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Pablo Soto y el estándar de lo aceptable

Concentración durante el 8M en la Puerta del Sol de Madrid.

Las mujeres estamos rompiendo el silencio. Llevamos ya varios años usando esa expresión –romper el silencio para dar nombre a este momento histórico en el que las mujeres masivamente estamos poniendo palabras y contando nuestras experiencias de machismo cotidiano y, también, de acoso y violencia sexual. Estamos, al fin y al cabo, haciendo relato público de una parte importante de nuestra vida.

Por no contarlo, a veces no nos lo habíamos contado ni a nosotras mismas. Guardábamos para nuestros adentros los malestares. La vez que te encontraste con un hombre masturbándose detrás de un coche o que un compañero te manoseó o la noche en la que accediste a tener sexo de una determinada manera que no deseabas pero ante la que no viste escapatoria.

Más allá del grito necesario, este romper el silencio tiene consecuencias. Primero, porque a veces no es hasta que cuentas y compartes que no comprendes lo que has vivido. Así que andamos en un proceso de toma de conciencia colectiva, pero también de rabia conjunta. No queremos vivir más así. Queremos que la política o la justicia pase por las vidas de las mujeres, escuche, entienda y actúe en consecuencia.

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Veinte segundos para no morir

Día Mundial de la Higiene de Manos

El jabón tiene una índole curiosa. Sus moléculas son antagonistas aparentes: unas le huyen al agua y se pegotean a la grasa. A las otras les gusta el agua más que a un pato. Esa naturaleza compleja hace que una sola cosa disuelva la grasa y luego la escurra de la piel, tejido o metal en la que está pegada. Fácil. ¿Fácil?

Los seres humanos sabían hacer jabón por lo menos 2.800 años a.C. Un cilindro babilónico de arcilla traía la receta básica: hervir grasas con cenizas. El cuento no venía completo, porque el cilindro no explicaba para qué usaban aquello. Pero se sabe.

Teníamos jabón. Le debemos la vida al agua. Y al ser humano no se le ocurría que era una buena idea lavarse las manos que manipulan artefactos que quién sabe en qué otras manos anduvieron, tocan tierra, llevan comida a la boca, frotan labios, estrujan tejidos, secan sudores febriles, se empapan con las babas de los niños…

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Así habló, no Zaratustra, sino Sánchez

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Pedro Sánchez, tras su declaración institucional sin preguntas tras conocerse la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés.

Respeto y acatamiento, que "significa el íntegro cumplimiento de la sentencia" del Tribunal Supremo sobre el procés. Así habló, no Zaratustra, sino Pedro Sánchez, nada más conocer la decisión del Supremo sobre el futuro penitenciario de los líderes del independentismo. "Nadie está por encima de la ley y todos estamos obligados a su cumplimiento", añadió. Solemnizar lo obvio sin admitir preguntas. Una de ellas pudo haber sido si al decir "cumplimiento íntegro de la sentencia" quería decir o no cumplimiento íntegro de las penas. No hubo ocasión. 

Todo indica, como ha declarado a eldiario.es Diego López Garrido, el ponente del delito de rebelión en el Código Penal, que los condenados no estarán mucho tiempo en prisión porque las penas impuestas permiten flexibilizar el régimen penitenciario cuando hayan cumplido una cuarta parte de la condena. Los Jordis están a punto de hacerlo y Junqueras podrá hacerlo en menos de año y medio. Es la ley. 

Pero ante una sentencia histórica que llega a las puertas de unas elecciones, el presidente en funciones, que ahora se prodiga tanto en los medios, sólo quiso comparecer en esta ocasión para alabar el trabajo del Alto Tribunal y destacar algunos principios de la Constitución: la igualdad entre ciudadanos, la diversidad territorial, la inviolabilidad del territorio y la defensa de la soberanía nacional. Impecable alocución. 

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El Supremo abandona la ficción

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Manuel Marchena, durante una sesión del juicio.

"¿Qué significa castigar y quién tiene poder para hacerlo? Alguien lo formula, pasa la consigna, la maquinaria te atrapa, te destroza: castigo"

A vuela pluma se pide un análisis de una sentencia de casi 500 folios. Aun así la aproximación primera a la resolución del Tribunal Supremo deja claro que el tribunal ha decidido cambiar de género y pasar de la ficción a la crónica, al menos en los hechos probados. La lectura atenta de los mismos se parece mucho más a la crónica que pudimos hacer aquellos días que a la fábula recopilada en la querella de Maza y continuada después por la Fiscalía del Tribunal Supremo, con el apoyo de la fiscal general, y del juez Llarena.

