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Un presidente débil permite la militarización del poder

Bolsonaro celebra el Día del Ejército y enaltece la educación militar.

No hay vacío en la política. Siempre que hay vacío, hay instituciones que tratan de llenarlo. Como las Fuerzas Armadas brasileñas lo hicieron en 1964 y se proponen hacerlo de nuevo.

En 1964 las FFAA forjaron ese vacío para intervenir, actuando fuertemente para erosionar al ya débil gobierno de João Goulart. Apoyados en la Doctrina de Seguridad Nacional, erosionaron la legitimidad del gobierno y dieron el golpe, en sustitución de los ineptos políticos tradicionales y sus partidos. 

Ahora, de nuevo, los partidos tradicionales han entrado en crisis, derrotados sistemáticamente por el Partido de los Trabajadores. Bolsonaro se ha aprovechado de la nueva crisis de los partidos tradicionales para proponerse como alternativa. Fue un buen candidato para la derecha, el único que tenía un caudal de preferencias en las encuestas gracias al apoyo de las bases tradicionales del PSDB, que se habían radicalizado hacia posiciones de extrema derecha. Con eso, Bolsonaro era la única  apuesta posible de la derecha para establecer una maniobra monstruosa, que terminó llevándolo a ganar las elecciones, aunque de forma fraudulenta.

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Pactos, no; banderas, sí

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Pablo Casado posa en un minuto de silencio en la sede del PP.

La memoria se adapta y se moldea. Se ajusta al momento. Y se crean los recuerdos. Entonces llega la distorsión frente a la realidad de los hechos. Pasa con la vida y pasa con la política. Retenemos lo que nos agrada, lo que nos hace felices y lo que nos sirve de puente para un momento más próspero. Por contra, olvidamos lo que nos conviene. Porque nos duele, porque nos hace infelices o simplemente porque esculpir el recuerdo nos sirve para sobrellevar los malos momentos. El caso es que tenemos evocaciones cercanas o lejanas que no siempre fueron tal y como nos llegan con el paso del tiempo.

Ahora que el coronavirus nos ha parado la vida y la economía y que tanto se habla de unidad, lealtad y consenso era cuestión de tiempo que alguien trajera al debate la necesidad de unos nuevos pactos de La Moncloa. El acuerdo que cambió por completo España hace 43 años y permitió sentar las bases de una modernización que llevaría al país a integrarse en la UE y a tener uno de los periodos más largos de prosperidad de su historia. Corría el año 1977, España estaba en suspensión de pagos; el paro no dejaba de crecer y la inflación rondaba el 30%. El cuadro clínico de la economía era explosivo en medio de un cambio de régimen. Y Adolfo Suárez impulsó un gran acuerdo entre las fuerzas políticas y sociales que hoy algunos tratan de emular ante el tsunami socioeconómico que se avecina

Pero entre los pliegues de la memoria de quienes vivieron aquello en la primera línea de la política o el sindicalismo hay mucho más de lo que estos días se recuerda para invocar una reedición de aquel consenso. Quien habla a continuación es un exministro de Felipe González: "Apelar a ellos como ejemplo del pasado es recurrir a un mito, pero no a la realidad histórica. No fueron ni mucho menos lo que se dice. Ni los suscribieron todos (Fraga se escabulló y la patronal de Ferrer Salat, UGT y CNT no los firmaron), ni los promotores principales (Suárez y Carrillo) salieron indemnes de aquellos". En el recuerdo de este socialista aún permanece la posterior crisis del PCE y, sobre todo, la del PSUC, que se produjo por haber promovido y firmado los pactos Santiago Carrillo. Y sobre los resultados económicos, subraya, "tampoco fueron tan relevantes". De hecho, Enrique Fuentes Quintana, vicepresidente y ministro de Economía, además de uno de los principales artífices del acuerdo, saldría un año después del Gobierno. Es posible que el pacto sirviera para expresar un consenso político, el de la UCD, el PSOE y el PCE, que luego resultó útil para el acuerdo constitucional, pero el pacto económico, además de huérfano, "nació inane", recuerda el exministro.

