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El algoritmo mata la democracia

Un superordenador

Aún no ha empezado la campaña pero estamos en campaña. Llevamos años en campaña y esto no cambiará. Hay que acostumbrarse, no lamentarse. El siglo ha despertado y trae realidades nuevas, cambiantes, líquidas y también inaprensibles. O no lo son y simplemente se ha complicado infinitamente la posibilidad de saber quiénes somos, qué hacemos, quién nos dice qué y con qué efectos. En todo caso la democracia tal y como la conocemos sólo puede basarse, todos lo hemos estudiado, en una opinión pública informada y libre. Sólo un ciudadano con acceso a los datos reales y pertinentes para formar libremente su criterio es el ciudadano de una democracia liberal. Hasta ahora hemos peleado mucho para que la información pudiera fluir de forma libre y sin censuras pero ahora nos encontramos con el problema no sólo de un excesivo flujo sino de que nos hemos quedado sin guardias que ordenen el tráfico o, por ser más precisos, hemos dejado que sea el capital el que se otorgue esa función a sí mismo.

Cuatro o cinco empresas establecidas a nivel mundial tienen el poder de decidir qué vemos con seguridad y qué no vemos porque se pierde en el fárrago del tráfico. Esa es la realidad. No son ya los sistemas los que nos censuran sino que es el modelo de negocio de unas pocas empresas, ni siquiera de la mayoría, que se han atribuido no sólo el derecho a hacerlo sino que se han asegurado de que su decisión no tendrá consecuencias ni responsabilidad. Algo inaudito. Ninguna empresa periodística ha tenido jamás el poder de ser irresponsable. Ninguna.

El problema no son los algoritmos sino la mente humana que los diseña. Lo hace perfectamente para lograr sus objetivos que son mantenernos cuanto más tiempo mejor en sus dominios aprovechando los conocimientos que tienen de nuestro funcionamiento cognitivo y de los sesgos que traemos de serie. El algoritmo tiene su lógica y nos la impone a nosotros como individuos y a nuestros sistemas sociales y políticos por ende. Un importante e inteligente empresario de este país me decía hace poco: “¿por qué todo el mundo ha asumido que esas concretas empresas pueden imponernos su modelo de negocio a todos?, porque es su modelo de negocio y no otra cosa”. Su modelo de negocio no nuestra libertad ni nuestra democracia ni nuestro modelo de mundo.

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Se está jugando con fuego

Santiago Abascal, Pablo Casado y Albert Rivera

"Son trucos electorales, del tipo de los que hizo Steve Bannon para Trump". "No hay que darles pábulo, eso es lo que ellos quieren". Además de la sorpresa y la indignación, esas son las reacciones que están provocando las barbaridades que salen de la boca de las gentes de Vox. Sí, no hay que exagerar, ese tipo de cosas suelen pasar en las campañas electorales. Pero si el sentido de lo que dicen las huestes de Santiago Abascal empieza a coincidir con los mensajes del PP, cabe preocuparse un poco o bastante más. Y eso es lo que está ocurriendo.

Porque Cayetana Álvarez de Toledo ha afirmado que el procés es un golpe de estado más grave que el 23-F y eso, aparte de ser una mentira flagrante, también conlleva la clara pretensión de reducir la importancia de la intentona de Tejero, Milans y otros muchos más, un baldón que pesa sobre la derecha española. Y porque hace unos días, Pablo Casado reverdeció la teoría de la conspiración en torno a los atentados de Atocha y prometió que cuando sea presidente del gobierno reabrirá otra vez el asunto. Como si eso no fuera un desacato a la justicia, que sentenció en firme sobre la cuestión. Y solo para borrar el error garrafal que entonces cometió Aznar.

Y porque en la campaña de las elecciones andaluzas el hoy líder del PP avanzó ideas sobre la inmigración que no distan mucho de las Vox. Es cierto que no ha vuelto a sacar el tema, pero lo dicho dicho está y puede volver a decirse de nuevo. Lo mismo que sus críticas, incoherentes y confusas pero críticas a la postre, a las leyes contra la violencia de género y de protección de los derechos de la mujer.

