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El desalojo

Mariano Rajoy declarando como testigo en el juicio de la trama Gürtel

No hay otra opción decente. Hay un momento, en la vida de las personas, pero también de los países, en el que sólo se puede optar entre lo digno y la iniquidad. Una sociedad en la que los actos indebidos no tienen consecuencias no es merecedora de respeto puesto que es incapaz de tenérselo a sí misma. Esa es mi medida del patriotismo.

Desalojar al Partido Popular del poder es una cuestión de principios y así debe entenderse desde cualquier postura democrática y decente. Sólo es posible analizarlo de otra manera desde el punto de vista de los que entienden que aferrarse al poder es una fuerza cuya magnitud supera a cualquier otro presupuesto ético. La reacción de Rajoy, de los miembros de su partido y de algunos de sus votantes, ha sido entrar en shock. No entienden ni asumen que otra opción que no sea que ellos ostenten el poder. O yo o el caos. César o nada. Precisamente por eso no existe otra postura ética que la de entender que la situación es insostenible. Esta convicción ética y democrática se puede sostener desde cualquier punto ideológico o geográfico y eso no tiene por qué amalgamar a quienes lo ratifiquen. La decencia es, o debería ser, una patria común de los demócratas. Comulgar en la integridad, en la limpieza, en el honor no precisa de una identidad ideológica, ni siquiera hay que caerse bien. Rechazar la mierda y buscar un mínimo de higiene democrática no tiene color ni credo, ni lengua ni condición.

Para los que no entiendan la gravedad del momento que vivimos, incluso para los que no quieran dejarse engañar por los juegos de artificio demagógicos, hay que retrotraerse al camino que hemos recorrido hasta llegar a esta sentencia que prueba judicialmente lo que todos racionalmente sabíamos: que el Partido Popular mantuvo durante años un sistema institucional de desfalco de lo público para acudir dopado a las elecciones y del que se aprovecharon muchos de sus miembros para obtener un beneficio personal. Eso era lógicamente evidente desde que se descubrió la documentación que lo acreditaba y se fueron destapando periodísticamente las diversas tramas a través de las cuáles se había vertebrado el desfalco. La responsabilidad política debió sustanciarse en aquel momento. Fue el trilerismo de los populares el que consiguió lanzar la pelota de su responsabilidad al tejado de lo judicial y amarrarse al poder asumiendo que nada sería verdad hasta que no quedara probado por los tribunales. Fueron ellos mismos los que hicieron de la sacrosanta presunción de inocencia un salvavidas político para evitar las salpicaduras infames de una corrupción que nacía de su propio núcleo. Así, trampeando y esquivando los sucesivos escándalos, intentaron minimizar el impacto de esa podredumbre interna en los tribunales. No han dudado en utilizar todas las artimañas, resquicios y argucias procesales y gubernativas para intentar controlar los daños en los tribunales. Para eso era tan importante prostituir la Justicia y parasitarla durante tanto tiempo. La sentencia de Gürtel no deja de ser un milagro que ha tenido que superar los nombramientos de tribunales plagados de acólitos del PP, que fueron in extremis recusados, y la lucha para expatriar del juicio a los magistrados incómodos y todas esas cuestiones que les hemos ido contando paso a paso.

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Los cazadores se adueñan de África

Una aldea masai / Foto: 'udare.es'.

Las autoridades del Parque Nacional de los Virunga, en la República Democrática del Congo, el más antiguo y más importante de África, han informado del asesinato de otro de sus guardabosques. La víctima se llamaba Rachel Masika y tenía veinticinco años. Con ella, y solo en lo que llevamos de año, los furtivos han matado a 8 de los 26 “rangers” que trabajan en el parque.

Las noticias de agentes forestales asesinados a tiros en el interior de las reservas naturales de África no es nada nuevo. Los cazadores se han adueñado allí de la vida salvaje, ante el espanto de quienes amamos la naturaleza y la indiferencia de los que la desprecian.

El mes pasado dábamos crónica en este mismo apartado de eldiario.es de lo que está ocurriendo en los Virunga, donde quedan los últimos gorilas de montaña del planeta, con los que estamos directamente emparentados. Pero las noticias que nos llegan de África no han dejado de ir a peor.

