El pequeño pueblo con forma de anfiteatro que alberga un castillo del siglo XV y un observatorio astronómico
En plena Sierra de los Filabres, el pequeño pueblo de Gérgal destaca como un auténtico tesoro blanco que desafía la gravedad en una ladera escarpada de gran belleza. Este municipio almeriense es célebre por su singular disposición urbana, la cual adopta la forma de un anfiteatro natural asomado a una rambla. Sus orígenes se remontan a la época andalusí, cuando era conocido como Shargal o Xérgal, un nombre vinculado históricamente a la industria de la seda. A tan solo cuarenta kilómetros de la capital de la provincia de Almería, Gérgal se asienta sobre una geografía de pizarra que define su carácter visual. Pasear por su núcleo es descubrir un trazado de calles estrechas y sinuosas que conservan la esencia de su pasado morisco medieval.
La vista panorámica desde la distancia recuerda a las villas castellanas, dominada siempre por la imponente silueta de su fortaleza defensiva. Hoy en día, Gérgal es un refugio de tranquilidad para quienes buscan desconectar del estrés del ritmo de vida actual, un enclave donde la tradición y la modernidad conviven bajo un cielo de una transparencia que es excepcional. El caserío tradicional de Gérgal destaca por sus fachadas blancas y encaladas que contrastan con los tonos ocres de la sierra. Las viviendas se caracterizan por una construcción tosca y sencilla, empleando materiales locales como la piedra, el barro y la paja. Un elemento distintivo de su arquitectura son los “terraos”, cubiertas planas impermeabilizadas con launa para soportar el clima de la zona.
Muchas de estas casas conservan las chimeneas y los aleros superpuestos que otorgan al pueblo una fisonomía rural muy inconfundible. La distribución en pendiente permite que cada hogar se asiente escalonadamente, respetando la estructura que legaron sus antiguos pobladores. Esta fisonomía se ha mantenido protegida, evitando que los nuevos invernaderos perjudiquen el paisaje histórico del núcleo urbano consolidado. Los visitantes quedan cautivados por el contraste entre el verdor de la vega y la aridez del cercano desierto europeo. Es, en definitiva, un ejemplo vivo de la adaptación humana a un entorno de montaña que es especialmente exigente.
Coronando este anfiteatro de cal se alza el majestuoso Castillo de Gérgal, una fortaleza construida durante la Baja Edad Media. Situado sobre una roca pizarrosa, este bastión de origen musulmán servía para vigilar el cruce estratégico de varios caminos históricos. Su estructura actual presenta un robusto torreón central rodeado por una muralla de retención con casamatas de tejados puntiagudos. Tras la toma de Granada, la fortaleza pasó a manos de los Reyes Católicos en 1492 y fue cedida a Alonso de Cárdenas. Durante siglos, su función principal fue la defensa del territorio frente a las incursiones de piratas turcos y también berberiscos.
A pesar de los conflictos vividos, el castillo ha llegado a nuestros días en un excelente estado de conservación estructural. Fue restaurado profundamente en el año 1970 y declarado Bien de Interés Cultural en 1993. Aunque actualmente es de propiedad privada, sigue siendo el símbolo de poder y vigilancia de toda la comarca almeriense. La historia de Gérgal igualmente está marcada por episodios dramáticos, especialmente durante la rebelión de los moriscos en el año 1568. En aquel entonces, el Conde de la Puebla gobernaba la villa, pero su alcaide, el morisco Francisco Portocarrero, traicionó su confianza.
Los cristianos viejos del pueblo fueron encerrados bajo engaños en el interior de la fortaleza y posteriormente fueron degollados cruelmente. Este suceso tiñó de sangre los muros del castillo antes de que las tropas del Marqués de los Vélez recuperaran la plaza. Tras la expulsión definitiva de los moriscos, la zona quedó parcialmente despoblada y fue necesaria una nueva repoblación de vecinos. Gentes llegadas de otros puntos de España se asentaron principalmente en las zonas bajas, creando nuevos barrios y plazas públicas. Este cambio demográfico influyó en el trazado de la actual Calle Real y en la construcción de nuevos edificios religiosos. La huella de aquel conflicto aún resuena en las crónicas que narran el pasado turbulento de esta villa serrana.
No solo la historia militar define a este municipio, pues su ubicación privilegiada le otorga uno de los cielos más limpios de Europa. En la cumbre de la Sierra de los Filabres se sitúa el Observatorio Astronómico de Calar Alto, a más de dos mil metros. Este centro científico de vanguardia aprovecha la ausencia de contaminación lumínica para escudriñar los misterios del universo más profundo. El observatorio es un orgullo para los gergaleños y atrae a expertos de todo el mundo por su tecnología muy avanzada. Contemplar el firmamento desde este punto de la geografía almeriense es un espectáculo visual digno de ser vivido y recordado.
Esplendor y emigración
Durante el siglo XIX y principios del XX, Gérgal vivió una etapa de esplendor económico gracias a la uva y la minería. El cultivo de la uva de Ohanes o “uva de barco” transformó el paisaje agrícola, dedicando cientos de hectáreas a este producto. Al mismo tiempo, las minas de hierro del norte atrajeron a compañías extranjeras, como la prestigiosa Soria Mining de Liverpool. Para transportar el mineral, se instaló un innovador cable aéreo que conectaba los yacimientos con la estación de ferrocarril. Gérgal se convirtió en un nudo logístico importante, contando con la primera línea ferroviaria de vía ancha electrificada de España.
Sin embargo, la crisis de los años veinte y los altos costes de transporte acabaron por hundir estas industrias locales. La emigración hacia Catalunya y Europa en las décadas posteriores redujo significativamente la población del municipio serrano. Hoy, su economía se sustenta en el cultivo tradicional de cereales, olivos y la recuperación activa del turismo rural. El entorno árido y espectacular de Gérgal no ha pasado desapercibido para la industria cinematográfica internacional de Hollywood. Sus paisajes han sido el escenario de producciones legendarias, especialmente del género conocido como el “spaghetti western”. En definitiva, una mezcla de alicientes, un lugar donde el tiempo parece detenerse bajo la mirada eterna de su fortaleza y sus estrellas infinitas. Quien visita este anfiteatro de la Sierra de los Filabres, difícilmente olvida la magia que desprende cada uno de sus rincones.
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