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¿Qué vamos a hacer tú y yo a partir del lunes, sin elecciones?

 

El próximo lunes, cuando hayan quedado atrás las elecciones municipales, autonómicas, europeas (y las generales previas), nos vamos a mirar unos a otros como esos matrimonios que se sientan en el sofá la primera noche después de que el hijo se haya independizado, y se miran desconcertados: ¿y ahora qué? ¿Qué hacemos con el resto de nuestra vida? O en nuestro caso más bien: ¿qué hacemos con los próximos cuatro años?

Con la sola incertidumbre catalana, entraremos en un tiempo despejado, como no recordamos otro igual. Cuatro años sin citas con las urnas, sin adelantos ni repeticiones electorales; cuatro años sin campaña interminable, sin pactómetro, sin cálculo cortoplacista, sin miedo al castigo de los votantes, sin postureo de eternos candidatos. Imagino también el lunes a los líderes políticos mirándose entre ellos, una vez pasado el jolgorio del inicio de legislatura, de pronto sin saber qué decir: ¿y ahora qué?

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Un bochorno perfectamente evitable

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Junqueras promete su cargo de diputado "como preso político".

Lo peor del embarazoso y vergonzoso espectáculo que se nos ha ofrecido en sesión doble en el Congreso de los Diputados es que era perfectamente evitable. No me refiero al patético numerito de los diputados de Vox corriendo a ocupar los escaños de la bancada socialista. En todos los inicios de curso de todos los colegios del mundo concurre esa cuota de tontería inevitable. Cuando no puedes llamar la atención por otra cosa, la llamas por payasete. Es una verdad universal que acompaña al género humano desde la noche de los tiempos. De las sesudas informaciones sobre quién le dio o no la mano a quién, mejor ni hablamos.

La vergüenza que sí nos podían haber evitado se dio con el trato dispensado a los diputados presos catalanes. Representantes de la soberanía popular, legítimamente elegidos por el pueblo soberano y ciudadanos en posesión de sus derechos políticos, entre ellos a elegir y ser elegido. En una decisión que solo se puede calificar de peregrina, se les permitió acudir a la cámara a tomar posesión de su acta de diputado y participar en el pleno, pero haciéndolo como cuando aún se usaba el fax y las noticias llegaban por teletipos que escupían ruidosas en impresoras de agujas.

El resultado era un accidente esperando para ocurrir. En la era digital solo nos faltó ver a sus señorías lavándose las manos después de mear, para indignación de la prensa y las diputadas y diputados de la derecha, siempre con el teatrillo del melodrama constitucionalista a punto para la representación y siempre prestos para patear y abuchear todo aquello que no les gusta oír.

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Una relación oblicua con la verdad

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Debate en Telemadrid de candidatos a la Comunidad

La frase la dijo Ángel Gabilondo, candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid por el PSOE, en un debate electoral. Iba dirigida a Ignacio Aguado, de Ciudadanos, pero le encaja como un guante a las tres derechas españolas. Mantienen una relación sesgada, torcida, con la verdad. Como catedrático de Filosofía, antes de entrar en política Gabilondo impartía clases de Metafísica, Hermenéutica y Teorías de la Retórica y de Pensamiento Francés Contemporáneo. Hay un abismo alucinado entre Gabilondo -incluso entre una joven progresista como Isa Serra en el debate de Telemadrid que yo vi-, y esas criaturas voraces y depredadoras en las que ha degenerado la derecha española. Ése es uno de nuestros principales problemas, de todos los ciudadanos.

Tienen una relación oblicua con la verdad. Es decir, mienten como bellacos para entendernos, como seres sin escrúpulos. Una y otra vez.  Sustentan sus éxitos en datos falsos o inexactos con el fin de embaucar a la ciudadanía y aprovecharse de su buena fe o su estupidez. La sociedad precisa  soluciones que se relacionen de forma recta con la verdad, directa. Las necesidades se cubren con realidades, no con cuentos.

Las tres derechas se manifiestan de forma similar, lo hacen sus líderes nacionales en los debates. Sus mentiras son extrapolables allá donde hablen. No es lo mismo tener deudas que no y cuando  Díaz Ayuso (PP) miente al decir que "Madrid es la región menos endeudada de España" cuenta con un presupuesto irreal. Miente de hecho, con enorme frecuencia. Vox parece basar su propaganda en falacias, doblemente peligrosas, al entrar de lleno en temas esenciales como sanidad, educación, o derechos. Vean la respuesta de un cirujano, destacado defensor de la sanidad pública, a las mentiras de Monasterio que han encontrado un público. 

