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El bosque como motor verde de la nueva economía

Reserva natural junto al cauce del Río Irati (Navarra).

El bosque es la cuna de la biodiversidad, y la biodiversidad es el mayor patrimonio del planeta y de la humanidad. Por eso quien tiene un bosque no es que tenga un tesoro: es que tiene el futuro. Y nosotros vivimos en un país de bosques.

Con alrededor de 26 millones de hectáreas forestales de las que 15 millones son bosque, España es el segundo país de la Unión Europea con mayor superficie forestal tan solo por detrás de Suecia. Nuestro territorio está cubierto en más de su mitad por una gran extensión de arboledas, matorrales y pastizales que, al contrario de lo que ocurre en buena parte del planeta, no para de crecer año tras año.

Durante las últimas décadas, la superficie boscosa de España ha experimentado un incremento del 30%, lo que nos sitúa a la cabeza del continente en tasa de crecimiento. Asimismo la superficie arbolada por habitante es mayor en nuestro país que la media de la UE: 0,4 hectáreas de bosque por habitante (ha/hab) frente a las 0,3 ha/hab que se dan como media en el conjunto de la UE.

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Despertares

Recuperar una cierta normalidad ha sido como despertarse de un largo sueño que, al revés que en el mundo onírico, ha resultado ser más corto que el tiempo transcurrido. "Si me dijeran que han pasado 7 días en lugar de 70, me lo creo", comentaba una sobrina millennial desde Girona ante el paso a la Fase 1. Quizás se deba a la casi infinita capacidad de adaptación que tenemos los humanos. Quizás a que ha sido en parte una pesadilla (los muertos, los enfermos, el sufrimiento, la crisis económica y social), en parte una ensoñación (la ciudad sin coches circulando, casi sin gente, hasta que nos dejaron salir de paseo como las diminutas figuras de algunos cuadros del añorado Juan Genovés), y una cierta calma interior, pese a la zozobra que provoca el desastre generado. No he vivido tragedias en mi derredor, ni he tenido que conciliar trabajo (una suerte vital la de trabajar) y cuidado de niños. Incluso muchas relaciones familiares y amistades se han vuelto, a distancia digital, más próximas en este ambiente extraño que no podía ni debía durar.

Pero llegó la hora de los despertares. Y al despertar nos hemos encontrado con que la desescalada de movilidad ha venido con una escalada en la polarización política -no sólo en España, no nos creamos- y geopolítica. El aplauso solidario de las ocho de la tarde ha dado paso en algunos entornos bastante determinados al estruendo de las caceroladas de las nueve, nunca "para" sino "contra". Son los mismos y las mismas (no les gusta esta forma de hablar) que en estos años se han manifestado, siempre con la bandera que han secuestrado y, así, devaluado, en contra del aborto, de "los catalanes" (lo que va mucho más allá de estar, como estamos, contra el independentismo) y otras campañas. 

Con el aliento de Vox en el cuello o viendo que así recupera voto de los descarriados de su extrema derecha, el PP, ha acabado votando "no" en el Parlamento a la prórroga del estado de alarma, que apoyó en un principio. Me ha venido a la memoria cómo la entonces Alianza Popular propugnó de forma irresponsable la abstención en 1986 en el también irresponsable referéndum sobre la permanencia en la OTAN, cuando eran el partido más fervientemente partidario de la pertenencia de España a la Alianza Atlántica. Posición que, por cierto, le costó el liderazgo popular a Manuel Fraga, a lo que empujó Helmut Kohl.

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Sin hambre el patrón no paga miseria

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Pablo Iglesias, María Jesús Montero y José Luis Escrivá, durante la presentación del ingreso mínimo vital este viernes.

El insulto aporafóbico que subyace tras catalogar de "paguita" el ingreso mínimo vital nace de un profundo odio de clase integrado en la ideología neoliberal. Un ítem propagandístico hegemónico que una inmensa mayoría vividora de ricos wannabes, carne de cañón de préstamo cancelado para una start up, ha mamado de forma acrítica hasta alienarse. Se creen que su opinión, dirigida hasta la trepanación, nace de un profundo análisis emancipatorio frente al marxismo cultural imperante. No hay más oveja que quien llama rebaño a la masa.

