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El valle del olvido

El Valle de los Caídos

El Valle de los Caídos tiene el nombre mal puesto. Debería llamarse El Valle del Olvido. Con la única y dolorosa excepción de los familiares, obligados a arrastrase de juzgado en juzgado y portando fotocopias de las fotografías de sus seres queridos para que nadie les olvide, todos los demás hemos preferido olvidar. Si realmente se honrará allí a los muertos como manda la Santa madre Iglesia hace décadas que esa fosa estaría abierta y los muertos descansarían en paz.

Se ha olvidado la Iglesia católica de sus más elementales deberes de consuelo y alivio a los afligidos, eligiendo predicar la palabra del régimen antes que la palabra de Dios. El cruel y escasamente piadoso prior del Valle de los Caídos avergüenza a cualquier cristiano. Su permanencia supone un escándalo para una Iglesia española que nunca tiene reparos en meterse política, excepto cuando se trata de consolar y ayudar a las familias de las víctimas de la guerra civil.

Se ha olvidado el Estado, gobernado por los populares y por los socialistas, escondiéndose detrás de un convenio de los años 50 que podría anularse mañana mismo por ilegitimo. Hace décadas que el Valle de los Caídos debería haber sido revertido al patrimonio público y debería ser administrado por el Estado. A la derecha le ha faltado generosidad y a la izquierda le ha faltado compromiso. Sin escusas, sin coartadas, sin esconderse tras unos técnicos de patrimonio que, tal vez, deberían platearse tomar unos cursillos de empatía; por lo menos los que acudieron el lunes a iniciar las exhumaciones.

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Demos gracias al PP

PP en la Convención nacional de 2017 con aplausos de fondo. EFE

¿Por dónde empezamos?  ¿Por un portavoz del PP exigiendo a los pensionistas que den las gracias al gobierno y encima por una presunta subida que no se ajusta a la realidad? Quizás, mejor, arrancar con la policía nacional requisando camisetas y bufandas amarillas a la entrada de la final de la Copa del Rey. Haciendo desnudarse de ellas a quienes las portaban para arrojarlas a un contenedor común. Por la brava, el amarillo como peligro público.

O por Cifuentes en la descomunal osadía de acallar las voces que informan de su falso máster y cuanto ocultaba. La querella contra Ignacio Escolar y Raquel Ejerique de eldiario.es , ha llegado. La aún presidenta de la Comunidad de Madrid los denuncia por  "faltar a la verdad, injurias y calumnias”  que “persiguen” atentar contra su reputación y su honor. Agarrada a  la roca como Rajoy contra viento y marea. Cayéndosele a pedazos cuanto toca e inmutable en el puesto.

Es difícil elegir el hilo de dónde tirar para iniciar el relato de esta enquistada etapa.  La conclusión está clara: España ha entrado en una deriva delirante. Sin que, quienes podrían operar cambios sustanciales, muevan un dedo. Es una clave significativa. El PP les ha pillado de tan forma el punto a sus colegas de presunta oposición que se permite tensar la cuerda  cuanto le place, como convencido de que no la van a romper. Salvo que convenga a alguien con toda nitidez, sopesando intereses. No se entiende de otra manera lo que está sucediendo.

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Corrupción institucional

Cifuentes en una imagen de archivo

El Estado Constitucional es la primera forma de organización del poder en la historia en la que se produce la separación del poder político de la propiedad privada. El poder político había sido hasta ese momento un correlato de la propiedad de la tierra. Con el Estado se produce la separación del primero de la segunda. El poder no es de nadie. Por eso tiene que ser un poder “representativo”. Por eso se habla de Estado Representativo. Empieza siendo de unos pocos, porque el vínculo con la propiedad no desaparece de la noche a la mañana, pero la tendencia es a ser representativo de todos. El sufragio universal forma parte del código genético del Estado.

Justamente por eso, la corrupción es la patología más grave para el Estado. Porque la corrupción es la privatización del poder, la subordinación por vías soterradas y espurias del poder político a la propiedad privada. La corrupción ataca al Estado en su núcleo esencial. Lo ataca en aquello que lo hace ser tal, que lo diferencia de las demás formas políticas que han existido en la historia.

Las formas de manifestación de la corrupción son muy variadas, pero todas encajan en alguna de estas dos categorías: la corrupción personal o la corrupción institucional.

