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Hijas mías, antes todo esto era campo y trabajo asalariado

Mis hijas son muy de escuchar batallitas, nostalgias y lamentos viejunos. Por ejemplo, les encanta que el abuelo les cuente su vida laboral, cuando trabajaba en una empresa pública (ahí ya abren la boca de asombro, ¡empresa pública!), y no solo tenía un buen sueldo con sus extras y vacaciones pagadas (otro gritito de incredulidad, ¡vacaciones pagadas!), sino hasta beneficios sociales para las familias.

Otras veces soy yo el que me las llevo de paseo para contarles cómo ha cambiado todo. Unos días vamos a la periferia para soltarles lo de "hijas, antes todo esto era campo". Otras veces paseamos por un polígono industrial o un centro comercial, nos paramos delante de ciertas empresas, o nos sentamos a ver pasar repartidores, y ahí son ellas las que se adelantan y, burlonas, imitan mi voz: "hijas, antes todo esto era trabajo asalariado".

Según pasan los años, vamos incluyendo en la panorámica más sectores y empresas: todas esas que ya han descubierto que el auténtico modelo productivo de futuro no es el I+D, ni el conocimiento o el medio ambiente, sino la extracción rápida de plusvalía a los trabajadores mediante un fulminante truco de magia empresarial: chas, chas, ahora eres asalariado; chas, chas, ahora eres autónomo. En muchos casos sigues trabajando para la empresa, haciendo lo mismo que si estuvieras asalariado (bueno, haciendo más), pero pagándote tú las cotizaciones y ahorrándose la empresa indemnizaciones, vacaciones y demás incordios.

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Los ofendiditos estaban en Vox

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Captura Campofrio Ofendiditos.jpg

Vaya por Dios. Tanta risa y tanta chanza que se traía la alegre muchachada de la derecha extrema con los ofendiditos y resulta que los ofendiditos más ofendiditos estaban en Vox. No habían pasado ni dos días desde la investidura de Almeida en Madrid y ya están en pleno dramón de Zorrilla, retándose a suspensión de reuniones, clamando por el valor de la palabra dada y reclamando satisfacción para el honor mancillado.

Tanto tirar de etiqueta para ridiculizar a cualquiera que tuviera el mal gusto de criticar un comentario o una actitud machista, fascista, racista o simplemente gilipollas, alegando que su derecho a decir estupideces no termina donde se acaba nuestra obligación de tener que aguantarlas y ahora resulta que los ofendiditos son ellos. Si no sabes aguantar una broma, lo mejor es que te vayas de este pueblo y de esta democracia, decían seguros y desafiante. Pero ahora se hacen los dignos porque les llaman fachas y ultras y nadie quiere sentarse a su lado en las fotos; ellos, que venían para perder el miedo a que les llamaran esas cosas, llorando ahora porque los demás niños no quieren jugar con ellos, al menos delante de toda la clase.

Tanto reclamar liberarse de las cadenas asfixiantes impuestas por la corrección política para poder llamarnos a los demás lo que les diera la gana y ahora se quejan porque no se les trata con la deferencia y respeto que merecen todos los representantes legítimamente elegidos. Demandan que ahora les ampare la misma corrección política que según ellos mismos, tanto daño ha hecho a tantos colectivos y minorías, condenados ahora al infierno del lenguaje inclusivo, expulsados de aquella arcadia feliz donde todos contábamos inocentes chistes sobre maricas, gangosos o gallegos, pero lo hacíamos con nobleza, sin maldad, desde el cariño y el respeto; no desde esta fría asepsia que está matando al Castellano, a pesar de los heroicos esfuerzos de Arturo Pérez Reverte para defenderlo de los ataques constantes de tanto progre acomplejado y tanta feminazi.

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Crisis constitucional

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Abrazo de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tras la moción de censura contra Mariano Rajoy.

