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Una ola de rebelión climática que empuje la transición

Acción directa noviolenta celebrada en julio de 2019 en el campamento climático Camp In Gas, contra los planes de perforación de la empresa Australis Oil&Gas

El 8 de octubre se cumple un año desde que el Grupo de expertos para el cambio climático (IPCC, por sus siglas en inglés) emitiera su informe especial 1,5ºC. En el informe advertía que no sobrepasar ese aumento de temperatura a final de siglo implicaba reducciones de emisiones profundas, y cambios de gran calado, de largo alcance, y urgentes en todas las esferas de la sociedad. Ha transcurrido un año y los cambios no asoman, mientras la clase política sigue en la parra, enzarzada en sus disputas.

El día anterior de este primer aniversario de inacción política en torno a esta advertencia, la sociedad española está convocada a una acción, centralizada en Madrid, de desobediencia civil no violenta. 2020 Rebelión por el clima y Extinction Rebellion son las dos plataformas que hacen el llamamiento. Las personas que quieran participar tienen que registrarse en un formulario; es decir, la acción requiere un esfuerzo deliberado y una intencionalidad expresa de participar, y conlleva posibles implicaciones legales para las personas participantes. Aún así, eso no está arredrando a mucha gente, que se está apuntando dispuesta a dar ese paso.

Desde el Acuerdo de París, tras el que los gobiernos hicieron unas promesas (de cumplimiento voluntario) sobradamente insuficientes para contener la temperatura siquiera por debajo de 2ºC, floreció en el movimiento climático el concepto de las "líneas rojas", una especie de hasta aquí hemos llegado, que pretendía visibilizar la determinación social de plantarse y no permitir que los políticos siguieran toreando la situación climática. A partir de entonces hemos asistido a un escalado en las tácticas de lucha, que han ido adentrándose en el terreno de la desobediencia.

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#FridaysForFuture: la generación del colapso ecológico en la era de la postsostenibilidad

En el imaginario colectivo, este movimiento brota sin precedentes, como un rayo de esperanza. Prima la visión de la juventud purificadora, enérgica e ingenua, al fin tomando las riendas de esta nave sin frenos. Pero el sentimiento que nos impulsa es justo el opuesto. Este movimiento nace de un grito de terror, de desesperación, en boca de la generación que vivirá el colapso. Una generación que no sobrevivirá para contarlo.

Nos urge señalar a los responsables de la crisis climática y nombrar las complejidades de la realidad de la que tomaremos el relevo. Se precisa hablar de ecocidio, de injusticia y de los crímenes cometidos hacia la misma Tierra que nos mantiene con vida. No hablamos de un mero cambio en el clima global, no son nuestros términos. Hablamos en términos de crisis, de colapso, de disrupción, de conflictos, de guerras, de hambrunas, de desplazamientos masivos y de extinción. El vocabulario presente no puede ser moderado, debe ser preciso. Desde la perspectiva de ser de las generaciones futuras, denunciamos nuestra herencia: un entorno natural destrozado y un sistema social quebrado.

Aún se percibe el medio ambiente como una entidad natural etérea y lejana de la cual no dependemos, a la vez que se concibe su desestabilización inducido por acción humana y su consecuente colapso como una amenaza futura y ajena. Pero la realidad es la opuesta en ambas cuestiones: el cambio climático es una realidad actual y nadie se exime de sus efectos. Sin embargo, desde esta óptica, se critica a este movimiento bajo el calificativo de catastrofista, fatalista o alarmista. Aquí no se equivocan. La situación actual exige hablar en esos términos. Exige que la crisis ecológica se nombre exactamente como lo que es: una emergencia global.

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De Riotinto a la Huelga Mundial por el clima del 27S

huelga clima

Corria el año 1888, las compañías mineras británicas llevaban quince años explotando las minas de Riotinto en Huelva, con un modelo de gestión autoritario y con enormes impactos ambientales para trabajadores y habitantes. Junto al malestar obrero organizado en los sindicatos se constituyó la Liga Antihumista, un grupo agroganadero de terratenientes que denunciaba las consecuencias que los gases tóxicos de la minería tenían para la salud de las personas, del ganado y de las tierras de cultivo.

