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Cuatro años para repensar, resistir y actuar

Manuela Carmena y Ada Colau

De las posibles lecturas que arroja el saldo electoral del 26M, me voy a detener en algunas de las cuestiones que marcarán cambios de rumbo.

Uno de los ecos que resuena con contundencia tras las constitución de las corporaciones locales en esta nueva legislatura es la perspectiva de tener por delante cuatro años para repensar, empezando por las reglas de cálculo y la aritmética más básica. Parece mentira que la estrategia del 'divide y vencerás' se haya colado poniendo fin al paréntesis abierto en algunas ciudades. Me pregunto de qué nos sirve tanta cabeza pensante, capacidad intelectual y analítica si a la hora de la verdad son los egos y, en gran medida, los pulsos de testosterona los que marcan las direcciones políticas abocando el pretendido desborde del progreso social hacia las profundidades del abismo. Esto no es una provocación para regodearnos en las expectativas frustradas, ni mucho menos intentar hacer leña del árbol caído; se trata de compartir el convencimiento de que se impone una profunda revisión de los criterios, procesos y pautas de comportamiento con los que se ha pretendido alcanzar incidencia política. Sería deseable que dicha revisión abandone la épica y cualquier atisbo de gesta heroica que quede por ahí, dejándose contagiar de la articulación de sinergias creadas desde la inteligencia colectiva.

En estos días recuerdo con intensidad una conversación que tuve hace un par de años al respecto del proyecto ilusionante de una de las auto-proclamadas ciudades del cambio, de la evaluación de las dificultades encontradas para diluir las inercias institucionales de un engranaje, en general, excesivamente burocratizado y con gran aversión al cambio. Ya entonces me alertó que la prioridad de la atención estuviese puesta en la capacidad de gestionar mejor. No se confundan, soy una convencida defensora de la aplicación de criterios éticos y sostenibles en el funcionamiento, contratación y compra pública; sin embargo, me invade la certeza de que gestionar mejor la desigualdad no es necesariamente lo mismo que avanzar en igualdad, ni se traduce siempre en una percepción de mejora de las condiciones de vida ni de que esta llegue de manera directa y ágil a la ciudadanía.

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Al centro y pa' dentro

Santiago Abascal, Pablo Casado y Albert Rivera, en el estrado en la manifestación en Colón contra Pedro Sánchez.

No oirán el silencio, oirán hablar machaconamente de "gobiernos de centro", "de centro derecha", "de centro liberal", "de centro reformista"... No es cierto. Son pactos del PP, Ciudadanos y la extrema derecha de Vox. Digo yo que, si no fueran unos acuerdos tan vergonzantes, no los ocultarían. No estaríamos con este lío. Lo niegan, pero es la suma con el partido de Abascal la que hace posible que Rivera y Casado hayan accedido a unas cuantas instituciones.

A partir de aquí, convendría que no faltaran a la verdad hasta entre ellos mismos. Nos ocultan lo que han pactado exactamente, pero sí sabemos que son pactos con la extrema derecha. Eso es Vox. Así lo definieron Pablo Casado o Manuel Valls cuando el rollito con el PP o Ciudadanos era otro. Así toca definirlo ahora que quieren confundir al personal. Vox ha sacado muchos votos con un discurso ultra de manual. Llevan tiempo apelando a sus votantes con determinados mensajes sobre las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes o la dictadura.

Casado y Rivera, antes la "derechita cobarde" y "la veleta" según Abascal, han dado entrada a la extrema derecha, que hizo campaña con un discurso machista y contra la igualdad. Vox pidió el voto hablando de "feminazis", de una "ley de violencia de género injusta y totalitaria" o de "mujeres que pueden decidir cortarse las uñas y el pelo, comer más o menos, pero no tienen derecho a abortar". Con estas proclamas han conectado con determinado público y ahora no se puede ocultar.

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¡El menú (sostenible), por favor!

