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Que caiga España...

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Querían el luto. Y ahora que lo tienen, el contraste espanta. Banderas a media asta, crespones negros y solo un minuto de recogimiento. Lo de la reflexión en su caso no llega ni a los 60 segundos. Ni los muertos, ni los parados, ni los enfermos… Todo ya es exabrupto, trazo grueso, rabia, desestabilización y gatillo suelto.

No es nuevo. Cada vez que la derecha pierde el poder repite la estrategia de la crispación, dentro y fuera del Parlamento. El conflicto constante. En el Congreso y en la calle. Tocan a rebato a su electorado más ideologizado e instalan en las instituciones y fuera de ellas un clima tóxico e irrespirable que inunda la vida pública.

Las fórmulas de desgaste para la refriega son siempre las mismas, al margen de los charcos que pisen los Gobiernos o los errores que cometan. Se repiten desde hace décadas. Siempre la rabia y el odio, con la excusa de un patriotismo ramplón y un sentido patrimonialista del poder que creen que les pertenece por derecho o por linaje.

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Un ambiente pre golpista

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Grande-Marlaska saluda a la bandera durante la toma de posesión de la directora general de la Guardia Civil, el pasado enero. EFE/ J.J. Guillén

No hay prueba alguna de que los hechos que atropelladamente se han producido en la última semana se inscriban en el marco de una conspiración destinada a derribar al Gobierno y quien sabe a qué más. Pero es bastante evidente que la concatenación de los mismos no es fruto de la estricta casualidad, sino de que en ciertos ámbitos de la derecha y de algunas instituciones existe una predisposición a responder sin miramientos de ningún tipo a cualquier situación favorable a sus intenciones desestabilizadoras. Eso es lo que caracteriza a un ambiente pre golpista. Y a eso hemos llegado.

La rapidez con que se fabrican las patrañas con las que se pretende justificar cualquier ataque al Gobierno sugieren que existe un operativo muy bien articulado para vender a la opinión pública los movimientos destinados a desequilibrar la situación. Algunos medios deben de estar desempeñando un papel protagonista en este apartado, que es decisivo para la operación en marcha.

Y sus resultados son evidentes a poco que se hable con ciudadanos corrientes. Porque la gran mayoría de ellos está confundida, vive ajena al juego de maniobras en la oscuridad que se está produciendo o, en el caso de la derecha fanática, que no es pequeña, apoya acríticamente la postura de sus líderes, sean del PP o de Vox. La cosa viene de lejos y la actitud de los políticos democráticos también tiene su parte de responsabilidad en ello. Sea por lo que sea y a menos que cambien mucho las cosas, en estos momentos es impensable que pueda producirse una respuesta popular masiva en defensa de la democracia.

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Y tú, ¿qué mundo quieres?

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La peor crisis desde la Gran Depresión. Países replegados en sí mismos y levantando barreras. Nacionalismo y autarquía. Sociedades de control que limitan nuestros movimientos, que nos vigilan. Pasaporte sanitario. Recorte de derechos. Gran hermano. Desocupación. Recortes económicos. Desesperación. Rescates billonarios. Hagan el favor de comportarse. Más virus. Más recortes. Menos movimiento. Confinamiento. Más desocupación.

Hace semanas que los platós y los estudios de radio se llenan de voces de expertos dando su visión sobre cómo será el mundo que nos espera. El mundo post virus-de-las-narices. La vida dentro de la nueva normalidad. Programa tras programa abre su espacio a invitados que lleguen a dar respuestas y soluciones. Y ellos, uno tras otro, ensayan hipótesis, lanzan titulares y nos hunden, a menudo, en una mayor depresión.

Es un vicio común. Nos suele gustar que los expertos nos digan cómo serán las cosas mientras nosotros, desde el sofá o el coche, vamos cambiando de canal. Vemos lo que nos da la razón (y nos quedamos en el show), rechazamos lo que nos contradice (clic, a otro canal). En un escenario tan incierto como éste, el deseo de recibir respuestas se multiplica: 'señores sabios, por favor, dígannos cómo será la vida mañana, la semana que viene, los años que están por venir.' Esperamos que las respuestas contribuyan, aunque sea parcialmente, a apaciguar esta ansiedad de sistema acelerado y que ahora, para más inri, debemos manejar sin disponer de muchas vías de escapatoria.

