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Cuando lo que cuenta es la imagen

Mesa de Diálogo para Catalunya con Sánchez y Torra a la cabeza.

En La Moncloa hay un derroche de creatividad audiovisual innegable. No hay paso que dé el presidente del Gobierno al que no acompañe una cámara propia de televisión, o dos, o tres.... Desde las célebres fotografías de Pedro Sánchez, al estilo de JKF, el primer día que se subió al avión presidencial, hay una obsesión casi enfermiza por la imagen. Hasta diez cámaras se desplegaron para la grabación del espectacular vídeo en el que los españoles pudieron ver cómo el presidente y varios de sus ministros recibían a Quim Torra y a su equipo en los jardines de la residencia presidencial. Todo fuera por inmortalizar el momento más buscado del "sit and talk" y demostrar a la derecha que otra España es posible, más allá de la del exabrupto y la confrontación.  

El encuentro, el saludo, el paseo, el primer intercambio de palabras, la entrada en Palacio, la mesa de trabajo, la ventana entreabierta de la sala de reuniones… No faltó un detalle. Luego vino, claro, el habitual portazo a los medios de comunicación, un comunicado conjunto de medio folio y la limitación de tres preguntas para la rueda de prensa.  

Lo que cuenta es la imagen, y no tanto la palabra con la que se debe dar cuenta de si hay o no contenidos políticos. Este Gobierno es muy aficionado al material audiovisual para el autobombo. Otros usaban la propaganda a través de distintos formatos. Será por aquello de que la imagen es amable, sugerente, posiciona, ubica, dispara sensaciones y hasta puede ocultar la realidad de los hechos. De ahí que haya quien elija a las marcas por su imagen, que las portadas de los diarios sean imágenes y que hasta a través de las redes sociales seamos capaces de versionar nuestra propia imagen.

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Garzón o la publicidad sin emoción

El ministro Alberto Garzón.

El nuevo ministro de Consumo, Alberto Garzón, recibió el primer varapalo político serio de su trayectoria a costa de la nueva ley que pretende regular la publicidad del juego. Un tema sobre el que alertaba, hace ya un año, el Defensor del Pueblo con un contundente informe en el que se trataba el aumento de la patología de la adicción al juego, muy especialmente en menores. El ministro Garzón fue el objeto de la ira de todos aquellos que pensaban que legislar era lo mismo que hacer argumentarios del partido donde lo malo se deroga y lo bueno se promueve. Pues mire, no, el juego es una actividad legal, que además supone el 0,8% del PIB en España, unos 48.000 millones de euros; y en España, de la misma manera que criticamos con ferocidad las casas de apuestas, alabamos y compartimos la lotería de navidad, que se retransmite por la televisión pública como todo un evento de interés social.

No he venido a evidenciar que gobernar es contradecirse, algo en lo que llevan incurriendo los gobiernos democráticos desde el principio de los tiempos, sino a analizar la afirmación del ministro Garzón en la que se comprometía a eliminar la emoción en la publicidad del juego. Algo que es imposible y que solo puede acabar de dos maneras: o se prohíbe la publicidad o este punto de la ley se lo pueden ahorrar, porque toda comunicación contiene emoción.

Tradicionalmente, en comunicación política se ha planteado un falso dilema entre emoción y razón. Ambas cuestiones son dos aspectos inseparables de la comunicación y plantearlo en términos dicotómicos es una falacia que nos conduce a una conclusión errónea: que existen comunicaciones racionales o emocionales. Las emociones son uno de los aspectos más estudiados en psicología, desde las teorías evolucionistas hasta los recientes estudios neurocientíficos explican cómo y por qué existen las emociones, si estas son controlables, o de si es primero la activación corporal o la experiencia emocional la que agita la otra. Lo que no se discute es que la experiencia humana es siempre emocional y que cualquier interacción entre personas lleva aparejadas emociones, que se suele dividir en las categorías más simples como positivas (de aproximación) o negativas (de evitación).