Tras años de acumular agravios y desprecio la situación desembocó en una huelga general en las minas, a la que se sumaron las comunidades obreras y campesinas de la comarca. Las reivindicaciones de mejores condiciones de trabajo se vincularon a las de mejoras en la calidad de vida y contra la contaminación. El 4 de febrero en medio de un paro total se convocaba una manifestación que movilizó a miles de personas frente al Ayuntamiento de Riotinto. La respuesta fue una represión salvaje, el ejercito disparó contra la multitud causando más de un centenar de muertos.

Días después de la revuelta, la calcinación al aire libre del mineral que causaba las nubes tóxicas fue prohibida a través de un Real Decreto. Dos años después, en 1890 la Real Academia de Medicina concluíade forma fraudulenta que no había pruebas de un impacto negativo de los humos en la salud, los intereses de Rio Tinto Company Limited para que se retomara la actividad minera prevalecieron sobre el interés general de los habitantes.

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Emergencia climática y proyecto de país

El mes de Julio ha sido el más caluroso desde que existen registros climáticos, confirmando los últimos informes científicos: la crisis ecológica y climática se recrudece y es imprescindible impulsar cambios rápidos y profundos para tratar de evitar, si aún estamos a tiempo, los peores escenarios de una desestabilización global de los sistemas vitales del planeta.

Conscientes de la gravedad de la situación, más de cien organizaciones en España, agrupadas en Alianza Climática, han decidido sumarse a la Huelga Mundial por el Clima del 27 de septiembre para reclamar la Declaración del Estado de Emergencia Climática. Pero, a pesar de que la presión social está creciendo en todas partes, hay que reconocer que, hasta la fecha, los compromisos institucionales, más allá de su interés simbólico, no están ofreciendo respuestas a la altura de los desafíos planteados. Tres referencias al respecto.

En primer lugar, las declaraciones de emergencia deberían interpretarse como el último recurso para adoptar medidas excepcionales con las que hacer frente a una amenaza de catástrofe existencial, un auténtico ecocidio impulsado por la crisis climática y de la biodiversidad. Y, sin embargo, como se insiste desde el mundo científico, las respuestas siguen sin mostrar la contundencia necesaria para hacer frente a la situación.

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El Paso, extremismo violento y crisis ecosocial

Un hombre se arrodilla y reza ante el homenaje a las víctimas del tiroteo en El Paso, Texas, el 5 de agosto de 2019.

Termino de leer varias crónicas de los asesinatos de El Paso: 22 personas asesinadas por un extremista violento. Más abajo una noticia sobre el Open Arms que acaba de rescatar a 124 personas en el Mediterráneo. Busca un puerto seguro para desembarcarlas, pero no lo encuentra, no solo no se lo facilitan, sino que se enfrenta a multas de hasta 900.000 por su labor de rescate. Todo en las mismas 24 horas.

Empieza el análisis de lo sucedido (en El Paso, por supuesto, lo otro es más frecuente y menos llamativo), un episodio de extremismo violento, ligado a la proliferación de la violencia ejercida por personas de extrema derecha (la extrema derecha es responsable de más del 70% de los 427 asesinatos relacionados con extremismo violento en EEUU en la última década).  

Se intenta explicar lo sucedido desde distintas miradas. Algunas más centradas en analizar la evolución del individuo (factores individuales), su personalidad, su salud mental y su motivación para recorrer 9 horas de coche para cometer los asesinatos.  Otras revisan la influencia de los grupos sociales (factores sociales), sobre todo los discursos de odio, su relación con internet y la influencia de Trump y su administración en este atentado. Y otras analizan el contexto (factores estructurales): el racismo estructural de EEUU.

