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Cri-Cri-Crisis

Año nuevo, mantras viejos. Se fue 2019 y con él dejamos atrás un año donde el lenguaje se ha vuelto más bronco de lo habitual en algunos aspectos y más tibio de lo que resultaría deseable en otros tantos. Así, despedimos un 2019 marcado al menos, en el tablero político por el endurecimiento discursivo, la disputa por los significantes y la importancia del relato(r). Un año fecundo para la retórica parlamentaria, salpicada de palabras gruesas y golpes de efecto, que culmina con la elevación del tono y la rebaja de los compromisos adquiridos. Con discursos hiperbólicos y desmanes lingüísticos que evocan la nostalgia de otro tiempo y con puestas en escena más atentas a cuestiones de forma que de fondo.

El veinte veinte ha llegado. Plagado de buenas intenciones y con algunos asuntos que todavía colean, como la tensión en Oriente Medio y América Latina o la falta de acuerdo entre Londres y Bruselas, las agendas internacionales afrontan en este sentido un año de ajetreo en materia política. Desde las presidenciales de Estados Unidos que vienen hasta otros, como el Reino Unido, que se van. Aquí, en clave doméstica, los propósitos para el nuevo año no son menos ambiciosos. Arranca el 2020 y con él, la actividad parlamentaria.

Toca echar a andar una legislatura que se adivina inestable y que precisará de grandes gestos para acometer, entre otras, cuestiones urgentes como la elaboración de unos nuevos presupuestos que permitan materializar las promesas realizadas en campaña electoral. En el horizonte, esperan también medidas de corto plazo y mirada larga como la reforma del sistema de pensiones, la derogación de la reforma laboral y un compromiso con el desarrollo sostenible y la agenda 2030. Buenas intenciones para un año donde el bloqueo amenaza como una piedra en el zapato la viabilidad de los acuerdos alcanzados hasta la fecha.

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Ábalos se come el marrón

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El ministro José Luis Ábalos.

20.00 horas del Jueves 23 de enero. En el barrio de Salamanca, junto al Parque del Retiro, hay una cumbre de dircom. Una cena de despedida. La SEC (Secretaría de Estado de Comunicación) ha convocado a todos los jefes de prensa de los ministerios para despedir a los que están de salida. Entre todos, hay alguien que sube una fotografía a Instagram del grupo con varios hashtag -equipo, team. equipazo, trabajo, work, club, privé, gobierno - que resume con la frase "Gente especial en sitios especiales".

La cita es en Alma, un selecto club privado, un reservado solo para socias y "hombres buenos". Hora y media antes acaba de estallar un incendio en el Gobierno: el ministro José Luis Ábalos se reunió con la vicepresidenta de Venezuela en Barajas la madrugada del lunes. Lo ha desvelado Vozpopuli. Delcy Rodríguez tiene prohibida la entrada en la Unión Europea debido a las sanciones aplicadas a Venezuela por las políticas represivas de su presidente Nicolás Maduro. El encuentro se produjo solo cuatro días antes de la llegada a Madrid de Juan Guaidó, reconocido por España, Estados Unidos y otros 60 países, como presidente encargado de su país. Así que los teléfonos del secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, y el responsable de prensa de Fomento, Alfredo Rodríguez, echan humo. No menos de 200 whatsapp y 100 llamadas perdidas. Ni uno ni otro tienen información sobre el asunto y deciden sin más continuar su animada velada. A la mañana siguiente, el asunto ya ha saltado a las páginas de todos los diarios.

Empieza el caos y con él las no menos de media docena de versiones con las que que entre el Ministerio y La Moncloa intentan apagar el fuego. Menos el clásico "Esto no es lo que parece", se dieron todo tipo de peregrinas y contradictorias explicaciones. Cada una era peor que la anterior. Y todas ellas hubieran servido para un entretenido guión de Netflix.