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Darle la vuelta al shock

Varias personas sin techo se preparan para dormir respetando la distancia de seguridad en Las Vegas (EEUU)

Una amiga me envía un vídeo de la ciudad de San Francisco, en el que aparecen las calles más lujosas de la ciudad. En ellas se aprecia cómo las tiendas más caras han forrado sus escaparates con tablones de madera, cubriendo por completo sus cristales. "¿Qué están esperando?", se oye decir al autor del vídeo. "El capitalismo se amuralla", me dice mi amiga. El capitalismo se protege  por miedo a la reacción de los más desfavorecidos, que en muchos casos se arriesgan a perder lo poco que tienen. 

Hablo con una conocida de El Cairo. Lleva días recluida en casa. "Las calles no están vacías, algunas son bastante transitadas, de hecho", me cuenta. Veo varios vídeos que lo corroboran. Quienes viven al día no pueden permitirse quedarse en casa si quieren garantizarse algo de comida. Otros ni siquiera disponen de un hogar como tal.

Me escribe un conocido desde Irak. "Aquí no tenemos miedo a la muerte, estamos acostumbrados a ella", dice. "Su cotidianidad nos permite no temerla, nos protege frente al miedo", apostilla. Es probable que en realidad tema morir, como cualquiera. Pero entiendo qué quiere subrayarme: que esto es solo otro capítulo más en su historia de injusticias, tragedias y guerras acumuladas en los últimos años. Y quizá no el peor para ellos. El tiempo lo dirá. 

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Pactos de La Moncloa: un debate necesario

Pactos de La Moncloa: la política económica nacida del diálogo entre partidos

De nuevo tenemos en marcha uno de esos debates que tanto gustan, planteados sobre ideas difusas y respuestas binarias. Pactos de la Moncloa bis, un significante vacío, al menos de momento, muy propicio al alineamiento en dos bloques, el del sí y el del no. 

Si este debate va a ocupar la agenda política y llenar un tiempo de nuestro confinamiento no estaría de más que para comenzar nos pongamos de acuerdo en qué fueron los Pactos de La Moncloa de 1977. Aunque solo sea para saber qué se nos propone si es que se propone algo. 

Las aproximaciones a este momento de nuestra historia siempre me han parecido un tanto simplistas, como todo lo que afecta a la Transición. Se mueven entre la mitificación apologética y la descalificación ucrónica. Si queremos que esa referencia histórica nos sea útil, necesitamos un análisis con más complejidad, como el que ya ha emergido en relación a la Constitución de 1978. 

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Los abrazos rotos

Dicen que tenemos que quedarnos más tiempo en casa. Lo haremos. Nos dicen que tendremos que volver a apretar mandíbulas y soportar otra crisis, que quizás sea la peor que hemos vivido. Dicen, también, que saldremos adelante, que lo conseguiremos. Ahí estaremos dándolo todo. Pero también han dicho una cosa, como de pasada, que me ha roto el alma… Han empezado a hablar de que cuando salgamos de nuestras casas, cuando volvamos al sol de la calle y a sentir la brisa del mar… No nos podremos tocar como antes. Puede que tengamos que llevar mascarilla todo el verano, y en lugar del tirante del bikini, el sol nos deje marca de nariz abajo.

Puedo arremangarme y volver a trabajar duro. A temer por mi salario, a afrontar la austeridad, a volver a empezar casi de cero pero más mayor. Sí. También cada revolcón económico me pilla en peor edad. Pero lo que no sabré gestionar es el no poder tocar, abrazar, achuchar y besar a toda la gente que quiero. No poder estar codo con codo en una terraza al sol con mis amigos, no poder cogerme del bracete de mi querido Manu mientras paseamos por Malasaña. O no dar un triple abrazo cuando me encuentre con Alba y Marta en la playa de Barcelona. O abrazar fuerte a mi hija y olerla, aspirar su olor profundamente. Eso no lo puedo soportar, es lo que más me cuesta aplazar.

