El secreto del agua limpia en una ciudad maya llevaba siglos enterrado donde nadie quería mirar: en los restos fecales
La supervivencia dependía de algo tan básico como que el agua no se echara a perder. En la sociedad maya, mantener el agua limpia exigía controlar lo que ocurría alrededor de los depósitos, aunque la tecnología fuera muy limitada si se compara con la actual.
Los residuos humanos podían contaminar esas reservas en poco tiempo y provocar problemas graves de salud. Ese riesgo de envenenamiento obligaba a organizar la vida con cuidado. Las zonas de vivienda, el uso del espacio y los hábitos diarios tenían que ajustarse a esa necesidad. Sin ese control, el agua almacenada durante meses se convertía en un problema.
Un estudio reveló niveles muy bajos de suciedad humana
Esa necesidad de proteger el agua aparece reflejada en un trabajo científico, publicado en Archaeometry, que examina sedimentos de tres reservorios en la ciudad maya de Ucanal y detecta niveles muy bajos de restos fecales a pesar de la presencia de miles de habitantes.
El estudio identifica compuestos derivados de las heces que sirven como rastro químico de actividad humana. Los resultados indican que la contaminación fue mínima durante largos periodos. Ese dato apunta a un sistema de control eficaz en torno al agua almacenada.
Para llegar a esa conclusión, los investigadores analizaron muestras secas extraídas de tres depósitos. En esos sedimentos buscaron esteroides fecales, con especial atención a los que proceden de la digestión humana y se distinguen de los de otros animales.
La comparación entre capas permitió ver cómo variaban esos restos con el paso del tiempo. La mayoría de las muestras ofreció cantidades muy bajas o incluso indetectables, algo poco habitual en entornos con población densa.
La química explica parte de la desaparición de esos restos
Una parte de esa baja presencia se puede explicar por procesos químicos. En sedimentos con oxígeno, muchos de estos compuestos se descomponen con rapidez, lo que reduce su rastro con el tiempo. Ese fenómeno, conocido como degradación aeróbica, afecta a los esteroles presentes en las heces.
Aun así, esa explicación no basta por sí sola. Incluso teniendo en cuenta esa descomposición, los niveles siguen por debajo de lo esperable en un sistema con tanta actividad humana.
Los biomarcadores fecales permiten reconstruir ese pasado porque funcionan como señales químicas de presencia humana. Se trata de esteroles y estanoles que se conservan durante siglos en condiciones adecuadas. Su análisis en sedimentos ayuda a estimar cuánta gente vivía en un lugar y cómo gestionaba sus residuos. En este caso, su ausencia relativa resulta tan reveladora como su presencia
La organización del espacio evitó que todo acabara en el agua
Todo apunta a que hubo decisiones claras sobre dónde y cómo realizar ciertas actividades. Evitar que los desechos llegaran a los reservorios exigía separar espacios y controlar el uso del entorno cercano al agua.
Esa organización redujo la contaminación y permitió mantener reservas utilizables durante meses. En una región que dependía casi por completo de la lluvia, esa forma de actuar resultaba esencial para la vida diaria.
Sin embargo, el patrón no fue siempre igual. En capas correspondientes al periodo Clásico tardío y al Clásico terminal, entre aproximadamente 600 y 1000 d. C., aparecen aumentos en esos restos fecales. Ese cambio coincide con fases de crecimiento de la población en la ciudad.
A medida que aumentaban los habitantes, crecía también la presión sobre el agua y los sistemas de residuos, aunque incluso entonces los niveles seguían siendo relativamente bajos frente a otros asentamientos comparables.
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