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El enemigo ahora es un Gobierno que no les gusta

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El exjefe de la comandancia de la Guardia Civil en Madrid.

Todos los Estados tienen señores lobos, esos que como Harvey Keitel en Pulp Fiction se dedican a solucionar problemas. Los gobiernos pasan y ellos quedan. Siguen por su demostrada eficiencia, por su discreción en los servicios y a veces porque valen por lo que callan. De lo que nadie duda es que cuando tienen un cometido lo cumplen y que con los años acumulan poder e influencia. En la todavía joven democracia española algunos de esos personajes han hecho carrera a la sombra de sucesivos gobiernos porque a todos, en un momento u otro, les han convenido sus servicios. Hasta que llega un día en que se convierten en un problema. Porque siempre hay un momento en que sus intereses personales o políticos no coinciden con los del gobierno de turno. 

En el prolífico lapidario de Felipe González quedará para siempre la frase que pronunció en julio de 1988 cuando en una rueda de prensa proclamó que "el Estado de Derecho también se defiende en los desagües". Uno de los policías que poco después entraría como agente encubierto en el Ministerio del Interior fue José Manuel Villarejo, que con el tiempo se convirtió en el mayor garante de la cloaca. Hasta el punto de que, en 2013, creó una unidad parapolicial paralela dedicada a fabricar informes falsos, como el que acusaba a Podemos de haberse financiado con dinero procedente del Gobierno de Irán y otros en los que aparecían cuentas falsas atribuidas a dirigentes independentistas. 

Algunos de estos dossieres acabaron en portadas de diarios y hace un mes el juez que investiga al excomisario, ahora jubilado y en prisión, ha decidido dejar la Operación Catalunya fuera del caso Villarejo. Tampoco debería extrañar demasiado puesto que la participación de Villarejo en la creación de esta brigada política fue premiada por el Gobierno del PP, el mismo que permitió su creación, con una medalla pensionada, como reveló el compañero Pedro Águeda en eldiario.es. 

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España, siempre madrastra

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"Madre y madrastra mía,

España miserable

y hermosa. Si repaso

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El caso peruano no tiene nada de paradójico

Personal de la Cruz Roja asiste a cientos de personas que esperan junto a una terminal de buses en Lima con la esperanza de poder regresar a sus lugares de origen.

"O me muero intentándolo o nos morimos de hambre", dice una madre que acaba de emprender el largo y épico viaje de cientos de millas a pie junto a sus tres hijas, durmiendo a la intemperie y caminando desde Lima hasta su comunidad en la selva amazónica, huyendo de la pobreza y del virus. Miles de personas llevan semanas caminando por el territorio peruano en pleno toque de queda, son migrantes que retornan a sus pueblos porque ya no pueden ganarse la vida en la capital del Perú, no pueden asumir la cuarentena, ni pagar los alquileres, ni los servicios, ni la alimentación de sus niños. Los han botado de sus casas pero tampoco pueden cobrar las ayudas del gobierno porque trabajan en la venta ambulante y no son formales.

Se ha hablado mucho en los últimos días de la "paradoja peruana", es decir, de cómo, si el Perú fue uno de los primeros de la región en adoptar medidas estrictas contra la pandemia –confinamiento, estado de alarma, toque de queda– se ha convertido en uno de los países con más contagios de Latinoamérica.

Lo cierto es que las medidas adoptadas por el gobierno de Martín Vizcarra hubieran funcionado de maravilla si en mi país las desigualdades estructurales no fueran tan graves. Es decir, muchas medidas fueron buenas y fueron aplicadas a tiempo, pero en el país equivocado, uno con un sistema público desmantelado por décadas de privatizaciones y sus tramas corruptas, en el que el 70% de la población vive del comercio informal y en el que la cultura ciudadana y por el bien común es todavía una asignatura pendiente: Está el alcalde que sale a emborracharse en plena cuarentena y se hace el muerto para que no se lo lleven preso; está el expolicía dado de baja por corrupción que aparece como proveedor de la propia policía a la que vende jabón desinfectante adulterado, está el surfer que sale a correr olas violando la ley.

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Microgolpismos

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Diego Pérez de los Cobos y otros miembros de la Guardia Civil

Que un oficial de la Guardia Civil coja la declaración de un testigo y le añada una frase de su cosecha es algo gravísimo, intolerable, motivo de expulsión inmediata. Que un oficial de la Guardia Civil añada una frase de su cosecha a la declaración de un testigo en el marco de la investigación judicial contra el Gobierno por autorizar la manifestación feminista del 8M es, lisa y llanamente, microgolpismo: su objetivo es tumbar al Gobierno por medios ilegítimos.