Manuel Sacristán, uno de los marxistas de referencia olvidados de nuestro tiempo, era vilipendiado por rechazar el dogmatismo y enarbolar la utilidad pragmática para conseguir avances sociales mientras no se había alcanzado el socialismo. El mientrastantismo era aquella idea que buscaba cómo ser útil en las democracias liberales hasta lograr los postulados marxistas. El ingreso mínimo vital es mientrastantismo en esencia pura: usar una situación coyuntural como la pandemia para cambiar sustancialmente un problema estructural apabullando a la crítica que de otra manera hubiera sido furibunda y ahora es solo una muestra de estertores liberales. Los pragmáticos que dudábamos de este Gobierno, los dogmáticos que llamaban vendidos a los que entraban en él y los vocingleros que han llegado al Congreso a mostrar su inutilidad con una bandera han comprobado para qué sirve un BOE. Para cambiar de manera sustancial la vida de quienes más lo necesitan.

Es cierto que, como siempre, asoma la paradoja de la desmovilización para la izquierda, con pan no hay revolución. Que las medidas socialdemócratas como el ingreso mínimo vital que mitigan el dolor sufrido por la lógica capitalista sin cambiar las dinámicas que lo provocan es la mejor herramienta de pervivencia del sistema. El capitalismo desaforado crea las desigualdades que acabarían por destruirlo y llega la socialdemocracia con sus medidas reparadoras para quienes más sufren a darle aliento. El ingreso mínimo vital es contrarrevolucionario, como cualquier medida que otorga protección social porque mitiga el hartazgo, pero eso solo puede inmovilizar en sus políticas a aquel que no pasa hambre. La estrategia a largo plazo no puede hacer olvidar que la prioridad fundamental de la izquierda es mejorar la vida de las clases populares, como dice David Harvey: "Si la política preferida de las élites dominantes es après moi le déluge [después de mí, el diluvio], no hay que olvidar que el diluvio se traga sobre todo a los impotentes y a los desprevenidos mientras que las élites tienen bien preparada su arca en la que, al menos por el momento, pueden sobrevivir bastante bien".

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Imperium in imperio

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Hemiciclo del Congreso en el debate de la quinta prórroga del estado de alarma

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais"

Roy Batty en 'Blade Runner'

Una de las cosas que en un momento de mi carrera profesional me hizo pasar de la información a otros géneros periodísticos, como el análisis o la opinión, fue mi incapacidad sobrevenida para escuchar y transcribir aberraciones sin poder poner contra las cuerdas de la contradicción a la fuente que en ese momento me intentaba colar una mercancía averiada. Estos días he vuelto a sentir la misma indignación cuando he leído y escuchado a diferentes integrantes del Estado profundo, de aquello que los romanos llamaban el imperium in imperio, desgranando argumentos, quejas o directamente falacias que chocan profundamente con cualquier idea de un Estado democrático que uno anide en su interior. Cosas que no querría creer pero que son la muestra palmaria de que el Estado profundo está crujiendo y ha decidido emerger a la superficie. Algo se mueve, algo está cambiando. No me parece que sea el vicepresidente del Gobierno el que se embrolle a contar estas cosas, aunque yo voy a hacerlo, pero entiendo la acidez que le refluye cuando los estómagos del Estado profundo regurgitan a cielo abierto su bilis, no siempre aceptable en una sana democracia.

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La cápsula de odio

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Cayetana Álvarez de Toledo con Casado y García Egea, tras su intervención en el Congreso. EP.Pool

Hoy era, es, el día de hablar del ingreso mínimo vital que ha aprobado el Gobierno. De forma que España deja de ser el único país de la eurozona sin un sistema de rentas mínimas estatal para combatir los altos índices de pobreza que la pandemia ha agravado. Los sectores más vulnerables de la sociedad nunca superaron la crisis de 2008 que acrecentó las desigualdades.