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El enemigo ahora es un Gobierno que no les gusta

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El exjefe de la comandancia de la Guardia Civil en Madrid.

Todos los Estados tienen señores lobos, esos que como Harvey Keitel en Pulp Fiction se dedican a solucionar problemas. Los gobiernos pasan y ellos quedan. Siguen por su demostrada eficiencia, por su discreción en los servicios y a veces porque valen por lo que callan. De lo que nadie duda es que cuando tienen un cometido lo cumplen y que con los años acumulan poder e influencia. En la todavía joven democracia española algunos de esos personajes han hecho carrera a la sombra de sucesivos gobiernos porque a todos, en un momento u otro, les han convenido sus servicios. Hasta que llega un día en que se convierten en un problema. Porque siempre hay un momento en que sus intereses personales o políticos no coinciden con los del gobierno de turno. 

En el prolífico lapidario de Felipe González quedará para siempre la frase que pronunció en julio de 1988 cuando en una rueda de prensa proclamó que "el Estado de Derecho también se defiende en los desagües". Uno de los policías que poco después entraría como agente encubierto en el Ministerio del Interior fue José Manuel Villarejo, que con el tiempo se convirtió en el mayor garante de la cloaca. Hasta el punto de que, en 2013, creó una unidad parapolicial paralela dedicada a fabricar informes falsos, como el que acusaba a Podemos de haberse financiado con dinero procedente del Gobierno de Irán y otros en los que aparecían cuentas falsas atribuidas a dirigentes independentistas. 

Algunos de estos dossieres acabaron en portadas de diarios y hace un mes el juez que investiga al excomisario, ahora jubilado y en prisión, ha decidido dejar la Operación Catalunya fuera del caso Villarejo. Tampoco debería extrañar demasiado puesto que la participación de Villarejo en la creación de esta brigada política fue premiada por el Gobierno del PP, el mismo que permitió su creación, con una medalla pensionada, como reveló el compañero Pedro Águeda en eldiario.es. 

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España, siempre madrastra

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"Madre y madrastra mía,

España miserable

y hermosa. Si repaso

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El caso peruano no tiene nada de paradójico

Personal de la Cruz Roja asiste a cientos de personas que esperan junto a una terminal de buses en Lima con la esperanza de poder regresar a sus lugares de origen.

"O me muero intentándolo o nos morimos de hambre", dice una madre que acaba de emprender el largo y épico viaje de cientos de millas a pie junto a sus tres hijas, durmiendo a la intemperie y caminando desde Lima hasta su comunidad en la selva amazónica, huyendo de la pobreza y del virus. Miles de personas llevan semanas caminando por el territorio peruano en pleno toque de queda, son migrantes que retornan a sus pueblos porque ya no pueden ganarse la vida en la capital del Perú, no pueden asumir la cuarentena, ni pagar los alquileres, ni los servicios, ni la alimentación de sus niños. Los han botado de sus casas pero tampoco pueden cobrar las ayudas del gobierno porque trabajan en la venta ambulante y no son formales.

Se ha hablado mucho en los últimos días de la "paradoja peruana", es decir, de cómo, si el Perú fue uno de los primeros de la región en adoptar medidas estrictas contra la pandemia –confinamiento, estado de alarma, toque de queda– se ha convertido en uno de los países con más contagios de Latinoamérica.

Lo cierto es que las medidas adoptadas por el gobierno de Martín Vizcarra hubieran funcionado de maravilla si en mi país las desigualdades estructurales no fueran tan graves. Es decir, muchas medidas fueron buenas y fueron aplicadas a tiempo, pero en el país equivocado, uno con un sistema público desmantelado por décadas de privatizaciones y sus tramas corruptas, en el que el 70% de la población vive del comercio informal y en el que la cultura ciudadana y por el bien común es todavía una asignatura pendiente: Está el alcalde que sale a emborracharse en plena cuarentena y se hace el muerto para que no se lo lleven preso; está el expolicía dado de baja por corrupción que aparece como proveedor de la propia policía a la que vende jabón desinfectante adulterado, está el surfer que sale a correr olas violando la ley.