Son ya tres las elecciones consecutivas en las que la síntesis política que la sociedad española hace de sí misma a través de los partidos políticos de su elección no garantiza la gobernabilidad del país

Las elecciones son representativas de la realidad del país. Pero sus resultados no permiten formar mayorías en positivo. No permiten dar cobertura a una acción de gobierno propiamente dicha

En 1996 José María Aznar fue investido presidente del Gobierno a partir de una mayoría relativa de 156 escaños. Necesitó los escaños de CiU (16) y del PNV (5) para obtener la mayoría absoluta. Ha sido la mayoría relativa más reducida que ha posibilitado la formación de un Gobierno con base en una investidura “de verdad”. Cuando la mayoría relativa ha estado por encima de esos 156 escaños, que es lo que ha ocurrido en todas las legislaturas constitucionales desde la primera de 1979 hasta la undécima de 2011, la formación de gobierno no ha planteado problemas dignos de mención. Cuando la mayoría relativa ha bajado de ese umbral, la formación de gobierno o no ha sido posible o ha sido resultado de una “falsa investidura”.

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Terroristas fantasma

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Fachada de la sede de la Audiencia Nacional. (EFE)

Recuerdo en los periódicos una fotografía de militantes de organizaciones antifranquistas calificados como "terroristas". Las "informaciones", además, aportaban datos sobre explosivos, artefactos y preparación de atentados. Nada era cierto. Aquellas personas habían sido detenidas, torturadas y, sin derechos ni defensa legal alguna, sometidas a parodias de juicios por fiscales y jueces franquistas. Y todo por su militancia en organizaciones que cuestionaban el Estado fundado por los militares, pero la difamación y las mentiras en la prensa eran necesarias para destruir su legítima posición política.

La prensa reproducía la "información" que le pasaba la policía política (toda lo era); es decir, el Gobernador Civil; es decir, el Ministerio; es decir, el Gobierno; es decir, la Jefatura del Estado. Franco y sus generales.

Uno de los rasgos de un sistema político totalitario es que la prensa sea uno de los brazos del Estado y no un instrumento independiente que garantice a la ciudadanía el disfrute de la libertad de expresión y opinión (naturalmente, que los fiscales y jueces no sean franquistas biológica, caracterológica e ideológicamente tendría que ser otro requisito, pero eso ya es harina de otro costal).

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Madrid 2023

En 2023 Madrid es una boyante capital europea gracias a los esfuerzos de Martínez-Almeida y su equipo.

En mayo de ese año concluye el soterramiento de la Gran Vía. El proyecto es encargado a un primo del alcalde, de profesión florista, lo que deviene en una serie de contratiempos durante el desarrollo de la obra. El más sonado es un error a la hora de sujetar el plano, provocando que no se soterre la Gran Vía sino Tetuán. Para cuando alguien se percata del desliz, miles de inmigrantes han fallecido atropellados por las excavadoras. Afortunadamente, el mismo primo se encarga de las coronas funerarias, unificando facturas y evitando así que el ayuntamiento tenga que pedir tres ofertas.

En los cuatro años de mandato popular, la cultura bulle en la ciudad. El desfile del Orgullo LGTBI es trasladado a Las Ventas. Para favorecer lo que el ayuntamiento llama "sinergias culturales", el desfile se programa a la misma hora que una corrida. El evento se salda con la cogida de 12.000 personas y la muerte del toro, aplastado bajo la carroza de Podemos. Este desgraciado accidente da lugar a una airada polémica que lleva al consistorio a declarar Madrid "zona libre de carrozas".

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Salvar los muebles de la Moncloa

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Las tres derechas en la foto de Colón

Le llamaban "Pacto de perdedores", querían dar una prima contra natura a la lista más votada para desactivarlos, y han logrado convertir en éxito unos resultados parcos en las urnas. El PP, cosechando el peor balance electoral de su historia, se ha hecho con un enorme poder municipal, excepto en la periferia. Y Pablo Casado, su increíble líder, ha salido del coma para respirar hondo y pisar fuerte con un futuro por delante que no tenía. Una pura carambola cuyo único mérito ha sido aguantar firme el pulso de los pactos, frente a sus correligionarios de Vox que tienen clara su meta, y la impericia y torpe ambición de Albert Rivera incapaz de recoger otra cosa que descrédito en la operación. Sin olvidar a un centro izquierda, con errores y algunos signos de no pisar el suelo, que ha visto volar plazas seguras. Si no toma las riendas con firmeza, podría peligrar también la Moncloa.