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Maquiavelo en Sevilla

Las relaciones de poder, en un entorno determinado, reciben el nombre de relaciones políticas. Esto es así desde que Maquiavelo desvirgase a la política en nombre de la ciencia y pusiese por escrito el resultado en un manual imprescindible para todo tipo de oficios.

Con el maquiavélico motivo de consolidar dichas relaciones y de esta manera fortalecer el falso relato de la Transición en beneficio del Régimen del 78, la Fundación Cajasol ha patrocinado unos encuentros que tuvieron lugar en Sevilla, durante la pasada semana. Bajo un enunciado tan tópico como “España ¿Mito o realidad?” se dieron cita una buena cuerda de pseudointelectuales del Régimen.

No los vamos a nombrar pues para eso ya están otros medios, pero sí que vamos a advertir que no es la primera vez que se dan cita bajo el antedicho patrocinio bancario. En una anterior ocasión, el encuentro se hizo con el propósito de instrumentalizar la figura de Chaves Nogales en beneficio de “esa” derecha reconvertida en demócrata que sitúa a Chaves Nogales en una posición equidistante, entre los que agredieron y los que se defendieron de la agresión. Equidistante o ecuánime, que  suena mejor.

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Ambiciones

En su libro Mentira romántica y verdad novelesca, René Girad sostiene que Stendhal «contempla la monarquía constitucional pero no ha olvidado al Ancien Régime; ha vivido en Alemania y en Italia; ha visitado Inglaterra y está al corriente de las numerosas obras que aparecen sobre los Estados Unidos». Y se hace una pregunta fundamental: ¿por qué los hombres no son felices en el mundo moderno? «No somos felices, dice Stendhal, porque somos vanidosos.» La vanidad, según la entiende el escritor francés y lo explica Girard, afectaba a la corte y a los plebeyos; los unos intentando mantener distancia y los otros buscando integrarse a la casta, ambos a través del deseo, pulsión que articula la vanidad.

La revolución francesa no destruye la vanidad, cometido que también se traía entre manos ingenuamente, sugiere Girad, pero sí acabó con lo más importante, el derecho divino. A partir de la Restauración los monarcas acceden al trono, pero el auténtico poder está en otra parte. Stendhal, en su novela inconclusa Lucien Leuwen, señala que el auténtico poderoso es el banquero a quien, de manera paradójica, el rey imita convirtiéndose de este modo en rival de un súbdito. He aquí la decadencia, el deseo del noble no se proyecta dentro de la corte sino que desciende a la plebe. «La democracia es una vasta corte burguesa en la que los cortesanos están por todas partes y la monarquía en ninguna», afirma Girard.    

En Rojo y Negro, quizás la más famosa novela de Stendhal, su personaje principal, Julien Sorel, es republicano y ferviente admirador de Napoleón, motor de su deseo de poder y de ascensión social desde la modesta capa baja de la que proviene. Girard denominó este deseo como triangular o mimético porque se satisface siempre a través de una intermediación -el deseo de otro cuya existencia potencia el deseo personal de Sorel o bien, la posibilidad de subir posiciones en la escala social a través de las relaciones afectivas, impulsado por la potencia de la vanidad.

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Censura y convocatoria de elecciones

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Pedro Sánchez

Me imagino que Alfredo Pérez Rubalcaba se habrá arrepentido más de una vez en estos cinco últimos años de no presentar la moción de censura que anunció el 16 de julio de 2013 ante la negativa de Mariano Rajoy a comparecer en el Congreso de los Diputados tras la publicación del SMS a Bárcenas: “hacemos lo que podemos. Luis, sé fuerte”. Ante la amenaza de la moción, Mariano Rajoy acabó compareciendo el 1 de agosto en la sede del Senado, porque la del Congreso de los Diputados estaba en obras. Pero lo hizo a petición propia, definiendo, en consecuencia, el formato de la comparecencia y las condiciones en que se celebraría el debate.

En un Congreso en el que el PP tenía una mayoría absoluta abrumadora, la moción de censura no tenía posibilidad alguna de prosperar, pero sí le ofrecía al candidato socialista la oportunidad de tener la iniciativa y de disponer de tiempo ilimitado para haber dejado en el Diario de Sesiones un relato que anticipara el que acaba de hacer la Audiencia Nacional. Hubiera sido él el que habría fijado los términos del debate, en lugar de tener que acabar haciéndolo en los términos fijados por el presidente del Gobierno, que contaba además con el favor del Presidente de la Cámara. Se perdió una ocasión de oro para que hubiera un auténtico debate en sede parlamentaria sobre la trayectoria delictiva del PP, retransmitido en directo por televisiones y radios y analizado sobre la marcha por todos los medios de comunicación.

