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Feroz acoso al Gobierno

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Pedro Sánchez en videoconferencia con los presidentes autonómicos

Es como si cada día chocaran dos aviones en uno de nuestros aeropuertos. Así han llegado a describir algunos sanitarios el impacto de las muertes diarias que causa el coronavirus. Y los afectados que precisan camas, UCIs, profesionales que les atiendan. Yo no sé qué parte no se entiende de cómo está actuando el coronavirus: mata, arroja a una espantosa muerte en soledad por la saturación de los hospitales, traumatiza por fuera y por dentro hasta a quienes no lo padecen –que son la mayoría-, llena de incertidumbres el futuro económico, ha despertado ejemplares conductas de solidaridad y también una inhumanidad brutal que avergüenza a la especie humana por quienes quieren sacar tajada de la desgracia sin el menor escrúpulo. Y, de todo, el primer y total zarpazo: están muriendo centenares de personas y a muchos nos importa. A otros no, a los distraídos con lo suyo, no tanto; a las hienas, en absoluto.

Las cifras son demoledoras, aunque pocos países las han llevado con rigor y no son concluyentes por completo. España anotaba este martes 849 fallecimientos más y superaba los 94.000 casos de coronavirus. Y a la vez, según el Imperial College, las medidas de prevención en España habrían salvado 16.000 vidas. El miedo y el desconcierto son lógicos. Pero hay que matizar porque la oposición -de amplio espectro- está desplegando una campaña de tierra quemada que perjudica a todos. Salvo a los que esperan sacar provecho de ella. Se suceden, no solo críticas, sino peticiones de comparecencias, estudios, querellas. Ante una pandemia mundial. Si otros países tuvieran semejante cerco no podrían ni dedicarse a lo esencial: salvar a los afectados y atajar la expansión de la enfermedad. Y problemas, hay. La falta de medidas de protección y respiradores es común a numerosos países. En Lombardía les engañaron, a Díaz Ayuso la estafaron –cree-, tras pagar 23 millones de euros, al Gobierno le dieron una partida de test defectuosos. Solo Pedro Sánchez está en la diana.

Por supuesto, como presidente del Gobierno, Sánchez tiene la mayor responsabilidad y hay que exigirle soluciones y respuestas hasta donde esta pandemia y el estado previo de nuestro país puede darlas. Incluso ayudarían medidas más radicales, pero todas suscitan el rechazo de la oposición. Tenemos un grave problema en España con quienes ni hacen, ni dejan hacer.

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¿Nada volverá a ser como antes? ¡Nada volverá a ser como antes!

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Nada volverá a ser como antes. El coronavirus supone un antes y un después. El mundo va a cambiar. Va a cambiar radicalmente. Fin de época. Punto de inflexión. Se avecina un nuevo tiempo con nuevas reglas. Nada será igual. Adiós al mundo tal como lo conocíamos. Bienvenidos al futuro.

Venga, sed sinceros: ¿qué os produce la lectura del párrafo anterior? ¿Ilusión o miedo? ¿Qué sentís cada vez que estos días encontráis esos mismos vaticinios en artículos, entrevistas, tertulias y análisis de expertos? ¿Os ilusionáis, repetís las frases en voz alta, las compartís en vuestros grupos de whatsapp y salís al balcón para mirar el horizonte? ¿O más bien os echáis a temblar, os escondéis bajo la cama y miráis compulsivamente fotos antiguas (fotos de hace dos semanas)? ¿Queréis que el mundo se dé la vuelta cual calcetín, o daríais un pulmón y parte del otro por regresar aunque fuese un ratito a la semana previa al estado de alarma?

Quizás las dos cosas. Yo, por ejemplo, voy por días, o por horas. Hay ratos en que me entusiasmo pensando en esta posibilidad imprevista de transformación social, y enumero las muchas cosas de ayer que querría dejar atrás para siempre. Pero hay otros momentos (el día del confinado es muy largo) en que me repito eso tan viejo de no hacer mudanzas en tiempo de tribulación, y firmaría con los ojos cerrados por conservar intacto ese ayer que hoy vemos alejarse, incluso con todo lo que no iba bien, para intentar cambiarlo pero por otras vías, sin confinamiento, miles de muertos y ruedas de prensa con generales.

