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Las máscaras de Bal

El líder de Ciudadanos Albert Rivera, y Edmundo Bal Francés, número 4 por Madrid, en un Encuentro Ciudadano a principios de semana en Madrid

"Como un héroe enmascarado que al final de la función se aparta la careta y reniega de su heroísmo"
Juan Manuel de Prada. Las máscaras del héroe

Corren tiempos de mala épica en el panorama político. Los líderes recurren a lo que pueden, sea un morrión oxidado o algún héroe de saldo. Todo cabe en las listas de aluvión mediático que se confeccionan a medida de lo que va surgiendo. Así es como ha llegado Edmundo Bal a ser candidato de Ciudadanos, cabalgando sobre su leyenda de justiciero ajusticiado del procès. Una leyenda que se ha forjado él mismo, según parece a fuerza de construir relato en una relación con la prensa que siempre fue muy fluida. Demasiado, al decir de los que no son periodistas.

Todo relato tiene sin duda su contra relato y solamente de su superposición emergen las líneas claras de una posible verdad sobre ese mito del héroe que se construye con mil caras. Lo que no parece tan níveo es que uno de los rostros del héroe sea el de la deslealtad a los códigos de conducta a los que se deben él y los de su estirpe. Sobre esta cuestión ha habido mucho que decir en los chats de la Abogacía del Estado -sí, ellos también tienen de eso- tras producirse el fichaje por Ciudadanos de su excedente compañero. "¡Dónde ya se sabe que no le van a fichar es en Cuatrecasas!" decían alguno de estos sarcásticos mensajes. "Un abogado del Estado es primero abogado y luego del Estado", decía un Bal ya candidato a los periodistas. Ambas caras de la moneda se referían a lo mismo. Un abogado del Estado tiene una doble sumisión deontológica, una la propia del abogado y otra la estatutaria del funcionario que también le afecta. Las declaraciones de Bal a los medios sobre lo que según él sucedió antes de su cese dinamitan el secreto abogado-cliente y lo convierten en pólvora fina de falla electoral. Quien la hace una, la hace ciento. No es una buena tarjeta de visita para futuros viajes a la abogacía de gran pago si le pesara el escaño. Edmundo ve las cosas a su aire. En un tuit en el que publicitaba una de sus entrevistas se adentraba en un mundo proceloso al descubrirnos su afán de "cambiar las cosas para que los servidores públicos trabajen con plena libertad". Ya me imagino, el policía a su aire, el bombero sin jerarquía, el espía a propio encargo y el abogado del Estado ¡haciendo de su capa un sayo!

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Por un "sentido común" democrático

La exprimera ministra británica Margaret Thatcher y el expresidente estadounidense Ronald Reagan, en una imagen de 1990.

Últimamente somos muchas las personas que nos preguntamos por qué opciones políticas como las que representan Trump, Bolsonaro, Salvini, UKIP o Vox, están teniendo amplio apoyo electoral. Opciones de extrema derecha populista, neofascista, xenófoba, misógina, negacionista del cambio climático pero que en lo económico tienen apuestas profundamente neoliberales.

Un lugar común entre los análisis que tratan de explicar el fenómeno es que, gracias a las redes sociales y el uso del Big Data, han sido capaces de conectar de manera sencilla y simple con preocupaciones de una parte importante de la ciudadanía proporcionándoles una base popular que con anterioridad no habían conseguido. Una base popular que, sin embargo, no está llamada a beneficiarse en términos de bienestar de las políticas económicas que estos gobiernos plutocráticos desarrollan. La paradoja es que estas opciones políticas logran el apoyo de grupos de población que a la postre han de sacrificarse por una idea de patria que para que vaya bien y sea eficiente necesita su sacrificio a base de salarios bajos, jornadas imposibles o multiplicidad de trabajos, especialmente en el caso de las mujeres, tras la retirada o privatización de servicios públicos y el abandono de una fiscalidad progresiva.

