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Enguarrando a Boye

El abogado Gonzalo Boye tras declarar ante la jueza de la Audiencia Nacional, María Tardón.

"Para deslegitimar a alguien es suficiente con decir que ha hecho algo"
Umberto Eco

No hay nada que dé más miedo que la capacidad incontrolada de determinados individuos con poder institucional de destruir a un ciudadano sin la más mínima consecuencia. Da mucho miedo, porque podría pasarnos a cualquiera o, mejor, podría pasarle a cualquiera que se enfrentara al sistema. Aún el pavor es mayor si apreciamos la falta de cualquier pudor ético en aquellos llamados a defender el sistema dentro de unas reglas que un estado democrático respeta porque son la garantía de su calidad.

Uno de estos episodios que plantean más dudas que respuestas y que cuestionan la verdadera vocación de la policía y, sobre todo, de la Fiscalía de proteger la legalidad vigente tuvo lugar ayer con la declaración de veinte minutos ante la magistrada Tardón del abogado Gonzalo Boye, para el que el fiscal pidió obligación de comparecer cada quince días a firmar en un juzgado, y ni eso le dieron. Lo más complicado de explicar es que para este viaje, el abogado Boye fue sometido a un registro domiciliario y a un registro de su despacho profesional que duró quince horas con los periodistas pertinentemente avisados en la puerta y las cámaras de la propia policía intentando entrar para mostrar después en los medios imágenes del registro.

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Volvamos a descorchar el champán

El 20 de noviembre de 1975 miles de familias españolas celebraron la muerte del dictador. Aquel día había pocas certezas sobre lo que ocurriría en el futuro. Nada hacía pensar, y de hecho así fue, que el régimen fuera a desmoronarse de la noche a la mañana, arrastrado por la desaparición de su sanguinario Caudillo. Los miedos y la incertidumbre ganaban por goleada a la esperanza. ¡Quedaba tanto camino por recorrer! Sin embargo, los luchadores antifranquistas, los verdaderos demócratas sacaron de la nevera el champán que tenían reservado para la ocasión, lo descorcharon sin hacer demasiado ruido y brindaron con alegría y emoción. Nadie pudo arrebatarles aquel instante de profunda felicidad.

Hoy nos encontramos en una situación que tiene muchos paralelismos con lo ocurrido hace casi 44 años. Sobre la mesa volvemos a tener el cadáver del tirano que, esta vez, realiza el viaje de regreso desde su tumba dorada. Es una gran noticia y, sin embargo, hay tantos "peros", tantas cosas mal hechas, tantas asignaturas pendientes que la incertidumbre vuelve a imponerse a la esperanza. ¿Por qué la nueva tumba de Franco seguirá estando sufragada con el dinero de todos los españoles? ¿Qué va a pasar con ese monumento a la dictadura y ese insulto a sus víctimas que es El Valle de los Caídos? ¿Cómo se permite continuar allí a una congregación religiosa dirigida por un abad fascista que se ha reído abiertamente de nuestro régimen constitucional?

¿Cómo es posible que José Antonio Primo de Rivera, el fundador del partido fascista español, continúe allí enterrado? ¿Durante cuantos años más la basílica sevillana de La Macarena va a servir de sepulcro a ese criminal de guerra que incitaba a violar mujeres llamado Queipo de Llano? ¿Llegará el día en el que en España no haya ni una calle, ni una plaza, ni una estatua, ni un símbolo dedicado a honrar la memoria de los líderes franquistas? ¿Podremos alguna vez desenterrar, homenajear y dar una digna sepultura a los más de 100.000 hombres y mujeres que asesinaron las huestes del dictador por mantener ideas democráticas?

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Primera orden de la democracia que obedece Francisco Franco después de 80 años sublevado

Pintada de partidarios de Franco en una sede del PSOE

Cientos de miles de familias españolas vivieron con angustia el momento en que una lápida de 1.500 kilos era depositada sobre el ataúd en el que estaba enterrado y embalsamado Francisco Franco. Sentadas frente a televisores en blanco y negro, con un nudo en la garganta y con el terrible aprendizaje de no poder mostrar en público su ideología, mezclaron recuerdos de personas asesinadas, de familiares exiliados que murieron a miles de kilómetros del lugar que los vio nacer y de todos los proyectos vitales que murieron aplastados por las botas de un régimen de terror.

El hecho de que el responsable de numerosas violaciones de derechos humanos fuera enterrado no conllevó que el aparato político, militar, económico, académico, religioso y cultural que había se había desarrollado durante cuarenta años de dictadura quedara sepultado bajo esa losa. La incertidumbre, acerca de lo que podía suponer o no ese momento, generaba entre amplios sectores de la sociedad una tremenda angustia.

