La última erupción del Etna parecía violenta, pero los expertos advierten que lo más importante ocurrió bajo tierra

Durante unas horas, tres frentes de lava avanzaron por las laderas del Etna

Héctor Farrés

10 de junio de 2025 11:08 h

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Las laderas del Etna temblaron a media mañana del 2 de junio, cuando una serie de explosiones lanzó al aire fragmentos incandescentes y una densa nube de ceniza. En cuestión de minutos, el cielo sobre Sicilia se cubrió con un velo grisáceo que obligó a desviar varios vuelos en la zona.

La columna eruptiva superó los 5.000 metros de altitud y arrastró consigo gases calientes, rocas y partículas finas a gran velocidad. Fue una erupción potente, sin víctimas ni daños de consideración, pero que volvió a poner al volcán en el centro de atención científica.

El colapso del cráter sureste desencadenó una avalancha volcánica de gran intensidad

Los datos preliminares del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia apuntan a que la causa directa fue un aumento brusco en la presión interna del sistema magmático. Ese exceso de energía provocó el hundimiento parcial del cráter sureste, lo que desencadenó una avalancha de materiales volcánicos.

Tras la expulsión inicial, tres coladas de lava comenzaron a fluir por distintas vertientes, generando un espectáculo continuo que, aunque fue intenso, se estabilizó horas más tarde. En la misma jornada, el centro de monitoreo confirmó la desaparición del fenómeno eruptivo.

Según los primeros informes, un aumento repentino de presión en el sistema magmático provocó el hundimiento parcial de una de las bocas activas

El Etna no es ajeno a este tipo de episodios. Se le considera uno de los volcanes más activos del planeta, con un comportamiento que combina erupciones efusivas y explosivas en ciclos cada vez más cortos. En las últimas dos décadas, su frecuencia ha ido en aumento.

Solo en 2021, por ejemplo, se registraron más de cincuenta episodios eruptivos en seis meses. En general, estas manifestaciones se asocian al estilo estromboliano, conocido por sus explosiones rítmicas y la emisión de lava fluida. Sin embargo, lo ocurrido esta semana apunta a una intensidad mayor.

La erupción se sitúa entre los estilos estromboliano y pliniano por su violencia

El análisis de la nube ardiente que descendió por la pendiente tras el colapso del cráter muestra que el evento podría superar el umbral de una erupción estromboliana clásica. Para los expertos, este tipo de actividad se sitúa en un punto intermedio entre las erupciones hawaianas, que se limitan a flujos tranquilos de lava, y las plinianas, que son extremadamente destructivas y de larga duración. En este caso, el flujo piroclástico indica una presión interna lo suficientemente alta como para desencadenar una liberación explosiva de gran volumen.

El control de este tipo de fenómenos se basa en herramientas tecnológicas capaces de detectar variaciones ínfimas en el comportamiento del terreno. Entre las más eficaces, destaca el uso de sensores sísmicos, cámaras térmicas e imágenes satelitales.

El sistema de alerta temprana del Etna permite actuar con rapidez ante cualquier señal anómala

El ascenso del magma genera pequeños temblores al fracturar las rocas, lo que permite identificar su desplazamiento. A eso se suma la detección de deformaciones superficiales, que indican acumulación de presión. Gracias a estas señales, se puede anticipar una erupción con mayor precisión que hace unas décadas.

En el caso del Etna, las autoridades disponen de un sistema de alerta temprana que permite actuar con rapidez ante cualquier actividad anómala. Aunque buena parte de la población que vive cerca del volcán está acostumbrada a su presencia, la vigilancia constante sigue siendo prioritaria. Las infraestructuras críticas, como aeropuertos y carreteras, tienen planes de contingencia para reubicarse o suspender actividades si la actividad volcánica lo requiere.

La memoria del Etna recuerda tragedias pasadas que hoy serían menos letales

La historia del Etna está marcada por episodios mucho más destructivos. El más grave del que se tiene registro ocurrió en 1669, cuando una enorme erupción causó la muerte de unas 20.000 personas en la ciudad de Catania. Aquel evento se inició con la apertura de grietas en las laderas y la emisión de gases letales que afectaron a miles de habitantes. Días después, la lava alcanzó el centro urbano y arrasó con casas, calles y fortificaciones.

A diferencia de entonces, hoy existen mecanismos para reducir el impacto de este tipo de eventos. La comunicación entre organismos científicos y de protección civil ha mejorado considerablemente, lo que permite una respuesta más coordinada.

Además, el conocimiento acumulado sobre la estructura interna del volcán facilita la interpretación de sus señales. Todo eso ayuda a mantener a salvo a la población, aunque el margen de incertidumbre siempre persiste.

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