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¡Es la guerra: más madera!

Dolores Delgado, en una imagen de archivo.

¡Vaya semanita! ¡Y la que se avecina no parece menor! Y no me refiero ya a la semana, sino a la legislatura en sí misma. Apenas iban el pasado lunes a tomar posesión de los ministerios sus titulares, cuando poquito antes saltaba la noticia: Dolores Delegado iba a ser propuesta por el Gobierno como nueva fiscal general del Estado (FGE), como así ha sido.

Se mire como se mire, no cabe duda de que la decisión del presidente Sánchez –luego decisión del Consejo de Ministros– es arriesgada, osada y supone un órdago y un golpe de efecto innegable. ¿Pero un golpe hacia qué o hacia quién? Pues, seguramente, en varias direcciones. De un lado, para dejar claro quién manda, en el Gobierno y en España. Ha sido la primera prueba de fuego –¡y qué prueba!– de la solidez del Gobierno de coalición y parece haberse superado sin dificultad –¡quién lo iba a decir!– y la constatación de la arrogancia del presidente, a quien parecen importar muy poco las opiniones ajenas, salvo en tiempo de campaña electoral.

Lo mire yo como lo mire, no me cabe duda de que la señora Delgado no es idónea para el puesto de FGE, esto es, no es adecuada o apropiada. De un lado, porque después de las tremendas conversaciones con Villarejo –acerca de las que, se diga lo que se diga, no ha pedido disculpa alguna– nadie entendió que pudiera continuar como ministra de Justicia –solo la salvaron los previos ceses-dimisión de Huerta y Montón–, y así se consideró también desde Podemos –o Unidas Podemos, no lo sé con certeza–, lo que la inhabilitaba también para este nuevo puesto, pues no se acierta a comprender que quien no sea digna de un Ministerio lo sea de la FGE. Así pareció entenderlo también Sánchez, que hace tiempo había apostado por su cese en tal función.

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Querida Alicia: jamás nos rendiremos frente al olvido

La periodista Alicia Gómez Montano, en una imagen de archivo.

El fallecimiento de la periodista Alicia Gómez Montano ha dado a conocer a una extraordinaria mujer de la que la gente ajena a la profesión apenas había oído hablar. Sin embargo, ha sido con justicia una noticia relevante en los medios de comunicación. Parece que hayamos descubierto que era mucho más importante de lo que con seguro ella misma podía imaginar. Este extendido reconocimiento significa el triunfo de virtudes que no suelen acompañar a la palabra éxito. Hablamos de humildad, de compromiso, de entrega, de lealtad, de compañerismo, de honestidad y de sencillez. Ahora que se ha ido, supone una oportunidad para reivindicar el inconmensurable valor de la vida basada en luchar por estar, más que en pretender ser.

En el mundo de la comunicación, el brillo del oropel suele trastornar a demasiada gente. La competencia por satisfacer la vanidad es una tentación siempre presente que solo supera con facilidad la gente más grande. Y Alicia ha sido enorme. Su último ejemplo de humildad es habernos mostrado a todos que tener amistad con ella era muy poco excepcional. Ha sido absolutamente exagerado comprobar que todos éramos amigos de Alicia. La clásica imagen de varias viudas desconsoladas que se descubren por vez primera en el sepelio del marido polígamo se ha actualizado. Resulta que Alicia era amiga de todo el mundo y todos nos habíamos sentido plenamente atendidos por ella. Creíamos ser especiales por poder disfrutar de su cariño y entrega y resulta que nos compartía con cualquiera que se cruzaba en su camino. En estas horas en las que tanta gente diferente nos hemos reencontrado frente a su recuerdo, nos miramos unos a otros entre el asombro por la coincidencia y la complicidad del profundo dolor que nos une.

En esta inesperada última semana de vida, hemos podido compartir con ella muchos de sus principales rasgos. Cuando hemos ido a visitarla al hospital, nos pedía en cuanto nos veía que levantáramos el respaldo de la cama para poder compartir mejor la conversación cara a cara. Quería saberlo todo: qué pasaba en el Gobierno, qué se comentaba en los pasillos de las teles, cuál era el cotilleo sentimental más reciente de la profesión y quién había sido el último político en meter la pata. Pese al cansancio y la dureza de la enfermedad seguía esbozando una sonrisa con cada historia y sus ojos se iluminaban con cada detalle del relato.

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Sobre qué cabalga Vox

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Los principales dirigentes de Vox.

El último estudio postelectoral del CIS deja datos muy interesantes, más allá de las exageradas polémicas políticas y profesionales promovidas por quienes, en realidad, aquello que de verdad más les molesta es el hecho de no hallarse ellos al frente del organismo, controlando sus recursos y su impacto; sin que ello implique negar los errores y contradicciones cometidos por el propio centro.