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El tipo que remontó Robocop 2

Hace una eternidad conocí a un tipo que había remontado Robocop 2. En su opinión, el guion de la peli era bueno, pero estaba mal rodada y peor montada. Había subtramas innecesarias y algunas escenas eran demasiado largas. Por entonces no existían las redes sociales. No había un foro donde clamar contra los responsables de aquella potencial joya cinematográfica desvirtuada en la sala de montaje. Así que aquel tipo se instaló en el PC una copia pirata del AVID y realizó su propio corte de Robocop 2.

Yo lo tomé por alguien excesivamente desocupado, casi seguro afectado por algún tipo de trauma en el que no quise adentrarme. Lo que resultaba indudable es que era un gran fan de Robocop. El mayor, tal vez. ¿Cómo iba yo a ser que se trataba de un visionario? ¿Cómo podía imaginar que se estaba adelantando a su época lo menos veinte años?

Mientras escribo esto, la petición en Change.org para que se rehaga la octava temporada de Juego de Tronos "con escritores competentes" supera el millón trescientas mil firmas, y el contador sigue aumentando ante mis ojos. La página anima, entre exclamaciones, a alcanzar el millón y medio. No sé por qué. Tal vez con esa cifra un directivo de HBO se encoja de hombros y diga: "a la mierda, haced caso a esos pirados".

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De la pela a la fe

Imagen de archivo del juició del procés en el Tribunal Supremo

Las cosas incomprensibles son interesantes por la dificultad que entraña analizarlas. Y la política catalana ha ido acercándose al campo de lo muy complejo, hasta suponer un desafío para la ciencia política. Al principio, parecía que aquellas manifestaciones que cada año sumaban más cientos de miles de personas eran seguidas en nombre del dinero (Espanya ens roba, la pela és la pela) o del uso normalizado de la lengua. Pero it’s not the economy, stupid ¡Not this time! Posiblemente lo fue, cuando se hablaba sobre todo de recuperar la ordinalidad tras las transferencias de dineros autonómicos, pero la economía importaba desde muy pronto solo como una parte pequeña aunque esencial dentro de un magma en el que ya entraban otras cuestiones. También contaba el asunto lingüístico, pero ni una cosa ni la otra explicaban la eclosión de un fenómeno de masas que ha sorprendido incluso a sus propios protagonistas.

Y aquella complejidad inicial no ha hecho sino crecer con el paso de los años, con la llegada del acontecimiento fundacional frustrado: el referéndum que es ahora objeto de un juicio por crímenes improbables como ese golpe de Estado que solo han visto Maza y sus acólitos de la fiscalía general y unos pocos jueces. Hace tiempo que, observando el fenómeno social y político del procés, comencé a pensar que había algunos aspectos que lo aproximaban al campo de lo religioso. No eran ya la economía, ni la lengua, ni la violación de lo que dice la Constitución del 78 sobre quién es soberano en la aprobación de los Estatutos de Autonomía (Parlament y Congreso; seguidos de referéndum en la autonomía objeto de ese documento; y punto) lo único importante. Ni tampoco luego lo fue la judicialización.

Hay más causas para explicar la reacción espectacularmente masiva en favor de la independencia en Catalunya. Hay algo más, y es de otro orden. Lo vimos cuando el gentío que rodeó el Parlament el 3 de octubre rompió a llorar, literalmente a llorar, cuando los políticos independentistas decidieron, de la noche a la mañana, no implementar la promesa. No lloraban por el dinero ni por la lengua. Lloraban porque se había frustrado la promesa de la felicidad. Porque el procés había acabado prometiendo, sin nunca decirlo con todas las letras, el paraíso en la tierra.

