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He escrito este artículo con la mascarilla puesta

No quiero ser alarmista ni extender inquietud en la población, pero el goteo de muertes en España no cesa: seis fallecidos en los últimos dos días. Dos este martes en La Rioja, y cuatro el lunes en Álava, Madrid, Cáceres y Lugo, que se suman a otra docena de muertos la semana pasada en distintas provincias. Cifras provisionales, que siempre se acaban incrementando porque hay también varias decenas de hospitalizados, algunos en estado grave.

Los dos muertos de este martes, de 35 y 54 años, fallecieron en una empresa de la localidad riojana de Navarrete, al parecer por el derrumbe de una estructura. Un día antes, el lunes, contabilizamos un fallecido al caer desde cuatro metros de altura en la empresa de gestión de residuos de Murga; un hombre de 55 años aplastado por un pilar de hormigón en las obras de un aparcamiento en Boadilla del Monte; un electrocutado en una finca de Talaván; y un joven de 33 aplastado por un árbol mientras realizaba labores en el monte en Chantada.

Seis fallecidos que se suman a decenas de muertos en lo que va de año por caídas de altura, aplastamientos, derrumbes, tractores volcados o siniestros de tráfico. O sepultados en el vertedero de Zaldibar. En todo el año pasado, 695 fallecidos, cifra similar a la del año anterior. Dos muertos cada día.

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Piden al mundo que se prepare para una "potencial pandemia" antidemocrática

Trump y Bolsonaro se intercambian camisetas de fútbol con sus nombres

Los titulares alarmantes sobre la epidemia del coronavirus pueden servir para ilustrar la ligereza con la que se abordan amenazas mucho más graves. No, no hay organismos que alerten de la extensión del fascismo, ni "planes de contingencia" para hacerle frente, ni se aísla a los portadores, ni bajan precisamente las bolsas. Por supuesto que hay que tomarse en serio el coronavirus, pero la percepción de peligro es muy selectiva, a menudo así inducida. Los mecanismos que funcionan en nuestra mente –aquí se explican con acierto- para prevenir el contagio de enfermedades, permanecen prácticamente desactivados ante males que son raíz de muchos otros. Profundos,  desestabilizadores quizás a más largo plazo. Lo cierto es que hay una "potencial pandemia" antidemocrática, con varias sociedades ya afectadas, se extiende de una forma casi imperceptible para muchos, y gran parte de las víctimas no le prestan atención. Se exponen a las fuentes sin mascarilla.

En España, por ejemplo, el fascismo es un mal endémico. Rebrota de vez en cuando con distintas caras y estrategias. Llámese ultraderechización o defender un concepto peculiar de España, su uso de España. Abarca a mentes que tienen muy claros sus objetivos, tanto como a tibios y desinformados. A embaucados sobre todo.

España registra en este momento datos alarmantes de la pandemia reaccionaria. El golpe de mano de Pablo Casado en el PP de Euskadi, en el muy esforzado PP de Euskadi, indica la apuesta por fijar a todo el partido popular en la extrema derecha.  El nuevo candidato a lendakari, Carlos Iturgaiz, lo primero que propuso al ser designado fue: "aunar fuerzas" con Vox para hacer frente al Gobierno "fasciocomunista".  Tampoco está lejos de esa idea lo que queda de Ciudadanos y comanda Inés Arrimadas que monta números ante la prensa contra su rival dentro del partido.

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Coronavirus en España (conjetura distópica)

A finales de febrero se anuncia que el coronavirus ha entrado en la España peninsular. La noticia dispara el recelo hacia la población china. Dado que los chinos son los principales vendedores de banderas españolas, el cordón sanitario afecta gravemente a la España de los balcones, volviendo a unos niveles de patriotismo similares a los de 2009.

El virus se extiende rápidamente por Cataluña, lo que obliga a aislar el territorio. Una semana después del aislamiento, Cataluña ya se ha dotado con estructuras de Estado, tiene su propio ejército y hasta una agencia espacial. Vox exige a Sánchez que mande a la Guardia Civil, pero el 100% de los agentes juntan sus días libres y se cogen un mes de vacaciones.

Poco después, una filtración de Wikileaks revela que el coronavirus ha matado a más de mil personas en Extremadura pero nadie se había enterado. Aunque en un primer momento se atribuye al carácter discreto de los extremeños, muy de morirse sin llamar la atención, pronto se descubre que la mayoría de ellos hubiesen preferido seguir vivos.