El tópico dice que el carácter latino es cálido y cercano. Somos de tocar y abrazar, efusivos hasta el punto de intimidar a quienes intentan mantener distancia. He escuchado en una tertulia decir que se impondrán relaciones a "la japonesa" partiendo de otro tópico, que es que los japoneses no se tocan. Esa España sí que no me la imagino. Y tengo claro que es lo que más me va a costar acatar.
Una de las mayores ilusiones del final del confinamiento era esa… salir en tromba a la calle a abrazar a mis vecinos, a las cajeras del súper. Y en el trabajo abrazar incluso a quienes me caían mal… Imaginar que todos los poros transmiten felicidad y alegría. Cariño y reconocimiento en lugar de virus y muerte. Volver a sentir piel con piel. Y que suenen, otra vez, las palmadas en la espalda. Los besos en las mejillas y en los labios… Dejar de percibirnos como peligro, y volver a tenernos como sostén unos de otros. La calidez del amigo, de la familia, de los que te hacen sonreír y te alegran la vida. No me pidáis, por favor, que postergue más eso. Si salgo de casa será para comerme el mundo a besos. No quiero más abrazos rotos.

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Su amiga estupenda

Fotograma de la serie La amiga estupenda (HBO).

¿Siguen existiendo las necrológicas? De pequeña leía cada día las de El País en papel. Me llamaba la atención los nombres estrambóticos de las señoras mayores. Antera Domínguez del Valle, 91. Saturnina López González, 89. De vez en cuando resaltaba entre el mar apretado de nombres de tinta alguna otra edad: 24. Muy raramente: 9. La gente de 75 años me parecía entonces muy mayor, anciana. Ahora, ya no. Ahora, alguna de la gente que más quiero ronda esa edad. Joaquina Moreno, 75. Una de las mejores amigas de mi madre. No saldrá en ninguna necrológica porque no hay necrológicas en estos días. No hay suficiente espacio en Internet para tanta indignidad.

En estos días veo a pedazos, robados al cuidado, al teletrabajo y a la siesta, La amiga estupenda, la serie de HBO adaptación de la tetralogía de Elena Ferrante. "Es demasiado realista", me dice mi madre. Me duele, porque se parece demasiado a una parte de mi vida, de mi juventud, me quiere decir. Cuando leímos los libros, que devoramos y nos intercambiamos adictivamente, mi madre ya me lo comentó, y yo también supe reconocer las huellas de lo que me transmitían las infancias de mis dos padres, niños de barrio parecidos a los barrios napolitanos de las protagonistas, Lila y Lenù. Comentamos con detalle ese pasaje del principio, quien lo leyó no lo olvida, donde se describe cómo entonces la cotidianidad estaba impregnada de violencia, se mascaba en la calle, en el trabajo, en las caras de la gente. Ahora nos hemos vuelto más limpios, hablamos más fino y tenemos aplicaciones en el móvil, pero seguimos siendo hijos y nietos de esa violencia. Una violencia histórica que se ha sofisticado progresivamente, pero, ¿cómo vamos a aprender a digerirla?

Joaquina Moreno, 75. (1945/2020). "Era mi amiga de costura, de probarnos, de ir a buscar telas, de prestarnos dinero, de saberlo todo". Juaqui tenía los ojos más bonitos que he visto en mi vida. Vivarachos pero con dulzura, las manos baqueteadas dispuestas siempre a un gesto cariñoso. Así la recuerdo yo, probándole a mi madre ropa, pasando el jaboncillo por la telas, hilvanando, cortando el papel Manila y prendiéndolo a las piezas del patrón con alfileres sobre la mesa de mi casa.

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Tenemos que tomar decisiones

Dos vecinos se asoman a sus balcones en Madrid.

¿Por qué en vez de cargarnos mutuamente de reproches sobre cuestiones ya pasadas e irreversibles, no nos concentramos en construir nuestro inmediato futuro? Hay otra alternativa. Podemos esperar a que el Gobierno lo decida en solitario y entonces nos ponemos a tirarnos trastos a la cabeza defendiendo o criticando sus propuestas. En el pasado, este debate cotidianamente lo resolvíamos sobre la base de nuestra posición partidista. Quizá deberíamos probar, por hacer algo nuevo, a optar por las mejores ideas posibles, las proponga quien las proponga.