A la jueza Carmen Rodríguez Medel le llegó un documento en el que señala que el Gobierno autorizó unas convocatorias, como las del 8M, mientras denegaba otras a causa de la COVID-19. "Dada la situación y riesgos de contagio debido al coronavirus", añadió textualmente el oficial microgolpista, que al parecer fueron dos. Los golpes de Estado no se dan en solitario, aunque sea uno el que entra dando tiros en el Congreso. Detrás hay otros, y por encima. Incluso muy por encima (no olvidemos el turbio papel del rey emérito durante el 23F, aunque la versión oficial le haga pasar por garante de la democracia). En los microgolpismos es uno, o dos, el que recorta y pega, pero por encima hay un jefe del estado, mental, en que tal acción llega a realizarse.

El jefe del estado mental del oficial picoleto era Diego Pérez de los Cobos, coronel jefe de la comandancia de Madrid, que cometió a su vez dos microgolpismos, por lo menos. Un microgolpismo, por el que ha sido fulminantemente destituido por el ministro Marlaska (aunque éste lo niegue), fue no informar a sus superiores de que los agentes a su mando habían entregado a la jueza un informe solicitado por ésta sobre la presunta responsabilidad penal en la convocatoria feminista del 8M, siendo su superior jerárquico el delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, imputado en la causa que investiga la relación entre el 8M y la COVID-19. Otro microgolpismo fue pasarle a la jueza esa merca adulterada que le preparó su tropa, en forma de informe manipulado.

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Mañana será tarde

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El Coronel Pérez de los Cobos en el juicio al "procés". EFE

Si algo ha acreditado la pandemia que sufrimos ha sido las gravísimas "patologías previas" de España: todos sus defectos estructurales han reverdecido con virulencia. El momento es extraordinariamente serio y alarma la pasividad con la que se afronta. Hace falta ser muy torpe para no ver qué hay detrás del descomunal acoso al Gobierno. En la idea de tumbarlo, o al menos la coalición, se unen diferentes intereses. Es así desde que el Gobierno arrancó y aún antes, el coronavirus ha sido el gran aliado que, quienes creen más en sus intereses que en las urnas, han encontrado para conseguir su objetivo.

La ofensiva viene por varios flancos, con mayor o menos intensidad y sutileza. Incluso cuenta con una sociedad reeducada en la banalidad para que las estrategias se filtren por ciertas zonas. Lo que está claro es que ahora sale lo que debió limpiarse y nunca se hizo. Ahora se ha abierto la Caja de Pandora, dicen algunos, y, o el Gobierno saca la basura y limpia, o nos va a sepultar. Un poder ejecutivo electo dispone de medios democráticos, luego será tarde.

Las patologías previas de España van desde quienes apostaron por un modelo económico que puso todos los huevos en la cesta del turismo y el ladrillo a la Transición que consagró tanta impunidad. Y anota en su debe ese hilo conductor de una corrupción endémica que infecta, peor que el peor virus, a estamentos y figuras esenciales. Es terrible tener que enfrentarse a este cáncer con una pandemia que ha causado miles de muertos y enfermos y un parón económico de envergadura, pero los depravados no se caracterizan precisamente por su humanidad.

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Mascarillas de Mister Wonderful

En dos meses y medio de confinamiento hemos pasado más horas en casa de las que pasaríamos en todo un año. Como esas máquinas que someten a los muebles a frenéticas pruebas de resistencia, simulando en poco tiempo las miles de veces que nos sentamos en un sillón o abrimos un cajón durante años, también nosotros les hemos pegado una buena paliza a nuestros hogares, además convertidos en oficina, colegio, gimnasio, parque infantil, cine, panadería… Normal que nuestras casas parezcan fatigadas y resentidas, y hagamos balance de daños.

En dos meses y medio se nos han roto más vasos y platos que nunca, hemos acelerado la obsolescencia de los electrodomésticos, vencido sillones que aún iban a durar años, fundido bombillas y pilas, vaciado el botellero y raído la ya de por sí raída ropa de estar por casa. Hemos deslustrado la tarima de tanto ir y venir por el pasillo.

