Praga en tres días: un recorrido por la ciudad que reinventó a Kafka
La Roma del César, la Atenas de Sócrates, el Dublín de Joyce o la Praga de Franz Kafka. Hay ciudades que parecen haber estado siempre unidas a sus personajes más icónicos y, sin embargo, la capital checa no siempre fue así. Hasta el 2000, ninguna calle de Praga llevaba el nombre del checo más famoso de la historia.
Viajamos hasta allí para recorrer sus pasos pero también su olvido. Para entender en qué se ha convertido la Praga de los laberintos kafkianos y en qué se ha transformado el Kafka de este enclave turístico.
“Si habéis caminado alguna vez por el centro de Praga, por sus callejuelas medievales de piedra oscura, sabréis que puede llegar a parecer un laberinto sombrío”, dice Javier Peña en este genial episodio de Grandes Infelices. Un siglo después, cuesta reconocer la Praga asfixiante y claustrofóbica en sus calles bulliciosas con aroma a manzana asada. Hoy, las tiendas de cannabis y cucuruchos de sabores se mezclan con otras de matrioskas donde Messi comparte balda con Putin y Netanyahu.
En cada esquina, locales de masaje tailandés se integran en edificios modernistas bajo las quejas de sus habitantes al ver la ciudad imperial devorada por la mano que les da de comer: la del turismo.
Praga, el laberinto
Para experimentar la claustrofobia kafkiana, hará falta alejarse de los circuitos principales. Entrada la noche, nos dirigimos a la parte alta de la ciudad guiados por la silueta afilada del castillo: la luz tenue de las farolas –muchas aún de gas– y torres góticas que parecen vigilarnos.
Es entonces cuando empezamos a experimentar la angustia de su atmósfera atrapante. Como si nos adentrásemos en una película de Drácula o si Jack el Destripador nos esperase agazapado tras la esquina. La belleza de la Praga imperial puede resultar tenebrosa. Bajo la niebla, la ciudad desaparece tras el último puente que alcanza la vista y el mundo parece no existir más allá de su castillo.
No cabe duda de que, aunque Kafka no concretaba los lugares de sus historias para convertirlos en universales, este castillo inspiró su novela homónima. Tras pasar el puente Carlos, también presente en sus cartas y relatos, llegamos al castillo –en uso– más antiguo del mundo. Un verdadero símbolo del poder que ha funcionado como sede de emperadores y presidentes, omnipresente a lo largo de la ciudad donde se impone con su presencia dominante.
En la historia de este complejo monumental –al que volvemos al día siguiente– la ciudad parece encontrarse con el autor en una búsqueda constante de identidad negada por un poder que, a pesar de su grandeza, no le concedió el lugar que merecía.
A escasos minutos, encontramos el denominado ‘Callejón del oro’ desde que un rey envió allí a los mejores alquimistas para buscar la fórmula de ese metal precioso. Entre sus diminutos apartamentos, hoy recreados con muebles de la época, encontramos hogares de orfebres y costureras junto a la librería donde Kafka se refugió del ruido de la ciudad para escribir algunos de sus relatos.
Entre las muchas paradojas de este viaje esta será la primera. Y es que, de tantas casas que habitó, la única que es posible visitar será en la que solo pasó algunas tardes, hoy convertida en comercio.
El círculo kafkiano
Volvemos a la parte baja para recorrer los alrededores de la Plaza de la Ciudad Vieja: el punto concéntrico que Kafka llamó “el círculo” donde transcurrió casi toda su vida –algo que, sin duda, aumentó su sensación de aprisionamiento. La Casa del Minuto, la Casa Oppelt o el Palacio Kinsky, donde estudió secundaria y su padre tuvo una mercería, forman hoy parte del tejido urbano más transitado.
En los alrededores de esta plaza, locales y visitantes se cruzan entre edificios góticos y modernistas ocupados por comercios de estética kitsch, tiendas de lujo y tours guiados con paraguas llamativos. Una ciudad viva, boyante y bien conservada que, sin embargo, roza el sacrilegio.
A escasos pasos de la plaza, llegamos a la casa natal del escritor en la esquina que marcaba el límite del barrio judío. Josefov había dejado de ser un gueto para empezar a convertirse en el barrio de edificios art nouveau que hoy aloja las tiendas más caras de la República Checa.
Entre sinagogas, un cementerio, tiendas kosher y lujosos edificios, surge otra paradoja. Tras las deportaciones y exterminios –entre ellos, los de la familia de Kafka– apenas doscientos judíos viven hoy en este barrio desbordado de turistas.
El hogar de los intelectuales
El segundo día en la capital, desayunamos en uno de sus clásicos cafés. A diferencia de sus vecinos vieneses, los cafés de Praga tuvieron un aire más bohemio, frecuentados por círculos muy reducidos de intelectuales germanoparlantes. Ese ambiente, intensamente intelectual, terminó de situar a Kafka en lo que en literatura se conoce como el triple ghetto, por ser un judío que hablaba alemán y escribía textos al alcance de muy pocos.
El Café Louvre, con techos altos y camareros con chaleco que sirven desayunos generosos –huevo pochado, panecillos de anís y queso de untar– muestra en la entrada fotografías de sus antiguos contertulios: Einstein, Freud y Kafka.