Cambiar la forma de comer ayuda a la sostenibilidad.

Para combatir al cambio climático, casi todos tenemos una lista de hábitos a cambiar. Cambiar la bañera por la ducha. Ir a todo lado con nuestra botella de agua -y no comprar más plástico. Llevar bolsas de tela al mercado.  Clasificar la basura del hogar en papel, plástico, metal, vidrio y orgánicos. Nuestra lista es común y sensata. Pero en mi lista, hasta hoy, no había estado pensar en lo que pido cuando voy a un restaurante.

Nunca me puse a pensar que esas cerezas que pedí para el postre habían llegado en avión. O que aquel bacalao estaba a cientos de kilómetros del lugar donde lo pescaron. Tampoco me cuestioné comerme un mango en otoño o que en Portugal debí preferir las bananas de Madeira por sobre las que llegaban de Ecuador. Me tomó demasiados años descubrir que lo que comemos -y cuándo lo comemos- puede afectar al medioambiente. Ahora, a mi lista para combatir el cambio climático le sumé estas preguntas: ¿Está en temporada? ¿A cuántos kilómetros de casa fue cosechado? ¿Viene de un invernadero? ¿Lo cultivó un campesino o una gran industria?

La gastronomía sostenible ayuda al desarrollo agrícola, la seguridad alimentaria, la conservación de la biodiversidad y la producción sostenible. Hace algunos años, el concepto se hizo famoso bajo el nombre de slow food. Yo no le presté mucha atención, me sonaba a moda pasajera. Sólo ahora entendí que consumir productos de temporada y seguir las recetas que las bisabuelas dejaron como herencia en cada pueblo, es tan útil para el planeta como apagar las luces después de salir de una habitación.  

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Rivera y Valls, tan iguales y tan distintos

"A los franceses no les interesa saber si un programa es de izquierdas o derechas. Quieren pragmatismo". Manuel Valls formuló esta declaración de principios (o de falta de ellos, según se mire) en una entrevista que concedió a El País en julio del 2014. Entonces era primer ministro francés. Un lustro después ha trasladado a la política barcelonesa, pero también a la del resto de España, la plantilla que aplicó en su país. Allí acabó fracasando y aquí está por ver. De momento ha perdido de manera clara las elecciones municipales pero ha triunfado en su propósito de evitar que la alcaldía de Barcelona fuese ocupada por un independentista.

Albert Rivera también hubo un tiempo en que decía que no era ni de izquierdas ni de derechas. Podría pensarse que fue hace mucho. Pero no. En octubre del año pasado, durante una entrevista en La Sexta, evitó posicionarse y se parapetó en el liberalismo: "Ciudadanos es un partido liberal, progresista, constitucionalista y europeísta. Soy liberal. No soy conservador ni socialista".

Su concepto de liberalismo dista mucho del que tienen en Europa, empezando por su principal referente, Emmanuel Macron, el mismo que hace un año afirmó que no se fiaba de Valls porque lo veía capaz de "cualquier mala jugada" y que ahora recela con razón de las alianzas de Ciudadanos con Vox para que las tres derechas acaparen la mayor cuota de poder posible. Macron no confía en Valls (y acertó al pronosticar que no sería alcalde de Barcelona) y hace bien en no fiarse de Rivera si lo que quiere es un aliado que no blanquee la derecha extrema.

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PP y Ciudadanos aíslan a Vox cuando pueden

José Luis Martínez Almeida (PP) y Begoña Villacís (Ciudadanos)

La maratoniana e intensa jornada del sábado sirvió para plasmar en la realidad los deseos manifestados por los españoles el pasado 28 de mayo. En resumen, podemos concluir que Pablo Casado parece haberle ganado la partida negociadora a Albert Rivera en su acuerdo nupcial. El PSOE ha ampliado significativamente su poder local, aunque se queda sin haber conseguido gobernar en la Comunidad de Madrid. Para la izquierda en conjunto, es un importante fracaso haber perdido la emblemática ciudad de Madrid, aunque al menos se ha mantenido Barcelona. Queda la incógnita de Vox. Pese a su retroceso electoral respecto a las generales, tiene la posibilidad de alcanzar cuotas de poder no obtenidas en las urnas, sino en la mesa de negociación.