Pedro Sánchez, afortunadamente, ha formalizado la moción de censura. La reacción inmediata del Presidente del Gobierno, que no hizo acto de presencia en el día de ayer tras conocerse la sentencia de la Audiencia Nacional, es el mejor indicador del impacto de la presentación de la moción. Las palabras de Mariano Rajoy y su lenguaje corporal se interpretan por sí solas.

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El PSOE tiene ahora la mano

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Pedro Sánchez y Margarita Robles

Seguramente era una idea pensada hace tiempo. Pero sea como sea, Pedro Sánchez no tenía más opción que presentar una moción de censura contra Mariano Rajoy. No haberlo hecho tras la sentencia de la Gürtel habría confirmado la imagen de imagen de inanidad que muchos tienen del PSOE y fortalecido a quienes lo critican desde la izquierda. Pero dando ese paso, el Partido Socialista se hace, de golpe, con la iniciativa. Sin correr grandes riesgos, además. Tanto si la moción es aprobada como si no. Aparte del PP, que se hunde aún más en su abismo, el que ahora tiene la papeleta más difícil es Ciudadanos. Que puede salir escaldado de esta peripecia.

Porque si votan contra la iniciativa socialista, y por mucha inventiva que pongan para defenderlo, Albert Rivera y los suyos aparecerán como el partido que habrá permitido que Rajoy siga en el poder. Aparte de que eso resultará incomprensible para buena parte de los españoles, es que está en contra del signo de los tiempos. Y eso en política se termina pagando, aunque convenga desde el punto de vista de los plazos electorales. Ciudadanos puede perder bastante del impulso que había cobrado en los últimos tiempos. Y probablemente lo hará por no haber tenido en cuenta que su futuro no sólo dependía de erosionar al máximo al PP, contra el que ha concentrado toda su acción de los últimos meses, sino también de lo que podía hacer el PSOE, al que prácticamente ha ignorado.

Los argumentos que ha aportado el número dos de Cs, José Manuel Villegas, para justificar su “no” a la moción de censura del PSOE reflejan que en estos momentos su partido está algo más que confuso. Ha rechazado la iniciativa porque no se puede ir de la mano “con quienes quieren romper España”. Olvidándose no sólo de que eso en términos políticos no quiere decir nada, sino también que el apoyo de los independentistas catalanes sería innecesario si Ciudadanos votara afirmativamente la moción de Pedro Sánchez.

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La política en los tiempos del cólera

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy

Un partido de gobierno condenado como partícipe a título lucrativo por responsabilidad en casos de corrupción, tan solo unas horas después de la aprobación de unos presupuestos que solo se podían aprobarse con el apoyo del partido que aspira a gobernar. Otro partido en plena crisis de liderazgo por el famoso “chalet” y el cuarto en horas bajas intentando aprovechar la tempestad con una moción de censura al presidente Rajoy. La situación política y electoral no puede ser más anómala en España, por desconocida y por intrincada.

Recurro al bellísimo título de la obra de García Márquez, El Amor en los Tiempos del Cólera, por ser una obra emblemática del realismo mágico. Y porque el recurso a utilizar el estrámbotico imaginario del cine de Berlanga ya lo hemos rebasado hace mucho tiempo en este país. Ya no se trata solo de corrupción o indignación ciudadana frente a los personajes de la picaresca política que refleja tan inteligentemente la película del cineasta valenciano La Escopeta Nacional. La situación ha perdido lo humorístico que podía tener y ha pasado a ser de tragedia. El relato político español es de difícil abordaje.

El cólera es una enfermedad erradicada en la medicina, pero que si se aplicase a la política hablaríamos de una epidemia en pleno vigor, un contagio que arrasa con todo lo que toca. La política española sufre una enfermedad general de desconfianza, descrédito y falta de legitimidad. Las defensas están bajísmas y es poco probable que una anatomía tan debilitada pueda combatir semejante epidemia. Y mucho menos la fractura territorial y democrática que se desangra en Cataluña.

