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Sumas que restan

Casado y Arrimadas se felicitan del pacto en Euskadi

De los guionistas de "Regreso al pasado", llega ahora a las pantallas de la política "Sumas que restan". No hay más que ver los datos que maneja la demoscopia para comprobar que dos más dos no suman cuatro ni en Euskadi, ni en Galicia, ni en Cataluña, aunque Pablo Casado se empeñe en lo contrario en su afán por refundar la derecha española.

La operación Ciudadanos en Euskadi ya se ha dejado por lo pronto en el camino al líder de los populares vascos, Alfonso Alonso, que ha sido fulminado sin contemplaciones como cabeza de lista por no transigir con las directrices de Génova y rebelarse, no sólo a la entrega de varios puestos de salida para los naranjas sino a aceptar un trágala del que se enteró por la prensa y de malos modos. "Romper con un wasap de una línea una tarde de domingo no es la mejor forma ni tampoco una muestra de valentía", lamentan en el entorno de Alonso.

En realidad, la sensación en el PP vasco, pero también en el gallego y en el andaluz es que la fusión con los de Arrimadas ha sido la excusa y que el fondo de esta batalla dada por la calle Génova hay que buscarlo en el "Quo vadis?, Pablo", que es el que ha provocado una ruptura que se veía venir desde hace año y medio . La falla  se abrió cuando  Alfonso apoyó a Saénz de Santamaría frente a Casado en el último congreso nacional de los populares, se impuso la línea dura y el sector moderado empezó a dar la batalla frente a una deriva que creían suicida y que beneficiaría, como ha sido, a la ultraderecha de Vox.

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No es cierto lo que dijo el rey

EFE

Felipe de Borbón, jefe del Estado español por herencia paterna y designación de Franco, entregó el otro día unos premios a un batiburrillo de destinatarios: estudiantes universitarios, toreros, banderilleros, ganaderos y, en el colmo del cinismo premiador, a un toro llamado Aperador, criado por los Domecq para acabar acuchillado en una plaza. Se llaman Premios Taurinos y Universitarios de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. La Wikipedia define a la entidad convocante como “organización nobiliaria de carácter cultural, que fue fundada por nobles locales en 1670” (tales nobles eran aficionados a “lo ecuestre” y a las armas, es decir, a hacer el bruto a caballo). Los premios, constituidos en 1964, se entregan en una carpa que se instala en el ruedo de la plaza de torturas de la Maestranza, propiedad de dicha organización. Los empresarios taurinos cuentan con la connivencia institucional de la Universidad de Sevilla y del Gobierno andaluz, sea este franquista, socialista o trifachito: en lo que tiene que ver con torturar toros manda el rey.

Felipe de Borbón no solo hizo con la entrega de esos premios una implícita apología de la tortura animal, sino que en su discurso de esa siniestra ceremonia faltó lisa y llanamente a la verdad, algo que un jefe de Estado no debe permitirse; al menos, no de manera tan descarada, con luz y taquígrafos. Dijo el monarca que “la educación y la tauromaquia contribuyen a dar cohesión a la sociedad”, obviando que la conciencia antitaurina es en España una larga y extendida tradición, y que, más allá del problema ético que comporta, la tauromaquia constituye un problema político, dado que enfrenta a sus defensores y a sus detractores. Si algo, precisamente, no genera la tauromaquia es cohesión, como se ha demostrado a lo largo de la historia. Intelectuales y artistas, personajes políticos, representantes de la iglesia católica y hasta reyes han mostrado su repugnancia por la sangrienta crueldad de la tortura taurina, como nos demuestra el historiador y periodista Juan Ignacio Codina en su imprescindible recuperación de esa memoria, pero han sido convenientemente silenciados y reprimidos por los poderes taurópatas. Un problema político que queda patente en la obcecación de esos poderes por defender lo indefendible, es decir, la violencia, y por impedir, de manera antidemocrática, que la sociedad en su conjunto manifieste esa repugnancia.