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Otra justicia

Protesta frente al Palacio de Justicia de Pamplona, en Navarra

Estábamos alrededor de una sencilla mesa con comida, cuando Silvia Federici dijo: ¿Pero qué se pide aquí? Aquí no en el bar, aquí en España. ¿Qué está pidiendo el movimiento feminista en España?, nos increpó la autora de Calibán y la bruja. Algunas de las que estábamos comenzamos a contestar que pedía justicia, una que no fuera patriarcal, que escuchara y fuera empática con las víctimas. ¿Cárceles, penas, sentencias?, repreguntó visiblemente incómoda Silvia Federici. Nosotras la miramos, nos miramos y bueno, un poco sí va de esto la cosa, asentimos, aunque no solo de eso. Federici vive en Estados Unidos, donde hay pena de muerte, y una de sus causas colectivas es luchar contras las prisiones y reivindicar una justicia no punitiva desde el feminismo.

Tratamos de balbucear que hasta hace pocos años en España no se reconocía la violencia de género como un tipo de violencia específica. Y nada nos garantiza que no volvamos atrás. Hay un partido que quiere llegar al poder con un programa que pretende negarla otra vez. Que parte del trabajo del feminismo aquí es convencer a la sociedad de que la violencia machista es sistémica y que no puede permanecer más tiempo impune. No es muy distinta de la manera en que el feminismo de Ni una menos, en América Latina, ha enfocado el problema. Que es el Estado, al no poder brindar protección, al que reclamamos para los agresores escarmientos proporcionales a sus daños.

Ella levantó el dedo hacia nosotras y lo movió ante nuestras narices para negar: No, no, eso no. Y comenzó a hablar de la necesidad de buscar otro tipo de justicia, una que no reproduzca las mismas violencias que denunciamos, la misógina, la racista, que en instituciones como el sistema penitenciario son virulentas y nunca tienen un efecto verdaderamente transformador. Hace poco lo vimos con el caso del asesino de su esposa que salió de la cárcel para matar también a su amante y abogada defensora. La posición de Federici coincide con la de Angela Davis, que en su reciente visita a Madrid, también cargó contra la represión policial y carcelaria.

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Desdomesticados

Como especie evolutiva que somos los de la raza humana, que no quiere decir que todos los humanos seamos moldeables, empáticos y resilientes, lamentablemente, todos los que por aquí tenemos una edad recordamos algunos de los castigos que se aplicaban en el colegio hace algunos años. Yo soy de la generación del cara a la pared y el copia mil veces no volveré a contestar mal. Y eso ya suponía una evolución interesante a los castigos que habían sufrido mis mayores, que siempre me explicaron aquello de juntar los dedos de la mano para recibir un reglazo, e incluso aquello tan vergonzante de las orejas de burro para quien no se sabía la lección. Por suerte, hemos evolucionado y en las escuelas de hoy se promueven prácticas que inculquen alguna cosa más que la vergüenza, el escarmiento o el dolor. Síntoma de que somos el mejor de los animales, aunque algunos se calcen las orejas de burro cada mañana, y sin darse cuenta.

La política de nuestros días parece estar haciendo una regresión a aquellos tiempos de la mano dura y el vas a aprender de golpe, y con ella también, arrastra, parte de la opinión pública. De todo lo que tienen las redes sociales, el uso doméstico de la tecnología, lo más malo es que nos acostumbra a la cadena impaciente del impacto-reacción. Todo lo queremos ya, sobre todo tenemos una opinión inmediata, y lo que es peor: muchos sienten la necesidad de compartirla para obtener un feedback igual de poco meditado para que en cinco minutos tengamos el ego empachado. Gustar es muy placentero, por algo somos animales sociales, pero en exceso le provoca diarrea al ego, que va abonando la intolerancia y la severidad. A más likes, más chulos nos ponemos, más perspectiva perdemos, se nos afilan los colmillos y nos sale ese pelaje negro de nuestros antepasados. Nos estamos desdomesticando, con permiso de la RAE. Volvemos al blanco o negro, que tanto nos recuerda a los tiempos del blanco y negro. Menos tolerantes, más severos. Y esa actitud la ha comprado buena parte de la política de hoy.