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La libertad de expresión como pretexto

La monja Teresa Forcades, una de las ponentes del seminario 'Dret a la salut i llibertat d'expressió', en una imagen de archivo

El pasado 8 de mayo en la Universidad de Barcelona, en el Salón de Grados de la Facultad de Derecho, se celebró un seminario donde se promocionaban y defendían "propuestas terapéuticas" como el uso del clorito sódico, un derivado de la lejía, para curar el autismo o se criticaba el uso de vacunas para prevenir enfermedades. Durante el acto se plantearon los "intereses ocultos de las autoridades científicas, la falta de rigor en las directrices de salud pública", alternado con los "alegatos contra las vacunas y la quimioterapia y a favor de la homeopatía, pidiendo la inclusión de esta última pseudoterapia en el Sistema Nacional de Salud".

Los miembros de la comunidad científica se negaron a participar en el seminario y diferentes profesionales de la salud mostraron su descontento por la celebración de la actividad. Hay que recordar que la Generalitat catalana impuso una multa de 600.000 euros al payés y curandero Josep Pàmies por promocionar su derivado de la lejía, prohibido por la Agencia Española de Medicamentos, como cura del autismo. Por su parte, el Gobierno español presentó el pasado noviembre un plan contra las pseudoterapias, que tiene por objetivo básico "proteger la salud" de los ciudadanos. Anunciado por la ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo (médica de formación), y el titular de Ciencia, Pedro Duque, el plan contempla que ningún centro sanitario público ni privado podrá ofertar terapias que no estén científicamente comprobadas. Igualmente, el Gobierno perseguirá la publicidad engañosa de estos productos.

¿Cómo se explica y se justifica que se celebre en la Universidad de Barcelona un Seminario defendiendo la lejía como curación del autismo y se haga apología de la no vacunación de niños y adultos? Pues gracias al pretexto de la libertad de expresión. De hecho el nombre del Seminario era 'Derecho a la salud y libertad de expresión'.

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¿A quién apoya Twitter: a los misóginos o a las mujeres en la vida pública?

Movilización feminista en Santander durante la jornada de huelga del 8M. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

A medida que aumentan las violaciones y los asesinatos, las redes sociales deben hacer más. Si no, preguntadle a Jess Phillips.

Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas. Este proverbio del siglo XXI también refleja nuestra actitud indiferente hacia las redes sociales. Para aquellas personas a quienes les importa lo que pasa en Twitter (se calcula que en el Reino Unido hay unos 14 millones de usuarios), que muestran su pedicura en Instagram o que exhiben sus vacaciones en Facebook, la réplica es: "Nada de esto es real, así que la gente debería calmarse y hacer algo significativo". ¿Jardinería? ¿Leer novelas? ¿Hablar con los miembros de su familia? No tengo ni idea.  

Aunque Carole Cadwalladr ha revelado la enorme oscuridad que oculta Facebook, la plataforma más tóxica y abiertamente política de todas es Twitter. Se habla mucho de cómo nuestras discusiones se han polarizado cada vez más desde el Brexit. Y es en Twitter donde esto se ve más claramente, cuando se expresa el antisemitismo o quedan en evidencia los conflictos internos del laborismo. Pero la mayor "polarización" es que, para algunos, el odio hacia las mujeres todavía sigue siendo tolerable.

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Mi comida con Vox

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Santiago Abascal se hace una foto con una simpatizante de Vox.

Este fin de semana pasado unos amigos me invitaron a una comida. Éramos 20 comensales adultos y una docena de niñas y niños. Nos sentamos a comer en un ambiente festivo y alegre, con ánimo de disfrutar un sábado luminoso en el que habíamos esperado que lloviera. Comida buena, buen ambiente, risas, vino excelente… hasta que una cosa llevó a la otra y claro: llegamos a la política. En un entorno distendido y alegre y con personas de casi los cuatro costados y el centro del Estado Español: Jaén, Madrid, Asturias, Catalunya… Seguro imaginan la comida, antes comíamos muchas veces así. Pero la crispación política de los últimos años nos llama a poner exigencias antes de seguir celebrándolas. "Yo voto Vox", me dijo una mujer con la que llevaba un rato conversando. "Yo a los independentistas catalanes", respondí. "Lo entiendo", me dijo. Y me quedé, como dirían en México, con el ojo cuadrado. No porque esa mujer entendiera que yo soy independentista y republicana, sino por la velocidad con la que respondió. "Yo a Ciudadanos", dijo su acompañante. "Podemos", dijo una chica sentada a mi lado. Y desde el PSOE hasta el PP, hicimos como una ruleta de respuestas que nos llevó a reírnos las unas de los otros en una España que no recordaba: ganó el humor. Durante un rato ganó un sentimiento que nos ganaba antes. Cuando la política era una esperanza y no esta catalogación social.