Al pronunciarse de manera falaz y apologética sobre la tauromaquia, Felipe de Borbón se salta, sin miramientos por la verdad ni respeto por todos los españoles, los amplios límites que le permite su heredada posición. Tal comportamiento deslegitima aún más su poder. Y más aún cuando viene a defender que lo que une a los españoles es la violencia extrema, llevada hasta la muerte, sobre individuos que sienten y padecen y que querrían huir porque quieren vivir y no ser vilmente maltratados. Qué profunda vergüenza si así fuera, si lo que nos uniera fuera el secuestro, el linchamiento, el ensañamiento, el vómito de sangre. No solo debiera callarse el jefe del Estado sobre tal injusticia (ya que no clama contra ella, lo que sería nobleza real) sino que debería evitar la tomadura de pelo que supone mezclar universidad y enseñanza con barbarie. Educación y tauromaquia es el rey del oxímoron.

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Polarización

Varios diputados de Vox, en el Congreso.

La guerra es el escenario en el que se asume explícita y claramente que el objetivo es la eliminación del otro. Puede –y suele ser– una aniquilación física, pero no siempre. Lo importante es que la desaparición del enemigo – su eliminación social y política– pasa a ser un objetivo prioritario que justifica el uso de la fuerza. A veces eliminar al otro puede conseguirse a través de su rendición, por ejemplo cuando el enemigo acepta dejar de reclamar una identidad, un territorio o una nacionalidad, cuando acepta los términos, las fronteras o el poder legítimo del vencedor y desaparece del mapa. Lo fundamental de la cuestión es que el fin de una guerra –y, por tanto, la condición para que las guerra acaben– es que el enemigo desaparezca como tal, que deje de decir lo que dice, que deje de reclamar lo que reclama, que deje de defender lo que defiende, así todo eso pase por que deje de existir físicamente.

La política, aunque comparte muchas cosas con la guerra, debe servir para evitar las guerras. Es cierto que es un escenario donde hay "batallas", "victorias", "derrotas", "ganadores" y "perdedores", pero la política se caracteriza fundamentalmente por haber asumido el compromiso de que los conflictos sociales y la pluralidad –de identidades, ideologías o demandas– van a ser abordados sin usar la fuerza para asegurar la desaparición del otro. E insisto, no solo es un compromiso con no hacer desaparecer físicamente al adversario, sino con no hacerlo desaparecer social y políticamente, con no privarlo de su derecho a seguir diciendo lo que dice, defendiendo lo que defiende y reclamando lo que reclama. Acordamos que no vamos a matarnos, y como no vamos a matarnos, vamos a tener que pelear civilizadamente: vamos a discutir y confrontar pero vamos a convivir sin exigir que los otros dejen de existir.

Cuando en las sociedades gestionamos la pluralidad y el conflicto entendiendo que con el otro ya no hay nada que hablar y que ninguna discusión tiene sentido, cuando lo único que aceptamos es la rendición del adversario y pretendemos su desaparición social y política, entonces los adversarios empiezan a ser enemigos de guerra. En nuestro país conocemos las consecuencias del conflicto vasco y todavía hace falta defender, frente a una derecha que ha vivido políticamente de los réditos de esa guerra, que la vuelta a la paz es lo contrario de darle la espalda a Bildu en el Congreso. La paz implica el diálogo y el reconocimiento de los derechos políticos de todos los independentistas vascos que tienen el derecho a existir social y políticamente, que tienen que poder seguir diciendo lo que dicen, reclamando lo que reclaman y defendiendo lo que defienden en el marco de la política.

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Culpas y disculpas de Urkullu. Lo que se ha derrumbado en Zaldibar

Pedir disculpas por los errores cometidos es importante. E imprescindible para la sana convivencia en todos los terrenos. Pedir disculpas supone admitir las debilidades propias y saber comprender las ajenas, exige humildad para mostrarnos como somos y también la seguridad de tener la fuerza para intentar no volver a caer en el mismo error.

En el mundo de la política no es frecuente escuchar peticiones de disculpas. Más bien es muy raro. Tanto, que muy pocas veces son disculpas de verdad, sin matices que las empañen. Menos frecuente es aún que a la petición de disculpas se una la consiguiente asunción de responsabilidades de cualquier tipo.

