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Barricadas incendiadas con senyeras y rojigualdas

No hay un solo derecho de los que defiende hasta el más virulento de los conservadores que no haya emanado del humo de una barricada. Los derechos civiles, la dignidad laboral, el orden civilizado, la democracia y la Constitución. Todo, absolutamente todo aquello que merezca la pena considerarse con las ya vaciadas palabras libertad, progreso, respeto, tolerancia o democracia surgió después de que unos jóvenes lucharan detrás de una barricada contra el poder. Contra el orden establecido, a veces la tiranía, y otras muchas contra un Estado liberal que ejercía de represor. Igual que no se discute que la Policía está para mantener el orden de cualquier sistema de poder establecido, no se discute que los avances sociales fundamentales se consiguieron en la calle. Igual que no se discute que los Estados monopolizan la violencia de manera legal, no se discute que en ocasiones se ha conculcado ese dogma para avanzar cuando se incumplían los preceptos fundamentales de un Estado de libertades. Hay cosas que son, aunque no queramos verlas.

Barricadas, fuego, capuchas y embozados, protestas contundentes y violentas, tornillos soldados a tuercas, rodamientos, tirachinas caseros, voladores. La reconversión industrial, ¿les suena? No tendría que escandalizar demasiado lo visto en Barcelona a un país que ha conocido protestas laborales como las de Reinosa en 1987, en las que la Guardia Civil llegó a usar fuego real para abrir puertas y practicar dentenciones, y un trabajador, Gonzalo Ruiz, murió por la acción de los antidisturbios de la Benemérita. O las de astilleros en Cartagena, que llegaron a quemar la Asamblea de Murcia con los diputados dentro.

¿Para qué arden contenedores? ¿Cuál es el objetivo de estas barricadas? ¿Qué buscan los adoquines? Una amalgama heterógenea de intereses cruzados, algunos legítimos, otros bastardos, algunos admirables, otros despreciables, que están diluidos en pos de unos intereses burgueses nacionales. Una mezcla de adolescentes de familias procesistas criados en una opinión pública intoxicada por relatos nacionalistas maniqueos de ambos lados y jóvenes nihilistas que han dejado los videojuegos para vivir una película en directo. Literalmente: "Noches de este tipo son una pasada… Corres, te persiguen, te escondes... Es como una puta peli, tío", decía un joven de 23 años a Pol Pareja. Una rosa de foc nihilista que deja cenizas para el renacer del posfascismo. Un caldo de cultivo en el que el nacionalismo prima sobre la clase es el mejor combustible para que el autoritarismo acabe imponiéndose. En Cataluña y en España.

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Perdonad que os diga...

Un manifestante frente a un contenedor que arde durante los disturbios en la Plaza de Urquinaona, en Barcelona a 18 de octubre de 2019 / Europa Press

"En la virtud nunca caemos, sino que a ella accedemos mediante un esfuerzo constante" 

Aristóteles. Ética a Nicómaco

Perdonad que os diga, seáis del bando que seáis y penséis lo que penséis, este Estado social, Democrático y de Derecho (sic Constitución Española) no está en peligro, ni lo ha estado, ni lo va a estar y que puede con esto y con mucho más. La situación es grave, no lo voy a negar, pero no más grave que otras ni más irresoluble que otras, siempre y cuando los llamados a hacerlo no sean más acémilas que quienes les precedieron y todos los demás no seamos más botarates que aquellos españoles que navegaron por las aguas más procelosas hasta llegar hasta aquí. 

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Infiltrados (en el rebaño)

"¡No son radicales, son policías infiltrados!". Este tipo de comentarios los leo cada día en las redes sociales. Hay gente que está viendo en directo a jóvenes quemando contenedores en Barcelona, lanzando piedras y destrozando el mobiliario urbano, pero estas mismas mentes preclaras aún afirman que no tienen ante sus ojos a radicales, sino a "agentes infiltrados" de las fuerzas de seguridad. Pajaritos por aquí, pajaritos por allá.