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Sumas que restan

Casado y Arrimadas se felicitan del pacto en Euskadi

De los guionistas de "Regreso al pasado", llega ahora a las pantallas de la política "Sumas que restan". No hay más que ver los datos que maneja la demoscopia para comprobar que dos más dos no suman cuatro ni en Euskadi, ni en Galicia, ni en Cataluña, aunque Pablo Casado se empeñe en lo contrario en su afán por refundar la derecha española.

La operación Ciudadanos en Euskadi ya se ha dejado por lo pronto en el camino al líder de los populares vascos, Alfonso Alonso, que ha sido fulminado sin contemplaciones como cabeza de lista por no transigir con las directrices de Génova y rebelarse, no sólo a la entrega de varios puestos de salida para los naranjas sino a aceptar un trágala del que se enteró por la prensa y de malos modos. "Romper con un wasap de una línea una tarde de domingo no es la mejor forma ni tampoco una muestra de valentía", lamentan en el entorno de Alonso.

En realidad, la sensación en el PP vasco, pero también en el gallego y en el andaluz es que la fusión con los de Arrimadas ha sido la excusa y que el fondo de esta batalla dada por la calle Génova hay que buscarlo en el "Quo vadis?, Pablo", que es el que ha provocado una ruptura que se veía venir desde hace año y medio . La falla  se abrió cuando  Alfonso apoyó a Saénz de Santamaría frente a Casado en el último congreso nacional de los populares, se impuso la línea dura y el sector moderado empezó a dar la batalla frente a una deriva que creían suicida y que beneficiaría, como ha sido, a la ultraderecha de Vox.

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No es cierto lo que dijo el rey

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EFE

Felipe de Borbón, jefe del Estado español por herencia paterna y designación de Franco, entregó el otro día unos premios a un batiburrillo de destinatarios: estudiantes universitarios, toreros, banderilleros, ganaderos y, en el colmo del cinismo premiador, a un toro llamado Aperador, criado por los Domecq para acabar acuchillado en una plaza. Se llaman Premios Taurinos y Universitarios de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. La Wikipedia define a la entidad convocante como “organización nobiliaria de carácter cultural, que fue fundada por nobles locales en 1670”. Tales nobles, en su mayoría militares, eran aficionados a “lo ecuestre” y a las armas, es decir, a hacer el bruto a caballo; le otorgaron un carácter cultural para darle más caché a su campechanía de machos. Los premios, constituidos en 1964, pleno franquismo, se entregan en una carpa que se instala en el ruedo de la plaza de torturas de la Maestranza, propiedad de dicha organización. Para todo ello, los empresarios taurinos cuentan con la connivencia institucional de la Universidad de Sevilla y del Gobierno andaluz, sea este franquista, socialista o trifachito: en lo que tiene que ver con torturar toros manda el rey.

Felipe de Borbón no solo hizo con la entrega de esos premios una implícita apología de la tortura animal, sino que en su discurso de tan siniestra ceremonia faltó lisa y llanamente a la verdad, algo que un jefe de Estado no debe permitirse; al menos, no de manera tan descarada, con luz y taquígrafos. Dijo el monarca que “la educación y la tauromaquia contribuyen a dar cohesión a la sociedad”, obviando que la conciencia antitaurina es en España una larga y extendida tradición, y que, más allá del problema ético que comporta, la tauromaquia constituye un problema político, dado que supone la vulneración de derechos animales fundamentales (derecho a la vida y derecho a no ser torturado) y enfrenta a sus defensores y a sus detractores.

Si algo, precisamente, no genera la tauromaquia es cohesión, como se ha demostrado a lo largo de la historia. Intelectuales y artistas, personajes políticos, representantes de la iglesia católica y hasta reyes han mostrado su repugnancia por la sangrienta crueldad de la tortura taurina, como nos demuestra el historiador y periodista Juan Ignacio Codina, autor del libroPan y Toros, en su imprescindible recuperación de esa memoria, que debiera ser prescrito en los planes educativos para que nuestra historia no siguiera mutilada. Solo que la voz de esa tradición antitaurina, la de la España compasiva e ilustrada, ha sido convenientemente silenciada y reprimida por los poderes taurópatas. El problema político que supone la tauromaquia queda patente en la obcecación de esos poderes por defender lo indefendible, es decir, la violencia, y por impedir, de manera antidemocrática, que la sociedad en su conjunto manifieste esa repugnancia.

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Polarización

Varios diputados de Vox, en el Congreso.