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Una nación es su gente, ni sus mercados ni sus políticos

Nieves María Lorenzo, una anciana canaria, cosiendo mascarillas.

Decía un tweet de Gerado Tecé que "del caos siempre surgen héroes y ratas". Sin duda. Más aún cuando las ratas llevan desde hace tantos años robando el queso y la memoria a la gente corriente, insistiendo en sus retóricas y prácticas sin ética de manipulaciones y mentiras. Como Albert Camus escribe, precisamente en La Peste: "la estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si no estuviera siempre pensando en sí mismo". Así que esta plaga, esta pandemia, nos llega en nuestro mejor momento de estupidez. Sse trata de pensar en nosotros mismos no hay mejor adoctrinamiento que el que recibimos del neoliberalismo y del capitalismo. 

Poco parece que haya cambiado el coronavirus a quienes vienen viviendo del cuento facha. La mayor parte de los centenares de bulos que surgen en sus intervenciones los hemos leído, antes o después, en centenares de grupos de WhatsApp. Difunden mensajes tóxicos que tratan de crear un estado de pánico e indignación contra quienes gobiernan España. La oposición no quiere perder forma, ¿por qué iban ahora de dejar de odiar y señalar a los enemigos de su patria?

No hay nada mejor que una plaga con su miedo, su desconcierto, su cansancio y su dosis de irrealidad para seguir haciendo caja. Es normal que Vox y PP defiendan a las grandes empresas, una buena parte de ellas cotizan en los mercados de sus necropolíticas. Son las mismas que aparecen en los sumarios de multitud de casos de corrupción y que, cuando pueden, especulan con los derechos básicos de la gente corriente. Tampoco puede sorprender que haya quien pida, en este momento de exaltación de la amistad, un aplauso desde los balcones a la heroicidad de esos empresarios que están donando miles de trabajadores al INEM. La estupidez insiste.

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De esta salimos más desiguales

Niños ante un ordenador.

El eslogan del Gobierno "esto lo paramos unidos" nos interpela a todos los ciudadanos y hace referencia a que con un sacrificio de cada uno de nosotros vamos a poder superar esta situación. Todos vamos a tener que contribuir, pero parece que unos van a tener más consecuencias que otros. Este virus sí que parece que entiende de clases y los efectos del confinamiento lo van a sufrir más aquellas familias vulnerables, especialmente las que tienen hijos.

Un amigo me comentaba que una trabajadora del hogar que está empleada en su casa algunas horas semanales le había preguntado si podía utilizar su impresora para poder imprimir algunos de los deberes de sus hijos. Como bien explica Eloi Mayordomo, el confinamiento va a tener efectos desiguales para las familias con hijos. Aquellas con menos recursos van a sufrir un entorno más estresante porque económicamente van a estar en una situación más vulnerable, con una comida de menos calidad… pero a todo esto también es necesario pensar en cómo el confinamiento va a tener efecto en el acceso a la educación de los niños. Ya hay muchos estudios que muestran que el número de libros en casa tiene un efecto tanto en las altas expectativas educativas de los niños como en su desempeño educativo. Pero la interrupción de las clases va a sumar algunos efectos específicos.

La brecha digital va a afectar en el derecho a la educación que tienen los niños. El cierre de los centros educativos exige que esta educación se realice por vía digital. Según datos que publica el Alto Comisionado contra la pobreza infantil, un 9% de hogares con menores y con menos de 900 euros mensuales no disponen de internet, y un 4% de aquellos de 1.600 euros mensuales tampoco tiene acceso. Sin embargo, el hecho más preocupante no es el acceso a internet, ya que ahora se puede tener desde muchos dispositivos, por ejemplo, desde el teléfono móvil, sino hasta qué punto pueden disponer de internet para realizar las actividades educativas. Así, según los datos de PISA, uno de cada cinco niños con pocos ingresos no disponen de ordenador en casa para hacer los deberes. Concretamente, más de un 20% de los hogares más vulnerables no tienen tablets para estas finalidades, y un 15% tampoco tienen ordenador. Esto es importante porque estos recursos están relacionados con un mejor rendimiento del alumnado. Además, aquellos con una exposición a internet moderada obtienen, de media, mejores resultados que el que no accede a la red.