En diez semanas de estado de alarma hemos pasado más horas con nuestros "convivientes" que en todo un año. Horas intensas, reconcentradas. Y a la vez hemos tenido a gente querida tan lejos como si fuésemos emigrantes. Nos hemos querido y nos hemos cuidado, pero también hemos discutido, nos hemos hartado, hemos agotado la paciencia y añadido gotas que colman viejos vasos, nos hemos gritado y dejado de hablar, nos hemos ofendido y acumulado malentendidos y desaires. A menudo nos hemos enfadado, con nadie, con todos. Nos hemos dicho deprimidos, hemos llorado mucho y dormido poco, reventamos de teletrabajar sentados a la misma mesa donde nuestros hijos tele-estudiaban. Vaciamos los botiquines, visitamos más que nunca la farmacia. Hemos pasado miedo y ansiedad, hemos echado de menos a otros confinados, nos moríamos por salir a la calle y no queríamos que nadie saliera a la calle.

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Ingreso mínimo vital: pros y algunos contras

Colas ante uno de los puntos de reparto de alimentos habilitados en Madrid.

Uno de los efectos colaterales más directos de la pandemia de la COVID-19 es la crisis económica. Sin embargo, existen otros efectos colaterales, uno de ellos ha sido abrir una ventana de oportunidad para realizar algunos cambios en el sistema político como, por ejemplo, la introducción del ingreso mínimo vital. Esta crisis sanitaria ha hecho emerger una transversalidad en el apoyo a esta medida: casi la totalidad de los votantes a PSOE y UP apoyan esta política pública, pero, lo sorprendente es que más de un 60% de los votantes del PP y el 50% de los votantes de Vox también lo hacen, según el CIS. Esta amplia aceptación, seguramente, ha ayudado a que esta semana se dé luz verde a esta propuesta. Ésta tiene muchos puntos positivos y algunas reticencias:

En primer lugar, esta medida puede reducir la desigualdad entre generaciones. En la crisis del 2008, aquellos que sufrieron más las consecuencias fueron los jóvenes. En tres años, los hogares encabezados por menores de 35 años perdieron un 25% de la renta, mientras que la renta de los hogares encabezados por mayores de 65 años subió un 5%, según Eurostat. El motivo de este efecto diferenciado se debe a que los jóvenes dependen principalmente de su trabajo –el cual está menos protegido por los sindicatos- y los pensionistas cuentan con una renta casi asegurada y una vivienda, en muchos casos, pagada.

Además, el estado del bienestar español redistribuye poco y, cuando lo hace, beneficia especialmente a los mayores dejando de lado a niños y jóvenes. Debido a la crisis, muchos de esos jóvenes cayeron en la pobreza y, los que tuvieron suerte, pudieron volver a casa de sus padres (en España casi un 50% de los jóvenes de 25 a 35 años vive con sus padres). No sin antes truncar el desarrollo de su vida diaria y las expectativas futuras, como tener una vida independiente y formar una nueva familia. Este ingreso mínimo vital puede acolchar el impacto negativo hacia los jóvenes, ya que se podrían beneficiar de esta ayuda. Así, puede evitar que caigan en pobreza y puedan seguir sus planes de futuro. Es importante, no solo para estos jóvenes que ya habrán sufrido las consecuencias de dos crisis en 10 años, sino para que la sociedad no pierda el potencial de toda una generación.

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Hay mucho de simbólico en la causa contra el 8M

José Manuel Franco, delegado del Gobierno en Madrid y citado como imputado por la jueza.

Judicializar la contienda política, aunque sea con informaciones imprecisas, insuficientes o directamente basadas en bulos y mentiras ya superadas. Ocupar los juzgados con demandas llenas de ruido como se ocupan las calles con caceroladas irresponsables y atascos contaminantes. Envenenar el ambiente. Ensanchar todo lo que se pueda la persecución política de la oposición al Gobierno. Sí, de la oposición al Gobierno. La estrategia de invertir los papeles, mejor dicho, pervertirlos, no es nueva entre los neofascistas. Es más, este modus operandi les resulta altamente efectivo para subvertir la democracia cuando las urnas no les dan el poder. Si no que se lo digan a Dilma Rousseff.

