Que no te la den con queso: los cinco quesos que debes probar si viajas a Portugal
Parece que la gastronomía de Portugal vive eternamente a la sombra del bacalao y de los pastéis de nata. Y sí, ambos son espectaculares, pero quedarse ahí es como ver solo la portada de un libro que merece leerse entero. Porque si hay algo que define al país vecino —aunque se mencione menos— es su tradición quesera, profundamente ligada al territorio, al pastoreo y a una forma de entender la cocina que mezcla sencillez y carácter.
Hablar de quesos portugueses es hablar de producto, de leche cruda, de cuajos vegetales y de una diversidad que sorprende en cada región. Y si eres de los que viajan con hambre —o con curiosidad—, hay cinco nombres que conviene no perder de vista.
El cremoso Azeitão
El Azeitão es uno de esos quesos que no se olvidan fácilmente. De pequeño tamaño y elaborado con leche cruda de oveja, tiene una textura extremadamente cremosa, casi líquida cuando alcanza su punto óptimo de maduración.
Su sabor es intenso, ligeramente picante y con ese punto salvaje que tienen los quesos que no se han domesticado del todo. Se puede abrir por la parte superior y comerlo untado, como si fuera una mantequilla con carácter. No es casualidad que tenga Denominación de Origen Protegida y que acumule premios internacionales año tras año.
Serra da Estrela
Si hay un queso que representa la esencia del país, ese es el Serra da Estrela. Su origen se remonta, según muchas fuentes, a tiempos romanos, y su producción documentada aparece ya en la Edad Media en la región de Beira Interior.
Es un queso elaborado con leche de oveja y cuajo vegetal, lo que le aporta una textura cremosa pero más compacta que otras tortas similares. Su sabor es suave en comparación con otros quesos de oveja, pero con una acidez marcada que le da personalidad. Es de esos quesos que parecen tranquilos al principio, pero que se quedan contigo después.
Terrincho
En la región de Trás-os-Montes aparece el Terrincho, un queso menos conocido fuera de Portugal pero con un carácter muy definido. Elaborado con leche de oveja terrincha, su proceso de curación puede alargarse hasta varios meses, dando lugar a versiones más intensas conocidas como “velho”.
Una de sus particularidades es su curación en contacto con centeno, lo que le aporta notas tostadas muy reconocibles. Es un queso que marida prácticamente con todo y que encaja a la perfección en la gastronomía portuguesa, donde el sabor directo y sin artificios es una constante.
Évora
Si te gustan los quesos con personalidad fuerte, el Évora es una apuesta segura. Este queso alentejano, elaborado con leche de oveja merina y cuajo vegetal, destaca por su textura firme y su sabor potente, ligeramente salado y con un punto picante que no pasa desapercibido.
Su maduración puede superar el año, lo que intensifica aún más su perfil. No es un queso para todos los públicos, pero quienes entran en su juego suelen quedarse. Es el típico caso de amor a primera mordida… o rechazo absoluto. No hay término medio.
Rabaçal
Cerca de Coimbra, en un entorno de praderas que parecen sacadas de otra época, se elabora el Rabaçal, uno de los grandes secretos del país.
Este queso mezcla leche de oveja y cabra, lo que le da un equilibrio muy interesante entre suavidad y carácter. Es mantecoso, ligeramente picante y con un toque aromático que proviene de la hierba Santa María, una planta silvestre de la zona.
Es, probablemente, el más accesible de todos los de esta lista, el que funciona con cualquier paladar y el que mejor acompaña a un vino verde bien frío. Si tienes que elegir uno para empezar, este es el candidato perfecto.
Un país que también se entiende a través del queso
Al final, descubrir estos quesos es otra forma de viajar a Portugal. Porque más allá de los platos más conocidos, está esa red invisible de tradiciones que siguen vivas en pequeños productores, en mercados locales y en mesas donde el queso no es un acompañamiento, sino un protagonista.
Y ahí está la gracia. En descubrir que Portugal no solo sabe a bacalao, sino también a leche cruda, a pasto y a tiempo. A ese tiempo que hace falta para que un queso pase de ser un alimento a convertirse en identidad.
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