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Europa necesita un Pacto de Sostenibilidad, Equidad y Bienestar

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Lo que se viene escuchando en las calles de Europa y otros lugares es "cambio sistémico, no cambio climático". Cuando la activista climática Greta Thunberg se reunió con el presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, le dijo que hablase con los expertos, pero ¿qué es lo que estos le dirían?

Nosotros, expertos en cambios sistémicos venidos del ámbito académico, empresarial, de la gobernanza de grandes ciudades y de la sociedad civil, queremos dar respuestas valientes a la vez que factibles. El otoño pasado, un grupo de 238 científicos y 90.000 ciudadanos pidieron el fin de la dependencia del crecimiento de Europa. En la conferencia "Crecimiento en transición" en Viena, hicimos esto más concreto. Proponemos tres puntos de apoyo básicos acerca de cómo realizar una transición hacia una sociedad próspera dentro de los límites planetarios. Estas propuestas de cambio sistémico se han traducido a 15 idiomas. La lista de firmantes ha llegado a 242 expertos, y no deja de crecer.

Lo que nos une es el deseo de mirar más allá de un sistema económico preocupado únicamente en incrementar el PIB hacia un plan por una economía postcrecimiento más realista y optimista. Nuestras propuestas representan una guía para los responsables de hacer políticas tanto a nivel europeo como nacional, regional y municipal sobre cómo enfrentarse a la cada vez más acuciante triple crisis: cambio climático, extinción masiva y desigualdad.

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Green New Deal: solucionar problemas y problematizar soluciones

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El incuestionable deterioro de los ecosistemas naturales por un lado, así como la sorpresiva entrada en escena de unos desafiantes movimientos sociales (Extinction/Rebellion, huelgas climáticas…), están situando de forma irreversible las cuestiones ambientales en la esfera pública y en la agenda política. Las hasta ahora simbólicas declaraciones de emergencia climática anunciadas por diversos países o por el mismo Vaticano serían su mejor constatación.

Esta efervescencia ecologista ha dotado de vigencia y de visibilidad al Green New Deal, una propuesta que apela a la reactualización del paquete de políticas más progresistas de la historia de EEUU, implementadas para salir de la crisis de los años treinta. Esta vez articuladas en torno a ambiciosas políticas públicas de transición energética y ecologización de la economía, Hector Tejero y Emilio Santiago avivan este debate en nuestra geografía con la publicación de ¿Qué hacer en caso de incendio' Manifiesto a favor del Green New Deal, editado por Capitán Swing. Un libro que traduce a nuestro contexto estas discusiones, presentando la gravedad y complejidad de la crisis ecosocial, sin ahorrar dramatismo pero huyendo del catastrofismo paralizante; de forma que se desvelan las potencialidades del ecologismo para vertebrar un nuevo contrato social, empujar desafiantes políticas redistributivas y fortalecer la democracia.

Articulada en torno a una serie de sectores estratégicos como la transición energética y la descarbonización de la economía, la reconstrucción de sistemas alimentarios inspirados en principios agroecológicos, la reordenación de la movilidad y el transporte, la renaturalización y los procesos de resalvajización, los cuidados y la reproducción social, así como las necesaria reorganización del sistema educativo o del sistema fiscal. Una constelación de medidas que abordadas de forma coherente, coordinada y decidida se postularían como las bases desde las que empezar a hacer políticamente posible lo que es científicamente razonable y económicamente implanteable.

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Desacoplamiento de la realidad

La palabra “desacoplamiento” intuitivamente nos sugiere la desconexión entre dos cosas que previamente estaban muy estrechamente relacionadas y evolucionaban conjuntamente. El desacoplamiento requeriría así de un cambio profundo, endógeno o inducido externamente, que altere su relación.