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Las razones a combatir tras las pseudoterapias entre los españoles

Una mujer ante un estante de homeopatía / FOTO: Casey West

Por primera vez en su historia, el CIS ha incluido en su barómetro una serie de preguntas centradas en pseudoterapias (más conocidas, y peor definidas, como medicinas alternativas). En un artículo del País, titulado "El primer CIS sobre pseudoterapias revela una preocupante desinformación de los españoles", han explicado con mucha claridad los detalles de esos resultados, recogiendo declaraciones de expertos en la materia. A grandes rasgos, la encuesta podría resumirse de la siguiente manera: Existe un gran cacao mental sobre las pseudoterapias y si no se usan más es porque no se ha presentado la oportunidad para muchas personas, que muestran tolerancia hacia ellas.

Las razones tras estos resultados son, sin embargo, difíciles de simplificar y se deben a un conjunto de factores que influyen en muchos ámbitos de la vida. Que muchos españoles no tengan ni idea de lo que es, en realidad, prácticas como la homeopatía va relacionado también con aquel 11.7 % de españoles que en 2017 decían que el Sol gira alrededor de la Tierra.

La formación científica de un importante porcentaje de los españoles brilla por su ausencia (un 44 % dice que el nivel de educación científica que ha recibido es bajo o muy bajo), lo que explica, hasta cierto punto, por qué hay gente que mezcla las terapias alternativas con la ciencia, pensando erróneamente que están amparadas por ella. Si un dato tan importante como el del Sol, que se enseña en la escuela, es desconocido para 1 de cada 10 españoles, imagínense la desinformación con respecto a las pseudoterapias, que no tienen por qué aparecer en ningún programa de estudios.

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El franquismo sigue teniendo poder

Una vez más, el franquismo ha ganado. Patrimonio Nacional acaba de enfriar las ilusiones de los familiares de cuatro de los enterrados en el Valle de Los Caídos. No habrá exhumación mientras no se determine que la misma no afectará a los demás cuerpos. Es decir, que la cosa se retrasa durante años. Y aquí no ha pasado nada. El abad que se oponía a la orden judicial de exhumación se ha salido con la suya. El Valle no sólo seguirá siendo el símbolo máximo de la victoria de Franco en la guerra civil y de su poder absoluto durante cuarenta años, sino también el testimonio de que la democracia española carece de la fuerza necesaria para consolidar un nuevo tiempo en el que ese periodo no sea más que un capítulo de los libros de historia.

Fernando Olmeda resumía muy bien ayer en este diario cómo han fracasado los muchos intentos de acabar con ese símbolo franquista que se han sucedido prácticamente desde el inicio de la transición. Resumiendo su excelente trabajo, la derecha –primero la UCD y luego el PP- ha impedido sistemáticamente que algo de eso ocurriera cuando estaba en el poder y la izquierda, cuando el PSOE estuvo en el gobierno, no se atrevió a llegar hasta el final de sus iniciativas de signo contrario, algunas encomiables. Porque en los momentos cruciales, para que éstas pudieran concretarse, vislumbró la fortísima reacción de derechas que ello iba a provocar y consideró políticamente inconveniente llevar las cosas a su extremo.

Y así han pasado cuatro décadas. Los mínimos avances en la recuperación de los derechos y de la buena memoria de los perdedores de la guerra civil y del franquismo se han visto sucedidos por contraofensivas de la reacción. Que si no han anulado del todo dichos avances sí que han evitado que los ganadores de la misma y quienes se sentían representados por el sentido político de aquella victoria tuvieran que reconocer, por activa o por pasiva, que ésta y lo que le siguió era indefendible y no tenía cabida alguna en una democracia. La intangibilidad del Valle de los Caídos confirma que la reacción ha ganado y sigue ganando esa batalla.

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Tratado sobre la idiotez contemporánea

Escribió Sartre en los terribles años cuarenta que el infierno son los otros. Afortunadamente, no le dio tiempo a ponerlo en Twitter porque alguien, sin duda, le habría respondido: "MAS INFIERNO ERES TU, SUBNORMAL".