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Carnaval: Brasil sigue haciendo la más grande, alegre y pacífica fiesta popular del mundo

Brasil vibra al ritmo de la samba en su primer día de Carnaval

Tantos clichés, a favor y en contra, se gastan anualmente sobre el carnaval brasileño. Agencias de turismo se encargan de vender un imagen de exportación, que van de la samba a las mulatas, sugiriendo aventuras libidinosas y fastuosas. Crónicas policiales se encargan de reproducir las imágenes de escenas de violencia de todo tipo. Cadenas televisivas difunden las imágenes de los grandes desfiles que, según sus críticos, habrían comercializado las fiestas con intereses económicos, quitando su carácter popular.

Sin embargo, año tras año, el pueblo brasileño protagoniza su más linda fiesta, la más grande, alegre y pacífica del mundo, en varios días de febrero, que se alargan cada vez más. Antes, terminaba religiosamente el miércoles de ceniza, con ese nombre justamente porque en las iglesias se purgaban, con cenizas en la frente, los pecados o excesos cometidos durante los tres días de Carnaval.

Hoy día, terminadas las fiestas de fin de año, empiezan los preparativos para el Carnaval cuando sea que el calendario reserve para el Carnaval. De los carnavales tradicionales, lo que prácticamente ha desaparecido han sido tanto los bailes en los clubes como los concursos de fantasías. En compensación, lo que ha ganado fuerza extraordinaria en este siglo ha sido el carnaval de calle, que se propaga por todo el país.

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Hasta la coronilla del virus

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“Como un virus

que se extiende

why se contagia de tumor a suspiro

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Plácido

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Plácido Domingo

Las acusaciones de acoso contra el tenor Plácido Domingo calaron con incredulidad sobre España el pasado agosto, como una lluvia inapropiada y morbosa que embarraba al educado y mitológico Plácido de voz robusta y cóncava. A partir de ahí, él se enrocó en la galantería, noqueado y evitando admitir que llamar por las noches insistentemente a teléfonos que no sean el 112 o tocar los pechos en el camerino a una colega al descuido -según revelaba la investigación de la agencia AP- va más allá del piropo o el cortejo español.

Amenazó con demandas, usó medios a su alcance para desacreditar implícitamente a las denunciantes y siguió como un gran señor de la ópera, eso sí, esquivando algunas cancelaciones y haciendo frente al juicio público que él consideró cacería. Es paradójico que quien tan injustamente se portó en el pasado, según las denuncias periodísticas y ahora según el sindicato de músicos de ópera de EEUU, fuera quien clamara equilibrio y justicia para su maltrecha reputación.

En toda esa carrera hacia adelante sí dijo algo que fue muy revelador y el preámbulo de la asunción de responsabilidad que ha hecho este pasado martes: "Reconozco que los baremos por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado". Sí. En el espejo del tiempo hay muchos hombres que saldrían desfavorecidos. Y actitudes que se asumían, toleraban o jaleaban que hoy serían despreciables u objeto de demanda. Yo, como testigo y como diana de algunas de ellas, no doy crédito a que entonces dejáramos pasar por bueno lo que hoy merecería desde un reproche a una denuncia. Es normal, se llama avance y conciencia. Estamos construyendo una memoria histórica nueva que debe reconocer los errores e injusticias del pasado. En eso Plácido Domingo fue certero. Pero luego siguió intentando limpiar su nombre a costa de restar crédito a algunas de las que amargó un rato o la vida desde los años 80.

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Inoportunos

A estas alturas, llámenme prejuiciosa, pero creo que no han conocido de verdad a una mujer trans en su vida. Estoy casi segura de que no han comido nada que saliera de sus manos, ni se han sentado a la mesa, ni conversado durante horas mirándola a los ojos. Me juego un brazo que no han besado a ninguna persona trans, mucho menos han hecho el amor con una. Ni han bailado con ellas, ni cantado una canción a coro. No han tenido un amigo trans. Mucho menos un hijo. No han abrazado largamente a una amiga trans sintiendo su dolor, su desamparo, su frío o su miseria; y otras veces su alegría, su locura, su posicionamiento político y su amor.