Con unas técnicas de comunicación casi idénticas que pareciera nos encontramos ante una "internacional" de extrema derecha, utilizan proclamas que se deslizan en nuestras cabezas a modo de un sentido común que simplifica lo complejo. Un sentido común orientado a hacer creer que la libertad es un concepto ajeno a la condición material o socialización de cada persona y que la democracia como gobierno del pueblo, en lugar de ser la mejor fórmula posible de resolver la controversia social (por muy débil que sea, siempre será la mejor de las posibles), es el origen de los problemas. De ahí su constante llamada a "poner orden" frente al desorden de los partidos y del inevitable conflicto de intereses que genera la diversidad en nuestras sociedades.

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¿Los lazos y las armas son noticia?

La Generalitat quitó el lazo amarillo de su fachada pero mantuvo una pancarta por los presos con lazo blanco.

Durante los últimos días, fechas de vísperas electorales en las que el debate ciudadano y mediático debería girar en torno a programas políticos, dos temas han acaparado la agenda: la presencia o retirada de lazos amarillos en los edificios públicos de Catalunya y las declaraciones de Santiago Abascal, candidato electoral de un partido sin representación parlamentaria nacional, sobre la libre tenencia de armas hechas a una revista de caza. Cualquier ciudadano estará de acuerdo conmigo en que ninguno de los dos temas tiene fundamento alguno para acaparar toda esa atención.

Preguntados la mayoría de los analistas sobre la cuestión, casi todos comienzan diciendo que el asunto no lo merece para, a continuación, no sabemos si por sumisión al medio que le pregunta o simple amabilidad, responden y terminan formando parte del show. Con respecto a los políticos sucede algo similar, no importa si, como yo y muchos de ustedes, consideran que no son asuntos relevantes para abordar en el debate político preelectoral, al final se ven obligados a responder a los micrófonos y se incorporan al teatro.

La conclusión es clara: el debate político no lo establecen los líderes políticos, menos todavía las inquietudes de los ciudadanos, forma parte de la competencia y autoridad de los medios. Así, la absurda idea, no porque yo no la comparta, sino porque nadie se la plantea en España, de que la gente pueda llevar armas libremente se convierte en debate mediático nacional, aunque sea solo un comentario de un tipo que no representa a nadie, y no representa a nadie porque, a día de hoy, no es ningún cargo público representativo de nadie. Ni tampoco el asunto está anunciado formalmente por su partido, es eso, una ocurrencia. Pero es que, anteriormente, lo que ocupó a los medios, fue otro señor de Albacete que dijo algo de los homosexuales y el holocausto y se llevó todos los titulares y debates de tertulianos, tantos que ha acabado dimitiendo de candidato.

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Los grifos de Londres se secarán en 25 años

La frase del titular puede parecer demasiado catastrofista, sino fuera porque ha sido pronunciada esta semana por un viejo diplomático poco dado al alarmismo: Sir James Bevan, director ejecutivo de la Agencia Británica de Medio Ambiente.

Con el inquietante título de 'Escapar de las fauces de la muerte, o como asegurarnos suficiente agua en 2050' su discurso en la conferencia anual de Waterwise, la principal ONG del Reino Unido dedicada al problema del agua, ha centrado buena parte de las informaciones aparecidas esta semana con motivo del Día Mundial del Agua (22 de marzo).

Para el máximo responsable de medio ambiente en Reino Unido las compañías de distribución de aguas van a tener que afrontar un difícil reto en los próximos años: atender el aumento de la demanda ante una población creciente, en un escenario de cambio climático que va a reducir la disponibilidad del recurso notablemente.

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Al vent

Los Bravos durante una de sus actuaciones musicales.

Tarantino tiene nueva peli y en el tráiler aparece una canción interpretada por Los Bravosun 'grupo yé-yé', como se decía entonces, formado por músicos españoles y cuyo cantante era un alemán que berreaba en inglés con voz poderosa. Hasta aquí, nada que desconozcamos.

La fórmula de Los Bravos funcionó a finales de los años sesenta poniendo música a los guateques de la época junto a grupos como Los Canarios o Pop Tops, conjuntos imprescindibles en "las boites" de entonces. Ya puestos, no sobra decir que hace cincuenta años, Los Bravos triunfaban en yanquilandia. Cantaban en la lengua 'del Imperio' y hacían canciones para anuncios de Coca-Cola.

Uno de los temas que llegó a las listas de éxito en Estados Unidos fue Bring a Little Lovin', el mismo con el que Tarantino nos anuncia su última peli. El citado tema traducido al castellano −Dame un poco de amor− daría título a otra película, en este caso española, protagonizada por Los Bravos y dirigida por José María Forqué. El tema fue compuesto por el grupo australiano The Easybeats.