La guerra es el escenario en el que se asume explícita y claramente que el objetivo es la eliminación del otro. Puede –y suele ser– una aniquilación física, pero no siempre. Lo importante es que la desaparición del enemigo – su eliminación social y política– pasa a ser un objetivo prioritario que justifica el uso de la fuerza. A veces eliminar al otro puede conseguirse a través de su rendición, por ejemplo cuando el enemigo acepta dejar de reclamar una identidad, un territorio o una nacionalidad, cuando acepta los términos, las fronteras o el poder legítimo del vencedor y desaparece del mapa. Lo fundamental de la cuestión es que el fin de una guerra –y, por tanto, la condición para que las guerra acaben– es que el enemigo desaparezca como tal, que deje de decir lo que dice, que deje de reclamar lo que reclama, que deje de defender lo que defiende, así todo eso pase por que deje de existir físicamente.

La política, aunque comparte muchas cosas con la guerra, debe servir para evitar las guerras. Es cierto que es un escenario donde hay "batallas", "victorias", "derrotas", "ganadores" y "perdedores", pero la política se caracteriza fundamentalmente por haber asumido el compromiso de que los conflictos sociales y la pluralidad –de identidades, ideologías o demandas– van a ser abordados sin usar la fuerza para asegurar la desaparición del otro. E insisto, no solo es un compromiso con no hacer desaparecer físicamente al adversario, sino con no hacerlo desaparecer social y políticamente, con no privarlo de su derecho a seguir diciendo lo que dice, defendiendo lo que defiende y reclamando lo que reclama. Acordamos que no vamos a matarnos, y como no vamos a matarnos, vamos a tener que pelear civilizadamente: vamos a discutir y confrontar pero vamos a convivir sin exigir que los otros dejen de existir.

Cuando en las sociedades gestionamos la pluralidad y el conflicto entendiendo que con el otro ya no hay nada que hablar y que ninguna discusión tiene sentido, cuando lo único que aceptamos es la rendición del adversario y pretendemos su desaparición social y política, entonces los adversarios empiezan a ser enemigos de guerra. En nuestro país conocemos las consecuencias del conflicto vasco y todavía hace falta defender, frente a una derecha que ha vivido políticamente de los réditos de esa guerra, que la vuelta a la paz es lo contrario de darle la espalda a Bildu en el Congreso. La paz implica el diálogo y el reconocimiento de los derechos políticos de todos los independentistas vascos que tienen el derecho a existir social y políticamente, que tienen que poder seguir diciendo lo que dicen, reclamando lo que reclaman y defendiendo lo que defienden en el marco de la política.

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Culpas y disculpas de Urkullu. Lo que se ha derrumbado en Zaldibar

Pedir disculpas por los errores cometidos es importante. E imprescindible para la sana convivencia en todos los terrenos. Pedir disculpas supone admitir las debilidades propias y saber comprender las ajenas, exige humildad para mostrarnos como somos y también la seguridad de tener la fuerza para intentar no volver a caer en el mismo error.

En el mundo de la política no es frecuente escuchar peticiones de disculpas. Más bien es muy raro. Tanto, que muy pocas veces son disculpas de verdad, sin matices que las empañen. Menos frecuente es aún que a la petición de disculpas se una la consiguiente asunción de responsabilidades de cualquier tipo.

Pues bien, una vez más –o una menos, según se mire– en Euskadi se ha perdido otra oportunidad de superar la estadística y someterse al escrutinio ciudadano e institucional, asumiendo seriamente errores y responsabilidades.

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Decodificando el veganismo

Foto: Wkimedia Commons

Llevo cierto tiempo observando un progresivo incremento en el grado de intolerancia con relación a los alimentos y las dietas. Respeto el veganismo, y, sin embargo, aparentemente una especie de "fascismo" vegano está emergiendo y, si no sigues su camino, entonces o eres tonto o simplemente cruel. Pues bien, ser intolerante es una cualidad que se asocia al fascista, ser vegano no. Esta afirmación, aunque pueda parecerte una bobada, sin embargo me permite captar tu atención y dirigir este artículo hacia la idea central del mismo, que no es otro que el análisis del impacto económico que la irrupción del veganismo podría tener en nuestra sociedad.

Pensemos por un momento, ¿cuántos recursos podríamos ahorrar en el mundo si la gente comiera menos carne? Un Informe reciente de la Oxford Martin School sobre el futuro de los alimentos estima que los cambios en las dietas podrían ahorrar hasta mil millones de dólares por año en atención médica. Para 2050 se estima que se podrían evitar 8, 1 millones de muertes al año si seguimos las pautas alimenticias veganas. Además, el mismo informe afirma que una adopción generalizada del veganismo podría reducir las emisiones de gases a la atmósfera en casi un 70%. Por otro lado, se liberarían tierras agrícolas para otros usos, ya que casi el 80% de las tierras de cultivo del mundo se dedica a la cría de animales. Una dieta basada en plantas reduciría el uso de la tierra para la agricultura en un 76%. Las cifras parecen contundentes ¿verdad? entonces ¿por qué no somos todos veganos ya?