Pero como cada día hay que lidiar con quienes están dispuestos a todo con tal de impedir la labor del Gobierno y sus políticas sociales. Crisis económica, enfermedad, muerte, en el ancho mundo afectado por el virus, y en España se agrandan los problemas con un germen maligno que pone en peligro la democracia. Su abordaje es, pues, de la máxima prioridad.

Lamentablemente, España ha tragado ya la cápsula del odio. Como todas las cápsulas, entra disimulando su real y ácido sabor para, disuelta la cobertura en el estómago, expandirse paulatinamente por el cuerpo entero. Cápsula envenenada que incluye añejos rencores podridos en su contumacia, la malignidad de siempre y eficaces tácticas de expansión en sus más modernos excipientes. Envenenada de fascismo, el actual usa todos los métodos disponibles para su labor.

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Los 'triunfócratas' de la 'paguita'

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Santiago Abascal y Esperanza Aguirre.

Hay muchas cosas en esta crisis del coronavirus que la hacen distinta a la gran recesión del 2011, entre ellas la diferente orientación de las políticas del Gobierno español. Algunas diferencias tienen que ver con la propia naturaleza de la crisis, otras propiciadas por la diferente lectura que se está haciendo en la Unión Europea del papel de los estados. Pero hay factores que solo pueden imputarse en el haber del Gobierno del PSOE y Unidas Podemos y la orientación de sus políticas. Algunas comprometidas antes del coronavirus, como el aumento del salario mínimo interprofesional y la creación del ingreso mínimo vital como una prestación estructural del sistema de protección social.

El esfuerzo fiscal que se está realizando para minimizar el impacto económico y social que provoca el coma inducido al que se ha llevado al país no tiene precedentes, en términos cuantitativos y cualitativos.

Pero no es solo la dimensión del esfuerzo económico de las arcas públicas, que requerirá del compromiso de la Unión Europea, el factor diferencial, es sobre todo de orientación política. El Estado se ha convertido en asegurador de último recurso de los ingresos de personas, familias y empresas, con medidas como los ERTEs o las prestaciones de desempleo y de cese de actividad de los autónomos, que están salvando muchos empleos. Se está protegiendo a colectivos que hasta esta crisis solían ser olvidados por las políticas públicas, como las empleadas del hogar y los autónomos.

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La tortuosa verdad

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern.

Marty Baron, el director del Washington Post, dio el jueves el discurso a los recién graduados de la Universidad de Harvard. Desde su casa, junto a un cuadro de una máquina de escribir antigua y otro de una cámara de fotos.

"Los hechos y la verdad son asuntos de vida o muerte. La manipulación, la desinformación y las mentiras pueden matar. Esto es lo que nos puede hacer avanzar: la ciencia y la medicina, el estudio y el conocimiento, la voz experta y la razón. En otras palabras, los hechos y la verdad", dijo.

Es difícil encontrar un contexto en el que sus palabras tengan un sentido tan literal como en esta pandemia desde su origen. Lo que ha pasado en todo el mundo tiene mucho que ver con la persecución de médicos y periodistas por parte del régimen chino para que no alertaran sobre la existencia del virus. En semanas cruciales para el mundo, el régimen chino dio instrucciones para que el personal médico no utilizara equipos de protección para no levantar sospechas y logró engañar a las autoridades sanitarias internacionales, incluida la Organización Mundial de la Salud.

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La nueva anormalidad

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Me encuentro cada vez a más gente cabreada con el ambiente político. La crispación y teatralizar la política es una patada en la espinilla del personal que bastante tiene con afrontar sus problemas del día a día. Hay un aviso a navegantes: si los políticos desbarran, la gente desconecta o puede apoyar a las posiciones más extremas. Es posible que sea lo que buscan algunos, pero todos los que no deseen esto deben estar a la altura.