En las próximas semanas, tenemos que decidir cómo vamos a poder vivir en los próximos meses. Pocas veces el futuro inmediato ha sido tan trascendente y tan moldeable. Por el contrario, pensar a medio y largo plazo suena a pérdida de tiempo. Ojalá en las dos o tres próximas semanas se confirme la previsión de tener controlada la propagación del virus y nuestro sistema sanitario pueda recuperar su estabilidad. Pero el día que estemos en ese punto, tendremos que haber decidido con anterioridad cómo vamos a organizarnos a partir de ese momento hasta que sea una realidad la vacuna universal y efectiva.

De forma inmediata, estamos obligados a determinar qué modelo sanitario hay que asumir para impedir una nueva propagación del virus. Necesitamos definir una política sobre la realización de test masivos a todos los niveles. Hay que dotar al personal sanitario de los recursos indispensables para desarrollar su actividad. Tenemos que acomodar instalaciones complementarias a las de cuarentenas individuales en hogares que inevitablemente se vendrán, a lo mejor en instalaciones hoteleras hoy inutilizadas. Hay que definir el uso de mascarillas y de otros protocolos de higiene en nuestra vida cotidiana.

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Salir de esta

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Si le preguntáramos a un especialista en gestión de crisis, que los hay y muy buenos porque de esto, como de todo en la vida, conviene saber un poco, nos diría que, a la vista de las tendencias moderadoras de las cifras y habiendo confirmado la segunda prórroga del estado de alarma, hemos entrado en la fase más delicada en el manejo de una crisis: la fase de contención; justo cuando se ve el final del túnel tan cerca, que la luz puede acabar cegándote fácilmente.

A la recomendación obvia de concentrar y sostener el esfuerzo y los recursos en detener la expansión del alcance y minimizar los daños, evitando dispersarse en decidir qué hacer cuando todo haya pasado, los expertos recomiendan definir ahora con absoluta claridad los valores y prioridades a proteger. No se puede arreglar todo, ni se puede atender a todo. Todo el mundo debe saber a qué atenerse. Ya no vamos corriendo detrás de los fuegos, el objetivo es anticiparse. Qué va primero, utilizar los recursos de la privada o crear hospitales de campaña, a quién se le van a hacer primero las pruebas, quién tienen preferencia en la UCIs, qué pasa si eres mayor, quién es responsable de tu cuidado si eres mayor, estás en una residencia y te has contagiado. Otro tanto respecto a las consecuencias económicas y sociales de la Covid-19: ¿Se va a optar por distribuir el sufrimiento como en 2007 castigando más a quienes más sufrían o se va a redistribuir haciendo que soporte más quien tenga más capacidad para aguantarlo?

Clarificar la información se vuelve innegociable en esta fase, recomiendan los expertos. Durante las crisis siempre sobran ruido y fanfarrones. Hay que reducir los niveles de ambos por cualquier medio necesario. No es el momento de engancharse en una polémica con los informadores sobre cómo se hacen las preguntas en una rueda de prensa, qué es la libertad de prensa o los limites del derecho a la información.

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Las trabajadoras sexuales en estado de alarma

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Varias integrantes de AFEMTRAS, en una imagen de archivo.

La crisis del coronavirus ha sacado a la luz las desigualdades, las ha espoleado y, si no ponemos en marcha políticas más contundentes para impedirlo, las hará mucho más profundas. En medio de la incertidumbre que ha traído esta pandemia hay algunas cosas que se ven muy claras: quiénes tenían antes de ella derechos precarios y quiénes, incluso, simplemente no los tenían. Como de costumbre, vamos a tener que hablar de mujeres. Las trabajadoras del hogar han denunciado estos días la paradoja de que, habiendo sido declarado el suyo un trabajo esencial, sigan sin tener sus derechos laborales garantizados. Muchas de las cuidadoras que en nuestro país no tienen contrato han seguido trabajando y exponiéndose estos días. Todas ellas, invisibles para las instituciones, se pueden quedar de un día para el otro literalmente sin nada. Pero sin duda, las otras grandes olvidadas por nuestras leyes son las trabajadoras sexuales.