No era un misterio que esa rebelión que se remontaba a 2015 y de la que no se había dado cuenta ni el presidente del Gobierno era una construcción muy útil para conseguir varios objetivos que se consideraron prioritarios desde un punto de vista lejano al Derecho Penal y que no eran otros que mantener en prisión a los líderes catalanes, atraer la competencia a los órganos centrales y, por último, conseguir su inhabilitación aplicando el artículo que se refiere a los procesados "terroristas y rebeldes". Con lo que el Tribunal Supremo da ahora por probado, casi todo ese andamiaje hubiera sido mucho más complejo de construir. Era pues un andamiaje más represivo que jurídico. Ya lo fuimos avanzando desde el principio en incontables columnas en este medio, baste El difícil camino de la razón, como ejemplo. Que no había un delito de rebelión era tan de sentido común que muchos juristas salieron en tromba contra el despropósito útil al Estado pero poco útil al Estado de Derecho.

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La farola y el paracaidista

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El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez

Vaya por delante mi aprecio y mi respeto al cabo primero que tuvo la mala suerte de chocar contra una farola de la Castellana, mientras intentaba llevar la bandera de España ante el palco de autoridades, en el desfile del 12 de octubre. Ni me alegro de la desgracia, ni creo que nadie pueda reprocharle nada. Pero, sin querer y contra su voluntad, nos ha proporcionado una metáfora tan simple y poderosa sobre qué está pasando hoy por aquí que sería hasta impropio renunciar a emplearla. A fin de cuentas, que al menos la desgracia sirva para aprender algo, como solemos decir siempre para consolarnos.

Empieza la semana fantástica de esta campaña. La semana donde todos tienen depositadas sus esperanzas para lanzar la escapada definitiva que deje atrás a sus competidores. La sentencia del procés llegará aguardada por unos como la ocasión soñada para presentarse ante los votantes como el verdadero y original paladín del constitucionalismo, presto a batirse en duelo con firmeza y prestancia frente a los taimados independentistas. Otros la esperan como la cornucopia de abundancia que pondrá fin a las penurias de división, cansancio y desmovilización que les abruman desde hace meses. 

Deberían andarse todos con cuidado. No vayan a esnafrarse contra miles de votantes hartos de verse tratados como farolas, a las cuales se enciende y apaga o se cambia de sitio a conveniencia de unos y otros. Rara vez se ve venir el hartazgo civil. Lo normal es tropezarse con él.

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Vandalismo intelectual

Vivimos días de especial convulsión. Todo parece haber coincidido para complicar aún más el espíritu de convivencia cordial que algunos echamos de menos. No se trata de caer en el buenismo simplista. Es puro pragmatismo. Se solucionan mucho mejor los problemas mediante el acuerdo que mediante el conflicto. Así pues, lo más útil que podríamos hacer es desterrar la imposición unilateral de nuestras ideas como norma de conducta. Todo acuerdo necesita entender y aceptar las razones de aquellos que piensan distinto a nosotros.

Peter Ditto, profesor de la UCI (University California Irvine), mantiene una interesante teoría respecto a la capacidad de la gente para entenderse en el debate público. Según su planteamiento, el problema es que creemos que pensamos como científicos, cuando en realidad lo hacemos como abogados. La diferencia es muy significativa. Un científico no prejuzga. Analiza los datos en su laboratorio y según lo que descubra, obtiene una conclusión. Un abogado actúa a la inversa. Parte de la conclusión a la que tiene que llegar y se dedica a buscar argumentos que la respalden. Aquí surge el error. Amontonamos juicios supuestamente presentados como argumentos políticos con la única pretensión de reforzar aquello que pensamos de antemano.

En Estados Unidos, se considera que el nivel de polarización actual es el más alto desde la Guerra de Secesión, que terminó en 1865. Apenas hay territorio compartido entre republicanos y demócratas. Recientes estudios del Pew Research Institute concluyen que "si la campaña electoral de 2016 se desarrolló en un contexto de intensa división partidista y animosidad, hoy los sentimientos negativos entre los seguidores de los partidos se han profundizado respecto a los de la formación contraria". Una de sus últimas investigaciones pone de manifiesto que el 55% de los republicanos califica como personas inmorales a los demócratas. Por su parte, un 47% de los demócratas opinan lo mismo a la inversa. Estos índices han subido alrededor de 10 puntos en los últimos tres años, desde la llegada de Trump a la presidencia.

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Mi 1 de octubre a pesar de la sentencia

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La Guardia Civil requisa material electoral en la votación del 1-0 en Catalunya.

He esperado unos días. Quería contar un 1 de octubre tranquilo y he esperado porque tienen preferencia (ética) quienes vivieron y/o padecieron en Catalunya una violencia que todavía hoy sigue siendo inexplicable. Y porque en Catalunya y seguro que en muchos otros lugares del Estado estamos aguantando el aire hasta que salga la sentencia. Y eso a pesar de que tantos presos, presas y juicios después seguimos sin saber quién dio la orden de machacar a una ciudadanía pacífica (ahora ya, se mire por donde se mire, este es un hecho innegable) que había decidido ejercer su derecho a voto en un referéndum.