Pues bien, una vez más –o una menos, según se mire– en Euskadi se ha perdido otra oportunidad de superar la estadística y someterse al escrutinio ciudadano e institucional, asumiendo seriamente errores y responsabilidades.

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Decodificando el veganismo

Foto: Wkimedia Commons

Llevo cierto tiempo observando un progresivo incremento en el grado de intolerancia con relación a los alimentos y las dietas. Respeto el veganismo, y, sin embargo, aparentemente una especie de "fascismo" vegano está emergiendo y, si no sigues su camino, entonces o eres tonto o simplemente cruel. Pues bien, ser intolerante es una cualidad que se asocia al fascista, ser vegano no. Esta afirmación, aunque pueda parecerte una bobada, sin embargo me permite captar tu atención y dirigir este artículo hacia la idea central del mismo, que no es otro que el análisis del impacto económico que la irrupción del veganismo podría tener en nuestra sociedad.

Pensemos por un momento, ¿cuántos recursos podríamos ahorrar en el mundo si la gente comiera menos carne? Un Informe reciente de la Oxford Martin School sobre el futuro de los alimentos estima que los cambios en las dietas podrían ahorrar hasta mil millones de dólares por año en atención médica. Para 2050 se estima que se podrían evitar 8, 1 millones de muertes al año si seguimos las pautas alimenticias veganas. Además, el mismo informe afirma que una adopción generalizada del veganismo podría reducir las emisiones de gases a la atmósfera en casi un 70%. Por otro lado, se liberarían tierras agrícolas para otros usos, ya que casi el 80% de las tierras de cultivo del mundo se dedica a la cría de animales. Una dieta basada en plantas reduciría el uso de la tierra para la agricultura en un 76%. Las cifras parecen contundentes ¿verdad? entonces ¿por qué no somos todos veganos ya?

Como persona que se preocupa por el medio ambiente y el bienestar animal, muchas veces resulta irritante observar la superioridad moral con la que una parte de los veganos manifiestan su convencimiento de ser más responsables con el medio ambiente que la mayoría omnívora. Sin embargo, y volviendo a las cifras masivas anteriormente citadas, me atrevería a decir que éstas podrían ser engañosas. Su argumento se centra en la idea de que si el sistema de producción agrícola se adaptara a un consumo vegano, se reducirían las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera y se reduciría el consumo de muchas materias primas valiosas como por ejemplo, el agua. Si bien este razonamiento en teoría resulta plausible, bajo mi punto de vista, en la práctica equivaldría a una transición económica muy costosa hacia un paradigma social completamente nuevo.

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La economía circular es el último tren

Imagen de la sede corporativa del Banco Santander en Boadilla del Monte (Madrid).

Siempre he defendido que las buenas prácticas a favor del medio ambiente y contra la crisis climática merecen ser destacadas vengan de donde vengan. El reto al que nos enfrentamos es tan serio, tan difícil de resolver que todos estamos llamados a participar: tanto a nivel colectivo como a título individual; gobiernos, ciudadanos, instituciones, organizaciones no gubernamentales y, por supuesto, empresas.

Eso no significa que no haya que mantener el espíritu crítico, por supuesto. Debemos observar la rápida evolución hacia postulados medioambientalistas que están experimentando algunas con la debida cautela. El recelo está más que justificado tras todos los desmanes que nos han traído hasta aquí. Pero eso no justifica la altivez desdeñadora que exhiben algunos.

Sería ingenuo pensar que el "EU Green Deal", el catálogo de buenas prácticas que la UE nos propone para avanzar juntos hacia una economía neutra en carbono y respetuosa el medio ambiente, ha sido aceptado por todas las empresas como hoja de ruta. No, eso no es así. Pero de igual modo es injusto negar que algo está moviéndose en el sector empresarial y que cada vez son más los avances hacia la sostenibilidad.

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No me la dejes en sombra

María Moreno pintando en su estudio. Copyright Estudio María Moreno. Fuente: web de la autora.