La política española registra profundas muestras de degradación. Ahí están repartiéndose las cuotas de poder, con avidez glotona en algunos casos. Lo de menos son los destinatarios de sus empeños, la sociedad. Vemos mociones de censura que no reprueban acciones de gobierno del recién llegado sino desalojar de la silla al contrario. Mayorías absolutas, a falta de un voto, como la Melilla del PP, que se va a Ciudadanos con mucho menos porcentaje. Municipios a los que aplican una especie de custodia compartida para distribuir el mandato en tramos de dos años, como Albacete o Ciudad Real, Granada, o Cartagena que ya venía de atrás con la experiencia. Lo que importa es atesorar en beneficio propio los votos. Y ya como remate y ejemplo, a Manuel Valls, el ex presidente del gobierno francés, convertido en el más eficaz ultranacionalista español y  represaliado a causa de ello por Ciudadanos en otra cabriola ininteligible. Una más.

Una más en efecto. Almudena Grandes cuenta en El País que "Villacís, la oscura vicealcaldesa de Almeida, podría haber sido alcaldesa de Madrid. Más Madrid y el PSOE le ofrecieron sus votos para que el PP no trajera a Vox de la mano a las instituciones madrileñas". Y ni se lo planteó siquiera. Prefiere pactar con Vox. Villacís ha demostrado ser tan ultraderechista como la que más. Ya nadie puede ser tan ingenuo como para dudar que esa es la ideología dominante en el partido naranja. Arrimadas, la portavoz en Madrid, asegura, sin pestañear: "Dijimos que no nos sentaríamos a negociar con Vox, pero a hablar sí". Igual fue de pie. 

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Cuatro años para repensar, resistir y actuar

Manuela Carmena y Ada Colau

De las posibles lecturas que arroja el saldo electoral del 26M, me voy a detener en algunas de las cuestiones que marcarán cambios de rumbo.

Uno de los ecos que resuena con contundencia tras las constitución de las corporaciones locales en esta nueva legislatura es la perspectiva de tener por delante cuatro años para repensar, empezando por las reglas de cálculo y la aritmética más básica. Parece mentira que la estrategia del 'divide y vencerás' se haya colado poniendo fin al paréntesis abierto en algunas ciudades. Me pregunto de qué nos sirve tanta cabeza pensante, capacidad intelectual y analítica si a la hora de la verdad son los egos y, en gran medida, los pulsos de testosterona los que marcan las direcciones políticas abocando el pretendido desborde del progreso social hacia las profundidades del abismo. Esto no es una provocación para regodearnos en las expectativas frustradas, ni mucho menos intentar hacer leña del árbol caído; se trata de compartir el convencimiento de que se impone una profunda revisión de los criterios, procesos y pautas de comportamiento con los que se ha pretendido alcanzar incidencia política. Sería deseable que dicha revisión abandone la épica y cualquier atisbo de gesta heroica que quede por ahí, dejándose contagiar de la articulación de sinergias creadas desde la inteligencia colectiva.

En estos días recuerdo con intensidad una conversación que tuve hace un par de años al respecto del proyecto ilusionante de una de las auto-proclamadas ciudades del cambio, de la evaluación de las dificultades encontradas para diluir las inercias institucionales de un engranaje, en general, excesivamente burocratizado y con gran aversión al cambio. Ya entonces me alertó que la prioridad de la atención estuviese puesta en la capacidad de gestionar mejor. No se confundan, soy una convencida defensora de la aplicación de criterios éticos y sostenibles en el funcionamiento, contratación y compra pública; sin embargo, me invade la certeza de que gestionar mejor la desigualdad no es necesariamente lo mismo que avanzar en igualdad, ni se traduce siempre en una percepción de mejora de las condiciones de vida ni de que esta llegue de manera directa y ágil a la ciudadanía.

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Al centro y pa' dentro

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Santiago Abascal, Pablo Casado y Albert Rivera, en el estrado en la manifestación en Colón contra Pedro Sánchez.

