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¿De qué parte estás?

El ministro de Interior italiano, Matteo Salvini.

¿Dónde estáis? ¿Por qué os escondéis? Queridos amigos, escritores, periodistas, cantantes, bloggers, intelectuales, filósofos, dramaturgos, actores, guionistas, productores, bailarines, médicos, cocineros, estilistas, youtubers… Hoy no podemos seguir permitiéndonos ser solo esto. Hoy las personas públicas, todas las personas públicas, quienes tengan la posibilidad de hablar a una comunidad, deben sentirse en el deber de tomar posición. No tenemos elección. Hoy callar es lo mismo que decir que lo que está pasando, por mí, vale. “Cada palabra tiene consecuencias, pero cada silencio también”, dijo Sartre. Y el silencio, hoy, es un lujo que no nos podemos permitir; el silencio, hoy, resulta insoportable.

Quien durante estos meses aún no se haya manifestado (frente a quien sí lo está haciendo con valentía) calla porque sabe, como lo sé yo, que en nuestro trabajo no conviene hablar. A menudo escucho o leo: “Quien dice lo que piensa lo hace para tener visibilidad”; pero es una visibilidad que te aporta millones de insultos en las redes sociales y la desconfianza de quien debería apoyar tu trabajo porque se siente en el deber de tener que rendir cuentas con lo que afirmas. Lo que nadie se atreve a decir es que a menudo callamos para no ser conflictivos, porque tememos que lleguen menos propuestas, menos proyectos. Pero si pensamos así ya hemos perdido, porque nos hemos resignado a no estimular la reflexión y a secundar a quien cree que la realidad se puede reducir a eslóganes como 'Somos demasiado buenos', 'Radical chic', 'Tour operadores de inmigrantes', 'Cerremos los puertos', 'Un besazo','Un abrazo' y emoticones de adolescentes, frases típicas de este gobierno.

A menudo se calla porque se sabe que tomar posición supone dividir no solo al público que te sigue en las redes sociales, sino también, y sobre todo, a quien debería comprar tus libros, comprar las entradas para tus espectáculos, ir a verte al cine o no cambiar de canal cuando te ve en televisión. ¿Pero de verdad creéis que lo que está ocurriendo es aceptable? ¿Durante cuánto tiempo creéis que podréis aguantar sin expresar vuestro desacuerdo?

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Los Borbones son huesos de Franco

Al rey Juan Carlos I lo dejó puesto en España el dictador Franco. El joven venía con una mano delante y otra detrás, o sea, tapándose lo que antes se llamaban las vergüenzas de tener tan poco como para ir desnudo. Ni siquiera hablaba un español que pasara el filtro de cualquier académico de la lengua que se tome lo suyo muy en serio. Franco supuso que un personaje así podía ejercer de eslabón entre una inevitable transición política y la preservación de los intereses de las grandes familias de la oligarquía monárquica que habían apoyado el franquismo. El joven se lo tomó tan en serio como un académico el lenguaje exclusivo: se avino a simular democracia a cambio de amasar una fortuna basada en la inviolabilidad. Un negocio redondo. Compraron hasta los comunistas.

Innumerables, presuntas y millonarias comisiones después, ese rey tuvo que abdicar porque, se sabía entonces y se confirma siempre, todo lo suyo podía ser considerado como una gran estafa. Lo asombroso es que, cuando el traspiés le pilló matando elefantes en compañía de una amante dedicada a conseguir contactos y contratos, la sociedad española admitió que se retirara dejando puesto a su hijo en su anacrónico lugar. Y es ese anacronismo, contrario a cualquier sentido de igualdad, justicia y democracia, el que ahora se dirime sobre el tapete de la historia.

Que la jefatura del Estado esté representada por un Felipe VI que sigue siendo herencia franquista resulta moralmente repugnante, por lo que comporta de pervivencia del régimen fascista español: lo legitima cada privilegio que se le dispensa, cada honor que el monarca recibe. El propio Felipe ha rubricado ese franquismo concediendo el Ducado de Franco a la nieta del dictador, Carmen Martínez-Bordiú. Pero lo que repugna a una inteligencia política que se quiera mínimamente evolucionada es que el propio modelo de gobierno sea una monarquía. Un modelo blindado por una Constitución que se redactó deprisa y corriendo, marginando a los republicanos, protegiendo a quienes habían estado en la cúpula política y económica de un poder criminal y en sus brazos represores.