Leo en estos días incansablemente a Proust. Lo hago para no hacerme mayor del todo. Lo hago porque en Fun Home, Alison Bechdel dice algo así como que la madurez (léase vejez, para nosotras) comienza cuando reconoces que ya no leerás En busca del tiempo perdido. Cumplo 45 años, tengo un hijo de 18 meses, trato por todos los medios de detener el tiempo. Y lo hago, como con todo, a través de la literatura. Me levanto a las seis de la mañana, sigilosa: si por casualidad mi cachorro me llegara a oler, despídete del plan. Me hago un café, victoria, y voy leyendo de a poquito, apenas diez páginas al día, como un mantra, como una meditación, como una ladrona. Leo el primer tomo, leo el segundo tomo. Proverbial es la cantidad de leísmos de la traducción de estos primeros tomos, realizada por el poeta Pedro Salinas, al que todo se le perdona. La Recherche en castellano es a ti debida, Pedro. Autoridad. Yo sigo con mi plan, extasiada ante el genio de Proust, hasta disfrutando de las patadas leístas en el costado de la lectura. Porque las perpreta Salinas, quien escribió los versos de La voz a ti debida para Katherine R. Witmmore, mujer en sombra, de cuya existencia no supimos hasta que póstumamente pudieron leerse sus cartas de amor.

Estrenan Elena Fortún, de María Folguera, en el Centro Dramático Nacional. Otra mujer en sombra, no de la escritura, sino vitalmente –y no cuento más–, acompañada de otra ensombrecida, María de la O Lejárraga. Fortún y Lejárraga: la segunda saca de las sombras a la primera, animándola a que lleve sus escritos a la redacción de ABC, seguro que cuadran para el suplemento Blanco y Negro, incapaz ella misma de salir de la sombra alargada de las candilejas de su marido, presunto dramaturgo de renombre, Gregorio Martínez Sierra.

Muere María Moreno, no la escritora argentina, sino la pintora, la no ambiciosa, la mujer del genio, la discreta: la cantinela suena en todos los medios. La pintora de la luz. Una luz extraordinaria, espiritual y con una técnica genial. Tan necesitada de luz propia, más bien de reconocimiento, como María de la O. Solitas, en sombra. Con María se nos va la última realista, como se nos fue no hace tanto Isabel Quintanilla. O Esperanza Parada, otra obra detenida, quien seguro siguió haciendo arte, de una u otra forma, una vez aparcados los pinceles.

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No los borrarán

36 Comentarios

José Luis Martínez-Almeida en una imagen de archivo.

En Madrid, gobiernan el PP y Ciudadanos con el apoyo de la extrema derecha de Vox. En Madrid, una de las primeras medidas que tomaron fue paralizar las obras de un memorial de las víctimas del franquismo, arrancando incluso nombres ya colocados. Borraron el trabajo del equipo de gobierno anterior y el alcalde acaba de decir que fue para "resignificar" el monumento en el cementerio de La Almudena. Martínez-Almeida dice que fue porque apuesta por la "reconciliación", al mismo tiempo que ataca a quienes llama "la izquierda sectaria". Muy reconciliador.

Para llamar "sectarios" a los demás, el alcalde proclama que hay que rendir homenaje a "aquellos que estuvieron pegándose tiros entre 1936 y 1939, frente a esa izquierda que quiere reescribir la historia". No es nada sectario, qué va, que Martínez-Almeida olvide algo que repetiremos las veces que haga falta: en España hubo una Guerra Civil iniciada por un golpe militar, que dio paso a una dictadura de cuarenta años, que fusiló, encarceló, persiguió y provocó el exilio de cientos de miles de españoles. Reducir el golpe y la dictadura a una disputa entre unos y otros sí es reescribir. Y tomarnos por tontos.