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Gürtel: el final de las mentiras

La Fiscalía pide una vista para decidir el futuro de Bárcenas y otros 15 condenados

La sentencia de la Audiencia Nacional que condena por primera vez en su historia al Partido Popular es el final de las mentiras. Mentiras, en primer lugar, esparcidas desde que estalló el caso Gürtel, en febrero de 2009, por la formación presidida por Mariano Rajoy, cuyo testimonio en el juicio, según los dos magistrados de la mayoría, no es “verosímil” porque el de Pontevedra negó que hubiera una caja B de dinero negro en su partido a pesar de la “contundente” prueba que demuestra su existencia.

Lo que empezó siendo “una trama contra el PP”, urdida en una cacería por el primer juez instructor, Baltasar Garzón, el exministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo y el inspector de la UDEF que dirigió la operación, Manuel Morocho, es para la Audiencia Nacional un entramado de “corrupción institucional” edificado en torno a las personas que manejaron las cuentas del PP desde su refundación en 1989: Álvaro Lapuerta, al que solo una demencia sobrevenida a sus 90 años de edad ha salvado de la condena; y Luis Bárcenas, figura “fundamental” en el amaño de contratos públicos a cambio de comisiones que acababan en las cuentas suizas en las que logró amasar más de 47 millones de euros.

La sentencia es también el final de las mentiras de Bárcenas, que impartió en el juicio lecciones magistrales sobre el tratamiento de la corteza del limón, las oportunidades de negocio que ofrece el girasol o las cualidades proteínicas de la soja para presentarse como un florido hombre de negocios que merecía todo lo bueno que le pasaba a él y a sus cuentas corrientes.

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¿Por qué los hombres deberíamos leer el libro 'La lactancia materna'?

Una mujer durmiendo junto a su bebé

Desde que fui testigo del embarazo de la madre de mi hijo, tomé conciencia de lo radical de una experiencia que yo nunca podría vivir y de la ignorancia que yo tenía, y que en gran parte sigo teniendo, sobre lo que representa gestar a un ser humano. No pude hacer otra cosa que ser acompañante cómplice y observador de lo que ella estaba viviendo, como una vez nacido nuestro hijo  lo fui de esos momentos en que se producía entre ellos una comunión cuando él se agarraba al pecho de su madre para alimentarse.  Esa imagen tan idílica no duró mucho tiempo porque el pequeño se quedaba con hambre y ella lo sufría como si le fuera la vida en ello. La madre no podía evitar sentirse culpable. Años más tarde yo entendería que sobre ella estaba cayendo todo el peso de una cultura que administra con alevosía el concepto de mala madre. Sin embargo, cuando nuestro hijo empezó a alimentarse con el biberón, todas aquellas sombras desaparecieron. Su madre recuperó la libertad y su tiempo, yo pude implicarme más en el cuidado del que apenas tenía meses. Sentí que los vínculos se hacían justamente más fuertes, más auténticos, porque procedían no tanto de lo puramente biológico sino de lo sentido.

He recordado este momento de nuestras vidas mientras que leía el recién editado libro de Beatriz Gimeno titulado La lactancia materna. Política e identidad. Al ir recorriendo todos los argumentos de un libro que no está escrito contra la lactancia sino contra la imposición de una práctica, y con ella de un determinado modelo de maternidad, no he hecho sino confirmar la pesada mochila que las mujeres arrastran en una sociedad que continúa empeñada en disciplinar su cuerpo y que, en consecuencia, acaba condicionando su mismo estatuto de ciudadanía. Es evidente, como bien explica Gimeno, que el mandato de lactancia, que en las últimas décadas ha adquirido la categoría de movimiento global, se inserta a la perfección no solo en un orden simbólico sino también en un contexto de reacción patriarcal y de neoliberalismo que incide de manera singularmente negativa en el estatuto de las mujeres. Porque, insisto, lo que la autora pone en entredicho no es la opción de dar de mamar a un hijo, sino el mandato que casi podemos calificar como moral que hace que se construya un discurso que automáticamente deslegitima a las madres que no optan por la lactancia. Un discurso que lógicamente enlaza con el mantenimiento acrítico de unos roles de género, con la conexión Mujer-Naturaleza (ahora redescubierta en un sentido incluso empoderador y hasta feminista para algunas), con las más estrictas exigencias de virtud y hasta de moralidad que siempre han condicionado a las mujeres y por supuesto con un ideal de madre vinculado al sacrificio y a la abnegación. Todo ello, no lo olvidemos, en un contexto en el que la retórica de la elección esquiva los condicionantes que derivan de los sistemas de dominación y en los que muchos sectores se posicionan alerta ante las conquistas de las vindicaciones feministas.