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Y cuando despertemos, ¿Casado seguirá ahí?

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El presidente del Partido Popular, Pablo Casado.

En un país en el que la mayoría de nosotros pasa el día contando muertos y leyendo cifras de parados resulta difícil que alguien pueda encontrar un sentido a todo esto. De repente, un minúsculo bicho lo ha arrasado todo. Los planes, los sueños, las promesas, las previsiones económicas, los relatos... y hasta los tableros de ajedrez sobre los que se proyectaban las grandes estrategias políticas. Esto ya no va de salvar a ningún rey, sino de parar la muerte y evitar que la pandemia nos deje un país irreconocible en todos los sentidos.

Que la vida nunca será igual, ya lo sabemos. Cambiarán nuestras prioridades, nuestros sueños y nuestros desvelos. ¿Quién no ha pensado a estas alturas qué será lo primero que haga cuando se levante el confinamiento? El primer abrazo, la primera visita, el primer paseo, el primer viaje, la primera caricia… Ya no hay grandes propósitos. Lo pequeño, de repente, será grande e irrepetible. Porque todos, los 47 millones de españoles confinados, somos hoy seres heridos por el drama colectivo y a la vez también marcados por nuestros demonios más íntimos. Por las mentiras, por los secretos, por las promesas incumplidas y por los autoengaños. Y a los que solo nos podrán salvar esos lazos invisibles que nos conectan con los demás y nos reconcilian con el mundo más allá de nuestro entorno más cercano.

En toda crisis aparece lo mejor y lo peor de cada uno. Lo mejor, sin duda, es la entrega de los profesionales sanitarios, pero también el ejemplo de una sociedad que, acostumbrada a vivir en la calle, en las terrazas y en los bares, ha aceptado con una resignación ejemplar las medidas impuestas por el estado de alarma. Que no se escatime tampoco un solo elogio a quienes desde la empresa privada, con donaciones o aviones de mercancías, colaboran en la repatriación de miles de españoles que andan por el mundo o en el traslado de material sanitario para los hospitales. Haberlos haylos y es de justicia también reconocerlo.

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¿A quién echas de menos?

Hace unos días, en una radio argentina, dije que quizá este sea el momento de reorganizar los afectos. Era algo a lo que llevaba dándole vueltas desde que empezó el aislamiento y ya no había forma de evitarse a una misma. La hay, pero es más difícil. Las preguntas son más evidentes, las ausencias también, los miedos, las prioridades, la falta de lo que de verdad sientes como necesario no ya para sobrevivir sino para ser feliz.

Yo he decidido agarrarme a todo lo que tengo aquí delante para combatir la incertidumbre. El sábado por la mañana, en el balcón, con el vaso de vermú y una rodajita de limón, me sentí capaz aunque no sabía bien de qué ni por cuánto tiempo. El lunes, con el cielo blanco y la calefacción encendida, me vine abajo. Y es que el tiempo está un poco como nosotros: ambivalente.

Quizá quiera demostrarnos que es verdad eso de que después de la tormenta viene la calma o que en toda oscuridad hay algo de luz o cualquiera de esos otros tópicos tan manidos pero tan socorridos en estos tiempos. O quizá es que la ambivalencia está en la naturaleza y en nosotros, y ni siquiera tiene sentido diferenciar porque es lo mismo, aunque nos hayamos olvidado.

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No se vende, se defiende

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Una asociación de Floristas homenajea a sanitarios y policías con ramos de flores.

Hay una llamativa proliferación de trolls en las redes sociales que insultan y amenazan. Han ido brotando por doquier al mismo tiempo que la crisis del coronavirus. Brotan porque alguien los siembra y los riega, claro. Dicen actuar por nuestra salvación, pero con amenazas de muerte. Son muy valientes insultando, pero desde el anonimato en la mayor parte de los casos. Piden justicia con una actitud matona y delictiva. Exigen una España mejor, sembrando el odio de la cara cubierta, el insulto y el acoso.