Me pregunto qué carajo te han metido en la cabeza cuando ves a "policías infiltrados" por todas partes. Tirando piedras a los propios agentes y con clara apariencia de ser unos chavales. Muy loco todo. Claro que, en el sentido contrario, el nivel de enfermedad social también se comprueba si lees los comentarios tras compartir, por ejemplo, imágenes de las agresiones ultraderechistas. Ahí ya eres acusado de "estar con los independentistas". Indepe de toda la vida.

El encabronamiento, la polarización y la paranoia del personal está alcanzando cotas bastantes altas. No sé si hay que estar necesariamente en un rebaño. Me pregunto si eres raro si te parece mal que a un policía le tiren piedras, que un mosso se pase innecesariamente de violencia en una actuación, que los radicales destrocen las calles del barrio o que los polis golpeen indebidamente a un vecino. ¿Te puede parecer todo esto mal a la vez o hay que estar como un cencerro?

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Perdón, es que nos quedamos sin agua, pero nada, sigan a lo suyo

La reserva de agua acumulada en los embalses sigue bajando

A menudo en las tertulias con el público me preguntan por qué todo lo que les he expuesto, resultando tan significativo, tan irrebatible y tan inquietante, tiene tan poca transcendencia mediática.

Y lo que les expongo es cómo tenemos la calidad del aire que respiramos y qué podemos hacer para mejorarlas, la gravedad de la contaminación por plástico que nos inunda y qué podemos para reducir su uso y actuar de manera responsable para que deje de estrangularnos.

De la oportunidad de enchufarnos al sol y abastecernos nosotros mismos de una energía limpia que nos regala el planeta de forma ilimitada. De nuestro compromiso con la conservación de la naturaleza: de lo feliz que he sido disfrutando en ella, respetándola, cuidándola y amándola.

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Los mayores, esa nueva especie en investigación

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Manifestación pensionistas en la marcha hasta Madrid

Parémonos un momento. Precisamente porque nos falta tiempo, nos sobra tiempo. Tenemos "una edad", a veces dicen que la tercera, incluso una cuarta, ancianos no nos vemos, y, desde luego, no somos vuestros mayores. Cada cual tiene los suyos, igual que sus niños, sus primos o sus cuñados. Con ese paternalismo, empezamos mal.

De repente, han descubierto que los jubilados o en edad de estarlo tienen voz y agallas. Y derechos. Muchos han venido andando hasta Madrid, al kilómetro cero de la Puerta del Sol. De norte a sur, hasta 700 kms. Gastando suelas y fuerzas, ganando músculo y dignidad. Por unas pensiones dignas, aseguradas por ley. Un logro del Estado del Bienestar que, como todo el conjunto, está en peligro, amenazado por el capitalismo sin freno. Por eso, también se exige sanidad y suprimir el copago que implantaron Ana Mato y Rajoy con el PP y que ahí se quedó. Y contar con residencias dignas que, eso sí, a estas alturas el cuerpo se resiente. Se pide para los jubilados de hoy y los de mañana. Porque el pacto fue que detraían impuestos de los salarios para asegurar esa serie de servicios al término de la vida laboral. Esa que se quiere alargar para no pagar ni pensión.

El reciente hallazgo tiene desconcertada a la sociedad. Los mayores no son esos ancianos que juegan a la petanca en los parques por las mañanas, ni solo esos seres que cuidan a los nietos. Últimamente cunden mucho, se les ve y se les oye por todas partes. En otras épocas, a partir de los 60 o 65 años, se era anciano de solemnidad, aparcado de la vida social. Hoy, no. Una gran mayoría, no. Maticemos. No constituimos una masa homogénea. Hay viejos, desde luego, los que se pliegan y no se atreven, los que ya fueron derrotados desde su juventud o se aferran a conservar lo que creen puede salvarles del final del camino. Pero un gran número de sus coetáneos no son así. Y tiene su lógica y su historia.