Nos dice, por ejemplo, que aumenta el pesimismo económico y político, pero no cuando se pregunta a los encuestados por su situación personal. También nos cuenta que las redes siguen su avance imparable para convertirse en fuente principal de información política, aunque la televisión continúa mostrándose imbatible. Y también nos aporta información relevante sobre las claves que empujan el fenómeno Vox y le permiten consolidarse cómodamente como tercera fuerza política en las previsiones de voto.

Para uno de cada cuatro encuestados, la política y los políticos son el problema; los votantes de la ultraderecha se sitúan entre quienes más se apuntan a este diagnóstico, seguidos muy de cerca por los votantes de Ciudadanos, uno de los caladeros electorales de Santiago Abascal y los suyos en el 10N. La situación catalana influyó en el voto de uno de cada cuatro electores; de nuevo, la ultraderecha lidera el ranking de los más concernidos. La exhumación de los restos del dictador tuvo más impacto en el voto que el debate electoral; de nuevo, la ultraderecha aparece como el electorado que más reaccionó ante el suceso. En la valoración del debate, Pablo Iglesias vuelve a ganar con claridad, como en abril, pero Santiago Abascal casi empata en la segunda posición con el propio Pedro Sánchez, con la diferencia de que convenció mucho más a sus votantes.

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Mi hijo es mío y su libertad también

La politóloga y filósofa feminista Wendy Brown decía recientemente en una entrevista que una de las mayores debilidades de la izquierda en la actualidad es haberle cedido la libertad a la derecha. Brown sostiene que las derechas han patrimonializado el significante libertad y, así, han podido abanderar la libertad de expresión o la libertad religiosa para combatir las políticas de igualdad e inclusión. Estos días vemos este mismo fenómeno en relación a la polémica acerca del pin parental que Vox, Partido Popular y Ciudadanos han sacado adelante en Murcia.

La introducción del pin parental supone poner en jaque la escuela pública y estigmatizar la entrada en los centros escolares de la diversidad sexual y tenemos muchos motivos para defender ambas cosas. La educación pública fue en su momento una conquista obrera y los señoritos siempre supieron muy bien que si algo combatía sus privilegios heredados e impedía la reproducción de las desigualdades de clase era el acceso universal a la educación. Estas estrategias de la ultraderecha vierten sospechas sobre la educación pública, tratan de dibujarla como un espacio inseguro y pretenden que estalle dentro de ella la polarización y el conflicto.

A su vez, la llegada de la educación sexual y la diversidad a los centros escolares ha sido desde hace tiempo una de las demandas principales del movimiento feminista y el movimiento LGTB. Sabemos que entre la población adolescente se dan relaciones tóxicas de maltrato y que el bullying hace que un 75% del alumnado LGTB tenga miedo en el contexto escolar. Sin embargo, y aunque estos ataques pongan especialmente en juego la igualdad de oportunidades y la inclusión, no deberíamos dejar de señalar que esto supone, ante todo, un ataque a la libertad. Y no solamente la libertad de los alumnos LGBT sino la de todos los alumnos, empezando por la libertad de los hijos de padres de Vox o del PP que piensan poner en práctica este veto parental.

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El dinero se hace ahora ecologista

Larry Flink, fundador y presidente de BlackRock

El mundo financiero ha ignorado los límites del planeta durante demasiado tiempo. Las grandes corporaciones han crecido sin atender al deterioro ecológico que generaba su actividad, externalizando los costes ambientales y presentando así una falsa contabilidad. Pero el planeta ha dicho basta y ahora exige pasar cuentas.

La crisis climática es el burofax con el que el planeta exige al mundo financiero el pago de la deuda ecológica acumulada. Y el dinero, sorprendido y asustado, se ha vuelto de repente ecologista. Hasta tal punto llega ese advenimiento al ecologismo que las páginas salmón de los medios financieros parecen mudar al verde.

Uno de los mejores ejemplos de dicha mutación nos lo acaba de brindar el propio Larry Fink, fundador y presidente de BlackRock: la mayor empresa gestora de fondos de inversión del mundo.

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Escrache a un Gobierno progresista

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Dolores Delgado, en una imagen de archivo.

"Si los miembros de las profesiones confunden su ética específica con las emociones políticas del momento, pueden acabar diciendo y haciendo cosas que antes les hubieran parecido inimaginables"
Timothy Snyder. Sobre la tiranía

Algunos definieron el escrache como la última alternativa de los abandonados por la política. Los escraches. Algo brutal y poco estético, sudoroso y vociferante, algo demasiado burdo para los poderes de los que voy a hablarles hoy. Llevo varios años haciéndolo y, precisamente por eso, soy plenamente consciente del cambio que se ha producido en estas últimas semanas. Un cambio que reside fundamentalmente en que todos los contubernios ocultos que llevo columnas y columnas explicándoles se han mostrado, de golpe, tan a las claras como el lucero de la mañana. Por eso como escribidora puedo hacerles el símil para adentrarnos en cómo hemos visto la cara de lo que apunta a ser todo un escrache institucional hacia el nuevo Gobierno de coalición progresista por parte de poderes, estamentos y hasta las cúpulas de las carreras administrativas para intentar impedir que el nuevo Gobierno pueda llevar a cabo el programa político que les afecta y, también, el que no les afecta pero no les gusta.

