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Cuando la política se convierte en problema

Pedro Sánchez y Carmen Calvo en el Congreso con otros miembros del PSOE

Durante muchos años, las sociedades confiaban en la política para afrontar sus grandes problemas. Por mucho que fuera el escepticismo, incluso el espíritu ácrata, sabíamos que ante una catástrofe estaban los gobiernos, las administraciones, para ocuparse de ello. La política se ha convertido ahora, por el contrario, en una losa con la que cargamos. En un avispero que nos vemos obligados a atender para calmar los ánimos y buscar salidas. Los llevamos en brazos, a la guardería incluso, en lugar de tenerlos como referentes para los problemas reales, algunos graves y urgentes de muchas personas. Ahora mismo, la política no es una solución, es un problema. Los barómetros del CIS lo reflejan textualmente.

Tras el espectáculo dado con las investiduras fallidas, la forma de abordarlas y las declaraciones adyacentes, volver a convocar elecciones para noviembre ha  indignado a la sociedad. Se lo diré con algo más de precisión. Las personas dicen estar, además de indignadas, desencantadas, tristes, abochornadas, ofendidas, airadas, pesimistas, cansadas, aisladas, hartas, asqueadas… sin poder dormir (casualmente). Algunos, todavía con la ilusión de luchar. Los calificativos los he recogido en Twitter y responden tanto o más a las hoy indispensables encuestas que surgen como setas en otoño. Y en la calle, al teléfono, al eco del viento.  Que dimitan, que se vayan todos, se oye insistentemente.

Estos estados de ánimo son un caladero para las ideas más involucionistas. Quienes los provocan están haciendo un peligroso ejercicio que no tiene que ver con la política, sino con su forma de llevarla a cabo. La política se definió ya en la Antigua Grecia para abordar cuanto se relaciona con los ciudadanos. Es la que dicta las normas generales. Es el trabajar por el bien común. Se ha escrito tanto de la política que igual hemos olvidado su esencia y su papel. Y, desde luego, los políticos que hacen mal su labor hacen mala política, o no hacen ni siquiera política.

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Son ellos, no el sistema

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Hay un cabreo colosal. Este país es el único del planeta que pronto va a tener el dudoso honor de haber celebrado cuatro elecciones generales en cuatro años. Los ciudadanos votan y a ellos -los políticos- no les sirve lo votado. Han decidido que, como los malos estudiantes, los españoles repitan el examen. Y van, seguro, a repetirlo. Este país vota y vota mucho. La abstención más alta en democracia se registró en 2016, cuando Mariano Rajoy se dio mus ante el rey y Pedro Sánchez no convenció a Pablo Iglesias para que se sumara a un acuerdo con Albert Rivera. El "pacto del abrazo", lo llamaron. Podemos no quiso entonces achuchones si de ellos participaban los liberales. Aún así, la primera vez que España repitió unas elecciones generales, la participación fue del 69,84% del censo. Aumentaron los votos nulos (0,93%, frente al 0,89% de 2015) y el porcentaje en blanco fue el mismo que en la anterior convocatoria.

Votar es divergir, cuestionar y contestar a todo. A lo que hacen y a lo que dejan de hacer quienes nos representan. La política se ha convertido en una democracia deliberativa en la que se habla mucho y se hace poco. Ahora una negociación se afronta cruzándose mensajes en los medios o emplazándose a través de las redes sociales y se anteponen los intereses personales o partidistas a los generales. Y muchos ciudadanos, seguro, se han declarado perplejos al ver la forma en que socialistas, morados y naranjas -en un calculado movimiento electoral de último minuto- han pretendido alcanzar un acuerdo para investir a un presidente de gobierno. Había votos, pero ni formas ni demasiadas ganas. No las tenía Pedro Sánchez y no las tenía Albert Rivera, a pesar del numerito de las tres condiciones "fake" que expuso en un descarado intento por salvar el pellejo de la debacle electoral que le vaticinan las encuestas. La nueva política ha resultado ser una suma de egos.

Y ahora hay una ola de indignación ciudadana, una segunda entrega del "no nos representan", aunque algunos de los representantes de la ciudadanía sean esta vez los que hace cinco años coreaban el eslogan delante del Congreso de los Diputados. Entonces, como ahora, aumenta la brecha entre la política y la calle. Nada mejor en estos momentos que una relectura de Bernard Crick y de "En defensa de la política" para recordar que "la política como actividad merece ser honrada como la clave de la libertad, por encima del comportamiento de los políticos".