Todo es muy grave siempre, todo es un atentado siempre, todo es una amenaza siempre, todo es un descaro siempre, todo es un jamás, todo es un yo nunca. Todo es motivo de afrenta siempre, y no hay puentes que puedan unir orillas. Los pocos que hay soportan tanto peso de la política y la opinión pública de lo inmediato, que se caen. El griterío es tal que a los domesticados casi ni se les oye, porque entre que levantan la mano, piden permiso e intentan matizar se les echan encima y su voz se apaga: ya no han podido opinar. Gana la bronca. Estamos perdiendo los matices, el saber estar, el escuchar, el discrepar. Y el construir. Siempre al ataque, como los del pelaje negro. Qué tiempo tan ruidoso.

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15 datos que dicen que la idea de Vox de legalizar las armas es una locura

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El líder de Vox, Santiago Abascal, durante una intervención en un acto del periódico 'La Razón'

Santiago Abascal sigue tuiteando, pero hace tiempo que no responde a preguntas de los periodistas. Eso por supuesto si no contamos con la entrevista exclusiva que acaba de conceder a Armas.es, el autodenominado “periódico líder mundial sobre armas en español”. Allí ha explicado por qué los españoles deberíamos tener derecho a tener pistola y lo ha hecho con una serie de argumentos que son los mismos que ya se han mostrado desastrosos en otros países.

Tengamos un dato claro para empezar: un estadounidense tiene 24 veces más posibilidades de morir de un disparo que un español. Y en los otros dos países donde existe el derecho constitucional a portar armas, México y Guatemala, el ratio de muertes violentas multiplica por por 25 o por 50 el que tenemos en España. A partir de ahí, entremos en harina.

“Los españoles honrados tienen todo el derecho a defenderse”

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Pase y vea, president

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Que la decisión de la Junta Electoral Central (JEC) sobre los lazos amarillos resulta más que discutible parece obvio. Su argumentación para negar el derecho de los funcionarios y trabajadores públicos para expresarse políticamente en los espacios institucionales se antoja tan débil como contradictoria. Llevada al absurdo, supondría la imposibilidad de manifestarse políticamente en cualquier espacio institucional dado que siempre habrá alguien que podrá alegar su molestia o desacuerdo.

Limitar la presencia de símbolos a aquellos políticamente neutros en nombre, precisamente, de la neutralidad de los espacios públicos conduce al estrambote de proscribir la política de lo público. ¿Si posicionarse políticamente en los espacios públicos está mal, ¿dónde estaría bien entonces, solo en tu cuarto de estar? Además, por definición, no existen los símbolos políticos neutros; ambas condiciones se excluyen.

Cuestión distinta plantea la imparcialidad que debe garantizar el uso de los espacios públicos e institucionales durante un periodo electoral. No estamos ya ante un problema de libertad de expresión sino de garantizar la libre e igual competencia política. Lazos y esteladas se manejan y cuelgan porque representan símbolos políticos y también porque van asociados a opciones electorales concretas. No digamos ya aquellos carteles donde aparecen los presos que van a ser candidatos en las próximas elecciones. Los espacios públicos deben permitir la expresión política pero también probarse imparciales en la competencia electoral.

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Después de la declaración de Trapero

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El mayor de los Mossos, Josep Lluís Trapero.

A los estudiantes de las facultades de Derecho se les lleva enseñando desde la entrada en vigor de la Constitución que las Comunidades Autónomas son Estado, que solamente son comprensibles como unidades subcentrales de un Estado único en lo que a la "titularidad" del poder se refiere, aunque dicho poder se ejerza descentralizadamente.

La descentralización no afecta a la titularidad del poder, sino únicamente a su ejercicio. El poder reside en el "pueblo de los Estados Unidos", en el "pueblo alemán" o en el "pueblo español", aunque dicho poder no se ejerza exclusivamente a través de la "Federación", el "Bund" o el "Estado", sino que se ejerza en medida considerable a través de "Estados", "Länder" o "Comunidades Autónomas". Es la unidad del poder del Estado el presupuesto y límite para el ejercicio del poder de los entes "subcentrales", se denominen como se denominen. Sin esa separación entre titularidad única y ejercicio múltiple no se entiende ningún Estado políticamente descentralizado.