Aunque no sea de uso corriente, este concepto de desacoplamiento es, de hecho, la piedra angular sobre la que se basa el plan de transición a la sostenibilidad propuesto por el establishment y que está progresivamente sustituyendo a la propuesta de “desarrollo sostenible”, que parece haberse quedado desfasada: el Crecimiento (o Economía) Verde. Éste consistiría básicamente en la continuación del crecimiento económico, pero rompiendo la sólida relación histórica entre éste y el creciente agotamiento de recursos e impactos ambientales. Desacoplándolos. La idea es que se reduzca el uso de recursos e impactos ambientales en paralelo a un mayor consumo de bienes y servicio. Desmaterializando la economía. Pongamos un ejemplo sencillo: que se incremente el número de coches producidos y adquiridos por la sociedad, pero extrayendo una menor cantidad de materias primas y requiriendo menos energía tanto para su construcción como para su funcionamiento. Todo ello en un proceso continuo, de forma que esa divergencia iría aumentando progresivamente. De hecho, dado el gran nivel de insostenibilidad actual, la reducción de impactos debería de producirse a un ritmo muy elevado.

Desacoplamiento de la realidad

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Supermercados cooperativos: gente ordinaria haciendo cosas extraordinarias

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Corría el año 1890 nacía Aglomeración Cooperativa Madrileña, la cooperativa de consumo pionera de la ciudad. Una fórmula para satisfacer las necesidades alimentarias de las clases populares en mejores condiciones de las que ofrecía el mercado, un experimento de otras relaciones de producción y consumo, que a la vez servía para difundir el ideario socialista.

Esta iniciativa evolucionó y sirvió de germen para la Cooperativa Socialista Madrileña fundada en 1907, que agrupaba cinco tiendas de comestibles, una zapatería, un despacho de vinos, dos bodegas y una tienda de objetos de escritorio. Miles de cooperativistas de consumo y una plantilla de 32 personas empleadas sostenían esta iniciativa, que seguiría viva hasta la guerra civil. Una experiencia asociativa ligada a la emblemática nueva Casa del Pueblo construida en un antiguo palacio comprado por la UGT, y que llegaría contar con más de 100.000 persona afiliadas, cerca de un décimo de la población madrileña de la época.

Durante la II República se habían popularizado por todas las zonas industriales de nuestra geografía las cooperativas de consumo, pensemos que solo en Barcelona había unas sesenta iniciativas. El franquismo intentó replicar el modelo mediante los economatos laborales ligados a las grandes empresas del Instituto Nacional de Industria, pero fracasó, en buena medida por la falta de protagonismo de la gente y la ausencia de democracia interna. Las cooperativas de consumo resurgieron tímidamente a finales de los años cincuenta, manteniendo el objetivo de garantizar el acceso a alimentos para una clase obrera empobrecida, a la vez que ofrecían una experiencia asociativa relativamente autónoma en plena dictadura.

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Economistas, por favor, inventen algo

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Concentración en Santander por el 'Friday for future'. | R.A.

El pasado 9 de junio la tribuna de El País abría la semana con un curioso artículo de John Gray, "Cambio climático y extinción del pensamiento", que es un buen ejemplo de cómo hasta las personas más lúcidas pueden caer en la trampa de confiar en soluciones tecnooptimistas con muy poca base a la hora de buscar soluciones al cambio climático.

El de John Gray es un artículo curioso porque comienza afirmando la importancia del cambio climático y diciendo tajantemente que "todo el mundo, excepto los negacionistas más contumaces, se da cuenta de que, en el mundo que los seres humanos han habitado a lo largo de su historia, está teniendo lugar un cambio sin precedentes". Pero después, sorprendentemente, en lugar de dar la razón al colectivo que ha puesto sobre la mesa la emergencia climática, califica de ingenuo al movimiento ecologista y desprecia las soluciones que éste propone.

Gray llega a decir que "los actuales movimientos ecologistas son expresión de un pensamiento mágico, intentos de ignorar la realidad o evadirse de ella, más que de entenderla y adaptarse". Resulta realmente curioso que, en el mismo artículo, el Sr. Gray reconozca que la ciencia y la realidad están confirmando lo que los movimientos ecologistas denunciaron contra viento y marea durante décadas (mientras prácticamente toda la sociedad lo negaba) y, por otro lado, diga que este movimiento vive fuera de la realidad y no se basa en la ciencia.

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