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Las inconsistencias de Pedro Sánchez

Este viernes el "no podría haber dormido con ministros de Podemos" ha sido la frase más comentada, criticada y ridiculizada en todos los medios de comunicación. El día anterior lo fue la incapacidad de respuesta del presidente en funciones a la pregunta de un periodista y luego la tonta afirmación de que era el líder del partido más votado como si eso explicara algo. Pedro Sánchez ha patinado, y mucho, dos veces seguidas. Justo en un momento en el que la sensibilidad pública está muy a flor de piel. Con lo que esas anécdotas desgraciadas adquieren un valor adicional. Y refuerzan a quienes cuestionan la solvencia política del líder del PSOE.

Los días que han seguido al fracaso de su intento de ser investido le están yendo mal a Pedro Sánchez. Empezó atacando furibundamente a todos los demás partidos y culpándoles, a todos ellos, de la repetición elecciones. Una táctica que no suele ser buena ni en política ni en nada, salvo que te las des de redentor y él tiene poco de eso. Y siguió con una pormenorizada justificación de todas sus acciones y contradicciones de los últimos meses en una entrevista que en la que no aclaró nada y sí suscitó nuevas e inquietantes cuestiones.

Dijo lo de que no habría podido dormir con ministros de Unidas Podemos [en una frase en la que se refería a los ministerios de Hacienda, Trabajo e Industria] y el entrevistador tuvo que preguntarle por qué entonces les había ofrecido una vicepresidencia y tres ministerios. ¿Tuvo razón el Pablo Iglesias que denunció que esos cargos no tenían peso político alguno o aquella fue una salida no muy pensada de cuyas consecuencias se libró porque el líder de Podemos no tuvo los reflejos de aceptarla o porque quería otra cosa más allá de gobernar?

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Precampaña judicial en el país de la improvisación

Juicio al procés.

En España, casi nada sale como estaba previsto. A finales del año pasado, el cálculo que se hacía en el Tribunal Supremo era que el juicio del procés comenzaría a principios de año y que quedaría visto para sentencia en febrero o marzo. Así, la vista oral que analiza la crisis constitucional más grave en cuarenta años de democracia se alejaba de las elecciones municipales y de los indeseados efectos emocionales que un procedimiento judicial de esas características podría causar en los votantes.

Pero el juicio se retrasó y otras elecciones, las generales, se adelantaron. Y de esa forma, los ciudadanos acudieron a las urnas la misma semana en la que habían escuchado a los guardias civiles del juicio del procés describir el 1 de octubre como si fuera el pasaje del terror, y a los presuntos observadores internacionales intentar convencer al tribunal de que cobraron dinero público por no hacer ni una sola observación.

La sinergia político-judicial tan frecuente en estos tiempos provocó incluso que alguna sesión del juicio tuviera que acabar antes para que dos miembros del tribunal que juzgaba a cuatro candidatos a diputado y uno a senador, Luciano Varela y Ana Ferrer, participaran en las reuniones de la Junta Electoral Central. Ambos guardaron las apariencias y se abstuvieron en las resoluciones que instaban al presidente de la Generalitat, Quim Torra, a retirar los lazos amarillos del balcón de la Generalitat, pero la forma en la que se cruzaban la contienda electoral y el procedimiento judicial no dejaba de llamar la atención.

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Estamos de acuerdo: 'golfa' es un insulto

Miles de mujeres se manifestaron en defensa del feminismo por las calles de Sevilla.

"El feminismo punitivista puede hacer caer por tierra una gran cantidad de conquistas", decía Rita Segato en la cuarta edición del Encuentro Latinoamericano de Feminismos a finales del año pasado. Para la escritora, antropóloga y activista feminista argentina la clave en la búsqueda de justicia está en "el proceso de ampliar los debates" y no en el de perseguir "la sentencia como una cosa", como fin último.

Comparto la posición de Segato. La "búsqueda de justicia" desde el feminismo no puede fiarse ciegamente de un modelo de justicia tan estrechamente ligado a una lógica patriarcal donde la forma de juzgar y condenar penaliza la población más vulnerable, con menos recursos, a la que disiente o entorpece que el orden establecido funcione o, sencillamente, a la que no se la ve ni como sujeto de derechos. La justicia institucional no siempre es justa ni tampoco repara a las víctimas. Es precisamente por esto que desde el movimiento feminista se reivindica otra forma de hacer política, de mirar la vida. El feminismo no ha venido a reforzar las estructuras patriarcales sino a transformarlas, a subvertirlas en aras de la igualdad.