La lactancia materna, que bien nos indica el subtítulo es ante todo un libro sobre la identidad de las mujeres y sobre las políticas que pretenden someter sus cuerpos y capacidades a los intereses del mercado, debería ser leído con especial atención por quienes apenas sabemos nada de lo que viven nuestras compañeras cuando pasan por la experiencia de ser madres, o incluso cuando deciden no pasar por ella. Todos los hombres que con relativa frecuencia incluso nos atrevemos a construir discursos en torno a la maternidad, los cuidados o la crianza de los hijos, deberíamos empezar por leer libros como éste para ser plenamente conscientes de dónde debería ponerse el foco político. Y muy especialmente un libro como el de Beatriz Gimeno debería ser leído por todos los que están subidos al carro de las nuevas paternidades y en cuyos planteamientos parece no haber apenas espacio para la realidad de aquéllas sin las que lógicamente no podrían ser padres, ni nuevos ni viejos, ni buenos ni malos. Es decir, creo que es imposible articular un discurso, y no digamos una práctica política y social, sobre las paternidades sin previamente revisar los condicionantes que siguen convirtiendo la maternidad en una especie de trampa para nuestras compañeras. No creo que sea posible construir un nuevo modelo de padre aislado de una realidad en la que el objetivo principal debiera ser cómo encajamos la maternidad,  de la manera más respetuosa con su autonomía, en el proyecto vital de las mujeres. Ese debería ser unos de los principales ejes del debate político en torno a la igualdad, en la medida en que la maternidad sigue siendo, tanto desde el punto de vista material como meramente simbólico, uno de los principales obstáculos para que ellas puedan sentirse tan autónomas como nosotros a la hora de diseñar su itinerario de vida.

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Prioritario: Atajar la corrupción del PP y la de sus cómplices

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Mariano Rajoy recibe el aplauso de su grupo parlamentario su discurso durante el debate de investidura de Pedro Sánchez.

La sentencia de la Gürtel ha tenido consecuencias políticas. El PSOE ha cumplido lo que era ya un deber ineludible y ha estado a la altura de las circunstancias presentando una moción de censura a Mariano Rajoy. Bien encauzada, al proponer un  gobierno de Pedro Sánchez que repare algunas graves fracturas sociales, para, después, convocar elecciones. Unidos Podemos le ha ofrecido "apoyo incondicional". Los números están muy justos y obligan, en los diferentes bandos, a la flexibilidad. Es esencial extremar la atención porque el problema de la corrupción no acaba en el PP como partido.

Tenemos el país que tenemos, la sociedad que tenemos profundamente afectada por tantos años de corrupción y de mirar para otro lado. Hay infección y contagio. Muchas rémoras se arrastran y no se ve un horizonte idílico, pero  cualquier opción es mejor que vivir en este estado que ha corrompido hasta la vida diaria. Es indispensable saber que la trama viene actuando desde diversos flancos y que nuestra única esperanza es la decencia. Nada menos. Y, por tanto, desactivar la engrasada maquinaria corrupta que acompaña al PP, con información, con denuncias, apelando a la ética, a la honestidad.  

La corrupción del PP no hubiera sido posible sin todos aquellos que la apoyan. Los corruptores empresariales, los cómplices mediáticos y la propia sociedad que sustenta estas prácticas delictivas con su silencio e incluso sus votos. La sentencia de la Gürtel está sirviendo de catalizador para detectarlos con toda nitidez. Es uno de los aspectos nada secundario que acarrea la decisión judicial. Y no tienen más que ver las portadas de los diarios tradicionales para saberlo. La postura de Rajoy, sus tenebrosas amenazas, su desprecio a Pedro Sánchez priman de tal forma que la condena por corrupción parece algo irrelevante.  Una temible crisis institucional  nos  golpea y es por la moción de censura.

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