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El unicornio de Torra

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, no aspiraba a este cargo. Lo ocupó por descarte, porque Carles Puigdemont y un núcleo reducido de dirigentes y asesores de JxCat así lo decidieron. Pocos días antes de ser el elegido, él mismo lo descartaba. Torra no pretendía ser presidente, su implicación en la política pasaba más por el activismo que por la actividad institucional, y su actuación al frente del cargo ha demostrado que hubiese hecho bien en rechazar la propuesta de ser presidente. Ni era la persona indicada para ocupar el cargo ni Catalunya merecía esta agónica legislatura. Agónica desde el primer día.

El activista no supo entender cuál era su nuevo papel, el de presidente, en un momento complejo que precisaba de decisiones claras. Pero Torra optó por lo contrario, por abonar desobediencias estériles que ponían en jaque a la institución. Los presos, que eran seguramente los que tenían más motivos para expresar su cabreo, no lo reclamaban e incluso más de uno pedía que el Govern se dedicase a gobernar para demostrar que era tan "efectivo" como se prometió en campaña. Pero el president nunca supo anteponer el interés general al de una parte del independentismo, el que le jalea en las redes sociales para que vaya más lejos aunque nadie sepa a dónde va.

JxCat ha decidido que no hay trifulca mala si sirve para desgastar a ERC, a la que no le perdonan que no inmolase al presidente del Parlament, Roger Torrent, para intentar investir a Puigdemont. El verbo es intentar porque todos sabían perfectamente que Puigdemont no podría asumir el cargo y, en cambio, intentar que lo fuese implicaba abrir nuevos procesos judiciales a miembros de la Mesa de la Cámara, empezando por Torrent.

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Que hablen de nosotros aunque sea mal

EFE

Es la estrategia del PP de Casado: que, para bien o para mal, los medios hablen de su partido, descalabrado de manera sucesiva en las recientes elecciones. Tocado el bipartidismo, y ya que no se podía competir con los partidos que han sido sus rivales políticos tradicionales, Casado optó por competir en espectáculo, por lamentable que este fuera. De ahí su empeño en Cayetana Álvarez de Toledo, y de ahí la defensa numantina que de ella hace el líder popular. Contra viento, contra marea y contra buena parte de su formación. Desde luego, en algo ha estado avispado Casado: nadie mejor que Álvarez de Toledo para competir en las formas camorristas de una Rocío Monasterio, de un Ortega Smith o de una Inés Arrimadas. Donde hay formas hay fondos, pero eso era lo de menos, por cenagosos que esos fondos fueran. Lo importante era que las formas fueran broncas, escandalosas, chulescas, folloneras. Virales. Mediáticas.

No es fácil saber aún cómo le resultará la estrategia a Casado, pues en la política española todo puede pasar de un día para otro y sin solución de continuidad. De momento, parece que regular: si Álvarez de Toledo tiene una virtud, esa es la de resultar desagradable a todos, a diestro y siniestro. Con el apoyo a su candidatura y su nombramiento como portavoz en el Congreso, el jefe Casado buscaba un ruido que llenara el espacio perdido. Pero otra cosa es el rechazo de propios y ajenos. Sobre todo, de propios. Ni los suyos quieren a Álvarez de Toledo, y a muchos se les está agotando la paciencia con su exquisita mala educación. Es el caso del concejal por Barcelona Josep Bou, que ha llegado a calificar de "error" su elección para esa ciudad. Bou se ha referido al hecho de que ni sea catalana ni hable catalán, argumento con el cual se podrá estar o no de acuerdo pero que es una reflexión razonable, aunque provenga de un catalán del PP, que es una combinación casi irracional: es conveniente conocer el territorio del que eres candidata.

La elección de Cayetana Álvarez de Toledo parece, pues, un error, se mire por donde se mire. Porque el error ha sido querer diferenciarse de los adversarios con herramientas idénticas a las de los adversarios. Y sucede que entonces pueden confundirte con Arrimadas aunque tú seas marquesa. O con Monasterio, aunque tus títulos sean de Oxford. Pero allá ellos y sus errores: bienvenidos sean. Lo preocupante es que fuentes del propio PP no solo confirmen que ese error se cometió a conciencia sino que lo defiendan: que la elección de Álvarez de Toledo respondió a la necesidad de un perfil polémico, provocador, desafiante. Que hablen de nosotros aunque sea mal.