Entiendo y respeto las posturas políticas. Nunca he querido una sociedad que piense como yo, sino un sociedad en la que podamos convivir con personas que opinen distinto. No sólo por una cuestión de entente social, sino porque creo que todas y todos tenemos mucho que aprender. Obviamente, yo, republicana, siento que tengo razón en muchas de las cosas que opino sobre el orden social que compartimos. Y creo, tengo que reconocerlo, que mi propuesta social es más solidaria e incluyente; más justa. Y probablemente lo sea. Pero mi respeto hacia los demás no puede venir condicionado por todas las cosas que pienso de lo que representan antes de conocerlos. Porque necesito vivir con la puerta abierta a la posibilidad de aprender y porque siento que vivo rodeada de personas que, como yo, aprenden constantemente a pensar y a replantearse las pocas certezas que tenemos todas y todos.

Aún así, la gran mayoría de mis amigas, amigos y familia no se sentaría a comer con alguien de Vox. Del mismo modo que, cuando Antonio Baños de la CUP se negó a contestarles, en el Juicio al Procés yo celebré que alguien cumpliera esa función (que me pareció excesiva cuando la duplicaron todos los miembros de la CUP que han pasado por el Tribunal Supremo). Yo creo profundamente en el diálogo y en la necesidad de escucharnos y llegar a encuentros comunes. Sé que hay cosas que no entiendo y necesito entender. Y sé que hay muchas otras cosas que los demás no entienden de mí y estoy dispuesta a hablarlo.

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Se veía venir

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Imagen de archivo del juicio del procés.

A la falta de imparcialidad objetiva de origen del presidente del Tribunal  desde el momento en que se hizo público el whatsapp del senador Cosidó, se ha ido añadiendo una falta de imparcialidad de ejercicio en la dirección del juicio. Era prácticamente inevitable que así ocurriera. Cuando se ha tenido una complicidad tan intensa con los dirigentes del PP que pilotaban la renovación del Consejo General del Poder Judicial, en la que Manuel Marchena ocupaba un lugar capital, era imposible que tal complicidad no se acabara haciendo visible en la dirección del juicio.

Tanto va el cántaro a la fuente..., reza un conocido refrán. Es lo que vino a decir International Trial Watch (ITW) en una una nota que hizo pública en el día de ayer. "La actitud desconsiderada y limitativa del presidente de la sala con las defensas ha llegado esta semana a su grado máximo de aparente pérdida de imparcialidad objetiva". No solo se ha podido constatar a lo largo del juicio una diferencia de trato de los testigos policiales y de los testigos ciudadanos, sino que además se ha llegado a emitir una "nota de prensa oficiosa de la sala", que supone una "reprimenda extra procesal" a la defensa de Jordi Cuixart. Con dicha nota se interfiere en la estrategia de la defensa, algo que "escapa diametralmente de la imparcialidad objetiva que debería regir el arbitrio del tribunal y podría derivar en una limitación del derecho de defensa".

En mi opinión, el momento máximo de pérdida de imparcialidad objetiva se produjo al comienzo del juicio, en la declaración como testigo del ex presidente del Gobierno Mariano Rajoy. El testigo tiene obligación de contestar a todo lo que se le pregunta que sea pertinente para la formación de un juicio por parte del Tribunal. No puede responder con evasivas. Y mucho menos ocultar información o no transmitir toda la información relevante con la precisión con que tiene que hacerlo. El presidente del Tribunal permitió, sin hacer la advertencia oportuna, que el ex presidente del Gobierno escurriera el bulto. Y no en un asunto menor, sino en todo lo relativo a la comunicación que a través del Lehendakari Iñigo Urkullu, mantuvieron Mariano Rajoy y Carles Puigdemont.