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Lo más pronto posible, pero no de forma inmediata

El president de la Generalitat, Quim Torra

Salvando las distancias, el debate sobre la independencia de Catalunya en el  Congreso del PDCAT celebrado este pasado fin de semana recuerda al debate sobre el “revisionismo” que se produjo en la Segunda Internacional tras la publicación del libro de Eduard Bernstein “Las premisas del Socialismo y las tareas de la Socialdemocracia”.

La independencia ocupa en la estrategia del PDCAT definida este fin de semana el lugar que el socialismo acabó ocupando en la de los partidos socialdemócratas a partir de las primeras décadas del siglo XX. Es un objetivo que hay que alcanzar, pero recorriendo un camino en el interior de las instituciones representativas del Estado, que llevará el tiempo que sea necesario. “Lo más pronto posible, pero no de manera inmediata”. Vale.

Es curioso que este debate se haya producido en un partido, el PDCAT, heredero de otro, Convergencia Democrática de Catalunya, con el que Jordi Pujol reconstruyó la opción nacionalista que representó la Lliga hasta la Guerra Civil. Convergencia ha sido, con mucha diferencia, la expresión más acabada del nacionalismo autonomista en la historia de Catalunya. No ha habido ningún partido nacionalista que tenga una ejecutoria comparable a la suya. Lo que no tiene es ejecutoria independentista.  La independencia no ha figurado en su programa político ni en sus programas electorales desde su fundación hasta prácticamente el momento previo a su disolución. En el programa para las elecciones catalanas de 2012 todavía no figuraba la independencia en la oferta que se hacía a los ciudadanos. El nacionalismo catalán que pretende articular políticamente el PDCAT carece, por tanto, de tradición independentista. Sí cuenta con una tradición muy importante de partido de gobierno dentro del sistema político configurado a partir de la entrada en vigor de la Constitución de 1978. De partido de gobierno de la Comunidad Autónoma de Catalunya y de partido de gobierno del Estado, en la medida en que su contribución ha sido decisiva para que hubiera mayoría de investidura en varias ocasiones. Una de las razones por las que la Constitución española ha tenido éxito ha sido por la aportación del nacionalismo catalán y también del vasco, pero, sobre todo, del nacionalismo catalán, a la gobernabilidad del Estado. A la inversa, el salto de la autonomía a la independencia de dicho nacionalismo ha provocado la crisis constitucional de mayor envergadura desde el comienzo de la Transición.

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El marianismo se acaba con Mariano

Mariano Rajoy

Al final, este mítico 19 Congreso extraordinario popular se redujo a un dilema más sencillo y básico de cuánto todos preveíamos. Apuntarse a la tesis maríanista de que lo importante se había hecho bien y la presencia de Pedro Sanchez en la Moncloa era un accidente, o enrolarse en la ilusión de que los votos se les habían ido por blandos y volverán cuando se recupere la pureza ideológica popular. Se impuso con claridad indiscutible la vuelta a las esencias de un Partido Popular que, históricamente, solo ha llegado a la mayoría absoluta cuando se ha apartado de ellas.

Si alguno tenía alguna duda, seguramente se le despejó al comparar la pieza magistral impartida por Mariano Rajoy la víspera y el manual sobre cómo arruinar un buen discurso aportado por Soraya en su intervención. Igual que no puede haber Franquismo sin Franco, ni Castrismo sin Castro, ni Fraguismo sin Fraga, ni Estalinismo sin Stalin, no podía haber Marianismo sin Mariano, han decidido los compromisarios con lógica aplastante. Lo más paradójico es que no les resulte contradictoria esta fe renovada en un Aznarismo sin Aznar.

En el PP parecen convencidos de haber perdido 4 millones de votos no por la corrupción o las políticas de sufrimiento masivo, sino por no agarrarse a las esencias, plantar cara a los supuestos abusos del discurso de género, defender como Dios manda a la familia o combatir la eutanasia. Y puede que tengan razón. Seguramente los millones de españoles que han pagado las políticas de deterioro, descapitalización y desmantelamiento de la sanidad, la educación, el empleo o la dependencia, no tenían otra preocupación en la cabeza que la defensa a ultranza de la libre elección educativa de la familia española o las cuotas en los consejos de administración.