Esto no va de unos que "estuvieron pegándose tiros entre ellos". Ustedes dirán que "resignifican" memoriales, pero no podrán borrar el golpe militar contra un Gobierno legítimo. Fue una traición apoyada por nazis alemanes y fascistas italianos, que desató la masacre del pueblo, las atrocidades entre unos y otros españoles y dio paso a una dictadura cobarde y asesina durante cuatro décadas. Los vencedores fueron reconocidos. A los vencidos siguen humillándolos y "resignificándolos". Eliminando del memorial de La Almudena sus nombres y versos, como los del poeta Miguel Hernández, como la carta de despedida de Julia, una de las 13 Rosas, y tantos y tantos miles de víctimas.

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Gobernar para los tuyos, aunque no suba la Bolsa

El ministro Alberto Garzón en una imagen de archivo.

Es necesario hacer oposición desde la izquierda a la izquierda. Defender a quienes se sientan descontentos por los límites de la Administración, descontentos por una posición de subalternidad inmovilizante que haga pensar a la ciudadanía que ha apoyado la entrada en este Gobierno que no se pueden cambiar las cosas. Evitar el conformismo ante reformas que sean tan estéticas que se conviertan en banales. La izquierda tiene el deber de ser crítica hasta con sus dirigentes. De construir, sin condescendencia ni seguidismo acrítico.

Alberto Garzón ha dado la primera muestra de imposibilidad de actuación en uno de los campos más delicados para los suyos. La regulación de la publicidad de las casas de apuestas no cumple ni las expectativas propias: no ya las que anunciaron en el acuerdo de Gobierno entre PSOE y UP, que prometía equipararla a la del tabaco; ni siquiera las anunciadas por el propio equipo de Garzón cuando ya ocupaba la cartera. Algo ha pasado y tiene que explicarlo.

Las declaraciones en la rueda de prensa de Alberto Garzón, en la que anunciaba las medidas en materia de regulación de la publicidad del juego negando las presiones de grupos mediáticos importantes y lobbies, son un cepo del que tiene que desprenderse para mantener una mínima credibilidad. La existencia de reuniones con grupos de poder que ha publicado Iván Gil en El Confidencial desmonta la inexistencia de esas presiones. No es tolerable que desde unas posiciones políticas a priori transformadoras se prive a la ciudadanía del conocimiento de la existencia y la importancia de esos grupos que poseen la capacidad de marcar el camino a un ministerio que iba a velar por la salud pública y el bienestar de los más débiles.

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Campo tantea el terreno

Juan Carlos Campo en una imagen de archivo.

"Una cosa es que la judicatura mantenga a los gobiernos dentro de sus competencias legales y otra es que burle las leyes parlamentarias que no le gustan o que revise decisiones políticas"
Lord Jonathan Sumption, magistrado del Tribuna Supremo británico

Que Juan Carlos Campo es un viejo zorro no lo dudaron nunca sus pares y tampoco lo hacen ahora cuando se reúnen con él por primera vez como flamante ministro de Justicia. La reunión a la que fueron convocados esta pasada semana los representantes de las asociaciones profesionales de jueces y fiscales no pudo transcurrir de forma más plácida y no ha podido obtener valoraciones más calmadas que las que ha tenido. Campo ha saltado al terreno de juego y de momento ha obtenido un tiempo muerto que él sabrá de seguro entretener en lo sustancial, mientras emprende la tarea más urgente que tiene ahora entre manos y que no es otra que la renovación del CGPJ.

Con unas bazas muy restringidas, ha conseguido el nuevo ministro no solo aplacar los ánimos, sino que quede claro que todas las asociaciones judiciales, menos los outsiders de Foro, están de acuerdo en que, sin dejar de lado a largo plazo su reivindicación de cambiar el sistema de elección, están dispuestas a aceptar que lo más urgente ahora es renovar ese órgano y que eso solo puede hacerse con la legislación actual, es decir, con el plácet del Parlamento a los candidatos y no de forma directa por parte de los jueces. Puede así empezar a rodar el balón del nuevo pacto que, ahora sí, solo estaría detenido por decisión política del Partido Popular, dado que los mismos profesionales han aceptado que no se puede hacer ahora mismo otra cosa y que, ¡qué narices!, hay gente esperando para llegar a esas plazas.

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