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Servicio público

Un bombero apaga el fuego de las barricadas en el tercer día de protestas en Barcelona

La radio y televisión públicas viven desde hace meses en un limbo a la espera del concurso que debería renovar su cúpula de manera menos partidista que en el pasado. En esta transición incierta las decisiones editoriales han quedado en manos de reporteros y el resultado es un recordatorio de por qué merece la pena que el contribuyente pague por este servicio.

Esta semana de información compleja, cambiante y polarizadora ha dejado claro una vez más el valor de una radio y de una televisión pública que dejen hacer su trabajo a los periodistas. La labor de reporteros experimentados como Íñigo Alfonso en Las mañanas de RNE (donde colaboro), Antonio Delgado en 24h y Carlos Franganillo en el Telediario 2 y sus equipos demuestra la importancia de hacer periodismo en un medio público sin interferencias políticas. Sus coberturas completas, variadas, con pocos adjetivos y más sonidos e imágenes de lo que pasa son el mejor servicio que se puede hacer al ciudadano en momentos de tensión y confusión que los partidos (y sus satélites) intentan capitalizar. 

Se trata de coberturas difíciles, en especial para los reporteros de radios y televisiones como Berta Queralt en Telemadrid. Muchos reporteros en la calle también de medios privados han hecho un buen trabajo, a menudo poniendo en peligro su propia seguridad, pero los medios públicos tienen una responsabilidad especial. 

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Una ruptura inaplazable

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Rufián y Junqueras, en la sesión constitutiva del Congreso.

Las hay pacíficas, tormentosas, de mutuo acuerdo, unilaterales, temporales, definitivas, dolorosas y hasta traumáticas. Y todas llevan a un final casi siempre inevitable. Así son las rupturas. En la amistad, en la pareja y hasta en la política. Y, cuando las señales de la fractura son inequívocas, lo mejor es no aplazarla por difíciles que parezcan las consecuencias. Más vale romper a tiempo que ser víctima de una alianza tóxica de daños futuros irreparables. 

Todo esto ronda desde hace tiempo por la cabeza de los dirigentes de ERC al hilo de su relación con JxCat en el Govern. Es un clamor que la suya es una ruptura que se rueda a cámara lenta casi desde el comienzo de la Legislatura. ¿El final? No está escrito pero quizá haya por la prisión de Lledoners algún boceto de cómo, cuándo y en qué momento ha de producirse. El actual, con Catalunya siendo pasto de radicales que queman coches y lanzan ácido a los Mossos, sea el más propicio. 

Hace meses que los socios de la coalición que gobierna la Generalitat discrepan en público, pese a la entente para aguantar la relación hasta que se dictara la sentencia del Supremo sobre el procés. Algunos creyeron erróneamente que de ese modo y llegado el momento podrían recoser la frágil unidad que construyeron después de las elecciones autonómicas convocadas al albur del tristemente célebre 155. Ha ocurrido lo contrario. Hoy hay más división, más desconfianza y más disposición a poner fin a una alianza de débiles cimientos y en la que desde el comienzo se mezclaron intereses de partido y se libró sin disimulo alguno una dura batalla por la hegemonía del independentismo.

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La sentencia ha desarbolado al independentismo

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Una sentencia tan dura e injusta podía haber sido la ocasión para un fortalecimiento del independentismo y de sus posibilidades de negociación. En cambio, cinco días después de la publicación del veredicto del Tribunal Supremo, el movimiento está claramente dividido, sin liderazgo claro, con sus sectores más radicales fuera de control y, sobre todo, arrollado por debates como el de la violencia que han dejado muy en segundo lugar la ira por las condenas que comparte la mayoría de los catalanes.