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El antifeminismo de Pablo Casado

Pablo Casado, presidente del Partido Popular

Ha ganado Pablo Casado. El conciliábulo pepero lo ha ganado el trumpismo, el cinismo sin remilgos, lo antipolíticamente correcto, lo vergonzante, lo falsamente antisistémico, lo antipartidario, la política del dossier, el juego sucio y las fake news. Lo ha ganado el nacionalcatolicismo; un declarado antiabortista y antifeminista que reproduce la voz de la Iglesia Católica cuando habla de la “cultura de la vida” y la ideología de género. Y lo ha ganado Salvini y La Lega italiana, el presidente Andrzej Duda de la Ley y Justicia polaca, el Front National francés, el FPÖ austriaco y Alternativa para Alemania; la España de “los balcones y las banderas” que él visibiliza como una, grande y libre. Con Casado ha ganado el franquismo, la desmemoria y el brazo incorrupto de Santa Teresa; los que humillan a sus víctimas hablando de la guerra del abuelo, y se ríen de quienes luchan por sacar a los asesinados de las fosas, citando a Antonio Machado, un republicado confeso perseguido por los mismos a los que Casado representa.

Casado es el líder populista de extrema derecha que todos estábamos esperando y que antes quiso ser un Rivera demasiado dubitativo y oscilante como para merecer el cargo. No se sabe si los naranjas llegaron demasiado tarde o demasiado pronto. Apuntaron maneras, tuvieron intuición y acariciaron el poder, pero un ligero soplo de aire los ha situado en los márgenes parlamentarios. Jugaron mal la moción de censura, les bloqueó su particular obcecación con la cuestión catalana, y la probada resiliencia de Rajoy, que dimitió dos meses después de lo previsto, los dejó definitivamente noqueados. Tocados, aunque no hundidos, Ciudadanos podría llegar a desangrarse hoy tanto por su izquierda como por su derecha.

Hay quien piensa que a Casado le perjudica su eventual imputación judicial, pero está por ver que le imputen, ahora que es un triunfador, y está por ver que tal imputación le perjudique políticamente. Casado ha jugado ya una baza contra su propio partido usando el victimismo del “perseguido” para fortalecerse frente a sus bases. Ha bebido del casticismo marianista, de la épica sanchista y del populismo podemista. Sabe que son momentos de liderazgos fuertes, que la política es líquida, y que el partido empieza a visibilizarse como una rémora, un escondrijo de vagos y maleantes, una fuente de corrupciones y confrontaciones interminables. Y seguramente, sabrá explotar sus aprendizajes cuando llegue el momento oportuno.

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Un rasgo de vanguardia

Cuenta Quincy Jones que su debut con Frank Sinatra tuvo lugar en Mónaco en el año 1958. Fue en un show benéfico en el Sporting Club de Mónaco y entre los asistentes se encontraban los actores Cary Grant y Douglas Fairbanks Jr., el escritor William Somerset Maugham y, por supuesto, el príncipe Rainiero y su esposa, Grace Kelly. Según Jones, cuando así se lo indicaron se puso al frente de la orquesta y dio la orden de ejecutar la introducción del show.

El músico esperaba que Sinatra apareciera por un lateral del escenario, pero el cantante sorprendió a todos haciendo su entrada por la misma puerta por la que había ingresado la audiencia y comenzó a atravesar el salón lentamente, saludando a unos y a otros con toda tranquilidad, especialmente, claro está, a los príncipes anfitriones. Como marca el protocolo, al acercarse a ellos el cantante extendió su mano e inclinó la cabeza ante la Princesa de Mónaco. Acto seguido avanzó hasta la mesa de Cary Grant y, para desesperación de Quincy Jones, sacó un cigarrillo de su cigarrera y esperó a que el actor le diera fuego. Después de pegar la primera pitada y antes de seguir camino al escenario, cuenta Jones, no solo no menguó el aplauso sino que  toda la audiencia se puso de pie –príncipes incluidos. Recién al abrigo de ese fervor Sinatra llegó al escenario donde, sin soltar el cigarrillo, se puso a cantar Come fly with me.

Mucho se ha hablado y escrito sobre la vida de Grace Kelly, abundando en su intimidad, antes y después de su boda con el príncipe Rainiero, como así también sobre la estrategia que representaba ese enlace de cara a una operación de imagen del Principado de Mónaco. Pero más allá de eso, hay en ese gesto al que se obliga Sinatra, no ya frente a su excompañera de reparto en el film Alta sociedad sino frente a la Princesa Grace, un reconocimiento de que Grace Kelly no es un mal remake de la princesa Carlota Luisa Julieta, duquesa de Valentinois y madre del príncipe Rainiero III. Ha conseguido convertirse en Su Alteza Serenísima la Princesa Gracia de Mónaco ante los que más cuesta hacerlo, los suyos. Aquella noche, ante Frank Sinatra y Cary Grant.    

