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Lesmes, en el corazón de las tinieblas

"Crear una fachada(...) en la que el estratega pueda maniobrar sin ser visto mientras todos los ojos están entrenados para ver las cosas conocidas y obvias"

Thomas Cleary. El arte japonés de la guerra

La imagen del trilero de la calle Sierpes está bien solidificada en los mitos de la democracia española. Ya todos saben. Lo que es más costoso es darse cuenta de que no fue uno, ni serán dos, sino que la vida pública y los poderes del Estado están agusanados de trileros y de banderías.

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Putas de raza

Imagen de los galardones de los XXXVI Premios Rey de España y el XV premio de periodismo Don Quijote, convocados por la Agencia EFE y la Aecid, en la Casa de América

La labor del periodista es la de informar al pueblo. Así de fácil o de complejo es el asunto.  Lo que sucede es que la mayoría de las veces, los periodistas que se presentan como tales ejercen de voceros del Capital. Su labor desinformativa la justifican denominándose a sí mismos “mercenarios”. Lo peor es que, además, se sienten orgullosos con tal denominación, situándose más cerca de una lumi esquinera que del verdadero oficio periodístico.

He de confesar que desde siempre, es decir, desde mi más tierna infancia, quise ser periodista. Cuando era un micurria pleno de inocencia, admiraba a mis mayores en este oficio. Luego, cuando conocí a algunos en persona, se me fueron cayendo mitos y de las ruinas surgió el desprecio. Pero cuando todavía era inocente, escuchaba por radio la descarga de una tormenta  sobre un barco en alta mar y me la creía, de igual manera que veneraba a los reporteros de guerra cuando los veía por televisión jugarse la vida entre sacos terreros, mientras las balas silbaban a un lado y a otro de las trincheras. Por decir no quede, que tenía en un altar a los columnistas de la última página de los diarios.

Con el tiempo y una caña, supe que la tormenta en alta mar era más falsa que una escopeta de feria, como también supe que el reportero de guerra daba la noticia del conflicto bélico delante de un decorado de cartón piedra, y que el columnista de la última página era capaz de venderte por un plato de lentejas. Conocí a algunos, ya digo. Sé de lo que hablo y, desde que se me cayeron los mitos, cada vez que hundo tecla lo hago convencido de que no seguiré los pasos despreciables de algunos de mis mayores, de esos que se dicen mercenarios y  que han conseguido hacer del periodismo una profesión de putas.

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Votar en las europeas para proteger el medio ambiente

Quienes amamos la naturaleza, cuidamos el medio ambiente y defendemos a los animales necesitamos a Europa más que nunca. Y Europa, la Europa reverdecida, la Europa limpia y sana, la Europa renovable y sostenible, nos necesita como nunca. Por eso, para salvarnos y para salvarla, debemos votar en las elecciones al Parlamento Europeo del próximo domingo.

La UE ha sido la lancha salvavidas del Arca de Noé española. Más allá de impulsar la transformación territorial, social, política y económica de nuestro país, nuestra adhesión supuso un auténtico revulsivo para avanzar en la conservación de la naturaleza y la mejora del medio ambiente.

Las instituciones europeas prestan una atención especial al cuidado del entorno, exigiendo a los estados miembros que adapten a su legislación las ambiciosas directivas al respecto. Por eso es tan importante participar en las elecciones al Europarlamento. Unas elecciones que van a resultar trascendentales para fortalecer el compromiso europeo con el medio ambiente o retroceder a las cavernas del desarrollismo inconsciente y suicida.    

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Mientras tanto

El 5G proveerá una velocidad de navegación 40 veces más rápida.

La cultura digital ha cambiado no solo hábitos, costumbres y formas de relación, sino las coordenadas del espacio y del tiempo. El escenario virtual se confunde con el real del mismo modo que un banco ensambla la gestión en red con la sucursal de ladrillo, al igual que el papel de los periódicos es un accesorio, un complemento; su versión digital es la nave nodriza. Lo temporal abona esta circunstancia, ya que el Internet de las cosas se puede interpretar como el tiempo de las cosas: a través de la voz o el teclado se sirve, a voluntad, cualquier pedido en el acto.

Cuando se habla de la abdicación de la política frente al capitalismo financiarizado que ejerce la gobernanza global, reclamando ideas y propuestas para la recuperación del mando, tal vez se obvie que los grandes programas, revolucionarios o no, desde Marx a Keynes, son procesos de un lento destilado y que poco tienen que ver con las herramientas tecnológicas y su desarrollo. La comparación lleva a pensar en competencia desleal. No se le puede pedir al buscador de Google un programa económico y social de cambio.