Se podría esgrimir (y se esgrime) que es ilegal convocar un referéndum pero en cambio nadie puede culparnos por haber participado en él. Yo voté el 1 de octubre, junto a mi hija, mi madre y mi abuela: cuatro generaciones de mujeres. Y voté en un ambiente festivo, tranquilo, rural, bonito, cordial y alegre.

Y después he esperado unos días más. Porque estamos todas y todos conteniendo el aire hasta que salga la sentencia. Las presas y los presos podrían pasar 15 años en prisión y en Catalunya esta es una losa que nos oprime. Hace días que en las redacciones, las radios y las calles no hablamos de otra cosa. Y hay gente mayor que no quiere ver la tele, me dicen, tienen miedo.

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Maldito veroño

El autor buscando setas en un bosque de los Pirineos

La crisis climática se está manifestando también en la pérdida de esas pequeñas cosas que nos han unido desde siempre a la naturaleza. Como la de ir a buscar setas.

Escribo estas líneas recién llegado del bosque, con la cesta vacía y el ánimo afligido. Un paseo perturbador en esta nueva otoñada fallida, como las anteriores, trasfiguradas en eso que algunos llaman ocurrentemente 'veroño', aunque a decir verdad maldita sea la gracia.

El bosque del que les hablo es un frondoso y húmedo pinar del Prepirineo catalán, al que suelo acudir cada año por estas fechas para recolectar nízcalos y rebozuelos: Siempre desde el máximo respeto al entorno, sin afán acaparador, disfrutando en la naturaleza y marchándome sin dejar rastro.

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Este Estado crea su odio

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Cargas en calle Sardenya con Diputació a la salida del colegio Ramon Llull (Robert Bonet)

El poder se ejerce por las buenas o por las malas y el modo de ejercerlo tiene consecuencias distintas: afección o rechazo, afecto u odio. Este Estado fue fundado por los militares rebeldes y tuvo su primera capital en Burgos, pero tuvo una inflexión cuando Franco diseñó su sucesión y los cambios para adaptarse a su contexto político, la integración en la OTAN y el Mercado Común.

La Transición se hizo con algunos pactos tutelados por la Monarquía y el Ejército, en los que se integró la Catalunya de "Llibertat, amnistia i estatut d'autonomia" y garantizó la continuidad de las estructuras profundas del Estado y de la economía pero también abrieron aire, dieron juego social y permitieron aliviar presión, excepto en el País Vasco, donde la respuesta al régimen militar fue también una respuesta militar que no podía vencer a un Estado y prolongó la violencia, asesinatos, cárcel y tortura.

Finalmente hemos llegado aquí, este Estado sólo tiene la respuesta de la violencia para las reclamaciones democráticas de la mayor parte de la población en Catalunya. Porque su reclamación de votar en un referéndum catalán es ampliamente mayoritaria como acreditan encuestas y la misma composición de su parlamento y además es democrática, porque con independencia de que tenga efecto legal o no, la acción de votar nunca puede ser delito bajo un Estado democrático.

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Reflexiones de una mujer española sobre un paracaidista colgado de una farola

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El paracaidista colgado en la farola durante el desfile de las Fuerzas Armadas.

Nadie esperaba que el pasado sábado 12 de octubre, Día de la Fiesta Nacional de España, durante el desfile militar que desplegaba su solemne parafernalia ante reyes y princesas vitalicios y presidentes y ministros en funciones, se produjera un acto de psicomagia propio de Jodorowsky. Un paracaidista descendía hacia el palco real, surcando, con patriota pericia, un cielo tan nublado como el horizonte político del Estado. No era un paracaidista más, sino el que portaba, apretándola con reciedumbre también patriota entre sus piernas, la enorme bandera rojigualda que habría de aterrizar –retórica como un símbolo, abstracta como una patria, ella misma una y grande, firme como una sentencia– ante la complacencia del poder español, dispuesto con sus mejores galas a la icónica exaltación.

El paracaidista hizo un giro con el que rubricaría su acrobacia maná y, como si hubiera sido arrastrado por un súbito viento tramontano, se comió una farola. El patriota quedó colgando de aquel poste, enredado en la bandera. Y la bandera quedó colgando del patriota, como un guiñapo. Si la psicomagia sirve, dice Jodorowsky, para desbloquear traumas, y convenimos en que el españolismo está ejerciendo un bloqueo que es traumático, el leñazo contra la farola es psicomagia en estado puro.

Vaya por delante que no soy de las que se ríen con las caídas, chowues y tropezones ajenos. Nunca me han hecho gracia esas escenas tan populares, reales o ficticias, en las que la gente sufre esa clase de pequeñas humillaciones que, por otra parte, nos hacen por segundos tan humanos. Ni siquiera me gusta ese Charlot ni mucho menos el humor amarillo, aunque adoré en la infancia a aquel cegato Rompetechos de los tebeos de Ibáñez (que hablaba, por cierto, con farolas a las que confundía con policías, en aquel entonces, franquistas). Creo que son residuos de mi educación cristiana y reivindico esa compasión: sentí empatía por el cabo primero Luis Fernando Pozo.

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