Ya les dije que la oposición está dispuesta a ganar en unos tribunales concretos, que sienten como muy próximos a sus deseos, lo que no podrían ganar en el Parlamento y que la ultraderecha ya ha comenzado su loca y diabólica carrera para criminalizar los actos políticos de total legitimidad democrática. Esa es, claramente, una de las caras del totalitarismo. No obstante ya les avanzo que esto ni siquiera es tan sencillo como eso de la "politización de la Justicia" que les van a vender, a calderadas, para convencerles de que los intereses muy concretos de unos grupos muy concretos son los de toda la sociedad y, más allá aún, los de todos los jueces, fiscales o abogados del Estado del país. Eso es lo que voy a intentar aclarar hoy.

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El pin parental y el derecho a la educación

Jóvenes aprendiendo a poner un condón durante un taller sobre sexualidad.

La educación en nuestro país siempre ha sido un campo de batalla, tal vez porque se trata no solo de un derecho social fundamental sino también de un derecho político, en la medida en que uno de los fines esenciales de la escuela democrática es preparar a los niños y a las niñas para el ejercicio de la ciudadanía. Es decir, y tal como recoge en el artículo 27.2 de nuestra Constitución, el objetivo de la educación no es solo la transmisión de conocimientos y saberes sino también de los valores y de las herramientas que hacen posible el pleno desarrollo de la personalidad y la garantía efectiva de los derechos humanos. De ahí que, por ejemplo, me pareciera tan censurable la sentencia del Tribunal Constitucional que hace poco más de un año avaló las ayudas públicas a centros que segregan por razón de sexo. Tal y como apuntaba la magistrada María Luisa Balaguer en su voto particular a dicha sentencia, la separación de niños y niñas es incompatible con un modelo educativo que acoge como uno de sus ejes principales, y como no podía ser de otra manera, la igualdad de mujeres y hombres.

Que la educación ha sido una constante piedra arrojadiza entre las distintas fuerzas políticas es más que evidente si repasamos nuestra historia reciente y si partimos del mismo proceso constituyente en el que uno de los artículos que generó más controversia, llegando incluso a la ruptura del consenso, fue el dedicado a la educación. El resultado del pacto constitucional fue un artículo lleno de contenidos que incluso pueden llegar a ser contradictorios, en la medida que en él se trató de conciliar el derecho fundamental a la educación con la libertad de enseñanza. Desde entonces, las tensiones entre esos dos polos han sido constantes y especialmente virulentas en su conexión con la confesionalidad encubierta del Estado español que el art. 16 CE ampara. En este sentido, una de las previsiones más controvertidas es el reconocimiento como un derecho de que los padres y las madres puedan elegir la enseñanza que esté de acuerdo con sus convicciones religiosas y morales (art. 27.3 CE). Una previsión que, por ejemplo, fue argumentada frente a la asignatura Educación para la Ciudadanía y que llevó a que algunos de ellos plantearan objeción de conciencia frente a la misma.

El Tribunal Supremo dejó claro en 2009 que no era posible tal objeción frente a los contenidos obligatorios del sistema público de enseñanza. Recordemos que, tal y como ha insistido el Tribunal Constitucional, en nuestro sistema no se reconoce lo que podríamos considerar un genérico derecho a la objeción de conciencia, el cual reduciría al absurdo el obligado cumplimiento de la Constitución y de las leyes que nos marca el art. 9.1 CE. La objeción de conciencia, además de la que la propia Constitución prevé con respecto a lo que hace unas décadas era el servicio militar obligatorio, solo será posible en aquellos casos que esté debidamente justificada y regulada por el legislador. Es el caso por ejemplo de la objeción de conciencia de los profesionales de la Medicina prevista en la Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo.

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No le hagamos el pasillo a la serpiente

Antonio Scurati.

Estos días de controversias y polémicas entre poderes del Estado, ha estado en España el profesor de literatura de la universidad de Milán, Antonio Scurati, autor de "M. El hijo del siglo" (Alfaguara). Una biografía novelada de Benito Mussolini, que abarca desde la creación del fascismo hasta su llegada al poder. De 1919 a 1924. En cinco años el fascismo pasó de la nada, a ser uno de los movimientos que llevaría al desastre a toda Europa y a una nueva guerra.