En la ciudad de Madrid, con apenas un 7,6% de los votos, proclama que va a tener responsabilidades directas sobre barrios donde no apoyan sus políticas más del 90% de sus vecinos. La derecha ha ganado en Madrid y le corresponde gobernar. Pero la inmensa mayoría del voto conservador ha apoyado al PP y a Cs, no a Vox. Como hemos visto en Oviedo, cuando PP y Cs pueden aislar a Vox, lo hacen ¿No es posible que la izquierda pudiera secundar el aislamiento de la ultraderecha facilitando a la derecha mayoritaria la aplicación de sus políticas que, democráticamente, han obtenido la victoria en las urnas? Queda la pregunta en el aire. Mientras, repasemos las conclusiones que podemos extraer de lo sucedido:

1/ Pese a la fragmentación vivida, los bloques ideológicos tradicionales de derecha e izquierda siguen siendo la base de nuestro sistema político. La posibilidad de buscar alianzas basadas en otros ejes ha quedado desdibujada.

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Rumbo de colisión

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Se acaban las excusas. Terminado el carrusel municipal, no va a quedar más remedio que ponerse con la cuestión de investir a un presidente en un Parlamento que lleva dos meses y medio electo y, hasta la fecha, solo ha producido una bochornosa y esperpéntica sesión constitutiva y una pelea de patio de colegio por ver quién se sienta en las filas delanteras o traseras de la clase. No queda ninguna coartada creíble para seguir manteniendo esta inacción absurda, que algunos pretenden hacer pasar por magistral estrategia, pero no pasa de burdo intento de dejar pasar el tiempo, a ver si los otros se equivocan o alguien arregla lo mío gratis total.

Si la esperanza era que el tiempo encarrilase la legislatura, hasta ahora los resultados solo podían conducir a la melancolía. Tras los episodios municipales y autonómicos, la legislatura ha cogido un desasosegante rumbo de colisión. Los números no salían hace una semana, ahora cuadran aún menos y las perspectivas de que puedan descuadrarse más no se despejan; más bien al contrario.

Si todavía queda alguien en el PSOE convencido de que pueden torcer la voluntad de populares y naranjas, como la derecha se la retorció a ellos en 2016, su fe resulta enternecedora pero también tremendamente estúpida. Las llamadas por su abstención a populares y naranjas, lejos de meterles presión, actúan como gasolina para sus bases. Aportan la prueba definitiva de que, efectivamente, dejar gobernar a Pedro Sánchez equivale a entregar España a su particular eje del mal: nacionalistas y podemitas.

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Batalla perdida

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El Tribunal Supremo parece dispuesto a tratar de impedir como sea que Oriol Junqueras, Carles Puigdemont y Toni Comín adquieran la condición de diputados europeos. La Sala ha decidido impedir que Oriol Junqueras acuda a la sede de la JEC para prometer o jurar la Constitución y el Juez Pablo Llarena no accede a retirar la orden de detención en España respecto a Carles Puigdemont y Toni Comín, con lo que no podrían acudir tampoco a la sede de la JEC.

El Tribunal Supremo y el juez instructor se equivocan. Podrán retrasar, ya veremos por cuanto tiempo, que los tres diputados electos ocupen su escaño, pero no van a poder impedir que lo acaben ocupando. La Unión Europea es una comunidad jurídica. No tiene Ejército ni Policía. No puede imponer por la fuerza ninguna decisión. Su fuerza es exclusivamente la fuerza del Derecho. Justamente por eso, no puede consentir que los Estados miembros dejen de aplicar el Derecho de la Unión. Especialmente cuando dicho Derecho regula el único órgano de la Unión que tiene legitimación democrática directa: el Parlamento.

