extensión de la red viaria hacia Hispania, el norte de África y Oriente Próximo contribuyeron a reducir los costes de transacción y favorecieron la monetización de las economías locales.

Los autores insisten, no obstante, en los límites de lo que puede afirmarse a partir de estas evidencias. Los tesoros monetarios no registran directamente transacciones, precios ni volúmenes comerciales y están condicionados por la conservación, los descubrimientos arqueológicos y la forma en que estos se documentan; además, las cronologías de las monedas y de las infraestructuras empleadas en el análisis no coinciden exactamente. Por eso el trabajo no pretende reconstruir cada viaje realizado por una moneda ni demostrar relaciones causales, sino identificar patrones de largo plazo. Lo que emerge de ellos es una República romana en la que la circulación del dinero estuvo cada vez menos limitada por la geografía y más articulada por ciudades, instituciones e infraestructuras, hasta configurar un espacio económico progresivamente conectado.

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