Un macroburdel de la Junquera, perfectamente reconocido por las instituciones que permiten su negocio, se ha acogido a la posibilidad habilitada por el Gobierno para hacer un ERTE a sus trabajadores. Son sesenta y nueve empleados que recibirán durante estos meses un subsidio del Estado. Entre ellos, ninguna mujer. Resulta paradójico: mientras el dueño sí es un "empresario" para la administración, noventa prostitutas, que no son "trabajadoras", se han quedado en la calle sin absolutamente nada. Muchas de ellas son migrantes, pensaban pasar solo unos meses trabajando para volver a su país, ahora no pueden viajar y no tienen aquí amigos o redes familiares. No es solo que no tengan posibilidad de acogerse a un subsidio en un momento excepcional como el actual, es todo lo que implica no tener derechos antes del estado de alarma. Las prostitutas no tienen paro ni baja por enfermedad y no cotizan para sus pensiones. Si no pueden demostrar que trabajan e ingresan, tampoco es fácil conseguir alquilar una vivienda y para algunas es imposible empadronarse, lo cual es una vía de entrada para acceder a las ayudas más básicas y tener acceso a los recursos sociales. Son mujeres invisibles para las instituciones y que están abandonadas por ellas.

La crisis del COVID-19 ha puesto también una lupa sobre ellas. Estos casos nos muestran muy claramente que tenemos un problema y tenemos que abordarlo. Durante los últimos años la manera que han tenido los gobiernos de "abordar" el problema ha sido desastrosa para las mujeres. Algunas abolicionistas lo llaman penalizar a los clientes, otros incluso pueden reconocer que se trata de expulsar a las prostitutas de los espacios públicos respetables. No importa cómo nos lo contemos, los efectos de las ordenanzas municipales y de la Ley Mordaza han sido los mismos: volver la actividad de estas mujeres más insegura, más clandestina, con negociaciones rápidas en las que ellas salen perdiendo y con una policía convertida –más aún si cabe– en una amenaza en vez de en una posible ayuda. En definitiva, una política contra los clientes que ha acabado criminalizaNdo y acosando a las prostitutas independientes y que ha conseguido –vaya paradoja– que para algunas sea más seguro estar en un club como el de la Junquera que estar solas en la calle. Los efectos contraproducentes de las políticas abolicionistas son siempre más pobreza y más inseguridad para las mujeres. Un informe de Médicos del Mundo denuncia cómo, desde la aprobación en 2016 de la penalización de los clientes en Francia, las prostitutas se han desplazado a zonas boscosas más peligrosas y han aumentado los asesinatos de mujeres.

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El Gobierno no puede elegir las preguntas que se hacen al Gobierno

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Pedro Sánchez en su intervención en Moncloa el 4 de abril.

Pocas cosas hay menos productivas para el periodismo que las ruedas de prensa. Pero en la mayoría de las ocasiones esto es lo que hay. Es como invitar a un vegetariano a una barbacoa. Siempre va a quedar frustrado, aunque haga algunas pequeñas concesiones. 

Una cobertura informativa durante un confinamiento plantea retos complicados a los medios de comunicación. También a los gobiernos. Es inevitable tener que pasar por situaciones inéditas –ya lo habrán oído, no hay precedentes a lo que estamos viviendo– hasta que se encuentre un desenlace aceptable. Hay una cosa que está clara: el Gobierno no puede elegir las preguntas que se hacen al Gobierno en las ruedas de prensa. Ni siquiera lo hace Putin en su gran cita anual con los medios que dura varias horas.

Sin los periodistas presentes en Moncloa, el Gobierno decidió que el secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, hiciera una selección de las preguntas enviadas por los periodistas. Un mal sistema, pero admisible mientras no durara mucho tiempo. Hay que agradecer que ningún ministro dijera aquello de 'me alegro de que me haga esa pregunta'. No, un momento. Alguno sí ha comentado que la pregunta recibida era muy interesante. Al menos, no dijo: gracias, Miguel Ángel, por haber escogido esa pregunta. 

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