Más allá de esa cochambre, detecto, por otra parte, que se ha abierto un debate absurdo entre la falta de previsión en esta crisis y las consecuencias de los recortes en Sanidad. Los dos factores han influido y no es contradictorio. Me parece patético señalar solo una de las dos causas y simplemente hay que hablar con los profesionales sanitarios para que lo expliquen. Hubo bastantes errores en general. Si hubiéramos actuado antes tras lo ocurrido en China, si tuviéramos más test para prevenir y aislar, más material de seguridad, más respiradores, si no hubiéramos recortado en camas o en personal, muy probablemente no estaríamos así.

Hablo con una familiar que trabaja en la enfermería en Madrid. Sabe lo que es hacer guardias de 24 horas, sin el equipo de protección individual adecuado, recurriendo a las bolsas de basura para protegerse, sin la mascarilla, la bata o las gafas oportunas. Debe curar a enfermos a los que ella misma puede contagiar, porque son profesionales que también están contagiándose. Van más de 12.000 sanitarios oficialmente contagiados, pero si aumentaran las pruebas, serían más. Son trabajadores que sufrieron recortes de sueldo y empeoramiento de sus condiciones laborales, después vieron cómo no se atendía a tiempo la alerta que sonó en China y, ahora, están jugándosela a pie de cama. O de sillón o en el suelo del pasillo de un hospital.

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La sanidad pública y un Jaguar en el garaje

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Marea Blanca en Madrid en 2012

Todo el mundo se está haciendo muchas preguntas sobre las consecuencias sociales del confinamiento mundial que ha provocado la pandemia del coronavirus. Las consecuencias a largo plazo, las que afectarán a nuestras vidas. Seguro que son muchas y diversas, hay especulaciones para todos los gustos. Pero hay una conclusión que a día de hoy ya ha quedado absolutamente clara: la sanidad pública es una prioridad para el conjunto de la sociedad, hay que considerarla como tal y como tal hay que defenderla.

Los gobiernos del PP se emplearon a fondo en externalizar, en privatizar, en fomentar el copago y el repago de medicamentos, en vender la sanidad pública para que se enriquecieran sus presuntos socios, cómplices y amiguetes, presuntos colaboradores en una corrupción que a muchos ha llevado ante los tribunales. A la sanidad pública la despreciaron, la humillaron, la desmantelaron, la recortaron, nos la cambiaron por otra de precariedad laboral y falta de personal, de listas de espera, de falta de material, de falta de camas y reducción de pruebas diagnósticas. En definitiva, nos robaron aquella sanidad con la que crecimos sabiendo que, nos pasara lo que nos pasara, tendríamos la mejor medicina, la mejor enfermería, los mejores hospitales al servicio de nuestra vida.

Se puede decir que la calidad y la universalidad de la sanidad pública española fue lo único en lo que estaba de acuerdo todo el mundo. Menos los usureros, claro, que no dudan en lucrarse con lo que sea, incluida la salud, y esos políticos de la derecha neoliberal que se lo permiten porque a lo mejor les aparece un Jaguar en un garaje. Esos políticos para quienes importa más un Jaguar que la salud y la moral.

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El acontecimiento

Una calle desierta.

Me gustaría escribir algo que no fuese sobre el coronavirus, pues a todos obsesiona y está bien que tengamos otras cosas en las que pensar. Pero se me hace difícil. De momento, lo único cierto es la tragedia, la incertidumbre y la ansiedad. Estamos en un estado de shock que hace difícil asimilar con claridad lo que nos está pasando. Por eso, lo que más me está llamando la atención es que ante el mismo acontecimiento, las reacciones tienen que ver más con posiciones previas que con hacer frente al coronavirus. Los partidos políticos han visto la oportunidad de seguir con sus matracas. Para el PSOE y Unidas Podemos es un momento de reivindicar los servicios públicos; para el PP, de bajar los impuestos; para Vox, de excluir a los inmigrantes; para Ciudadanos, de reivindicar la nación española; para los independentistas, de reivindicar sus naciones…

En cierta medida es como si el virus no existiese, en un sentido político, pues cada grupo está proyectando sobre el virus aquello que quiere ver. Entre tanta desgracia se está jugando también una lucha por la hegemonía del relato de qué es el virus en un sentido político. En todo caso, algo positivo de la situación española es que ningún partido ni grupo de presión considera que tenemos un dilema entre crisis económica y que mueran los más débiles, y que quizá lo mejor es que mueran los débiles, como propuso Boris Johnson en un primer momento, o están proponiendo políticos y grupos de presión en EEUU. En España el debate se centra en si las medidas restrictivas deben ser más duras, no si las levantamos. Esto habla bien del trato de la sociedad española hacia los más débiles.