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Condición necesaria, pero no suficiente

Casado se toca el pecho mientras el congreso del PP le aplaude

Ayer asistimos al desenlace de la segunda moción de censura contra Mariano Rajoy. El Congreso Extraordinario que concluyó ayer fue un Congreso de desaprobación. Frente a la continuidad que representaba la candidatura de la ex vicepresidenta del Gobierno, los compromisarios del partido optaron por la discontinuidad que representaba el candidato alternativo. La presidencia de Mariano Rajoy había conducido a la parálisis tanto al sistema político español como al PP. Hace unas semanas se produjo la reacción en el Congreso de los Diputados. Ayer se produjo la reacción dentro del partido, que no podía dirigirse contra Mariano Rajoy directamente porque ya había dimitido, pero que sí tenía que dirigirse contra su “heredera”. Había que dejar atrás la época Rajoy. Era la única manera posible para el PP de situarse en condiciones de volver a hacer política. Pablo Casado lo ha resumido con una frase rotunda: “El PP HA VUELTO”. Mariano Rajoy nos había puesto en fuera de juego y si queríamos volver a competir, teníamos que dejar atrás todo aquello en lo que él, como presidente del Gobierno, se había convertido y en lo que había convertido al PP como partido de Gobierno. Él se había inhabilitado con su conducta y había esterilizado al partido. Había que poner fin a esa situación.

A diferencia de lo que ocurrió en el Congreso de los Diputados, en el partido había que agradecerle los servicios prestados, pero también había que dejar claro que se había entrado en una nueva época. De ahí el resultado tan contundente de la votación.  Al final no hubo el empate que se anticipaba, sino un resultado rotundo. Formalmente ha sido una “coalición de perdedores” la que se ha impuesto, pero materialmente no ha sido así.  De la misma manera que tampoco es una coalición de perdedores la que elige a los alcaldes, presidentes de Comunidades Autónomas o presidente del Gobierno de la Nación, que no son del PP. Pedro Sánchez es tan legítimo presidente del Gobierno como Pablo Casado presidente del PP. La democracia es la democracia. Es bueno que el PP lo aprenda, aunque estoy convencido de que volverá a las andadas.

El fin de Mariano Rajoy posibilita que se pueda hacer política. De ahí la sensación de alivio que se ha producido en la sociedad española y la sensación de alivio que se va a producir en el interior del PP. Pero los problemas de fondo con los que tiene que enfrentarse el sistema político español y con los que tiene que enfrentarse el PP continúan siendo los mismos. Ahora se puede empezar a intentar hacerles frente políticamente, que no es poco. Pero nada más. El fin de la era Rajoy era condición necesaria, pero no suficiente para resolver los problemas a los que la sociedad española, por un lado, y el PP, por otro, tienen que dar respuesta.

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Casado o el divorcio del PP

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Pablo Casado

Al día siguiente de que Rajoy anunciara que se iba y que no iba a usar de su dedazo para nombrar un sucesor, o ese mismo día, ya una ni se coloca en el tiempo, una cadena de tele me invitó a comentar “el duelo entre Cospedal y Soraya” que se avecinaba para alcanzar el máximo poder. “No desestiméis que se cuele un tercero, un hombre”, afirmé.