Mientras, las élites franquistas, que conocían parte del destino que iba a seguir el país en su frágil camino hacia la democracia, y caminaban unos cuantos pasos por delante del resto de la sociedad, contaban con un aliado que supieron administrar con gran habilidad: el miedo.

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Cacerolazo global

Miles de chilenos volvían este martes a las calles para protestar por quinto día consecutivo.

"Mamá, me llevé la olla", se lee en el cartel de una joven durante el reciente estallido popular contra 30 años de neoliberalismo en Chile. La olla, la cacerola vacía, es la imagen que resume el fracaso del modelo económico que convirtió al país del sur en el niño mimado del FMI, mientras empobrecía y arrebataba derechos a la gente. El gesto de la hija que se lleva la olla de la madre para luchar lo cambia todo, el paradigma, el tiempo, todo. Es el mismo clamor que resuena en las cacerolas de las huelgas en cada 8 de marzo, en la demanda del fin del trabajo explotador y feminizado que suele sostener las grandes economías mundiales.

En las palizas de hoy, las vejaciones y abusos sexuales de estos días –que se denuncian desde que empezó la represión de Piñera–, se escuchan los ecos de las violaciones, secuestros y torturas que sufrieron las mujeres luchadoras de los 70s, a las que les arrebataron sus hijos recién nacidos para dárselos a las familias cómplices del régimen de Pinochet. El cuerpo de las mujeres, cis y trans, siempre campo de batalla. Frente a la opresión, el feminismo ha llevado cuidados, autocuidados y cultura asamblearia e igualitaria a la primera línea de fuego, porque lo que le impulsa es la defensa de lo comunitario y el rechazo a un sistema que precariza la vida.

"Ya perdimos el miedo" es la consigna que más se repite en las protestas chilenas. Lo oíamos de las bocas de mujeres hace unos meses durante la enorme manifestación feminista en México DF contra los policías violadores, cuando después de que ellas volcaran su rabia a las calles, incendiaran el metro y bañaran monumentos históricos con pintura tan roja como la sangre de los feminicidios, se intentara disciplinarlas y enseñarles cómo se debe protestar. Imposible no ver el contagio, los vasos comunicantes entre ese estallido y lo que ha ocurrido hace unas semanas en Ecuador, lo que ya está pasando en Chile, en Honduras o en Bolivia. O en las permanentes reivindicaciones del pueblo mapuche, perseguido por el Estado chileno y por el argentino, o en el levantamiento del movimiento indígena en Ecuador ante el paquetazo de Lenin. Todo lo que anuncia ese fin de ciclo, cuando se acaba el miedo a la violencia heteropatriarcal, a la violencia económica y a la violencia colonial, cuando las resistencias convergen en un cacerolazo global.

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La fragilidad de las bibliotecas

Protesta contra el cierre de una biblioteca pública.

El señor Nikola Koljevic amaba a Shakespeare y lo citaba de memoria, en inglés. Era profesor de Poesía y Crítica de la Universidad de Sarajevo. Sus alumnos lo adoraban. Había visitado cientos de veces la Biblioteca Nacional de Sarajevo, amaba sus libros. Pero en 1992, convertido en el segundo al mando del ultranacionalista Radovan Karadzic, ordenó destruirla.

De la sangrienta guerra de los Balcanes nos quedan relatos sobre masacres e incredulidad. En medio del horror sufrido, quizás una biblioteca en llamas no deba doler tanto. Pero desde que escuché esta historia, su incongruencia se quedó conmigo. Me dijeron que era porque el edificio, levantado durante el Imperio Austrohúngaro y terminado en 1894, tenía trazos árabes y orientales. No es una historia traumática como el relato de las masacres, pero cada vez que alguien lo vuelve a contar, vuelvo a quedar confundida. ¿Cómo un hombre que amaba los libros ordena destruir una biblioteca? ¿Porque se 'veía' impura? ¿Porque recordaba que Sarajevo era una ciudad donde convivían bosnios musulmanes y croatas católicos? Sea como sea, entre el 24 y el 25 de agosto de 1992, las milicias serbias dispararon proyectiles sobre la biblioteca, cuyas ruinas ardieron durante tres días.

Se perdieron cientos de miles de volúmenes. Entre ellos, más de 700 incunables: libros impresos durante el siglo XV hasta antes del día de Pascua de 1501. Había textos bosnios únicos. Ejemplares de diarios. Archivos históricos. Manuscritos de los periodos otomano y austrohúngaro. Más de 155000 rarezas bibliográficas. Colecciones de la Universidad de Sarajevo.

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Poema gamberro contra la historia fascista y misógina de España

La escritora Cristina Morales.