Otra cuestión que me intriga considerablemente es la reacción de los diferentes gobiernos. En varios países asiáticos se ha actuado muy pronto sobre focos puntuales. En otros, al principio ha sido tibia, pensando que se puede controlar, hasta que es demasiado tarde, como el caso de Italia, España, Francia, posiblemente Reino Unido. Los hay que han decidido aplicar medidas muy drásticas con muy pocos casos detectados, como Argentina. O los que invitan a su ciudadanía a tomar las calles y abrazarse, como en México y Nicaragua. Otros confían en que es suficiente con dar ciertas directrices a su población, como Brasil, Holanda o Suecia. En EEUU reina el desconcierto, pues cada Estado toma sus medidas, en un contexto en que el virus no sabe de fronteras. Me resulta difícil encontrar patrones que expliquen estas diferencias, politólogos tiene el Reino, que nos los expliquen en los siguientes años. Pero no deja de recordarme a Guerra Mundial Z, la interesante novela de Max Brooks (nada que ver con la película homónima). Contra la extensión de la pandemia zombi, en un primer momento, cada gobierno responde con sus propias tradiciones, pero los zombis se siguen extendiendo. En el transcurso de la lucha, cada país va aportando métodos que demuestran su efectividad, hasta que se logra una estrategia de éxito, basada en todas esas aportaciones. Al final, el virus es el que es, y no está sujeto a interpretaciones.

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Pandemia de andar por casa

Dos vecinos charlan de balcón a balcón durante el confinamiento.

Por una vez concuerdo con Javier Marías -cosas de la cuarentena y el hastío- cuando dice al inicio de Tu rostro, mañana que: "uno no debería contar nada". Durante las últimas dos semanas, entre cuidados, cambios logísticos, angustias y otras soledades debidas al coronavirus, he leído con mucho interés las columnas de mis colegas. La pandemia vista con perspectiva de género y de clase, los artículos científicos, los intentos por exponer herramientas psicológicas, los desahogos y las llamadas al ánimo. Todos me parecen bien. De todos he aprendido y hasta los que me indignan sirven para activar algo en mi cerebro que se va durmiendo por culpa del confinamiento. La rutina, la mía, no es tan diferente a la habitual, solo he perdido los aliviaderos, ese par de días a la semana en los que ocuparme de mis propios asuntos, poder trabajar sin mirar la hora y ver otras caras, tocar otros cuerpos.

Todo lo demás es hastío. Una gran nada que ni puede definirse como asfixiante. Mantener a las personas a mi cargo sanas es la única misión, lleva todo el día, pero son acciones contadas que no se diferencian en nada con las que eran antes de todo esto. Mientras, el tiempo, el murmullo de la radio, de la televisión, de la música y hasta de los libros. Todo es murmullo amorfo. La emocionalidad, en lugar de dispararse, se me ha quedado escuálida. He perdido a dos miembros de mi familia en lo que va de pandemia, la imposibilidad del duelo, mejor dicho, del ritual, no ha caído ni como una losa, ni como un mazazo, ni como nada. El dolor ha sido absorbido por un paso del tiempo fofo y muy poco épico.

Escucho las recomendaciones del Ministerio de Sanidad, las sigo como puedo y poco más. En medio de los aplausos de las ocho me siento un poco el mayor Tom al que le preguntan desde La Tierra si aún puede escucharles. El miedo a no poder pagar mi casa, a perder más trabajos, a perder más familiares o a enfermar se me ha hecho mediocre, como una escocedura en mal sitio. En ese abismo de la pena doméstica y enfrentando problemas realmente serios con cara de interrogación me encuentro.

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