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Sánchez: exhumando espero...

A punto de abrirse o recién abierta la tumba del dictador Franco, lo que sí se ha abierto ha sido la semana de la exhumación. La exhumación que, como humo, nublará la realidad y permitirá ocultarla en parte.

Cambiaremos de portadas, de argumentos y de imágenes. Pero mientras tanto, la realidad de Catalunya seguirá ahí. La realidad de un conflicto asentado sobre la imposibilidad de encauzarlo de acuerdo con la voluntad ciudadana debidamente valorada por los medios tradicionales, o sea, dialogando, negociando y, en su caso, votando.

Una realidad en la que la política ha de ser protagonista. Protagonista del planteamiento y de su desenlace. Lejos de otras soluciones en las que la ciudadanía tiene poco o nada que decir.

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¿Eres madre? ¡Pues no lo pareces!

Pancarta en la manifestación del 8M en Madrid.

Empezaré respondiendo a la pregunta que yo misma (me) hago en el titular: sí, soy madre. Lo digo y aún me asusto, también lo reconozco. 'Madre' no es cualquier palabra. No puedes decirte a ti misma 'madre' como si nada. Conforme lo pronuncias te cae encima un peso que no sabes bien de dónde sale. Expectativas, estereotipos, culpas, prejuicios, miedos. Algo pasa conforme te identificas como madre. Me di cuenta al poco tiempo de convertirme en una de 'ellas' y lo reafirmo cada vez que alguien, en una conversación -y me pasa con cierta frecuencia- me pregunta, ah pero tú, ¿eres madre? No lo pareces.

Quizá porque no siempre tengo la necesidad de hablar de eso cuando conozco a alguien ni de que sea mi primer tema de conversación. Quizá porque soy joven y no cumplo con el patrón de mujer de clase media que tiene hijos más cerca de los 40 que de los 30 o porque tampoco soy el estereotipo de chica joven de clase más baja que media que lo tuvo 'por un descuido'. Quizá porque me ven viajar o llevar un vestido ajustado o porque no me escuchan hablar de 'mi marido' o porque muestro aspiraciones y deseos propios. 

Sospecho que hay otro factor que opera para que muchos de mis interlocutores reaccionen con sorpresa cuando me saben madre. Estoy en el mismo espacio que ellos y ellas. En un bar o en una fiesta o en un festival de periodismo o en la presentación de un libro o subida en un escenario dando una charla. No siempre, obviamente, pero sí en ese momento, cuando ellos me ven y lanzan bienintencionadamente la pregunta. Ocupo el espacio sin identificarme necesariamente como madre y sin desplegar los atributos que uno espera de una madre. 

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Chile: toque de queda y militares en la calle, no más, nunca más

Carabineros de la policía chilena detienen a un grupo de manifestantes.

El Gobierno civil y democráticamente electo del presidente Sebastián Piñera decidió recurrir a leyes excepcionales y a las Fuerzas Armadas para contener el descontento de la ciudadanía. El despliegue de miles de militares y la suspensión de derechos civiles y políticos en Chile, en las últimas 48 horas, es el golpe más duro a la democracia desde la época de la dictadura, perpetrado por las élites políticas. Desde el sábado, el país opera bajo una ley sancionada en tiempos del General Augusto Pinochet. Y el domingo se decretó un toque de queda aún más severo para la Región Metropolitana.

En un país en tiempos de paz, con los más bajos índices de violencia en la región, cerraremos el fin de semana con más de nueve mil soldados patrullando las calles, con Estado de Emergencia declarado en la mayoría del país, y después de un traumático "toque de queda" que limitó la libertad de locomoción y la libertad de reunión de millones de ciudadanos y ciudadanas. Dicha suspensión de derechos se renueva esta noche.

El despliegue en los barrios, en las áreas urbanas, frente a familias, de vehículos diseñados para batalla, para conflictos bélicos, ha generado temor y repite traumas de la dictadura, a aquellos que lucharon duramente por memoria, verdad, justicia y un retorno a la democracia. En un país que no ha curado aún las heridas de graves delitos de lesa humanidad, las decisiones del Gobierno golpean a muchos más que las balas de goma con las que se atacó a los que protestaban, que desafiaban políticas de austeridad.