Vivimos rodeados de idiotas y no hay nada que podamos hacer al respecto. No se puede huir de ello, no existe un El Dorado libre de idiocia. La idiotez es ubicua y se ajusta escrupulosamente al principio de entropía, repartiéndose equilibrada y uniformemente entre la población mundial. Incluso si se muda usted a una isla desierta, descubrirá, para su sorpresa, que hay un idiota allí.

Se trata de un fenómeno que, por salud mental, obviamos en nuestro día a día.  Después de todo, ¿cómo podríamos vivir sabiéndonos idiotas a cada paso que damos? ¿Votaríamos a un idiota, nos casaríamos con un idiota, tendríamos un hijo inevitablemente idiota?

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Nos las siguen metiendo dobladas

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Manifestantes reclamando la subida de las pensiones

Media España se afana en arreglar los problemas de la izquierda, porque los de la derecha ya los ha resulto todos Ciudadanos. Otra media discute la capital cuestión de si es o no es terrorismo y violencia pitar al Rey y al himno, dejando en el aire otra cuestión no menos capital: entonces lo de Letizia y la Reina Sofía con la foto y las nietas qué es: delito de odio contra una pobre abuela, delito contra los sentimientos religiosos por acontecer a la puerta de una iglesia, desobediencia de las nietas, sedición por haber sido pública y tumultuaria… En España, las consecuencias penales ya no tienen fin, vale todo.

Centrados en dilemas tan relevantes para nuestras vidas es probable que se nos pase que, en las cosas de la economía y las políticas, nos las siguen metiendo dobladas, como en los mejores años de la crisis. Mientras nos recuerdan a diario que las pensiones no resultan sostenibles porque cada vez somos más viejos y nuestros salarios no pueden crecer más porque producimos poco, nos enteramos de que los salarios de los trabajadores de las empresas cotizadas crecieron apenas un 0,8% en 2017, mientras que las retribuciones de sus consejeros medraban un 21,35; lo cuenta un medio tan poco sospechoso como El País.

Apenas hablamos del asunto, pero constituye uno de los problemas graves de nuestro sistema de pensiones: quienes más ganan y mas tienen está fuera del sistema y les importa un carajo si se sostiene o no. Desde su punto de vista, las pensiones solo suponen otra carga que ellos, los verdaderos creadores de riqueza y bienestar con sus geniales estrategias y sus mágicos modelos de gestión, han de soportar por nuestra culpa, fuerza bruta de trabajo que no aporta valor alguno ni crea riqueza y solo sabe gimotear y patalear.

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Urge una transición

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El activista tinerfeño Roberto Mesa

Avanza un proceso de represión por parte del Estado del que cada día conocemos un nuevo y grave episodio pero que no sabemos a dónde nos conduce. O sí: por definición, seguro que a nada bueno; que se lo digan a los detenidos, imputados y encarcelados, que se lo digan (¿nos los digan?) a los vigilados. Es un proceso de persecución y acoso contra la disidencia en cualquier grado, desde las personas activistas (ciudadanía responsable y comprometida) al alegre y lenguaraz tuitero. Un proceso que alcanza el paroxismo del autoritarismo más ridículo en episodios como prohibir la entrada a un estadio de fútbol con una prenda amarilla. Es difícil concebir mayor estupidez, solo que cuando la estupidez es represiva deja de ser inocua. Y, en términos de comunicación política (la represión lo es: lanza un mensaje inapelable), no puede haber nada más amarillista que perseguir el color amarillo. Ojalá se quedara en juego de palabras, pero no.

El proceso que avanza produce un doble asombro: por su dureza y porque no estamos siendo capaces de frenarlo. Ante lo que sucede cada día (esas detenciones, esas imputaciones, esos encarcelamientos) hay algo que debiéramos hacer y no estamos haciendo. Quizá por desgaste, por hartazgo. Quizá porque no sabemos qué hacer. El desgaste y el hartazgo convienen al sistema, son bienvenidos por las instituciones del Estado al servicio de la represión. Nada nuevo bajo el sol: lo mejor para la manipulación, el agotamiento. Es en lo que a nosotras respecta, es decir, en no saber qué hacer al respecto, donde hoy encallan nuestra acción y nuestro ánimo político. La semana pasada detuvieron en Tenerife a un activista social por escribir en Facebook “los Borbones a los tiburones”. Más de seis vehículos policiales se presentaron en su casa y Roberto Mesa fue detenido, esposado y conducido hasta dependencias de la Policía Nacional, donde fue retenido y puesto a disposición judicial. Está en libertad provisional tras declarar ante el juez por un presunto delito de odio e injurias a la Corona, recogido por la Ley Mordaza (¿tan mal le va a la Corona que necesita de un delito específico?).