La nueva generación de comunicación móvil 5G, ya en marcha, proveerá una navegación cuarenta veces más rápida y vislumbra, como anticipa Manuel Castells, una nueva economía ya que pasaremos de unos 1.600 millones de objetos y máquinas conectados según el registro de 2014 a unos 20.000 millones en 2020.

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El cambio es posible. Pero hay que hacerlo bien

El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, interviene en un mitín del partido en la plaza Pilar Nuevo de Las Palmas de Gran Canaria

Faltan detalles importantes. Algunos se aclararán tras las elecciones municipales y autonómicas. Otros en las negociaciones que empezarán el mismo 27 de mayo y que continuarán tras el 1 de julio, fecha anunciada para la investidura. Pero ya hay pocas dudas de que Pedro Sánchez será presidente. Lo que vendrá después no es tan previsible. Porque habrá llegado el momento de las reformas. No sólo las necesarias para abordar la crisis catalana, que seguramente se aplazarán un tiempo, sino, sobre todo, las que habrá que hacer para atender a la demanda social de cambio y a la necesaria puesta al día del país para superar definitivamente la crisis. Y sobre eso las cosas no están tan claras.

La lista es larga. Y tan importante como los asuntos que forman parte de ella es el orden en que serán afrontados. Ya no se tratará de anunciar cosas con el fin de atraer votos, que es lo que viene ocurriendo desde hace casi cinco años, sino de aprobar medidas que provoquen efectos reales, que funcionen. No es lo mismo empezar cambiando la reforma laboral de Rajoy que mejorando las condiciones financieras y de funcionamiento de las empresas, particularmente de las menos poderosas que son las que más gente emplean, para que éstas puedan asumir esos cambios y empezar a reducir la precariedad.

Y como esa, otras muchas disyuntivas en la que es preciso que el gobierno acierte. Evitando, al tiempo, que su actuación provoque una contestación social que podría terminar arruinando su gestión. Ese riesgo siempre existe y más cuando se han generado muchas expectativas sociales. Pedro Sánchez tendrá que tener mucho cuidado en sus relaciones con los sindicatos que tras un largo tiempo de casi ostracismo vuelven al primer plano de la política. No porque ahora sean tan poderosos como hace 20 o 25 años. Sino porque su eventual rechazo a lo que venga de La Moncloa puede tener un efecto multiplicador. El gobierno socialista tendrá que ser muy fino, no podrá cometer errores. ¿Ha meditado el PSOE un plan para actuar en ese contexto?

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Un PP en ruina y demolición

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Pablo Casado con candidatos del PP Madrid

Es de imaginar la escena. El patriarca de la familia de rancio abolengo –alta cuna, baja cama, diría Cecilia– reúne a sus miembros y, con gesto circunspecto, expone la situación de quiebra. "Andrea, tienes que dejar el escaño. Hay que repartir lo poco que queda, y José Ignacio y Mari Mar necesitan un sueldo". El drama del PP es que la lucha ya no es siquiera por el poder sino por las gachas de cada día. O el jamón "pata negra", entendámonos. El Partido Popular ha obtenido solo 66 diputados –la mayor debacle de su historia–, perdiendo 68 respecto a 2016 en el Congreso. En el Senado se han dejado 74 escaños, 74 sueldos menos. Más otros cargos que se derivaban de ellos. Demasiado ERE de golpe. En dinero son 257.430 euros al mes en ayudas públicas para, entre otras cosas, pagar a sus 451 empleados. 

La pérdida de tanto poder implica que ya no hay puertas giratorias para todos. No todos pueden colocarse bien y menos con el futuro que se les avecina. El economista Daniel Lacalle, que ha renunciado a su escaño, tiene la vida resuelta en sus muchos empleos y asesorías. Iba para ministro de Economía y sentarse en una silla del Congreso no es lo mismo. Mari Mar Blanco, que quedó fuera, no encontraría, en cambio, nada mejor. Y Echániz, el consejero de Sanidad de Cospedal que desmembró la pública en Castilla-La Mancha, es muy querido en la casa y tenía un asunto pendiente de sus tiempos en el gobierno de Gallardón en Madrid. El acta de diputado le libraría, de momento, de ser imputado en la Operación Lezo. Para ello iba en el puesto número 8 por Madrid, nadie pensaba que no fuera a salir.

Andrea Levy sacrifica su carrera ascendente. Su puesto como concejala de Madrid está asegurado al ir en el número 2 para apoyar la liviana candidatura de Martínez Almeida y le hacen dejar el acta de diputada en el Congreso. Levy es una política fiel al partido, sin reparar en nada. Le pidió Rajoy ir a apoyar la reelección de Baltar en Ourense y allí se plantó pese a un turbio asunto que podríamos denominar sexual y laboral del cacique gallego.   