Las normas relativas a la elección de los parlamentarios europeos no pueden dejar de ser obedecidas por todos los Estados miembros. Una vez que se han convocado las elecciones, una vez que se han proclamado las candidaturas y una vez que los ciudadanos han votado, no se puede impedir que los candidatos elegidos ocupen el escaño correspondiente. Ni el Derecho Europeo, ni el Derecho de los Estados miembros, ni concretamente el Derecho español, contemplan una sola circunstancia que permitiera impedir que los candidatos electos se conviertan en diputados. Jurídicamente, es, por tanto, imposible impedirlo.

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Minero Zana, una historia personal y colectiva

Relatos mineros de Juan Carlos Lorenzana

Es la historia de un minero y de todos los mineros y de cuantos, en muy duros trabajos, ponen en riesgo su vida. Desde lo más heroico a lo más simple de lo cotidiano. Juan Carlos Lorenzana, Zana, Ciñera de Gordón, León, 1964, autor de "Relatos mineros", posee un talento natural que pudo tener decenas de caminos por los que desarrollarse y fluyó por el esfuerzo y el compromiso social. Y, sin duda, el amor a la tierra, a la familia, a los compañeros, a la mina, imán y dolor. Hijo, nieto y biznieto de mineros por partida doble, Zana pidió trabajo en Hullera Vasco Leonesa en La Pola a los 16 años. Ocultándoselo a su madre. Historias comunes, de silencios, compromiso, de protestas a las que abocan las circunstancias del trabajo. La reivindicación social surca estos relatos. Para denunciar que las industrias implantadas en la zona no permitieron que se asentaran otras diversificadas que dieran empleo al margen de la mina. Y que las condiciones laborales eran tan duras que había que luchar por mejorarlas.

La mina quedó como única salida. "El tiempo significa carbón, el tiempo, allá abajo, no significa vida".

Pero, por encima de la historia profunda y la de cada día, late el genio literario innato que la convierte en una novela –"en donde todo lo escrito es verdad", gusta recalcar Zana- plena de hallazgos. La madre, una madre, cualquier madre, que cierra el primer capítulo hablando  desde la superficie con el hijo encerrado en la mina.  Y una frase rotunda e inesperada, tras tanto temor por la reprimenda: 

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Le llamaban 'falangito'

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Santiago Abascal y Albert Rivera en 2012

A Albert Rivera le llamaban 'falangito' en las redes sociales. Parecía una simple falta de respeto, una exageración de rojos resentidos -ese calificativo propio de forocoches-, parecía producto del odio virtual. Pero era por algo. Un algo que confirmó el propio Santiago Abascal cuando se refirió a él como "veleta naranja que cambia de opinión a conveniencia". Unos años antes de ese Vistalegre de Vox del 2018, ambos se consideraban "amigos" e incluso compartían bandera rojigualda en Barcelona el Día de la Hispanidad de 2012. Abascal, que entonces estaba en el PP y era ojito derecho de Esperanza Aguirre, llegó a firmar el manifiesto de Movimiento Ciudadano que impulsó Rivera en 2013 y del que éste quiso borrar rastro en 2017 haciéndolo desaparecer de su web porque, dijo, habían entrado en "una nueva etapa". Lo ha ido contando en eldiario.es la periodista Carmen Moraga.

Las redes sociales y ciertas voces  de la política y los medios insistían, no obstante, en su resentimiento de rojos y alertaban del neofascismo de Rivera. Hoy, con sus pactos con la ultraderechista Vox, el propio Rivera les da la razón. Si hace un par de años la estrategia del que llamaban 'falangito' era disimular su vinculación con el fascismo de Abascal, hoy no solo ha recuperado esa vinculación sino que ha estrechado los lazos a tal punto que es posible que haya ahorcado esa presidencia nacional por la que aspira con profesional avaricia. Es posible que se le haya roto el saco del futuro, aunque todo cabe en esta farsa que rebosa mentiras.