Escribió Cristina Morales, ganadora del Premio Nacional de Narrativa de 2019, que "fascismo y machismo son la misma cosa". Si le tomamos la palabra, no nos costará entender de qué manera esas violencias hermanadas han sido el arma definitiva para acabar con buena parte de la escritura de las mujeres españolas del siglo XX. A saber: fascismo es lo que mantuvo a algunas de nuestras grandes autoras en el exilio, preparándose para ser olvidadas; y el machismo eso que terminó de silenciarlas, a la sombra casi siempre de un amante o de un marido.

Si hago esta asociación es porque casi al mismo tiempo al que el jurado del Premio Nacional anuncia el nombre de la autora de 'Lectura fácil' —en lo que a mí se me antoja un galardón reparador por lo que de gesto político tiene también para nosotras, lectoras y escritoras— un pequeño ejemplar del cuaderno 'Cantar de la luna vacía', de María Teresa León, llega a mis manos, como si los planetas se hubieran alineado.

El cuaderno de León no es nuevo. Apareció publicado el pasado agosto en la colección Planeta Clandestino de Ediciones 4 de Agosto. Para quien no la conozca: esa fábrica de artefactos poéticos grapados cuya cubierta es una cartulina marrón y cuyas páginas esconden obras breves de diferentes poetas contemporáneos. De las sesenta páginas que componen 'Cantar de la luna vacía' sólo tres están dedicadas a la poesía, sin embargo. Una para un poema que Aitana Alberti León dedicó a su madre en 2008 y dos para el único poema que María Teresa León escribió en toda su vida, o al menos el único del que se tiene constancia.

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Normalizar lo anormal

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Andreu Buenafuente homenajea a Gila en su monólogo sobre la situación política.

Normalizar lo anormal para no hurgar más en la herida, para esquivar respuestas, para evitar contradicciones, para saltar al vacío, para no errar más de la cuenta, para contar votos, para escapar del problema… Está pasando. En el vacuo espectáculo de la política cabe todo: manejar el timón de una crisis institucional desde el cálculo electoral, pasarse la ley y la Constitución por el forro del traje de campaña o convertir la escena en batalla permanente de confrontación. Así andamos. A veces, caminando de puntillas y siempre, a la gresca. El trazo grueso y la última boutade se abren paso en medio de la crisis institucional más grave vivida en democracia. Y no hay nadie que diga: '¡basta!, ¡ya está bien de cálculos!, dejen la trinchera,siéntense, hablen y busquen soluciones'. Dialogadas, legales y que cosan de una vez las costuras que estallaron desde hace al menos una década.

Anormal es que el presidente viaje medio de extranjis a Catalunya para evitar escraches por la calle y, pese a la cápsula de seguridad, sea escrachado dentro de un hospital. Será que ahora el personal sanitario lo mismo atiende enfermos que monta zapatiestas a Pedro Sánchez en horario laboral. Y anormal es escuchar que la protesta va en el cargo, como si fuera lo mismo manifestarse en la calle que en el interior de un recinto hospitalario.

Anormal es también que el president de la Generalitat telefonee una vez más al presidente del Gobierno para hablar de la crisis catalana y Sánchez no atienda la llamada. Ya van cuatro sin contestar. Dicen que su teléfono seguirá en "modo avión" hasta que Torra condene sin paliativos la violencia en las calles de Barcelona. ¡Qué cojones!, responde el molt honorable grabado en un reportaje en el que teatraliza su indignación. Si uno confunde la firmeza con la impostura electoral, el otro protagoniza un sketch. Hace tiempo que la política espectáculo llegó para quedarse.

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Guía para entender la Catalunya de hoy

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"No es la revolución de las sonrisas, es rabia contenida", resumía a cara descubierta una chica que ha participado en las protestas contra la sentencia del procés. "Hemos perdido el miedo", repiten muchos de ellos cuando se les pregunta por su presencia en las movilizaciones. Miles de jóvenes como ellas y también un grupo de 500 radicales muy violentos, según los datos ofrecidos por los Mossos d’Esquadra, convirtieron durante cuatro noches seguidas el centro de Barcelona en un paisaje de barricadas, incendios y brutales enfrentamientos entre manifestantes y policías. Los servicios sanitarios atendieron a 600 personas, la mitad policías, y uno de ellos sigue muy grave. La otra mitad son manifestantes y cuatro han perdido un ojo.

La duración, el número de manifestantes, el parte de heridos y detenidos y el contexto político convierten estos disturbios en los más importantes que ha vivido Barcelona en democracia. Eso prueba su gravedad y requiere una condena sin ambigüedades. Una firmeza que no debe excusar los excesos policiales ni debería ser argumento para utilizar las balas de goma que el Parlament prohibió en 2013. Es cierto que el acuerdo solo afectaba a los Mossos d’Esquadra pero son igual de lesivas las dispare quien las dispare.