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El incidente Iceta

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Miquel Iceta en el Parlament de Catalunya.

El Presidente del Gobierno ha salido razonablemente bien parado de lo que podríamos denominar el "incidente Iceta". Desde la perspectiva de las elecciones del 26 de mayo sin duda. Desde la perspectiva de seguir manteniendo viva la estrategia que intentaba poner en marcha con la propuesta de Miquel Iceta como presidente del Senado, también. Manuel Cruz no es Miquel Iceta, pero su perfil es muy adecuado para que intente hacer lo que se esperaba que Miquel Iceta hiciera. Es una persona muy solvente profesionalmente y no se le conocen aristas que dificulten su interlocución con nadie que esté dispuesto a dialogar. Su trayectoria política representativa es breve y no hay en ella ningún error de bulto del que se le pueda hacer responsable. Va a dirigir la Cámara con mayoría absoluta del partido que le ha designado, lo que facilitará su gestión. En pocas palabras: el incidente Iceta se ha cerrado sin coste aparente para el Presidente del Gobierno y su partido. La recepción que ha tenido su propuesta de nombramiento de Manuel Cruz así parece acreditarlo.

Parecería, en consecuencia, que, en contra de lo que pareció en un primer momento, la negativa del Parlament a ratificar el nombramiento de Miquel Iceta como senador, quedará como una nota a pie de página de la crónica del comienzo de la legislatura que se acaba de abrir el 28-A. Lo que pudo parecer que iba a ser el origen de una crisis importante, que podía, además, prolongarse en el tiempo, se ha resuelto en un par de días. La víctima del incidente ha contribuido con su elegante aceptación de la propuesta de Manuel Cruz como Presidente del Senado, a que se pase página de manera serena.

Tengo la impresión, sin embargo, de que no ha sido el "incidente Iceta", que se ha quedado en un mero incidente, sino la coalición negativa que lo hizo posible la que va a seguir presente y va a embarrar el terreno de juego político a lo largo de la legislatura de manera no fácilmente manejable. La coalición negativa del "incidente Iceta" es la misma coalición negativa del rechazo del Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado, que obligó a Pedro Sánchez a disolver las Cortes Generales y convocar las elecciones del 28-A. La nueva legislatura empieza, pues, exactamente igual que acabó la legislatura pasada. Y aunque la relación de fuerzas en el interior de las Cortes Generales no es la misma que la de la legislatura pasada, hay un punto en el que sí hay continuidad. La izquierda española no puede dirigir establemente el país sin el concurso de los nacionalismos y, singularmente, sin el concurso del nacionalismo catalán.

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El juicio que lo contamina todo

La legislatura comienza como acabó. Con el Gobierno socialista atrapado entre las tres derechas, que le atribuyen pactos ocultos con los independentistas, y los socios catalanes de la moción de censura compitiendo en radicalismo, afeando a Pedro Sánchez y Miquel Iceta que formaran parte del bloque del 155 y reclamándoles interferencias políticas en el juicio del procés que saben que son imposibles de cumplir.

A pesar de la derrota en las urnas de los apóstoles de la crispación y del frenazo a las expectativas de la extrema derecha, nada parece haber cambiado con respecto a Catalunya y nada parece que cambiará en el corto plazo. Al menos hasta que se celebren las elecciones europeas y municipales del próximo 26 de mayo y hasta que, a mediados de junio, con la Fiscalía lanzada para mantener la acusación por rebelión, el Supremo deje visto para sentencia el juicio, que se ha enrarecido esta semana con la declaración de testigos más proclives a expresar sus opiniones políticas que a esclarecer los hechos que se juzgan.

La vista oral, que afronta este próximo mes su fase definitiva con la práctica de la prueba pericial y documental y la presentación de los informes de conclusiones de las partes, y las elecciones, en las que vuelven a competir el exilio de Puigdemont y la vía del martirio escogida por Junqueras, lo contaminan todo. Con la particularidad de que la parálisis que vive el Parlament desde diciembre de 2017 amenaza también con trasladarse al Congreso y al Senado, donde este martes Oriol Junqueras, Raül Romeva, Jordi Sànchez, Josep Rull y Jordi Turull tomarán posesión en persona de sus actas como parlamentarios.

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La nueva política existe

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Miquel Iceta en el Parlamento catalán.

