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Nuestra tierra

Imagen de la dehesa de Extremadura

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Dedico estas líneas a Juan Carlos Rodríguez Ibarra

El odio siempre fue una cuestión de clase. Por eso, en este país y en cuantos comparten nuestro espectro cultural, el poder hegemónico castigó con violencia, persecución y muerte a quienes osaron desnudar las contradicciones de clase y torcer, en beneficio de las mayorías, una hegemonía sostenida por unos pocos a costa de toda la sociedad. Mi familia también pagó ese precio, y lo hizo con el vil asesinato de mi bisabuelo Porfirio en 1947, perseguido y ejecutado en el franquismo por el delito de defender la libertad, la igualdad y la justicia social: las mismas banderas que hoy algunos siguen queriendo arrancarnos de las manos.

Aquella herida marcó a mi familia materna para siempre, pero jamás nos rindió al odio, ni a la revancha, ni al rencor. Frente a quienes hoy querrían blanquear el franquismo, borrar la memoria o banalizar sus víctimas, nosotros respondemos con lo contrario: memoria que combate el olvido, que no traiciona a los asesinados y que se convierte en conciencia de clase para las generaciones que vinieron después. Eso hicieron los míos, y a mí me tocó crecer en una familia de trabajo y compromiso con nuestra tierra. El campo era nuestra forma de vida, y el orgullo de sentirnos parte de cada olivo, de cada animal, nos forjó hacia un futuro que solo fue promisorio porque el socialismo se atrevió a hacer, en paz, la revolución igualitaria más profunda que ha conocido este país: llevar la educación pública, la sanidad universal y la dignidad a quienes la oligarquía había condenado, generación tras generación, a la ignorancia y a la servidumbre. Que nadie lo dude ni lo relativice: eso fue y es revolucionario.

En mi caso, primero el Colegio Público Divino Maestro de Ahigal, luego la Universidad Laboral y después las Universidades Politécnicas de Extremadura y Madrid fueron mis caminos hacia el conocimiento. Eso sí, primero ayudaba en el campo cuando hacía falta y luego me sumaba a las clases: siempre, primero la tierra y la clase que la labra. Trabajé algunos años en Madrid, pero el paradigma real de aquella revolución aquí en Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, me susurraba al oído la necesidad de volver y de devolver a mi pueblo, a mi provincia y a mi gente todo lo que el socialismo me había proporcionado. Por eso regresé a servir desde lo público, a combatir desde la trinchera que me tocó contra una oligarquía que ayer sostuvo la dictadura y hoy sostiene a las derechas de siempre dispuestas, de nuevo, a desmantelar lo público, a privatizar lo común y a condenar al medio rural al abandono. Hoy también nos lo quieren imponer y hoy también, organizados, se lo vamos a impedir.

Extremadura es una tierra en la que crecer constituye un orgullo de clase: crecer sin odio, pero con memoria, con conciencia y con la firme vocación de defenderla desde lo público, sin complejos y sin concesiones al privilegio de unos pocos.

En el terreno de lo práctico, hacer política es tener en la cabeza lo que tiene que pasar y generar las condiciones para que pase. En nuestra tierra, hacer política socialista es afirmar sin titubeos que esta tierra va a dejar de vaciarse, que va a estar conectada por tren de alta velocidad y que va a producir la energía limpia que nos hará soberanos frente a los mismos oligopolios de siempre — y después no ceder hasta traducirlo en presupuestos, en reivindicaciones a ADIF, Red Eléctrica y quien haga falta, en proponer alianzas con las realidades territoriales que la componen y en la voluntad de no frenar ante ningún obstáculo técnico, ambiental o financiero que la derecha y/o sus intereses quieran poner en nuestro camino.

Y lo que va a pasar, les guste o no a quienes nos miran desde lejos y con condescendencia, es que dejaremos de ser las cifras del éxodo que otros usan para justificar el abandono, y se conviertan, de una vez y para siempre, en un lugar donde la gente tenga motivos —y derechos— para venir y quedarse.

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