El profesor Scurati describe la complejidad del momento, y necesita 800 páginas para trazar un panorama complejo, un caldo de cultivo perfecto, que ilustra cómo pudieron llegar los fascistas al poder ejerciendo impunemente la violencia, despreciando la democracia como sistema y cargando contra las instituciones del Estado.

En todas las entrevistas de promoción del libro se le pregunta al autor por los paralelismos entre esa época y la que estamos viviendo con la emergencia de los neofascistas de nuevo en toda Europa, y en el mundo. Y Antonio Scurati advierte de que el peligro no son esos "fantoches" que recuperan la simbología y alzan el brazo con el saludo romano. El verdadero peligro, que ya está arraigando en nuestras instituciones, son esos políticos populistas que prometen soluciones sencillas a problemas complejos. Que agitan el miedo contra algo o alguien, para después del miedo pasar al odio y así empezar esa espiral maligna que nos lleva al infierno. Ya hemos estado allí.

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PIN: Permiso Integrista Nacionalcatólico

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Foto: Edu Bayer

Las guerras culturales serán uno de los elementos fundamentales de esta legislatura y el Ejecutivo ya ha dado buena cuenta de que no va a rehuirlas. La primera semana de conformación del Gobierno, ya ha afrontado de manera decidida y valiente la del pin parental, de ahora en adelante "Permiso Integrista Nacionalcatólico". El requerimiento al Gobierno de Murcia para desistir en la aplicación de la medida es el ejemplo de que parece que no piensa arredrarse. Queda por ver si no cae en la trampa de enredarse en estas guerras perdiendo la perspectiva de que tiene el BOE en sus manos y la mejor manera de vencerlas por aplastamiento es legislar sin complejos.

Haríamos mal en creer que el veto educativo tiene como objetivo la simple instauración del permiso integrista nacionalcatólico en las escuelas. Va más allá y es un ataque a la línea de flotación de la educación pública. Un intento para disciplinar a este Gobierno y evitar que sea ambicioso en la reforma educativa que prepara. Hablar de la implantación de una medida reaccionaria de este porte para que como mal menor se mantengan sus privilegios de clase y credo. Que las concertadas que segregan no se vean perjudicadas o que la religión se mantenga en las aulas como asignatura evaluable. Conviene mantener la perspectiva y ser conscientes de los usos y costumbres de la reacción española para que sus malas artes no impidan hablar de los verdaderos problemas de la educación española más allá de la espuma de estos días. Problemas graves y estructurales como las ratios elevadas y la falta de recursos, las plantillas inestables y las altas tasas de interinidad. Pero para ganar esa guerra es imprescindible vencer estas pequeñas batallas.

La derecha no comprende que en lo que respecta a la educación, la infancia tiene derechos y los adultos, deberes. Importa el bienestar del hijo y sus derechos constitucionales por encima de los padres. Para ser precisos, los padres no importan. O importan si sus pretensiones no entran en colisión con los derechos fundamentales de la infancia. Los padres no tienen derecho a que su hija reciba una educación que considera que la homosexualidad es una enfermedad, de hecho la educación y la Constitución protegen al menor de esos progenitores. El espacio educativo es el lugar dedicado a que los niños y niñas de España reciban una educación reglada que respete los derechos humanos y a protegerles de esas enseñanzas y comportamientos. Aunque vengan de sus padres. Especialmente si vienen de ellos.

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Un fascismo impregnado de franquismo y estulticia

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Rocío Monasterio y Pablo Casado charlan en el Congreso.

No hay duda ya ni en la primera semana: el mayor obstáculo para el Gobierno es un bloque granítico que suma las fuerzas conservadoras del país, se hayan presentado o no ante las urnas. Su peso es impropio de una democracia consolidada porque no se corresponde con las preferencias políticas de la mayoría. Así, vemos que las derechas no han ganado en ninguna de las últimas y múltiples convocatorias electorales pero están incrustadas con notable desproporción en órganos clave.

Los primeros pasos del Ejecutivo de coalición van renovando las cúpulas de las Fuerzas de Seguridad, se vive el acoso –más que el enfrentamiento en la terminología periodística- de la judicatura conservadora, la empresarial da "toques" y la política es un fiero desbarre, tanto o menos que la mediática a su servicio. La sociedad entre tanto vive preocupada por ese escenario y por el ascenso de la ultraderecha que está impregnándolo todo. ¿Hay motivos?

La "letra pequeña” del barómetro del CIS de diciembre nos dice que la mayor parte de los españoles se autoubican en el centro y el centro izquierda, hasta casi un 59%.  En 2011, se situaba a la derecha más del 50%, entre el 5 y 8 de la tabla. Otro aspecto es la subjetividad con la que se vive la propia adscripción ideológica. Ahora, prácticamente solo los votantes de Vox se sienten de derecha máxima. Y no se pierdan a cerca de un 10% que no saben de qué son. 

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