Mucho se ha debatido sobre quienes son esos jóvenes. Están bautizados como los hijos del 1-O, y a menudo mezclan su apoyo al independentismo con la frustración de una generación que teme y con razón por un futuro más que incierto. Es evidente que los que participan en estas protestas no son todos los que pueden definirse así, pero para entender que son muchos vale la pena tener en cuenta que la huelga general vació las aulas de las universidades (el seguimiento del paro fue del 90%). Durante esos días miles de estudiantes catalanes participaron en manifestaciones, todas masivas y pacíficas.

Son jóvenes para los que la Transición es como mucho un capítulo en el libro de Historia (si es que el curso no acabó antes de llegar hasta ahí), Jordi Pujol no tiene personaje de Polònia y sus medios de referencia no están en ningún quiosco. Tienen en común que han crecido con el conflicto, muchos han asistido a las manifestaciones de la Diada, cuando todo eran sonrisas, conocen a familiares y amigos que estuvieron en las escuelas durante el 1-O, y viven con normalidad no sentirse españoles. En esas marchas multitudinarias del Onze de setembre, o mientras la tele estaba puesta en casa, escucharon a políticos que proclamaban que la independencia no solo era posible sino que estaba a punto de llegar. No era verdad aunque nadie les ha explicado aún por qué les mintieron ni tampoco les cuentan qué va a pasar a partir de ahora. Los hay que pretenden engañarles de nuevo, otros intentan explicarles que esto va para largo. No saben qué pasará porque nadie lo sabe. Es fácil pronosticar que bajo los adoquines de la plaza Urquinaona tampoco está la playa, pero el que se atreve a decírselo es tildado de 'botifler'. Por eso es tan importante que alguien como Carme Forcadell, condenada a 11 años y medio por sedición, asuma públicamente que a los líderes independentistas les faltó empatía para reconocer a esa Catalunya que no piensa igual que ellos.

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Surge una nueva ola de indignación social

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Disturbios en Catalunya por la sentencia del procés

El poder instalado en su pedestal nunca entiende lo que ocurre más abajo. No ve, porque no mira. Y ni mucho menos siente y empatiza con los problemas que en muchos casos genera. De repente, el mundo se ha vuelto loco atacado del virus de la protesta. Ahora, con brotes de violencia. Algunos de una agresividad como nunca vieron, dicen. Brotes, no violencia generalizada –y me refiero aquí al caso concreto de Catalunya- como dan a entender cuando sitúan el foco sobre los altercados, sin abrir el plano donde miles de personas protestan pacíficamente. Porque es un derecho amparado en muchas Constituciones y hasta en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La libertad de expresión y la de manifestación incluyen la crítica, por supuesto. Limite usted su arrogancia y su mano dura, y deje tranquilos los derechos democráticos.

Protestan en Catalunya y, en solidaridad en otros lugares de España, por una sentencia con duras penas de cárcel a los dirigentes independentistas que consideran injusta. Chile ahora, Argentina y Ecuador hace poco, arden en protestas altamente airadas, en estos casos, por medidas que suponen recortes de lo poco que tienen. Bolivia también salta disconforme por dudas en el proceso electoral. Nicaragua es un polvorín desde hace tiempo. Hay muertos en las manifestaciones. Hong Kong sigue presionando a pesar de haber logrado, en teoría, sus reivindicaciones. Algunos gobiernos están cediendo, sí. Tarde. Lo hizo en parte Francia con los chalecos amarillos, uno de los movimientos de protesta más agresivos que se han visto en tiempos. ¿De verdad hay quien cree que no está pasando nada excepcional y podrán controlarlo con sus métodos?

Lo grave es que ni se enteran de que esta vez parece algo diferente: hartazgo máximo. El 15M y las primaveras árabes fueron la Revolución de los Claveles de la indignación, lo de ahora puede llegar a parecerse a la Toma de la Bastilla y veremos qué viene después. Desde cómodas y bien pagadas e influyentes poltronas, aconsejan cesar las protestas y pararse a negociar primero las reivindicaciones con unos gobiernos que como el de Piñera en Chile llegó a declararse en guerra contra los manifestantes. Siéntense, tómense unos pasteles y ya, en la sobremesa del ágape, hablamos. No, esto no funciona así. La gente no protesta por entretener su ocio, no protesta por nada.

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La factura de la crisis catalana (algo más que contenedores)

Como los daños de la crisis catalana los vamos a pagar entre todos, yo ya voy echando la cuenta, para calcular a cuánto salimos por cabeza. Este es un primer balance de daños, cosas que se han roto o perdido, en algunos casos ya irreparables:

-1.044 contenedores de basura quemados o dañados.

-Semáforos, papeleras, señales, mobiliario urbano.

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