Es con esta perspectiva feminista y desde un análisis jurídico, desde donde no puedo estar más que en desacuerdo con la condena que hemos conocido esta semana a tres hombres, por un delito de odio, a seis meses de cárcel y una multa de 1.080 euros por llamar "golfas y guarras" a las manifestantes del 8-M. Sin duda ninguna estamos ante una manera despreciable y machista de arremeter y menospreciar a las mujeres que se concentraron en la Plaza Nueva de Sevilla con motivo del 8M, pero (y siempre en base a la información publicada) estos hechos no creo que puedan enmarcarse en el tipo penal de discurso de odio que recoge el artículo 510 del Código Penal.

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Urdangarin socializa

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Urdangarin en su primer permiso.

Qué tiempos aquellos cuando el escándalo de Urdangarin y la infanta acaparaba la actualidad. Ahora, por esas cosas del destino, Iñaki sale por primera vez de la prisión, coincide con el disgusto de la repetición electoral, y el caso queda prácticamente para los breves. El yerno de don Juan Carlos fue condenado a 5 años y 10 meses de cárcel por corrupción, entró el 18 de junio del año pasado y sale para hacer voluntariado.

Qué tiempos aquellos cuando la prensa contaba ese informe de Hacienda, según el cual, Nóos y sus empresas satélite facturaron más de 16 millones de euros a más de 100 entidades públicas y privadas. O cuando la Agencia Tributaria cifró en 5,8 millones de euros lo que Urdangarin y su socio, Diego Torres, percibieron del Instituto "sin ánimo de lucro". Y es que para algunos el dinero vuela. Y el tiempo también. Iñaki ya pisa la calle.

Qué tiempos aquellos cuando el fiscal pedía 19 años y medio de prisión para Urdangarin. O cuando fue condenado a 6 años y tres meses por la Audiencia de Palma. O cuando el Tribunal Supremo lo rebajó hasta los 5 años y 10 meses. "Es una condena benévola y de saldo", dijo quien había sido el juez instructor, José Castro. Mejor le fue a la infanta, pues le salió a devolver más de 300.000 euros. Responsable a título lucrativo, pero la fiscalía le había hecho pagar una fianza de 587.000 y finalmente la multaron con 265.000 euros.

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No seas un Sánchez

En estos días me pasa lo que me suele pasar cuando intento encajar mi ideario de izquierda, mi feminismo y mi antirracismo radical como migrante del sur en el reino de España: que nada encaja. No sin sufrimiento, en todo caso. No es fácil encajar esta indignación profunda por el maltrato de los medios a una política de la valentía y el compromiso de Ada Colau con la decepción que me produce la violencia que ejerce su ayuntamiento, por ejemplo, contra el colectivo de trabajadores del top manta, también con ella en el gobierno de Barcelona. Nadie mejor que Colau debería saber lo que es ser perseguido.

Me imagino a los jefes de El Mundo, viendo que no venden ni una rosca en Cataluña, haciendo una llamadita a sus subalternos especializados en corazón y prensa rosa: oye, que la Colau se dispara, que se sale de su pueblo y se mete a la política nacional, que viene fuerte esa feminista, esa bisexual, esa okupilla, ¿cómo le paramos los pies? Ah, sí, ya sé. Inventémosle un romance con el del barco salvador de negros, disfracemos el ataque canalla de noticia de famosos. ¡Buenísimo! Manos a la obra, usemos unos cuantos eufemismos cínicos, algo de putofobia y listo, tenemos la historia de la señorona que le regala millones del erario público a cambio de sexo al barbado y crístino patrón del Open Arms y de lo que quieras. Porque a la mujer, será alcaldesa, pero le gusta meterse en esos jardines. Finalmente, está casada y tiene dos hijos, pero la muy puta defiende las relaciones abiertas y el trabajo sexual, le gustan los hombres y las mujeres y, para colmo, apoya el #MeToo, es más, osó contar que a ella de adolescente también intentaron violarla dos veces por la calle. Cómo estaría vestida, pues, seguro iba por ahí en minifalda y borracha. Así se las gastan en el siglo XXI y en plena eclosión feminista los medios-operadores políticos de poderosos intereses económicos desde sus propias cloacas patriarcales, para sugerir lo que quieren decir en realidad: "La muy puta de Colau financia la migración ilegal junto al radical y traidor a la patria del Open Arms".