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Catalunya, ¿movilizaciones pacíficas o guerra callejera?

Una barricada separa a manifestantes y policías entre Pau Claris con Ronda Sant Pere en la quinta noche de protestas.

El uso (y abuso, en opinión de alguno) de las imágenes de batalla campal en Barcelona y otras ciudades de Catalunya ha generado en muchas personas la indignación de quienes consideran que no representan al movimiento independentista y que su profusión en los medios obedece al objetivo de desacreditar el pacifismo que siempre caracterizó y del que siempre alardeó el movimiento independentista catalán.

Sin posicionarme al respecto, lo que sí vale la pena señalar es el poder de los medios audiovisuales para, según enfocar una imagen u otra, provocar una posición o la contraria en las audiencias. No se necesita mentir, la imagen es la oposición al razonamiento y al argumento por lo que, mediante su uso, se logra puentear los intelectos y lograr adhesiones o rechazos a lo que el medio desee. Hemos sido víctimas de ello durante décadas pero solo ahora, cuando los acontecimientos se desarrollan en nuestras narices, vemos el poder y el peligro.

El editor del medio digital Counterpunch, Patrick Cockburn, ya señalaba hace siete años lo fácil que puede ser para una televisión emitir varios encuadres de tiroteos en una ciudad árabe o latinoamericana (tiroteos que son reales) y convencer a la audiencia europea de que el país está viviendo una revolución. O bien puede difundir cientos de miles de manifestantes tranquilos y presentar un movimiento popular masivo pacífico o, por el contrario, cientos de manifestantes violentos quemando contenedores y lanzando proyectiles a los policías y convencer a las audiencias de que nos encontramos ante un grupo de agresivos y exaltados que quieren desestabilizar un sistema democrático. Las imágenes pueden incluir cinco policías aporreando a una joven en el portal de una vivienda o a los diez amigos de las joven lanzando adoquines a esos mismos policías, que deben esconderse detrás de su furgoneta. No hace falta mentir, todas las imágenes son reales pero, probablemente, ninguna refleje por sí sola la realidad.

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No, Catalunya no es un problema de orden público

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Que en Catalunya hay un problema de orden público estos días resulta evidente. Negarlo es enredarse en una pelea con la realidad. Pero afirmar que Catalunya es un problema de orden público equivale a apuntarse a una manipulación colosal de esa realidad. Los disturbios y violencia de esta semana constituyen un problema de orden público que las fuerzas y cuerpos de seguridad, curtidas en mil batallas con duros y bien organizados trabajadores del metal o el naval, estibadores o mineros en centenares de conflictos donde la violencia encontraba su hueco, sabrán gestionar si se les da el tiempo y la prudencia que necesitan.

Tratar de convertir ese problema de orden público en el problema catalán solo puede interesar a quien crea que tiene mucho que ganar en la polarización violenta de la situación, o a quien no quiera asumir el riesgo de dar una respuesta política a la demandas políticas de millones de catalanes que han salido a la calle una y otra vez, en orden y en paz, a pedir soluciones.

Déjenme que les diga que no sería nuestro primer rodeo en esto de usar la violencia para legitimar el orden establecido y deslegitimar cuanto lo desafíe. Personalmente, lo he vivido en las protestas contra la central nuclear de Xove, la reconversión naval, el conflicto del Casón en San Cibrao, las huelgas estudiantiles del 85, las huelgas generales, las protestas contra la LOU, Nunca Máis, el No a la Guerra o el 15M. En la lógica del pensamiento reaccionario de equiparar el cambio a una amenaza o una perversión, nada encaja tan bien como la violencia. Enredarse en esa sucesión de sofismas sin solución y ponerse a contextualizar, diferenciar, comparar o justificar una violencia o la otra es trabajar para el enemigo.