Teniendo en cuenta que el caso del activista Mesa es solo un ejemplo entre muchos, cabe que nos preguntemos: ¿qué hacer ante este abuso de poder?, ¿cómo debemos reaccionar? Si los mecanismos de control de ese poder ya no son suficientes, si la información exhaustiva ya no es suficiente, si la experiencia previa no sirve, ¿qué podemos hacer? Son preguntas a las que debemos encontrar respuesta. Ya no basta solo con resistir, pues las expectativas no parecen favorables y el aparato represor va a toda máquina. A su dinámica corresponde la existencia de presos políticos, catalanes y no catalanes (recomiendo este  artículo de Ramón Cotarelo y apoyo la creación de la 'Comisión Chomsky'). A su dinámica corresponden el agresivo “dispositivo de seguridad” que protege a Cifuentes de los periodistas; la admisión a trámite por un Juzgado de Madrid de la querella criminal que la susodicha ha presentado contra Escolar y Ejerique por informar sobre la corrupción de su máster; la investigación judicial a Willy Toledo por cagarse en dios… Ya solo son un puñado de ejemplos entre cientos.

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All Male Podemos

Iñigo Errejón, Pablo Iglesias y Ramón Espinar

El 8 de Marzo, durante las históricas movilizaciones feministas que se produjeron ese día, Pablo Iglesias declaraba en televisión: "España debe ser un país feminista. Esto no va de banderas, siglas ni partidos. Las mujeres son las que están llevando a cabo la revolución democrática". Un poco más de un mes después y tras la crisis desatada por la filtración del documento de  Carolina Bescansa, aparecían tres hombres sobre un cartel en el que podía leerse bien grande la palabra 'Nosotras': Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y Ramón Espinar. 

El cartelón de fondo estaba puesto de un acto anterior de la formación y no se quitó a tiempo para que no incurrir en la contradicción visual que ahora circula por las redes. La imagen fue criticada en redes por distintas personas por la evidente contradicción de mostrar a tres hombres anunciando un acuerdo de unidad sin la presencia de ninguna mujer. El asunto ha provocado las críticas de  Lorena Ruiz-Huerta, portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid.

Además de aparecer en varios medios, Ruiz-Huerta reenviaba en Twitter un comunicado del círculo de Feminismos de la Comunidad de Madrid en el que podía leerse: "Las mujeres feministas de Podemos queremos expresar nuestro hartazgo ante las dinámicas totalmente verticales/machistas que se están produciendo en nuestro partido a raíz del proceso de primarias para elegir candidaturas para las elecciones de la Comunidad de Madrid (...) Una vez más, nos encontramos con que la participación política se hace en 'pactos de patriarcas', en despachos o reuniones carentes de transparencia". A tenor de este comunicado no se desprende que sea un simple descuido de marketing.

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Peligro amarillo

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Aficionados del Barça con banderas esteladas en la final de la Copa.

La final de la Copa nos ha deparado otro espectáculo deplorable de la utilización de instituciones del Estado en favor de la posición política del partido del Gobierno. No se trataba de impedir que se vulnerara una sentencia del Tribunal Constitucional. Era algo menos dramático. La policía tenía órdenes de que nadie entrara en el estadio con una prenda de color amarillo. La seguridad del Estado estaba en peligro por razones de tipo estético. 

Las personas que llevaban esa ropa pretendían llevar a cabo un gesto de disidencia política en un lugar público, en este caso en apoyo de la causa independentista catalana. Aparentemente, eso es algo que el ministro de Interior no podía tolerar. Vivimos en una democracia en la que el responsable de la Policía y la Guardia Civil decide qué ideas pueden defenderse en la calle. 

Se ha alcanzado un nivel de ridículo que no se puede desdeñar como la forma en que los políticos mediocres se ponen en evidencia y abusan del poder en sus manos. Estamos en manos de idiotas no vale como reacción, aunque es tentadora. 

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