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La vida de Kobe Bryant en tres actos

Kobe Bryant durante su último partido con Los Angeles Lakers en el Staples Center. (Wally Skalij/Los Angeles Times)

En vida, Kobe Bean Bryant (1978-2020) siempre tuvo la capacidad de suscitar al mismo tiempo opiniones encontradas y unanimidades absolutas. Su legado como jugador de baloncesto le sitúa indiscutiblemente en el olimpo de la NBA, pero pocos coinciden en decidir el lugar que ocupa. Las opiniones sobre su juego oscilaron entre quienes le señalaban como un acaparador de posesiones y tiros frente a los que elogiaban su capacidad de echarse el equipo a la espalda cuando para el resto el aro se hacía pequeño. Socialmente hay quienes le echaron en cara cierta tibieza frente a lo que ocurría a su alrededor, mientras otros recuerdan el impacto de sus posicionamientos desde un altavoz como el suyo. 

Todos esos debates se rebajan al nivel de chascarrillos tras el accidente de helicóptero en el que han fallecido tanto Kobe Bryant como su hija, Gianna Maria-Onore Bryant, cuando ambos se desplazaban desde la localidad californiana de Calabasas a una jornada de la Mamba Sports Academy fundada por el exjugador. 

La NBA de los últimos 20 años no se puede entender sin su figura. No somos pocos los aficionados, jugadores, exjugadores, entrenadores y un largo etcétera los que podemos decir que la figura de Kobe Bryant nos impactó de varias maneras. Nos descubrió el baloncesto, nos hizo madrugar para ver sus partidos o simplemente - es un decir- nos hizo soñar con canastas imposibles y hazañas que creíamos propias de los tiempos de la televisión en blanco y negro. En la cancha lo fue todo pero fuera de ella, cabalgando convicciones y controversias, se situó en el plano de los iconos globales que trascendieron su profesión. Su impacto puede definirse en tres actos: la estrella del baloncesto obsesionada con ganar, el icono global que aprovechó su altavoz mientras cabalgaba controversias y el hombre que trabajó por dejar un legado más allá del basket.

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Gobierno: primeros pasos

No han pasado cien días, desde luego; tan solo dos semanas, pero, dado lo costoso y trabajado del logro de una mayoría parlamentaria para la investidura y de la existencia de un programa de gobierno para la "coalición progresista", parece posible ir intuyendo el futuro inmediato a partir de los primeros pasos dados.

Porque, en efecto, hay ya primeros pasos y se pueden intuir también primeras intenciones de dar unos más y no dar otros.

La pasada semana ha sido, desde la acción de gobierno, la del anuncio –o algo así– de la reforma del Código Penal en relación con los delitos de rebelión y sedición, entre otros, para adaptarlos a la regulación de los países del entorno sociopolítico. Mucho se ha hablado ya sobre la cuestión y mucho más se hablará aún, teniendo en cuenta que todavía no se conoce siquiera una primera aproximación a la idea del Gobierno al respecto.

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Despellejarnos (con sororidad)

Despellejarnos (con sororidad).

Una de las cosas que la gente de izquierdas solemos decir, a veces para explicar nuestras debilidades electorales frente al bloque de la derecha, es aquello de "es que la gente de izquierdas somos muy críticos y discrepamos entre nosotros, en la derecha van todos a una". Supuestamente, el espíritu crítico de la izquierda explicaría la pluralidad de nuestro espacio ideológico; una superioridad moral que, sin embargo, según a veces explicamos, puede derivar en algún que otro traspiés electoral. Esto es lo que, a menudo, nos contamos a nosotros mismos. Eso y que en la derecha hay pensamiento único, que son menos dados a pensar, debatir y discrepar y que por eso ellos ni se pelean, ni se fragmentan ni se escinden. ¿Cuánto tiene de verdad este amable relato sobre nosotros mismos?