Esto es lo que el mayor Trapero, con la cúpula de los Mossos, le dijo al president Carles Puigdemont en el encuentro que tuvo lugar el 28 de septiembre de 2017, dos días antes del 1-O, según hemos sabido la semana pasada, cuando contestó a la pregunta que le formuló el presidente del Tribunal, Manuel Marchena. Si usted ha olvidado que es el máximo representante del Estado en Catalunya y ha decidido poner en marcha un proceso independentista, debe saber que los Mossos no le van a acompañar en esa aventura. Los Mossos d'Esquadra están integrados en la Comunidad Autónoma de Catalunya, pero no dejan de ser por eso también en último término un Cuerpo de Seguridad del Estado, vinculado por la Constitución española.

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La felicidad, un juguete más o menos nuevo

Si viviéramos en tiempos de Tales de Mileto, felicidad sería “tener un cuerpo sano, fortuna y un alma bien educada”. Si fuéramos contemporáneos de Platón, le escucharíamos decir que la felicidad está relacionada con la virtud, no con el placer. Y a Hegugesias, negar la posibilidad de ser felices, porque los placeres son efímeros.

En el Diccionario de filosofía de Nicola Abbagnano, un fragmento recoge la mirada de los antiguos griegos sobre la felicidad. Hay algo de azar, algo de destino, algo de virtud, algo de estética, algo de fortuna. Buenos, guapos y ricos -ellos, nada más que ellos- serían felices. Ser malo, feo o pobre sería una cadena perpetua a la infelicidad. O aquel escogido por los dioses, el azar o quién sabe qué, se daría de bruces con la felicidad (y agradecería que en suerte no le tocó vivir una tragedia). Esa visión duró siglos. 

La felicidad como suerte -no como derecho u objetivo alcanzable- está en la raíz de la palabra en occidente. La italiana felicità, la portuguesa felicidade -como la española felicidad- vienen del latín felicitas. En el diccionario encontramos que significa suerte, buena fortuna o felicidad.  En griego, eudaimonía, una junción de las palabras buen y espíritu. En francés, bonheur, la suma de bueno y suerte. En inglés, happiness tiene sus raíces en el viejo vocablo hap: fortuna u ocasión. 

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Víctimas de Cuelgamuros algo reparadas

Pasillo central de la basílica del Valle de los Caídos

Centrados como estamos en la exhumación del dictador Franco de Cuelgamuros, nos olvidamos de las víctimas realmente existentes

Familiares de personas que yacen en columbarios al lado de su exterminador, en contra de la voluntad de sus hijos y nietos, como mínimo

Gentes venidas de Aragón, hermanos Lapeña, de Calatayud; de Valladolid, una mujer en silla de ruedas; otras que residen ahora en Cataluña; gentes que pueden ver a través de un ventanuco los restos de sus seres queridos y tener así un cierto duelo, del que han carecido desde 1939 hasta ahora. Un tiempo.

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Recuperar el control... perdiendo el control

Plagas de fake news, candidatos que llaman por teléfono en mensaje grabado sin haberles facilitado el número, precampaña irritante para provocar rechazo a la cita con las urnas del que sacar beneficio.  Las elecciones ya no son lo que eran.  No dejamos de oír que  la campaña electoral se juega en WhatsApp. No solo, hay más  vías. Lo que resulta imprescindible conocer es el porqué, las motivaciones últimas de los votantes en este momento histórico, las influencias que sufren y cómo afectará a la sociedad en su conjunto. Más aún, a los seres humanos que la componen.

Desde la elección de Donald Trump en 2016 como presidente de EEUU se han sucedido resultados en las urnas tan sorprendentes como aquél. El que llevó al poder en Brasil al ultraderechista Bolsonaro en lugar estelar. O el Brexit, el referéndum para una salida o no del Reino Unido de la UE. Los votantes no se habrían vuelto locos en masa como dedujeron algunos analistas. Atando cabos, vamos sabiendo que sus opciones no fueron ni tan improvisadas, ni tan aleatorias como se pensó, sino que pudieron responder a nuevos métodos de la estrategia electoral.  No siempre limpios.  No advertidos, sobre todo.

Ni conspiraciones, ni paranoias,  computación aplicada a fines concretos. De alguna manera, se está hackeando el sistema político. Así llegó a definir la táctica,  Dominic Cummings, el asesor político que  fraguó el triunfo de los eurófobos para la salida del Reino Unido de la Unión Europea. "Brexit: La guerra incivil", película producida para la Plataforma de televisión HBO, narra la metodología empleada. Y en ese sentido es todo un Tratado de ciencia electoral que vienen confirmando otras informaciones. 

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