No lo hice porque en aquel momento supiera el potencial de respaldos que tenía Casado sino porque tenía serias dudas de que el Partido Popular fuera a ser el caldo de cultivo para hacer saltar el techo de cristal que sigue separando a una mujer del liderazgo de un partido con posibilidades de llegar al Gobierno. Siempre pensé que para Rajoy era muy cómodo mantener a dos mujeres que le sacaran las castañas del fuego en el segundo nivel, que le fueran fieles y no pensaran en hacerle la cama, y que estuvieran enfrentadas entre ellas para que así se controlaran la una a la otra y le fueran con el cuento al jefe, o sea a él. Un hombre ha sido elegido para liderar el PP y, échense encima los que deseen, así las cosas, se mantienen como estaban. El techo de cristal no es algo consciente ni palpable ni racional, es simplemente el fenómeno por el que se sigue confiando más en un hombre que en una mujer para determinadas posiciones de poder o responsabilidad y nada tiene que ver con la preparación o capacidad. No sé muy bien como ahora ese compañero periodista, forofo del PP de antaño, tan amigo de restregarnos lo preparados y lo opositados que estaban todos, va a defender el triunfo meritocrático del chico al que le costó 14 años sacarse la carrera de Derecho, y eso con toda la sospecha de que no lo hizo en buena lid, contra las abogadas del Estado. Casado completa así el cuarteto de líderes políticos del cambio generacional que sigue sin ser un cambio general, de género me refiero. Ya tenemos los destinos políticos de España copados por los treintañeros, a excepción del presidente del Gobierno que ya calza los cuarenta y, sin embargo, ninguna mujer se ha abierto paso en la primerísima fila del poder. Y no olvidemos que los cuadros orgánicos han rectificado la decisión de los militantes no sabemos si forzando un divorcio con muchos de sus votantes. Cosas.

El triunfo del muchacho que Rajoy llamó para darle un toque de juventud y modernidad al PP -ya ven la modernidad de las ideas del joven- puede que sea muy bueno para los ánimos de los militantes y cuadros del partido -a la fuerza ahorcan- pero aún queda por demostrar que sea capaz de devolverles el poder, que es lo que en último extremo ansían. Casado puede suponer el divorcio final en la gran obra de reunificación de la derecha llevada a cabo por Aznar, puesto que es una solución pastiche para una llaga que la formación lleva muy dentro. El nuevo líder no es la regeneración -véase la fotografía de la comida final- ni la ruptura con el PP anterior sino el engranaje con el PP que Rajoy había intentado soslayar y orillar cuando las cosas se pusieron realmente feas. Cospedal se va y deja a sus fieles con Casado y es muy posible que Soraya tenga que ir desfilando más pronto que tarde porque las hostilidades eran de tan alto grado que sus seguidores necesitarán su marcha para poder cambiarse de chaqueta con cierta holgura. Eso o se queda y sigue la lucha sin cuartel, pero en un partido con la estructura del PP eso es muy complicado.

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Proyecto oso pardo: Pirineos, tenemos un problema

La recuperación y reintroducción de especies amenazadas, sobre todo cuando se trata de grandes carnívoros, requiere trabajar en estrecha colaboración con el territorio, alcanzar el mayor consenso y mostrar una gran capacidad de reacción ante el más mínimo conflicto.

Por todo ello, en ocasiones, la mejor manera de seguir avanzando es dar un paso atrás. Y eso es lo que se disponen a hacer los responsables del proyecto de reintroducción del oso pardo en Pirineos. Retirar a uno de los ejemplares liberados para reforzar su presencia en la cordillera.

El oso pardo tiene una alta capacidad de convivencia con la población rural. Con una dieta mayoritariamente vegetariana, en contadas ocasiones entra en conflicto con los pastores y ganaderos. Por supuesto que se producen ataques al ganado, pero muy esporádicos: alguna oveja, una vaca. Daños que son debidamente compensados por la administración. Tampoco entra en competencia con los cazadores, pues es más carroñero que predador.

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La diversidad y sus trampantojos

El escritor y periodista Daniel Bernabé.

Ser de izquierdas no consiste en ponerse una camiseta del Che y evitar el jabón hasta que le huelan a uno los sobacos. No. Porque ser de izquierdas no consiste en desprender mal olor, ni tampoco en la simpleza de una pose, sino en algo más profundo, tanto como cultivar la conciencia crítica para no perder la disidencia frente a los postulados de la economía clásica que cimientan el neoliberalismo.

Sobre todo lo demás, ser de izquierdas es mantener el pensamiento discursivo alerta, frente a las trampas del sistema, y eso es lo que parece no despertar mucha simpatía entre esa izquierda que nunca fue verdadera izquierda y que mercantilizó la política para canjear votos a cambio de dinero en el mercado de las falsas promesas. 

En estos días de operaciones cosméticas, hay un libro que lo está petando. Se titula 'La trampa de la diversidad' y su autor es Daniel Bernabé, oriundo de Fuenlabrada y que denuncia la promiscuidad de un sistema que es capaz de asumir la diversidad identitaria que haga falta para seguir manteniendo las estructuras rígidas que lo cimientan. La finalidad del sistema no es otra  que la de conseguir que  los más simples paguen por ello, es decir que voten para mantenerlo.

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