Dejando por un momento de lado a la derecha, que además no está ahora unificada sino electoralmente dividida, la pregunta es qué tal está eso de la diversidad, el disenso y el debate dentro de la propia izquierda. Y para cualquiera que observe el clima de las redes sociales, la cosa no pinta precisamente bien. Es cierto que Twitter es una pequeña burbuja dentro del mundo real pero también es cierto que precisamente la ciudadanía politizada de izquierdas es la que suele informarse y "debatir" ahí. A pesar de que las redes sociales han desplazado a otros medios y formatos y son en nuestro presente una herramienta fundamental de intercambio de opiniones, lo cierto es que muchas de las actitudes que se han generalizado en esos espacios me parecen incompatibles con cualquier forma de discusión o de algo a lo que pudiéramos llamar deliberación en común. No son solo los ataques de los trols del PP o Vox, sino los insultos y las faltas de respeto que hay entre la gente que comparte las mismas luchas y defiende juntas muchas ideas. ¿Por qué si estamos de acuerdo con alguien en el 90% de las cosas sentimos la necesidad de señalarle y condenarle por el 10% en el que disentimos? Soledad Gallego planteó esta pregunta en unas jornadas feministas y creo que daba en el clavo con ello.

En la cultura de Twitter está permitido e incluso premiado –con miles de likes y retuits– interpelar sin educación, sin respeto y sin cuidado a personas concretas ante la mirada de los demás. Esta forma de relacionarnos no la reproducimos en otras esferas de la vida social y probablemente se deba a esa distancia infinita que separa a las personas cuando están detrás de una pantalla, cuando no se miran a los ojos, cuando no comparten un mismo espacio físico, cuando no se tienen que saludar. Comentaba hace poco con una amiga cuánto recuerda esto a lo que ocurre cuando los conductores de coche se sienten amparados detrás de sus cristales y dan rienda suelta a su testosterona para insultarse y amenazarse sabiendo que no bajarán de sus coches. Allí, dentro del coche, como detrás de un usuario de Twitter o incluso del anonimato virtual, parece como si se se suspendieran las reglas con las que hemos decidido hablarnos y tratarnos, las normas básicas e imprescindibles para convivir en la vida civil.

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Cuando la política señala la luna hay que mirar el dedo

Hemos oído mil veces el tradicional proverbio chino que dice que cuando el sabio señala la luna, el necio se queda mirando el dedo. Aplicado al mundo de la comunicación política, en los tiempos actuales hay que cambiar por completo el consejo. Ahora, no hay duda: cuando un político señale la luna, lo inteligente es no caer en la trampa. No debes distraerte y mirar hacia donde quieren dirigir tu atención. Quédate mirando ese dedo porque ahí está la esencia de lo que ocurre. Fíjate en quién realiza la acción y descubre qué pretende. La recomendación debe extenderse igualmente a cualquier portavoz o analista de la actualidad. Mientras escuchas lo que dice, párate a pensar quién es, a quién representa y a dónde pretende llevar tu atención. Solo así puedes acercarte a entender la realidad política condicionada por los medios.

Hoy en día, toda la acción política se centra en buscar condicionar la impresión que los ciudadanos tengan de lo que pueda suceder. En el clásico y tradicional debate filosófico destinado a determinar qué es más importante, si la realidad o la apariencia, en el mundo de la política actual no cabe discusión. La impresión que los potenciales votantes tengan de lo que ocurre es ineludiblemente lo que va a determinar su decisión ante las urnas. Por tanto, es inapelable. Más determinante que lo que se hace es lo que la gente cree que has hecho. Evidentemente, hay una solución que solventa el posible dilema ético. Bastaría con mostrar en público exactamente lo que eres, pero eso parece ir no contra la clase política, sino contra el género humano.