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Una semana como otra cualquiera

Cartel con el lema: "Stand up for those who cannot speak" (Álzate por los que no pueden hablar) / Stephen Bingham CC BY SA

Escribo esto mientras duermes tu siesta de la mañana en el sofá. Sobre tu cabeza sobrevuelan cazas camino del Paseo de La Castellana. ¿Qué podría contarte acerca de estos años cuando seas mayor? ¿De estos meses? ¿De esta semana? Antes de nada, te diría que el año en que tú naciste, 2018, la mayoría de edad del siglo, no se falló el premio Nobel de Literatura. Todo porque dos académicas de la Academia sueca habían dejado sus puestos rompiendo la posibilidad de quórum. Habían abandonado sus sillones después de un "turbio suceso", como lo calificó la prensa, suceso, como muchos de los otros que se destaparon en esos años, tenían que ver con el abuso de poder y el acoso sexual (que en muchas ocasiones, y detentado aquel en su mayoría por hombres, viene a ser lo mismo).

Cuando despiertes tendré que dejar de escribir, así que más me vale apresurarme. Llorarás para que acuda, te cogeré en brazos, te daré agua, te diré palabras en nuestro idioma secreto, te daré algo de fruta y saldremos a pasear. Por el cielo seguirán surcando los F-16. Iremos a un solar del barrio liberado para el vecindario que había en la calle Doctor Fourquet, con correpasillos comunales que te hacían feliz, estabas por soltarte a caminar. Allí nos encontraremos a Mariana, que viene a estudiar aquí, acá, como ella dice, en su casa están fumigando debido a la segunda plaga de chinches en lo que va de año. Lleva en España menos de un año, llegó justo antes de que Macri hipotecara su país. Trataremos de tomarnos un café y un pedazo de bizcocho en el bar de enfrente. No lo haremos (precios prohibitivos) y nos enfadaremos con los dueños de la cafetería, que se enorgullecen de moler el café (roasted) y de ser displicentes con dos personas como nosotras, cero trendys a sus ojos. Una madre mayor y una sudaca. Mariana no entiende el despliegue militar para celebrar lo que en su pueblo es el día en que se recuerdan las masacres indígenas perpretadas por los mismos que son homenajeados aquí. Acá.

De esta semana en la que cumpliste catorce meses te podría contar también que dimitió un concejal de un recién formado partido. Un viejo conocido de los entornos de la innovación social en los que yo solía moverme antes de que nacieras. Ya cuando ganó su concejalía, cuatro años atrás, con la formación que aupó a Manuela Carmena, ella sí que te sonará, fue alcaldesa de Madrid, salieron a la luz unas conversaciones suyas en redes tan rancias que denotaban una inveterada mirada machista. Yo lo llegué a defender entonces en mis redes, no tanto sus publicaciones, indefendibles, sino para evitar caer en la trampa de destriparnos entre nosotros (iba a decir nosotras, ilusa) en vez de hacer todo el trabajo que había que hacer. Aquel momento era tan ilusionante que no quería ver más allá de mis narices. Cuatro años después, las mujeres del grupo municipal del partido del concejal denunciado por una de sus COMPAÑERAS movieron en tiempo récord un proceso garantista, encargando la investigación a una experta, a la luz de la cual se procedió a exigir la dimisión del tipo. Unos días antes, una diputada del mismo partido había dimitido alegando, entre otras cosas, un uso utilitarista y espurio del feminismo por parte de esa misma organización. Por ello, y por un momento, al leer el delirante comunicado de descargo del concejal acusado, creí que su salida fulminante podría tratarse de una reacción a la dimisión reciente de la otra diputada, una especie de lavado de cara feminista al partido. Tendrás que disculparme, en esas mismas semanas yo andaba viendo y obsesionada por una ficción de la HBO (¿seguirán existiendo esas plataformas cuando leas esto?) llamada Sucession y no me fiaba ni de mi sombra. Pero no, se trataba de una gestión impecable ante una denuncia de acoso. E inaudita. Porque habitualmente, en aquellos tiempos, en este país, se quedaban ellos. No eran expulsados. Éramos nosotras las que abandonábamos los espacios compartidos con los acosadores. ¿Te acuerdas de Plácido Domingo, un cantante de ópera y celebridad de aquella época? Refrendado sin demora (es decir, sin investigación mediante) por el Teatro Real ante la acusación no de una, sino de casi veinte cantantes compañeras. Dos de tus madrinas (sí, hijo, te regalé al nacer muchas madrinas, como en los cuentos populares) abandonaron ese mismo año sus puestos de trabajo después de una acusación común y una comisión de investigación sin garantías. ¿Él? Ascendido y reforzado por la dirección de la organización. Ellas, sin trabajo. Por hablar.