La "nueva política" existe... en Catalunya. Un amigo me escribe desde Madrid preocupado porque el Parlamento catalán rechazó la candidatura de Miquel Iceta para presidente del Senado. Considera que, además de inconstitucional, va por el mal camino y es incomprensible. Mi amigo desea sinceramente una solución política para el conflicto entre Catalunya y el Estado, pero él piensa desde el prisma de la política española que no ha cambiado en lo sustancial y sigue basada en un consenso profundo entre esos partidos que han participado en los debates electorales televisados recientemente.

Antes eran dos partidos estatales y ahora son cuatro o cinco pero, como han mostrado con claridad esos debates, ninguno ha planteado una ruptura con el sistema político nacido de la sucesión de Franco en la jefatura del Estado, la Ley de Reforma Política y la consiguiente Constitución del 78.

Que para mi amigo sea "incompresible" se explica porque si bien en Madrid y España no ha habido ruptura, en Catalunya sí la habido y ya son inevitablemente dos países distintos y no veo como puedan dejar de serlo. Allí comenzó hace diez años una inicial respuesta democrática a una decisión de Estado, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el "Estatut", que en una dialéctica continuada con el Estado se transformó en un nuevo consenso interno catalán basado en el rechazo a la monarquía del Borbón, el republicanismo y la reclamación del derecho a decidir. Y, sobre todo, sobre el ejercicio de las libertades, una práctica de la libertad extendida socialmente y que llegó a un acto de desobediencia cívica masivo con más de dos millones de personas adultas identificándose con nombre, apellidos, domicilio y número de DNI desafiando una prohibición del Estado a votar. Una práctica política impensable entre políticos españoles que llevó en estos momentos a tres presidentes de la Generalitat a ser perseguidos por la justicia española. Mientras presidentes de Gobierno españoles con evidentes delitos a sus espaldas campan libres y felices.

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Un escrache embarazoso

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La candidata de Ciudadanos a la alcaldía de Madrid, Begoña Villacís; el presidente del partido, Albert Rivera y el candidato a presidir la Comunidad de Madrid, Ignacio Aguado, visitan la pradera de San Isidro.

Cuando Begoña Villacís acude a la pradera lo hace como política en activo que decide estar presente al 100% en la campaña electoral por la Alcaldía de Madrid hasta dos días antes de dar a luz. Cuando los afectados y afectadas por los desahucios hipotecarios y por arrendamientos deciden acudir al mismo lugar a protestar lo hacen no para acosar a embarazadas sino para gritar e incordiar a quienes tienen responsabilidad directa y política en las decisiones que les abocan a callejones sin salida de indignidad, fracaso y exclusión. Esto no pretende justificar el desagradable incidente que sufrió la candidata de Ciudadanos, pero sí creo que es bueno contextualizar y subrayar que los gritos y silbidos a Begoña Villacís iban dirigidos a su controvertida figura política en materia inmobiliaria y no a una mujer embarazada cualquiera que pasaba por allí. Dicho esto, es necesario reconocer que hubiera sido un acierto que alguien, en medio del tumulto y desde ese grupo de personas que se encararon con la comitiva de la política, frenara la acción protesta puesto que, si bien es cierto que ella estaba en el lugar y es una figura política con responsabilidad en la materia, igual no eran las circunstancias más adecuadas para insistir dado el avanzado estado de su embarazo.

Servida la polémica, no existe beneficio de la duda ni la presunción de equivocación para el grupo de personas que se organizaron para protestar en la pradera contra los responsables de las políticas de vivienda que no se adoptan en Madrid por la oposición directa del partido que lidera Villacís y del PP, pero también por la tibieza del PSOE y la actual alcaldesa Manuela Carmena. Se ha cargado contra los autores de la protesta, se les ha tachado de totalitarios, de antidemocráticos y se les criminaliza como si en vez de un movimiento social que defiende derechos legítimos hubieran cometido un acto de violencia extrema, cuasi-terrorismo.

Se hace una regla de tres simple bajo el influjo de esa imagen de Villacís embarazada caminando entre gritos y empujones, de unos y otros (una escena sin duda agobiante) y al simplificar multiplicamos los problemas y los estereotipos hacia los que suelen perder estas batallas contra el poder. Simplificar en asuntos tan complejos como estos implica perder la oportunidad de adoptar una posición que añada reflexión y no solo reproche a un tema que es una deuda pendiente que tenemos como sociedad con las víctimas de la economía de mercado en la que todos participamos. Muy pocas veces, por no decir ninguna, nos ponemos desde las entrañas en lugar de los hombres, niños y mujeres (también embarazadas) que son expulsados de sus casas por inmobiliarias, bancos y particulares afines, afiliados e, incluso, emparentados con los partidos políticos que el otro día fueron increpados en la pradera de San Isidro.

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