Menos elegante y cerrado a disposición del Ministerio de Interior encontraremos otro de los cafés favoritos del autor. El Café Arco, hoy con aire desangelado, sería considerado la sede intelectual del triple ghetto.
Vuelve a llamarnos la atención lo reducido del círculo en el que se movió el autor al descubrir que este café se encuentra a dos manzanas de la oficina donde trabajó casi toda su vida.
Tras esta elegante fachada modernista, hoy convertida en hotel, germinará el elemento más reconocible entre los leitmotivs de Kafka: el aparato burocrático. En la Praga del Imperio austrohúngaro, que administraba la multitud de pueblos y lenguas que la componían con procesos extremadamente jerárquicos, lentos y excesivos, el epicentro kafkiano del sinsentido y la burocracia se situó en los no menos burocráticos procesos de la Compañía de Seguros donde trabajó durante catorce años.
Kafka había conseguido un horario de mañana para dedicar sus tardes a escribir y un sueldo que le permitió alquilar un apartamento en uno de los palacios más hermosos de la ciudad, Schönborn. Sin embargo, su felicidad no duraría mucho. Ese mismo año, descubrirá que padece tuberculosis y dejará su apartamento para volver a casa de sus padres y al pequeño círculo que encerró su vida.
En 1924, Kafka moriría sin saber que pasaría el resto de sus días junto a su padre, el hombre a quien culpó de todas sus desgracias. Hoy es posible visitar la tumba familiar en el Nuevo cementerio judío, esta vez sí, alejado del círculo.
Kafka y la Praga comunista
Nos trasladamos a la zona de la ciudad nueva, con avenidas más amplias que mezclan iglesias barrocas con bloques de estilo comunista. Junto a la Plaza de Wenceslao, el Museo de la Guerra Fría es tan difícil de localizar que pensaremos que estamos en el sitio equivocado.
Escondido bajo el Jalta Hotel, este refugio nuclear permitía espiar a los huéspedes occidentales. En el subsuelo del hotel, que sigue en funcionamiento, el aire se vuelve más espeso. Allí, es posible introducirse por el túnel de salida, ver aparatos y armamento de la época, o aprender sobre estrategia militar e historia del país en este laberinto subterráneo tan oculto como lo estuvo el escritor durante años.
Bajo el régimen comunista, el espacio literario quedó reducido al realismo socialista, lejos de un Kafka catalogado de burgués y decadente. Dos décadas después, sus textos serán reinterpretados como una crítica al aparato estatal y reivindicados por marxistas, pero esto no duraría demasiado. La invasión de la URSS un año después volvió a colocar a Kafka como una lectura demasiado ambigua para un régimen que decidirá no celebrarlo.
Del olvido al homenaje
Si algo ha llamado la atención de esa prolongada ausencia de Kafka en su ciudad es el periodo posterior al comunismo. ¿Qué pasó tras 1989? ¿Por qué tardarían más de quince años en honrar su nombre? En 1990, la Sociedad Franz Kafka se abre con la intención de que el autor pasase a ser considerado parte del contexto cultural checo.
Aún pasarían trece años hasta la primera escultura que reconoce figura y obra. El motivo de este olvido: casi cien años después de muerto el triple ghetto todavía no le había abandonado.
Poco después llegaba a Praga el Museo Kafka, sin una clara fecha de término. Había nacido como exposición temporal en Barcelona, lo que da lugar a una propuesta más plástica que documental donde pasillos con archivadores se cruzan con proyecciones de la ciudad, influencias o prometidas del autor en salas oscuras de techos bajos y luces cálidas.
“En este extraño edificio diseñado como un laberinto circular sin ventanas donde se pierde la orientación, toda la existencia de Kafka parece girar en torno a su relación con la figura autoritaria del patriarca”, escribe Vanessa Springora en El nombre del padre, una novela hipnótica sobre un viaje en busca de sus orígenes, su patria y su propia arquitectura de la autoridad.
El resultado es un juego de luces y sombras que nos devuelve a Kafka a través de un estado emocional. La escasez de objetos personales conservados, más allá de primeras ediciones, correspondencia, dibujos y documentos del autor hacen que cien años después de su muerte, este persista como único lugar de la ciudad donde es posible profundizar sobre su vida y su obra.
Y es que la etiqueta “Kafka” esconde hoy más trampas para turistas que homenaje a su figura. Junto a la casa donde nació, una exhibición que nada tiene que ver con el autor confunde al visitante bajo el nombre de ‘World of Franz Kafka’, lo que le ha supuesto cientos de críticas de guías y turistas estafados.
Como si se tratase de una novela kafkiana donde el sistema ha devorado al individuo, el autor olvidado durante décadas resurge hoy al servicio del turismo. Un cambio de paradigma que se hace aún más visible con el estreno del biopic Franz, de Agnieszka Holland, que llegará a finales de enero a las pantallas españolas.
Tres días por la capital checa son suficientes para entender que su nombre es hoy el reclamo perfecto para cafés y tiendas de souvenirs. El autor del triple ghetto luce en postales, imanes de nevera y camisetas que, lejos de hablar de su obra, le han convertido en un hombre devorado por su metáfora. Una silueta que pasea por una ciudad donde, hasta hace poco, no era más que un invitado.
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