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El vandalismo como arma política

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Una barricada separa a manifestantes y policías entre Pau Claris y Ronda Sant Pere en la quinta noche de protestas

Todo lo ocurrido en torno a los incidentes vividos esta semana en Cataluña ha cambiado la mirada que teníamos sobre la vida política en España. Hemos asistido a sucesos desconocidos. Aún es pronto para tener una mínima perspectiva de lo que ha pasado, de sus causas y de sus consecuencias. La amenaza de nuevos incidentes sigue presente, lo que dificulta aún más poder asimilar lo acaecido. El movimiento independentista catalán había marcado la no violencia como uno de sus puntales. La desastrosa gestión política que propició la actuación de las fuerzas de orden público el 1-O de 2017 había quedado como el principal paradigma de un manifiesto y descomunal error.

Ahora, grupos de manifestantes han desatado una ola de vandalismo callejero que a muchos nos ha obligado a frotarnos los ojos frente al televisor. Falta aún comprobar si estamos ante unos hechos coyunturales que irán decayendo en intensidad o ante el comienzo de una descontrolada ola de imprevisible futuro. Para dilucidar esta disyuntiva, necesitamos entender quién ha propiciado este salto cualitativo en la reivindicación independentista. Las investigaciones policiales esperemos que puedan arrojar luz sobre el origen de lo sucedido y de quienes han promovido y dirigido estos acontecimientos que no han sido espontáneos. No parece complicado adivinar dónde está el germen y algunos indicios ya existen al respecto.

Una segunda derivada será la de determinar quiénes buscan sacar provecho de la crítica situación y que es previsible que no vean mayor problema en su extensión. Parece evidente que quienes han incentivado la activación de la violencia como estrategia política creen que les traerá beneficio. Pero aquí, la cuestión se complica enormemente. La proximidad de las elecciones está provocando efectos secundarios en el comportamiento de muchas formaciones políticas que ven la posibilidad de sacar beneficio directo de la situación que padecemos. Si el vandalismo sigue presente en las calles, no sería de extrañar que se convirtiera desgraciadamente en el eje determinante del voto. Los españoles iríamos en realidad a las urnas intentando dilucidar un único debate: ¿Qué postura tenemos respecto a la extensión de la violencia en Cataluña?

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Barricadas incendiadas con senyeras y rojigualdas

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No hay un solo derecho de los que defiende hasta el más virulento de los conservadores que no haya emanado del humo de una barricada. Los derechos civiles, la dignidad laboral, el orden civilizado, la democracia y la Constitución. Todo, absolutamente todo aquello que merezca la pena considerarse con las ya vaciadas palabras libertad, progreso, respeto, tolerancia o democracia surgió después de que unos jóvenes lucharan detrás de una barricada contra el poder. Contra el orden establecido, a veces la tiranía, y otras muchas contra un Estado liberal que ejercía de represor. Igual que no se discute que la Policía está para mantener el orden de cualquier sistema de poder establecido, no se discute que los avances sociales fundamentales se consiguieron en la calle. Igual que no se discute que los Estados monopolizan la violencia de manera legal, no se discute que en ocasiones se ha conculcado ese dogma para avanzar cuando se incumplían los preceptos fundamentales de un Estado de libertades. Hay cosas que son, aunque no queramos verlas.