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Microgolpismos

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Diego Pérez de los Cobos y otros miembros de la Guardia Civil

Que un oficial de la Guardia Civil coja la declaración de un testigo y le añada una frase de su cosecha es algo gravísimo, intolerable, motivo de expulsión inmediata. Que un oficial de la Guardia Civil añada una frase de su cosecha a la declaración de un testigo en el marco de la investigación judicial contra el Gobierno por autorizar la manifestación feminista del 8M es, lisa y llanamente, microgolpismo: su objetivo es tumbar al Gobierno por medios ilegítimos.

A la jueza Carmen Rodríguez Medel le llegó un documento en el que señala que el Gobierno autorizó unas convocatorias, como las del 8M, mientras denegaba otras a causa de la COVID-19. "Dada la situación y riesgos de contagio debido al coronavirus", añadió textualmente el oficial microgolpista, que al parecer fueron dos. Los golpes de Estado no se dan en solitario, aunque sea uno el que entra dando tiros en el Congreso. Detrás hay otros, y por encima. Incluso muy por encima (no olvidemos el turbio papel del rey emérito durante el 23F, aunque la versión oficial le haga pasar por garante de la democracia). En los microgolpismos es uno, o dos, el que recorta y pega, pero por encima hay un jefe del estado, mental, en que tal acción llega a realizarse.

El jefe del estado mental del oficial picoleto era Diego Pérez de los Cobos, coronel jefe de la comandancia de Madrid, que cometió a su vez dos microgolpismos, por lo menos. Un microgolpismo, por el que ha sido fulminantemente destituido por el ministro Marlaska (aunque éste lo niegue), fue no informar a sus superiores de que los agentes a su mando habían entregado a la jueza un informe solicitado por ésta sobre la presunta responsabilidad penal en la convocatoria feminista del 8M, siendo su superior jerárquico el delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, imputado en la causa que investiga la relación entre el 8M y la COVID-19. Otro microgolpismo fue pasarle a la jueza esa merca adulterada que le preparó su tropa, en forma de informe manipulado.

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Mañana será tarde

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El Coronel Pérez de los Cobos en el juicio al "procés". EFE

Si algo ha acreditado la pandemia que sufrimos ha sido las gravísimas "patologías previas" de España: todos sus defectos estructurales han reverdecido con virulencia. El momento es extraordinariamente serio y alarma la pasividad con la que se afronta. Hace falta ser muy torpe para no ver qué hay detrás del descomunal acoso al Gobierno. En la idea de tumbarlo, o al menos la coalición, se unen diferentes intereses. Es así desde que el Gobierno arrancó y aún antes, el coronavirus ha sido el gran aliado que, quienes creen más en sus intereses que en las urnas, han encontrado para conseguir su objetivo.

La ofensiva viene por varios flancos, con mayor o menos intensidad y sutileza. Incluso cuenta con una sociedad reeducada en la banalidad para que las estrategias se filtren por ciertas zonas. Lo que está claro es que ahora sale lo que debió limpiarse y nunca se hizo. Ahora se ha abierto la Caja de Pandora, dicen algunos, y, o el Gobierno saca la basura y limpia, o nos va a sepultar. Un poder ejecutivo electo dispone de medios democráticos, luego será tarde.

Las patologías previas de España van desde quienes apostaron por un modelo económico que puso todos los huevos en la cesta del turismo y el ladrillo a la Transición que consagró tanta impunidad. Y anota en su debe ese hilo conductor de una corrupción endémica que infecta, peor que el peor virus, a estamentos y figuras esenciales. Es terrible tener que enfrentarse a este cáncer con una pandemia que ha causado miles de muertos y enfermos y un parón económico de envergadura, pero los depravados no se caracterizan precisamente por su humanidad.