Ser perseguido es eso. Pero también lo es mandar a la policía para luego afirmar, como dijo Colau en una entrevista reciente, que no persigue a las personas sino al comercio ilegal. Eso, me temo, es usar otro terrible y doloroso eufemismo. Claro que se persigue a las personas, éstas sufren violencia policial mientras se enarbola la bandera de 'refugiados welcome', como se hacía en el Madrid de Carmena.

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Almeida se enfrenta, pero poco

José Luis Martínez-Almeida y Javier Ortega Smith, durante el minuto de silencio por la última mujer asesinada en Madrid.

No pido a José Luis Martínez Almeida que se eleve para enzarzarse a golpe de pancarta con Javier Ortega Smith en pleno acto del Ayuntamiento destinado a demostrar el dolor por la muerte de una mujer delante de sus hijos. Resultaría desagradable, perdería y además acostumbro a deplorar la violencia como método de negociación. Pero sí que el alcalde de Madrid plante cara de verdad al que llega de matón para afirmar una vez más que la ideología de género es parte de una conspiración femenina azuzada por la "campaña publicitaria de la izquierda" y que allí se recuerda la violencia intrafamiliar o si no, se revienta el acto.

"A mí me gustaría que me hubierais comunicado que veníais con otra pancarta", dijo el alcalde al de Vox. Como el que recrimina a su socio que se presente en bermudas en un consejo de administración o hable con la boca llena en una comida de negocios. Una mera cuestión de protocolo. Porque son socios. Y les une lo fundamental, el fondo.

"Sabes que no comparto la ideología de género ni el feminismo del 8 de marzo", intentaba conciliar Almeida después de repetir muchas veces 'Javier, Javier' para intentar cortar la verborrea del de Vox a base de intercalar que claro, que la violencia intrafamiliar es el problema, pero que un 20% de las muertes violentas son de mujeres y que no era el día para olvidarlo.

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Un pueblo exhausto

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias durante ronda de consultas para la investidura

"La miré sin comprender, aunque como un nadador solitario y exhausto la verdad poco a poco se fue abriendo paso en el mar negro de mi ignorancia"

Roberto Bolaño

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De nuevo ante el vacío

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Congreso de los Diputados.

Más allá del discurso de las culpas, que ojalá se agote pronto porque no lleva a parte alguna, el horizonte político español sigue marcado por la misma incógnita que existía hace cuatro meses, o hace cuatro años. La de cómo se puede lograr la estabilidad, siquiera durante dos o tres años. Ninguna de las hipótesis sobre los resultados del 10 de noviembre la despeja. Tras las elecciones se podría volver perfectamente a las andadas del periodo esperpéntico que empezó el 28 de abril. Y terminar igual de mal.

Aunque todo indica que ese es el panorama general, en las últimas semanas algunas novedades lo han modificado parcialmente. Las más destacables son las tres siguientes: 1) Un pacto entre las dos izquierdas, el PSOE y Unidas Podemos, ya no es posible y no parece que vaya a serlo en el futuro previsible; 2) Ciudadanos ha dejado de ser bajo cualquier concepto una referencia de centro equilibrador; 3) La ultraderecha ha perdido sus opciones de ser un actor principal en la escena. A eso habría que añadir una confirmación: los partidos nacionalistas catalanes están fuera del juego político español y nada puede sustituirlos a la hora de cumplir la función decisiva que desempeñaron durante varias décadas.

Esos factores, cada uno en su medida, están en la base de lo que se ha venido a llamar "bloqueo" y que no es sino la incapacidad de la realidad política española para asumir el fin del bipartidismo, es decir, el protagonismo de nuevos actores independientes en las grandes decisiones, la primera de las cuales es la formación del Gobierno. La actitud de los dos partidos tradicionales, el PSOE y el PP, sigue siendo sustancialmente la misma de siempre en lo que se refiere a la conquista del poder: ambos consideran que ese es asunto suyo. Y la de los nuevos, Unidas Podemos y Ciudadanos, sigue demasiado marcada por el espíritu que animó su éxito inicial: el de sustituir a su referente antagónico en el protagonismo de la izquierda y en la derecha, el PSOE y el PP respectivamente.

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