Apuesto el poco dinero que tengo a que jamás han hablado con adolescentes trans, que no saben con qué sueñan, de qué hablan, a dónde van cuando se juntan. O por qué tantos, ya adultos, dejaron de soñar, estrellándose contra la falta de empatía. Se decía que España era un buen lugar para ser trans –aunque, ojo, nunca tanto para ser una trans migrante. Si solo alguna vez en su vida hubieran cruzado de la acera de sus prejuicios y privilegios, si se hubieran dado una vueltecilla por la realidad, no se atreverían a llamarles patriarcado, puteras, misóginos, proxenetas, individualistas, juguetes del capitalismo, mujeres con barba, hombres con vestido.

Si hubieran compartido algo al menos con los que sufren, no intentarían enfrentar los derechos de unas personas vulnerables con los derechos de otras personas vulnerables, a ver quién gana –así tarde o temprano va a ganar el fascismo–. Si al menos hubieran ido a ver las cifras de desempleo, mortandad y calidad de vida de las personas trans, que existen, en lugar de comportarse como bots de Vox agitando el miedo por cosas fake, otro gallo cantaría: ¿Cuántas mujeres trans han violado a otras mujeres en un baño mixto? ¿Cuántas veces un baño ha impedido una violación? ¿Cuántas mujeres trans han violado a otras mujeres en las cárceles? ¿A cuántas mujeres trans han eliminado de carreras deportivas? ¿Cuántas mujeres embarazadas van a dejar de ser nombradas porque se nombre también a los hombres gestantes? ¿Me pasan las preocupantes cifras?

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El extraño silencio en torno a los clubes de carretera

Imagen de archivo de una operación policial en un club de alterne.

No puedo evitar, cada vez que sale el tema de la prostitución, preguntarme por qué en los debates, propuestas abolicionistas y discursos políticos apenas se habla del papel que juegan los clubes de alterne en el negocio del sexo. Me resulta extraño ese mutismo que existe en torno a estos locales. Desconozco si al escribir esta columna estoy rompiendo algún pacto de silencio sobre cómo en estos espacios, bajo la connivencia de empresarios, políticos, autoridades y administraciones, es donde está teniendo lugar, en palabras del Tribunal Supremo, la esclavitud del siglo XXI.

Los magistrados, en una sentencia muy reciente e histórica de julio de 2019, lo dejaban claro. Está delante de nuestro ojos: "no hace falta irse a lejanos países para observar la esclavitud del siglo XXI de cerca, simplemente adentrarse en lugares tan cercanos, a lo largo de los márgenes de nuestras carreteras, en donde hallar uno o varios clubes de alterne en cuyo interior se practica la prostitución con personas forzadas, esclavizadas, a las que, sin rubor alguno, se compra y se vende entre los distintos establecimientos, mientras tales seres humanos se ven violentados a pagar hasta el billete de ida a su indignidad".

La contundencia de la sentencia no parece que haya servido de mucho. Quitando contadísimas excepciones, los clubes de alterne cuentan con una extraña inmunidad a la hora de abordar el tema de la prostitución en los debates, las polémicas, las campañas en redes sociales y las declaraciones públicas. De esta forma, sin saber muy bien por qué, se da la paradoja de que desde el movimiento abolicionista se contempla el boicot a universidades y administraciones públicas que programan actos en los que se aborda una cuestión histórica dentro del movimiento solo porque a estas acuden representantes de las posturas pro-derechos o regulacionistas de la prostitución. Sin embargo, existe una falta total de posicionamiento y movilización cuando, por ejemplo, una mujer denuncia al club donde trabaja, club que es propiedad de un importante grupo empresarial que tiene locales de alterne repartidos por toda España, con la presión que eso implicaba hacia la mujer. El problema era que Evelyn, que así se llama ella, denunciaba por la vía laboral que estaba siendo explotada y lo hacía apoyada por Hetaira. Evelyn luchaba por sus derechos como trabajadora. 

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He escrito este artículo con la mascarilla puesta

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No quiero ser alarmista ni extender inquietud en la población, pero el goteo de muertes en España no cesa: seis fallecidos en los últimos dos días. Dos este martes en La Rioja, y cuatro el lunes en Álava, Madrid, Cáceres y Lugo, que se suman a otra docena de muertos la semana pasada en distintas provincias. Cifras provisionales, que siempre se acaban incrementando porque hay también varias decenas de hospitalizados, algunos en estado grave.