Como persona que se preocupa por el medio ambiente y el bienestar animal, muchas veces resulta irritante observar la superioridad moral con la que una parte de los veganos manifiestan su convencimiento de ser más responsables con el medio ambiente que la mayoría omnívora. Sin embargo, y volviendo a las cifras masivas anteriormente citadas, me atrevería a decir que éstas podrían ser engañosas. Su argumento se centra en la idea de que si el sistema de producción agrícola se adaptara a un consumo vegano, se reducirían las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera y se reduciría el consumo de muchas materias primas valiosas como por ejemplo, el agua. Si bien este razonamiento en teoría resulta plausible, bajo mi punto de vista, en la práctica equivaldría a una transición económica muy costosa hacia un paradigma social completamente nuevo.

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La economía circular es el último tren

Imagen de la sede corporativa del Banco Santander en Boadilla del Monte (Madrid).

Siempre he defendido que las buenas prácticas a favor del medio ambiente y contra la crisis climática merecen ser destacadas vengan de donde vengan. El reto al que nos enfrentamos es tan serio, tan difícil de resolver que todos estamos llamados a participar: tanto a nivel colectivo como a título individual; gobiernos, ciudadanos, instituciones, organizaciones no gubernamentales y, por supuesto, empresas.

Eso no significa que no haya que mantener el espíritu crítico, por supuesto. Debemos observar la rápida evolución hacia postulados medioambientalistas que están experimentando algunas con la debida cautela. El recelo está más que justificado tras todos los desmanes que nos han traído hasta aquí. Pero eso no justifica la altivez desdeñadora que exhiben algunos.

Sería ingenuo pensar que el "EU Green Deal", el catálogo de buenas prácticas que la UE nos propone para avanzar juntos hacia una economía neutra en carbono y respetuosa el medio ambiente, ha sido aceptado por todas las empresas como hoja de ruta. No, eso no es así. Pero de igual modo es injusto negar que algo está moviéndose en el sector empresarial y que cada vez son más los avances hacia la sostenibilidad.

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No me la dejes en sombra

María Moreno pintando en su estudio. Copyright Estudio María Moreno. Fuente: web de la autora.

Leo en estos días incansablemente a Proust. Lo hago para no hacerme mayor del todo. Lo hago porque en Fun Home, Alison Bechdel dice algo así como que la madurez (léase vejez, para nosotras) comienza cuando reconoces que ya no leerás En busca del tiempo perdido. Cumplo 45 años, tengo un hijo de 18 meses, trato por todos los medios de detener el tiempo. Y lo hago, como con todo, a través de la literatura. Me levanto a las seis de la mañana, sigilosa: si por casualidad mi cachorro me llegara a oler, despídete del plan. Me hago un café, victoria, y voy leyendo de a poquito, apenas diez páginas al día, como un mantra, como una meditación, como una ladrona. Leo el primer tomo, leo el segundo tomo. Proverbial es la cantidad de leísmos de la traducción de estos primeros tomos, realizada por el poeta Pedro Salinas, al que todo se le perdona. La Recherche en castellano es a ti debida, Pedro. Autoridad. Yo sigo con mi plan, extasiada ante el genio de Proust, hasta disfrutando de las patadas leístas en el costado de la lectura. Porque las perpreta Salinas, quien escribió los versos de La voz a ti debida para Katherine R. Witmmore, mujer en sombra, de cuya existencia no supimos hasta que póstumamente pudieron leerse sus cartas de amor.

Estrenan Elena Fortún, de María Folguera, en el Centro Dramático Nacional. Otra mujer en sombra, no de la escritura, sino vitalmente –y no cuento más–, acompañada de otra ensombrecida, María de la O Lejárraga. Fortún y Lejárraga: la segunda saca de las sombras a la primera, animándola a que lleve sus escritos a la redacción de ABC, seguro que cuadran para el suplemento Blanco y Negro, incapaz ella misma de salir de la sombra alargada de las candilejas de su marido, presunto dramaturgo de renombre, Gregorio Martínez Sierra.

Muere María Moreno, no la escritora argentina, sino la pintora, la no ambiciosa, la mujer del genio, la discreta: la cantinela suena en todos los medios. La pintora de la luz. Una luz extraordinaria, espiritual y con una técnica genial. Tan necesitada de luz propia, más bien de reconocimiento, como María de la O. Solitas, en sombra. Con María se nos va la última realista, como se nos fue no hace tanto Isabel Quintanilla. O Esperanza Parada, otra obra detenida, quien seguro siguió haciendo arte, de una u otra forma, una vez aparcados los pinceles.

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