Peor no podía haber ido y no parece que tal desastre pueda ser fácilmente reconducido. Como siempre ocurre, las debilidades de un movimiento aparecen con fuerza, determinándolo todo, en los momentos críticos. La endeblez del liderazgo del independentismo es la primera de ellas. La pugna interna por el protagonismo entre sus dos principales componentes la agrava y más cuando las cosas se ponen mal.

Prácticamente desde su nombramiento se viene diciendo, y los hechos lo han ido confirmando, que Quim Torra no reúne las condiciones para ser presidente de la Generalitat y menos para liderar un movimiento en el que dos fuerzas, los post-convergentes y Esquerra Republicana, se disputan sin rubor el protagonismo y los votos. Lo de menos es que Torra sea un presidente colocado por el exiliado Puigdemont para que él pueda seguir mandando. Primero porque esas situaciones nunca están del todo claras, que el que tiene el cargo lo ejerce sin mucho miramiento a cómo lo ha obtenido. Segundo, porque lo que importan son las decisiones políticas.

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Urge una salida para las aguas putrefactas

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Aragonès, Budó i Buch, en el Parlament, durante la intervención de Torra.

Cuando un movimiento de masas de la magnitud del independentismo, convencido de tener su gran utopía al alcance de la mano, descubre que ese horizonte ha desaparecido, que su dirección política está desnortada y confrontada entre sí, corre el riesgo de descarrilar. Si además se siente acorralado, la posibilidad de que en su seno nazcan reacciones violentas se hace realidad.

Asistimos a la crónica de un empantanamiento anunciado. Dos años después de la fuga hacia ninguna parte del procesismo y de la respuesta judicial como única reacción del Estado, las aguas del conflicto han pasado del empantanamiento a la putrefacción. 

Son muchas y diversas las causas. La más importante, la epidemia de disonancia cognitiva a uno y otro lado del conflicto. Desde España amplios sectores políticos y mediáticos continúan negando que el "problema catalán" sea un problema de toda España que debe resolverse políticamente. 

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Lo emocional de la política que no sabemos contarnos

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Manifestación en Plaça Catalunya.

¿Y si en todo esto hay un gran, gran componente emocional que no sabemos explicar y/o no lo saben entender? Recuerdo hace muchos años que un diputado vasco se levantó en el Congreso de los Diputados en Madrid y dijo: "Yo lo único que no entiendo es que este señor no entienda que yo no me sienta español". Años después podríamos ampliar la estupefacción de aquel parlamentario y decir que "muchas de nosotras y de nosotros no podemos entender que algunas y algunos de ustedes no entiendan que lo que sentimos no lo sentimos para ofender". ¿Se lo han planteado las políticas y los políticos del Estado Español? Deberían.

No sé cuántas veces he creído necesario insistir en que no queremos ofender a la ciudadanía española desde Catalunya; es más: que aunque el nuestro se convirtiera en un país independiente yo no renunciaría a la nacionalidad española porque la estimo y la siento como propia. Pero en Catalunya hay millones de personas que no (no puedo dar números, nadie puede, no nos permiten hacer un referéndum. Pero vivo activamente aquí y sé que somos millones y que si estamos equivocadas en las cuentas estaremos encantadas de hacer una votación para refrendarlas).

¿Pero y si todo esto no es sólo político; sino, y sobre todo, emocional? ¿Y si la ciudadanía catalana está harta de tener que dar explicaciones políticas que no tiene para justificar lo que siente? Sería igualmente confuso para personas de todo el planeta. ¿O acaso una ciudadana española puede decir que se siente española porque hay una constitución que ampara ese sentimiento? Claro que no, se siente española por legítimo derecho, porque ama España, porque siente que es su tierra, su gente, su vida… Por millones de razones que no caben en ninguna consigna política, pero que comprenden, como decía Sor Juana, muchos corazones: son razones del corazón que la razón no entiende. ¿Pero por qué de este lado sí? ¿Por qué tenemos que justificar lo que sentimos si no tenemos cómo? Si no hay cómo, de hecho.

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