Barricadas, fuego, capuchas y embozados, protestas contundentes y violentas, tornillos soldados a tuercas, rodamientos, tirachinas caseros, voladores. La reconversión industrial, ¿les suena? No tendría que escandalizar demasiado lo visto en Barcelona a un país que ha conocido protestas laborales como las de Reinosa en 1987, en las que la Guardia Civil llegó a usar fuego real para abrir puertas y practicar dentenciones, y un trabajador, Gonzalo Ruiz, murió por la acción de los antidisturbios de la Benemérita. O las de astilleros en Cartagena, que llegaron a quemar la Asamblea de Murcia con los diputados dentro.

¿Para qué arden contenedores? ¿Cuál es el objetivo de estas barricadas? ¿Qué buscan los adoquines? Una amalgama heterógenea de intereses cruzados, algunos legítimos, otros bastardos, algunos admirables, otros despreciables, que están diluidos en pos de unos intereses burgueses nacionales. Una mezcla de adolescentes de familias procesistas criados en una opinión pública intoxicada por relatos nacionalistas maniqueos de ambos lados y jóvenes nihilistas que han dejado los videojuegos para vivir una película en directo. Literalmente: "Noches de este tipo son una pasada… Corres, te persiguen, te escondes... Es como una puta peli, tío", decía un joven de 23 años a Pol Pareja. Una rosa de foc nihilista que deja cenizas para el renacer del posfascismo. Un caldo de cultivo en el que el nacionalismo prima sobre la clase es el mejor combustible para que el autoritarismo acabe imponiéndose. En Cataluña y en España.

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Perdonad que os diga...

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Un manifestante frente a un contenedor que arde durante los disturbios en la Plaza de Urquinaona, en Barcelona a 18 de octubre de 2019 / Europa Press

"En la virtud nunca caemos, sino que a ella accedemos mediante un esfuerzo constante" 

Aristóteles. Ética a Nicómaco

Perdonad que os diga, seáis del bando que seáis y penséis lo que penséis, este Estado social, Democrático y de Derecho (sic Constitución Española) no está en peligro, ni lo ha estado, ni lo va a estar y que puede con esto y con mucho más. La situación es grave, no lo voy a negar, pero no más grave que otras ni más irresoluble que otras, siempre y cuando los llamados a hacerlo no sean más acémilas que quienes les precedieron y todos los demás no seamos más botarates que aquellos españoles que navegaron por las aguas más procelosas hasta llegar hasta aquí. 

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Infiltrados (en el rebaño)

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"¡No son radicales, son policías infiltrados!". Este tipo de comentarios los leo cada día en las redes sociales. Hay gente que está viendo en directo a jóvenes quemando contenedores en Barcelona, lanzando piedras y destrozando el mobiliario urbano, pero estas mismas mentes preclaras aún afirman que no tienen ante sus ojos a radicales, sino a "agentes infiltrados" de las fuerzas de seguridad. Pajaritos por aquí, pajaritos por allá.

Me pregunto qué carajo te han metido en la cabeza cuando ves a "policías infiltrados" por todas partes. Tirando piedras a los propios agentes y con clara apariencia de ser unos chavales. Muy loco todo. Claro que, en el sentido contrario, el nivel de enfermedad social también se comprueba si lees los comentarios tras compartir, por ejemplo, imágenes de las agresiones ultraderechistas. Ahí ya eres acusado de "estar con los independentistas". Indepe de toda la vida.

El encabronamiento, la polarización y la paranoia del personal está alcanzando cotas bastantes altas. No sé si hay que estar necesariamente en un rebaño. Me pregunto si eres raro si te parece mal que a un policía le tiren piedras, que un mosso se pase innecesariamente de violencia en una actuación, que los radicales destrocen las calles del barrio o que los polis golpeen indebidamente a un vecino. ¿Te puede parecer todo esto mal a la vez o hay que estar como un cencerro?

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