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Las armas de la red

Tarrant, momentos antes de comenzar el ataque en Christchurch

A finales de los años ochenta, cuando vivía en Buenos Aires, solía ver, al cruzar la Plaza de Mayo, delante de la Casa Rosada, al solitario corresponsal de la CNN con los auriculares calzados en su cabeza y micrófono en mano, encarando a una cámara mínima, montada en un trípode y operada por un camarógrafo que, a su vez, atendía a un pequeño equipo con el que enviaban la señal al satélite. A veces me demoraba observando su trabajo y alguna vez, incluso, conversé con ellos en algún momento de descanso. Unas décadas después, la cámara está en el bolsillo de todos y la pantalla, también. Incluso en la de los terroristas.

Casi todos, el 11 de septiembre de 2001, vimos, en directo, atravesar el segundo avión en la torre sur del World Trade Center. El primer avión lo vimos después, en diferido, como la apertura de un relato que aún retenemos. "Aquel segundo avión parecía afanosamente vivo, y animado por la maldad, y absolutamente extranjero. Para los millares de personas que estaban en la Torre Sur, el segundo avión significó el fin de todo. Para nosotros, su fulgor fue el fogonazo mundial del futuro que nos aguardaba" (Martin Amis, El segundo avión).

Amis reflexiona sobre razón y religión en su libro y en esa dirección apunta el futuro que señala, pero valdría la pena situarse en otra torre, la del Empire State, donde se encontraba la cámara que, creyendo registrar los daños causados por el primer avión, en buena parte, inocente aún de la intención destructiva de los terroristas, ve, esa cámara, su campo invadido por un segundo avión que se lleva por delante el nuevo siglo, milenio incluido.

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Quim Torra en el altar de la estupidez

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Si es cierto que todo el mundo tiene que sacrificarse de vez en cuando en el altar de la estupidez, el president de la Generalitat lleva una semana instalado en el púlpito. Quim Torra ocupa un cargo que no quería y ese fue ya su primer sacrificio, pero desde que lo ostenta no ha hecho más que denostar la institución. Quien más debería respetarla es quien más la está perjudicando.

Ni la prisión injusta de sus compañeros, ni las mentiras y exageraciones que se han escuchado en el Supremo, ni la amenaza de una derecha que circula sin frenos pueden ser excusa para tener un país paralizado y cada día más sonrojado por polémicas como la de las pancartas y lazos en las instituciones.

Tal vez la argucia de quitar y poner pancartas en el Palau de la Generalitat para acabar reivindicando la libertad de expresión incluso se convierta en un tanto jurídico a favor de Torra. Pero, mientras los minutos de tertulias se ocupan con debates sobre pancartas, recursos y discursos, cada vez se pone más al límite el sentido del ridículo.

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Quiénes quieren romper España

Casado, en la manifestación de Colón

Esta capacidad de objetivar países que tiene la clase política es francamente sospechosa. En confundirlos con un ente con una vida propia que no es la suma de todas las personas y seres vivos que la conformamos, sino algo más atávico. Casi divino. Insiste la derecha una y otra vez en que nadie puede romper España; como si fuera una cosa. Un objeto. La pieza de algún conglomerado. Como si este país no fuera algo vivo y latente que se modifica a sí mismo porque está compuesta por millones de seres vivos que nacen y mueren, vienen y van, abortan y se reproducen constantemente: árboles, microbios, montañas, ríos, playas, personas…

La auténtica voluntad de no romper España sería otra: impedir que las playas desaparezcan por la construcción de diques para puertos, cuidar el medio ambiente para que no se desertice el territorio, sobreponer la necesidad de las personas a las de las aucas del estado y sus ridículos repartos, no permitir crímenes ni manifestaciones de odio ni la vulneración de los derechos fundamentales, respetar la vida y los derechos humanos, respetarnos, escucharnos, dialogar, pactar...