Un ejemplo palmario de esta cuestión lo hemos vivido estos últimos días con la polémica abierta en torno al pin parental. La provocadora propuesta de Vox se fundamenta en una realidad inexistente. Sus líderes lanzan ante la sociedad una supuesta urgente solución para un gravísimo problema que cualquier persona de bien debería apoyar. Se trata de detener la extendida práctica de grupos de maléficos radicales que en su afán de destruir los fundamentos básicos de la sociedad, se dedican a adoctrinar traicioneramente a nuestros hijos en la perversión y el delito sexual. Han llegado a afirmar que se promueve con fondos públicos la pederastia entre nuestros inocentes retoños.

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La crisis Ábalos

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José Luis Ábalos en una imagen de archivo.

Cuentan que José Luis Ábalos, el ministro de Fomento, anda enfadado. La verdad es que se le nota. Eso de "A mí no me echa nadie" es muy de español cabreado y contra el mundo. No me extraña. Él, que dedicó y dedica tanto tiempo y recursos a llevarse bien con la gente de orden y la prensa de orden, llamando al amor a España y al sentido de Estado, contempla ahora cómo arrastran su nombre por el lodo y reclaman su dimisión sin piedad los mismos a quienes tanto quería agradar.

El único consuelo que le queda será leer que le definen como "el sanchista con rostro humano". En otras palabras, te van a joder, pero te reconocen el esfuerzo de haber querido portarte bien; que es algo que siempre le ha gustado que le digan a la izquierda en España mientras la joden. Así le adjetiva uno de los machos alfa de la jauría, ese Jiménez Losantos a quien tanta izquierda proclama que escucha para echarse unas risas por las mañanas; pero oyéndoles empiezo a pensar que, en el fondo, no les disgustan del todo las cosas que dice y que, al fin y al cabo, alguien tiene que decir; que ya está bien de tanta corrección política, coño.

En Moncloa le pusieron nombre rápidamente al problema: la crisis Ábalos. Es algo que últimamente hacen muy bien en Moncloa: ponerle nombre a las crisis de los demás, endilgarle a otro las propias y apuntarse todo cuanto vaya bien. Ahí tienen el caso de la repetición electoral. Antes del 10N tenía mil padres, todos geniales estrategas y tácticos visionarios. Al día siguiente de las votaciones, el replay era huérfano. Había sido un accidente, nadie lo había defendido; antes al contrario, todos habían estado siempre por la coalición.

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El cuento al revés

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"Érase una vez un pobre lobillo que llevaba la comida de su abuela en un hatillo. Tropezó con la temible Caperucita Roja…"
Anónimo

Si bien dicen algunos psicólogos que es experiencia interesante el contarles a los niños los cuentos al revés, porque fomenta en los niños experiencias en materia de empatía y de las diferentes perspectivas de la realidad, no estoy yo tan segura de que el cuento al revés del Estado de Derecho en el que interesadamente se ha convertido toda la represión penal del independentismo catalán le vaya a sentar nada bien a la democracia. De hecho el cuento al revés ha tenido tanto éxito, y tan acrítico y visceral, que ahora sirve para aprovechar que no vamos despacio y seguir contando mentiras, tralalá.

Vamos a escuchar hasta la extenuación la cantinela de la traición de Sánchez, para contar al revés la odisea que va a suponer revertir los destrozos al Estado de Derecho y de respeto a los derechos democráticos básicos que se han hecho durante los dos últimos años. En mi opinión, Sánchez sí se traicionó a sí mismo y al sistema, en un momento intermedio, entre mayo de 2018 y el verano de 2019, cuando pasó de reconocer que el tipo del delito de rebelión no englobaba lo sucedido en Catalunya y por eso pedía reformarlo para acoger nuevas modalidades de ataque a la Constitución, a decir que veía clarísima la rebelión y después a volver por sus fueros y promover la acusación de sedición por parte de la Abogacía del Estado, al considerar que la rebelión era un escándalo jurídico. Así lo dejó claro el Tribunal Supremo. La rebelión, el golpe de Estado, fue una ensoñación. Una en la que cayeron muchos y a la que sacaron mucho rendimiento político.

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