Cerramos una semana cargada de insultos, salidas de tono, fanfarroneo… Circo. Creo que hay un sentir en la calle de que la política nos cuesta un dinero y deben ganárselo. Para ver determinados espectáculos ya tenemos a los profesionales del western o de la comedia. Un país con miles de muertos por el coronavirus, un sistema sanitario que reforzar, despidos e incertidumbre laboral no merece lo que estamos viendo estos días en el panorama político.

Es muy propio de los equipos malos empezar a dar patadas y emponzoñar el juego para hacerlo sucio y tratar de llevarse así el partido. Los que no quieren tirarse al barro tienen la opción de jugar limpio o de entrar al trapo. Si hay intercambio de golpes, habrá lesionados por ambas partes y, cuando acabe el duelo, poco importará quién empezó primero. Lleva las de ganar el que tiene costumbre de jugar guarro. Era su estrategia: a río revuelto, ganancia de pescadores.

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El coronavirus y el estigma del 8M

Una imagen del 8M.

Cientos de actos y conciertos a puerta cerrada. Mítines. Partidos de fútbol con aficiones de distintos lugares. Bares abiertos. El metro abarrotado. Solo una semana antes del estado de alarma la vida era otra muy diferente. Pero el centro del reproche político, la búsqueda de réditos y hasta la batalla judicial la ha ocupado la multitudinaria protesta del 8M. Esta semana hemos conocido los errores, tergiversaciones y bulos que recoge el informe de la Guardia Civil que ha servido para imputar al delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, y para atribuir responsabilidades penales al Ejecutivo por permitir la manifestación del 8M. 

Que la estrategia política y mediática siga girando precisamente sobre el 8M y no sobre el resto de eventos, rutinas y sucesos que se dieron los días y semanas previos al estado de alarma no es casual. Más que una búsqueda de explicaciones científicas, razonables, útiles, hay en todo esto una batalla política, también contra el feminismo. Asociar pandemia, irresponsabilidad, prevaricación y 8M es una buena manera de generar un estigma alrededor del feminismo en un momento en que cuestionarlo ya no tiene la misma legitimidad social que antes.

Lo más peligroso para la derecha es que el 8M se había convertido casi en un consenso social. El feminismo había conseguido, en suma, construir un nuevo sentido común en el que, más a la izquierda o más a la derecha, la indignación contra la violencia sexual o la brecha salarial, la certeza palpable de la maternidad como factor de discriminación o el despertar a una conciencia sobre el machismo cotidiano había unido a cientos de miles de mujeres. Esas cientos de miles de mujeres podían diferir en las soluciones o en los detalles, algunas podían tener una intensa conciencia feminista y otras una incipiente, pero todas tenían claro que había sobrados motivos para salir a la calle, incluso para hacer una huelga. El feminismo ofrecía una explicación a lo vivido, un instrumento para la protesta, un vehículo para la reivindicación concreta, una identidad de la que sentirnos orgullosas.

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Que caiga España...

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Querían el luto. Y ahora que lo tienen, el contraste espanta. Banderas a media asta, crespones negros y solo un minuto de recogimiento. Lo de la reflexión en su caso no llega ni a los 60 segundos. Ni los muertos, ni los parados, ni los enfermos… Todo ya es exabrupto, trazo grueso, rabia, desestabilización y gatillo suelto.

No es nuevo. Cada vez que la derecha pierde el poder repite la estrategia de la crispación, dentro y fuera del Parlamento. El conflicto constante. En el Congreso y en la calle. Tocan a rebato a su electorado más ideologizado e instalan en las instituciones y fuera de ellas un clima tóxico e irrespirable que inunda la vida pública.

Las fórmulas de desgaste para la refriega son siempre las mismas, al margen de los charcos que pisen los Gobiernos o los errores que cometan. Se repiten desde hace décadas. Siempre la rabia y el odio, con la excusa de un patriotismo ramplón y un sentido patrimonialista del poder que creen que les pertenece por derecho o por linaje.

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