Pero cuando la derecha habla de romper España no se refiere a maltratar el territorio, su flora, su fauna y su ciudadanía; sino que habla de una idea de España. De verdad, casi religiosa. Una idea de España y los españoles (las españolas menos) que a muchas de nosotros, hoy, nos parece antigua, casposa e imposible identificarnos; y que aún así se habla de ella como si se tratara de un ente casi sagrado que debe prevalecer por encima de todas nuestras emociones y necesidades.

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El procés y la rabia

El presidente del tribunal del juicio del procés, Manuel Marchena, no quiere enfrentarse a las defensas pero cada día le cuesta más. Cuando en la tarde del miércoles el abogado Jordi Pina preguntó al agente de la Guardia Civil que analizó los correos electrónicos que se intervinieron a Jordi Sànchez si en alguno de ellos su cliente incitaba a ejercer la violencia, Marchena interrumpió la cuestión por considerarla improcedente. "¡No, no, no!", se quejó el letrado, enfadado. "¡Claro que sí, sí, sí…!", le replicó el magistrado con ese tono que emplean las madres cuando advierten a los hijos de que hay que irse a la cama porque es la hora y ya no hay "ni consola ni consolo" que valga. Es un ejemplo de que la crispación está empezando a invadirlo todo, también en el Supremo.

El enojo de las defensas con los siete jueces que tienen la difícil labor de encajar el proceso independentista catalán en el Código Penal que han redactado los políticos se debe, entre otros motivos, a que no permiten exhibir durante las declaraciones de los testigos los vídeos que refutarían su versión sobre las actuaciones policiales en las que participaron. Como en todos los juicios, su reproducción tendrá lugar tras escuchar a los testigos y los peritos, cuando llegue el turno de la práctica de la prueba documental.

Finiquitada la sexta semana de sesiones, los automatismos en el juicio han llegado a tal punto que el pertinaz letrado de Oriol Junqueras, Andreu Van den Eynde, solicita el visionado de las grabaciones y la protesta por no conseguir su objetivo prácticamente de carrerilla porque sabe que, si se demora un poco, le volverá a caer otra bronca de Marchena. "Vamos a hacer como si eso no lo hubiera dicho usted", le llegó a decir el juez, condescendiente, cuando el defensor insistió por quinta vez en su petición nunca atendida. La abogada de Jordi Cuixart, Marina Roig, cree que esta decisión provoca "indefensión" a los acusados y cuando lo hace saber el presidente del tribunal, que controla el juicio al milímetro y se revuelve en su sillón mientras musita un "vamos a ver" cada vez que alguien se sale del guion establecido en su cabeza, tira de la frase hecha que utiliza sin piedad cada vez que quiere hacer notar que alguno de los presentes flojea en Derecho procesal: "Usted es una estupenda jurista y sabe que eso que pide no es posible".

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Y ahora que no hay lazos, ¿de qué se hablará y qué se callará?

Albert Rivera y Pablo Casado.

Hay gente que vive con pasión estos rifirrafes y otra los sigue con el mismo interés con que se mira una serie de éxito. Si no fuera por eso, el episodio de los lazos amarillos no merecería siquiera ser valorado como un hecho político. Pero ha estado durante más de cuatro días en el centro del interés, desplazando a cualquier otro asunto de la actualidad y de la campaña. Y eso que se sabía cómo iba a terminar: con Torra bajando la cabeza y aceptando la justa prohibición de la Junta Electoral. Pero, ¿queda algún poso de este ridículo episodio?

Si la política española discurriera dentro de los cauces de la normalidad democrática y de la racionalidad, cabría deducir al menos dos cosas de lo ocurrido. Una, que como ya se sabía, Torra, Puigdemont y quienes les apoyan han emprendido una senda que no les conduce sino al fracaso y que el independentismo tendrá que buscar otras vías distintas a la de la resistencia insensata si quiere tener algo de futuro. La otra, que Pablo Casado y Albert Rivera han fracasado de parte a parte en su intento de involucrar a Pedro Sánchez en la querella. Y mira que lo han intentado.

Habrá alguien en los despachos de los partidos que reflexione sobre esos aspectos. Pero en la plaza pública se hablará muy poco de ellos. Porque lo que acucia tanto a los responsables de las campañas como a los de los medios es encontrar lo más rápidamente posible un nuevo asunto, mejor si es algo escandaloso, que atraiga la atención de un público mayoritario al que le gusta lo directo y no las segundas lecturas.

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