Albert Rivera ha mentido como un bellaco. Mintió en 2006, cuando comunicó que nunca había militado en ningún partido, aunque en 2002 se afilió a Nuevas Generaciones del PP. Mintió cuando en los programas electorales de Ciudadanos de 2015, 2016 y 2019 incluyó la supresión de las diputaciones, y ahora va a presidir las que ha podido conseguir: la de Segovia y la de Burgos. Mintió los millones de veces que ha repetido que no estaba en política para "repartir sillones", justo lo que suponen ahora sus pactos de cogobierno y alternancia, con los que ha reflotado al hundido PP de Pablo Casado. Para conseguir esos sillones no ha dudado, aunque lo pareciera, en pactar también con la ultraderecha. Mintió hasta anteayer haciendo creer que no pactaría con Vox, aquellos que al fin y cabo han vuelto a ser sus amigos. Por algo le llamaban 'falangito'. Todo mentiras. Y mintiendo ha hecho un ridículo colosal del que solo se recuperará gracias a la desmemoria histórica, a la abulia ciudadana y al apetito cómplice de la actualidad que será. Es probable, pues, que se recupere.

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La vida se parece más a 'El cuento de la criada' que 'El cuento de la criada'

Elisabeth Moss en su papel protagonista de Offred en la serie de 'El cuento de la criada'

Me gustaría escribir algo muy gracioso y bien redactado sobre los muchísimos problemas que he detectado en la tercera temporada de 'El cuento de la criada', de la que HBO ya nos ha concedido 4 capítulos a día de hoy. Si tuviera fuerza y ganas, os diría que cuidado con los spoilers que vienen, y me echaría las manos a la cabeza al rememorar algunas escenas que me han parecido absolutamente demenciales. No hablo de las de violencia, porque a eso la serie ya nos tenía muy acostumbradas, sino más bien del monólogos de June, esos que al principio eran tan bellos y emotivos, y que ahora se han vuelto una especie de corta y pega de ideas feministas mal digeridas.

Igual que algo chirriaba en nuestro cerebro cuando en la última de Juego de Tronos Sansa aseguraba que si se había convertido en una mujer fuerte y poderosa era porque la habían violado y maltratado, aquí la voz en off de Elisabeth Moss provoca cierta náusea cuando sugiere, quiero creer que muy levemente, que lo que siente hacia su antiguo "dueño" es algo parecido al amor, "aunque distinto". Ojo. No quiero negar esa contradicción. No digo que no sea posible sentir piedad, o cierto cariño por quienes nos han hecho daño porque ese es un sentimiento demasiado real.

Lo explicaba la periodista Joanna Connors en su ensayo Te encontraré: que ella llegó a sentir compasión hacia el hombre que la había violado años atrás, especialmente cuando empezó a conocer las miserias de su vida. Y lo cuenta también Eve Ensler en su nuevo y descorazonador libro The Apology, una carta ficcionada que se hace llegar a sí misma como si la hubiera escrito su padre, de quien aprendemos, a través del relato, que abusó de ella sexualmente cuando solo era una niña. En las entrevistas publicadas estos días por la promoción, Ensler aseguró que "no sintió nada" cuando su padre murió. Que por su culpa "no ha sabido amar nunca". Y que tal vez las experiencias vividas a los 10 años fueran la consecuencia de haber creado la que es su gran y más reconocida obra feminista Monólogos de la vagina. Ensler ha escrito ese libro, dice, "para todas las mujeres que siguen esperando una disculpa". Y de sus palabras se intuye el enorme trabajo de reconciliación que ha tenido que hacer con el hombre que más ha odiado durante toda su vida. Una reconciliación no tanto sentimental como literaria: ¿Qué nos podría animar a hacer lo que ella ha hecho? ¿Con qué fuerza logramos ponernos en la piel de nuestro abusador?

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