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Mucho mejor con Amanda que sin ella

Amanda Romero, junto a Manuela Carmena e Íñigo Errejón, durante la presentación del programa de protección animal de Más Madrid

España es un infierno para los animales. Millones de animales (cerdos, lechones, vacas, terneros, ovejas, corderos) padecen en las granjas un suplicio diario que convierte la explotación de sus vidas en un continuo espanto de cosificación, cautiverio, encierro, inseminaciones forzadas, partos en soledad, separación de sus crías, enfermedades, empujones, golpes, angustia, pavor. España es un infierno para los animales. Miles de animales son torturados para diversión de un público sin restricción de edad en plazas de toros, festejos populares taurinos, capeas privadas que celebran despedidas de solteros, bodas, campechanías de empresa. Desde cachorros, los becerros, las vaquillas, los novillos son condenados a una existencia de abuso, de dolor y de muerte, a una vida en la que solo son víctimas de una violencia extrema. España es un infierno para los animales. Decenas de miles de animales de familia, animales compañeros como perros y gatos, son abandonados a su triste suerte en campos y carreteras, maltratados y violados en numerosos hogares, utilizados por los agresores como herramienta de coacción para, haciéndoles daño, sembrar más pánico entre sus otras víctimas. Los que sobreviven están hacinados en perreras gestionadas por empresas de residuos que los eliminan cuando se cumple un plazo que nada tiene que ver con su interés por seguir vivos. Los más afortunados son acogidos en refugios y en casas particulares donde una ciudadanía voluntaria, desbordada por la crueldad, se deja la piel, el sueldo y la moral en darles una mínima protección. España es un infierno para los animales. España es un descomunal coto de caza donde los escopeteros propalan el terror entre humanos y no humanos, dejando al paso de sus botas de caza un monte sembrado de cadáveres y los pozos llenos de perros que tiran vivos al fondo como si fueran basura. España es un gigantesco zulo de rehalas. España un infierno para los animales. Y las palomas urbanas y los gatos callejeros y los animales que los circos arrastran acá y allá y los pequeños animales olvidados en los balcones, arrumbados en diminutas jaulas en un rincón de una cocina o de un baño: conejos, hamsters, periquitos, canarios. Los niños y niñas humanos sometidos a la influencia de un Estado que fomenta y permite esa violencia contra los otros animales son víctimas también y serán pronto verdugos: en los platos, en los montes, en las calles, en las plazas, en las casas.

¿Qué pasa con esta realidad cuando en España, en sus comunidades y en sus municipios se celebran elecciones políticas? ¿Qué pasa con los votos de las personas animalistas? Hasta hace bien poco, los partidos generalistas han hecho malos cálculos con esos votos. Obviemos que se trata de una cuestión ética que ha de tratarse, por tanto, como un asunto político. Centrémonos, simplemente, en los réditos electorales, en las posibilidades de gobierno (nacional, autonómico o municipal) que puede reportar la voz, representada, de los otros animales. Porque lo que pasa con los otros animales, lo que les pasa, lo que les hacemos, está teniendo más influencia en los resultados de las urnas de la que interesa reconocer a la mayoría de las formaciones políticas. De hecho, es en campaña electoral cuando los otros animales parecen preocupar súbitamente a unos candidatos que a lo largo de las distintas legislaturas se olvidan de ellos hasta la siguiente.

En 2003 nació el Partido Animalista (PACMA). Dieciséis años después no ha logrado representación a través de las urnas ni en el Congreso de los Diputados, ni en los órganos autonómicos ni en los ayuntamientos del Estado español. A pesar de ello, ha ido ganando votos, cita electoral tras cita electoral, hasta llegar a la posibilidad real de conseguir en Europa esa representación. Y a nadie se le escapa que el resto de las formaciones ha ido tomando nota de la necesidad de incorporar sus reivindicaciones, las de la justicia con los otros animales, a los programas electorales. Son reivindicaciones que se han ido metiendo con calzador, a través de la presión de organizaciones de defensa y protección de los animales y del esfuerzo de determinadas personas activistas, pero que pasado el periodo electoral han sido, salvo más o menos relevantes excepciones, condenadas una y otra vez al olvido. Las reivindicaciones de la causa animalista (y, por tanto, de PACMA) ejercen, pues, una influencia electoral, del mismo modo que ha ejercido influencia la reacción contra la revolución ética que el animalismo propone: no es casualidad que la formación filofascista Vox tenga como baluartes la tauromaquia, la caza y la ganadería. Antes los tuvo su masa madre: el PP. Y antes su masa padre: el franquismo.

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