Tergiversar la lógica de los derechos humanos para colonizar su discurso y expoliarlo como hacen y han hecho con todo aquello que contiene riqueza y potencia. Todo vale para garantizar los privilegios y conservar su imperio. Se puede secuestrar la verdad y volverla monopolio. Se pueden cambiar los sentidos y manipular los destinos. También se puede acusar en falso de restricción de libertades mientras celebran manifestaciones y regresan a casa sin sentir en su cuerpo un gramo de hostigamiento policial.

Es la estrategia internacional de los ultraconservadores más machistas, racistas y lgtbófobos para recuperar el poder político. Desestabilizar, desestabilizar y desestabilizar. Y dentro de esta estrategia, el Partido Popular y Vox son la delegación de esta gran corporación que son los fundamentalismos contemporáneos, tal y como los bautiza Rita Segato.

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Bolsonaro y los militares llevan a Brasil a ser epicentro mundial de la pandemia

Jair Bolsonaro.

Una dimensión notable de la pandemia en Brasil es revelar la gran cantidad de personal extraordinario de salud pública (médicos, enfermeras, técnicos de enfermería) peleando, en primera línea, para proteger a las víctimas. Cientos de ellos ya han muerto en esa pelea. Por otro lado, los debates públicos revelan la calidad y cantidad del personal de las universidades públicas y los centros públicos de investigación, presentes en todos los medios y en los textos de análisis sobre pandemias.

Sin embargo, Bolsonaro dice que "los civiles han fracasado", como justificación para apelar a los militares a que encabecen el Ministerio de Salud y lo ocupen, ya con algunas docenas de militares en los puestos más importantes. Del grupo de más de 3.000 soldados en el Gobierno, unos 20 ya están en el Ministerio de Salud, incluido en el cargo de ministro. Bolsonaro y los militares asumen así la responsabilidad de llevar a cabo la política gubernamental sobre la pandemia y los graves efectos que tiene en Brasil. El país se ha convertido, debido a la falta de liderazgo del Gobierno y la falta de prioridad que debe tener el tema, en el segundo país del mundo con más víctimas de la pandemia y en el nuevo epicentro mundial del coronavirus. No hay una política, un plan de acción, una prioridad ni una atención especial del Gobierno para enfrentar la pandemia.

Nombrar personal militar para dirigir el Ministerio de Salud en medio de una pandemia es una bofetada para todos los profesionales de la salud en Brasil. Un presidente que nunca reconoció su papel en la respuesta a la pandemia, que no dedica recursos para que se protejan y desempeñen sus funciones en mejores condiciones, ignora el esfuerzo que están haciendo, designa a los militares sin ninguna calificación para asumir la responsabilidad de llevar a cabo la política gubernamental sobre la pandemia.

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Entre vivir y sobrevivir

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Imagen de la campaña 'Salimos más fuertes'.

La fatiga ya nos vencía y, de repente, hasta la España rezagada salió del confinamiento para entrar en la fase 1, que es algo así como volver a nacer después de ya haber nacido. Una segunda vida en la que hay que aprender a ser, estar y convivir de otro modo. Con otros ojos, con otro brío, con otra forma de afrontar los días. Todo está por descubrir en esta "nueva normalidad" en la que se nos acumulan las nuevas primeras veces. Y, aunque nos piden prudencia para no desandar el camino y nos aconsejan no bebernos de un solo sorbo la vida el primer día para seguir viviéndola por mucho tiempo, hacemos caso de aquella manera. Nos sentamos en las terrazas, paseamos por los parques, nos reunimos en las casas, brindamos con nuestra gente querida y recuperamos algún abrazo perdido.

Todo es distinto y todo más intenso porque si algo nos ha enseñado este virus traicionero es que la vida está para vivirla más que para sobrevivirla. Cada día y cada instante. En esta pandemia hemos aprendido que hay que enfocar el presente sin maquillarlo para afrontar el futuro y que de nada sirve orientarse ya a un pasado que no volverá.

En eso andamos todos. Reenfocando las vacaciones, los trabajos, las hipotecas, los gastos, la vida en familia, los lazos emocionales… Un reseteo completo también es lo que debería hacer el Gobierno ante una triple crisis -sanitaria, económica y social- que puede llevárselo por delante, aunque los españoles crean aún mayoritariamente que la alternativa ni es más sólida ni más solvente. Ni el proyecto político ante una economía devastada puede ser ya el mismo que cuando PSOE y Unidas Podemos alcanzaron el acuerdo de coalición ni los apoyos que sumaron en su día quizá vuelvan a ser ya nunca los mismos.

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