Los dos muertos de este martes, de 35 y 54 años, fallecieron en una empresa de la localidad riojana de Navarrete, al parecer por el derrumbe de una estructura. Un día antes, el lunes, contabilizamos un fallecido al caer desde cuatro metros de altura en la empresa de gestión de residuos de Murga; un hombre de 55 años aplastado por un pilar de hormigón en las obras de un aparcamiento en Boadilla del Monte; un electrocutado en una finca de Talaván; y un joven de 33 aplastado por un árbol mientras realizaba labores en el monte en Chantada.

Seis fallecidos que se suman a decenas de muertos en lo que va de año por caídas de altura, aplastamientos, derrumbes, tractores volcados o siniestros de tráfico. O sepultados en el vertedero de Zaldibar. En todo el año pasado, 695 fallecidos, cifra similar a la del año anterior. Dos muertos cada día.

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Piden al mundo que se prepare para una "potencial pandemia" antidemocrática

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Trump y Bolsonaro se intercambian camisetas de fútbol con sus nombres

Los titulares alarmantes sobre la epidemia del coronavirus pueden servir para ilustrar la ligereza con la que se abordan amenazas mucho más graves. No, no hay organismos que alerten de la extensión del fascismo, ni "planes de contingencia" para hacerle frente, ni se aísla a los portadores, ni bajan precisamente las bolsas. Por supuesto que hay que tomarse en serio el coronavirus, pero la percepción de peligro es muy selectiva, a menudo así inducida. Los mecanismos que funcionan en nuestra mente –aquí se explican con acierto- para prevenir el contagio de enfermedades, permanecen prácticamente desactivados ante males que son raíz de muchos otros. Profundos, desestabilizadores quizás a más largo plazo. Lo cierto es que hay una "potencial pandemia" antidemocrática, con varias sociedades ya afectadas, se extiende de una forma casi imperceptible para muchos, y gran parte de las víctimas no le prestan atención. Se exponen a las fuentes sin mascarilla.

En España, por ejemplo, el fascismo es un mal endémico. Rebrota de vez en cuando con distintas caras y estrategias. Llámese ultraderechización o defender un concepto peculiar de España, su uso de España. Abarca a mentes que tienen muy claros sus objetivos, tanto como a tibios y desinformados. A embaucados sobre todo.

España registra en este momento datos alarmantes de la pandemia reaccionaria. El golpe de mano de Pablo Casado en el PP de Euskadi, en el muy esforzado PP de Euskadi, indica la apuesta por fijar a todo el partido popular en la extrema derecha.  El nuevo candidato a lendakari, Carlos Iturgaiz, lo primero que propuso al ser designado fue: "aunar fuerzas" con Vox para hacer frente al Gobierno "fasciocomunista".  Tampoco está lejos de esa idea lo que queda de Ciudadanos y comanda Inés Arrimadas que monta números ante la prensa contra su rival dentro del partido.

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Coronavirus en España (conjetura distópica)

A finales de febrero se anuncia que el coronavirus ha entrado en la España peninsular. La noticia dispara el recelo hacia la población china. Dado que los chinos son los principales vendedores de banderas españolas, el cordón sanitario afecta gravemente a la España de los balcones, volviendo a unos niveles de patriotismo similares a los de 2009.

El virus se extiende rápidamente por Cataluña, lo que obliga a aislar el territorio. Una semana después del aislamiento, Cataluña ya se ha dotado con estructuras de Estado, tiene su propio ejército y hasta una agencia espacial. Vox exige a Sánchez que mande a la Guardia Civil, pero el 100% de los agentes juntan sus días libres y se cogen un mes de vacaciones.

Poco después, una filtración de Wikileaks revela que el coronavirus ha matado a más de mil personas en Extremadura pero nadie se había enterado. Aunque en un primer momento se atribuye al carácter discreto de los extremeños, muy de morirse sin llamar la atención, pronto se descubre que la mayoría de ellos hubiesen preferido seguir vivos.

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