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Mascarillas de Mister Wonderful

En dos meses y medio de confinamiento hemos pasado más horas en casa de las que pasaríamos en todo un año. Como esas máquinas que someten a los muebles a frenéticas pruebas de resistencia, simulando en poco tiempo las miles de veces que nos sentamos en un sillón o abrimos un cajón durante años, también nosotros les hemos pegado una buena paliza a nuestros hogares, además convertidos en oficina, colegio, gimnasio, parque infantil, cine, panadería… Normal que nuestras casas parezcan fatigadas y resentidas, y hagamos balance de daños.

En dos meses y medio se nos han roto más vasos y platos que nunca, hemos acelerado la obsolescencia de los electrodomésticos, vencido sillones que aún iban a durar años, fundido bombillas y pilas, vaciado el botellero y raído la ya de por sí raída ropa de estar por casa. Hemos deslustrado la tarima de tanto ir y venir por el pasillo.

En diez semanas de estado de alarma hemos pasado más horas con nuestros "convivientes" que en todo un año. Horas intensas, reconcentradas. Y a la vez hemos tenido a gente querida tan lejos como si fuésemos emigrantes. Nos hemos querido y nos hemos cuidado, pero también hemos discutido, nos hemos hartado, hemos agotado la paciencia y añadido gotas que colman viejos vasos, nos hemos gritado y dejado de hablar, nos hemos ofendido y acumulado malentendidos y desaires. A menudo nos hemos enfadado, con nadie, con todos. Nos hemos dicho deprimidos, hemos llorado mucho y dormido poco, reventamos de teletrabajar sentados a la misma mesa donde nuestros hijos tele-estudiaban. Vaciamos los botiquines, visitamos más que nunca la farmacia. Hemos pasado miedo y ansiedad, hemos echado de menos a otros confinados, nos moríamos por salir a la calle y no queríamos que nadie saliera a la calle.

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Ingreso mínimo vital: pros y algunos contras

Colas ante uno de los puntos de reparto de alimentos habilitados en Madrid.

Uno de los efectos colaterales más directos de la pandemia de la COVID-19 es la crisis económica. Sin embargo, existen otros efectos colaterales, uno de ellos ha sido abrir una ventana de oportunidad para realizar algunos cambios en el sistema político como, por ejemplo, la introducción del ingreso mínimo vital. Esta crisis sanitaria ha hecho emerger una transversalidad en el apoyo a esta medida: casi la totalidad de los votantes a PSOE y UP apoyan esta política pública, pero, lo sorprendente es que más de un 60% de los votantes del PP y el 50% de los votantes de Vox también lo hacen, según el CIS. Esta amplia aceptación, seguramente, ha ayudado a que esta semana se dé luz verde a esta propuesta. Ésta tiene muchos puntos positivos y algunas reticencias:

En primer lugar, esta medida puede reducir la desigualdad entre generaciones. En la crisis del 2008, aquellos que sufrieron más las consecuencias fueron los jóvenes. En tres años, los hogares encabezados por menores de 35 años perdieron un 25% de la renta, mientras que la renta de los hogares encabezados por mayores de 65 años subió un 5%, según Eurostat. El motivo de este efecto diferenciado se debe a que los jóvenes dependen principalmente de su trabajo –el cual está menos protegido por los sindicatos- y los pensionistas cuentan con una renta casi asegurada y una vivienda, en muchos casos, pagada.

Además, el estado del bienestar español redistribuye poco y, cuando lo hace, beneficia especialmente a los mayores dejando de lado a niños y jóvenes. Debido a la crisis, muchos de esos jóvenes cayeron en la pobreza y, los que tuvieron suerte, pudieron volver a casa de sus padres (en España casi un 50% de los jóvenes de 25 a 35 años vive con sus padres). No sin antes truncar el desarrollo de su vida diaria y las expectativas futuras, como tener una vida independiente y formar una nueva familia. Este ingreso mínimo vital puede acolchar el impacto negativo hacia los jóvenes, ya que se podrían beneficiar de esta ayuda. Así, puede evitar que caigan en pobreza y puedan seguir sus planes de futuro. Es importante, no solo para estos jóvenes que ya habrán sufrido las consecuencias de dos crisis en 10 años, sino para que la sociedad no pierda el potencial de toda una generación.

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