No oirán el silencio, oirán hablar machaconamente de "gobiernos de centro", "de centro derecha", "de centro liberal", "de centro reformista"... No es cierto. Son pactos del PP, Ciudadanos y la extrema derecha de Vox. Digo yo que, si no fueran unos acuerdos tan vergonzantes, no los ocultarían. No estaríamos con este lío. Lo niegan, pero es la suma con el partido de Abascal la que hace posible que Rivera y Casado hayan accedido a unas cuantas instituciones.

A partir de aquí, convendría que no faltaran a la verdad hasta entre ellos mismos. Nos ocultan lo que han pactado exactamente, pero sí sabemos que son pactos con la extrema derecha. Eso es Vox. Así lo definieron Pablo Casado o Manuel Valls cuando el rollito con el PP o Ciudadanos era otro. Así toca definirlo ahora que quieren confundir al personal. Vox ha sacado muchos votos con un discurso ultra de manual. Llevan tiempo apelando a sus votantes con determinados mensajes sobre las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes o la dictadura.

Casado y Rivera, antes la "derechita cobarde" y "la veleta" según Abascal, han dado entrada a la extrema derecha, que hizo campaña con un discurso machista y contra la igualdad. Vox pidió el voto hablando de "feminazis", de una "ley de violencia de género injusta y totalitaria" o de "mujeres que pueden decidir cortarse las uñas y el pelo, comer más o menos, pero no tienen derecho a abortar". Con estas proclamas han conectado con determinado público y ahora no se puede ocultar.

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¡El menú (sostenible), por favor!

Cambiar la forma de comer ayuda a la sostenibilidad.

Para combatir al cambio climático, casi todos tenemos una lista de hábitos a cambiar. Cambiar la bañera por la ducha. Ir a todo lado con nuestra botella de agua -y no comprar más plástico. Llevar bolsas de tela al mercado. Clasificar la basura del hogar en papel, plástico, metal, vidrio y orgánicos. Nuestra lista es común y sensata. Pero en mi lista, hasta hoy, no había estado pensar en lo que pido cuando voy a un restaurante.

Nunca me puse a pensar que esas cerezas que pedí para el postre habían llegado en avión. O que aquel bacalao estaba a cientos de kilómetros del lugar donde lo pescaron. Tampoco me cuestioné comerme un mango en otoño o que en Portugal debí preferir las bananas de Madeira por sobre las que llegaban de Ecuador. Me tomó demasiados años descubrir que lo que comemos -y cuándo lo comemos- puede afectar al medioambiente. Ahora, a mi lista para combatir el cambio climático le sumé estas preguntas: ¿Está en temporada? ¿A cuántos kilómetros de casa fue cosechado? ¿Viene de un invernadero? ¿Lo cultivó un campesino o una gran industria?

La gastronomía sostenible ayuda al desarrollo agrícola, la seguridad alimentaria, la conservación de la biodiversidad y la producción sostenible. Hace algunos años, el concepto se hizo famoso bajo el nombre de slow food. Yo no le presté mucha atención, me sonaba a moda pasajera. Sólo ahora entendí que consumir productos de temporada y seguir las recetas que las bisabuelas dejaron como herencia en cada pueblo, es tan útil para el planeta como apagar las luces después de salir de una habitación.

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Rivera y Valls, tan iguales y tan distintos

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"A los franceses no les interesa saber si un programa es de izquierdas o derechas. Quieren pragmatismo". Manuel Valls formuló esta declaración de principios (o de falta de ellos, según se mire) en una entrevista que concedió a El País en julio del 2014. Entonces era primer ministro francés. Un lustro después ha trasladado a la política barcelonesa, pero también a la del resto de España, la plantilla que aplicó en su país. Allí acabó fracasando y aquí está por ver. De momento ha perdido de manera clara las elecciones municipales pero ha triunfado en su propósito de evitar que la alcaldía de Barcelona fuese ocupada por un independentista.

Albert Rivera también hubo un tiempo en que decía que no era ni de izquierdas ni de derechas. Podría pensarse que fue hace mucho. Pero no. En octubre del año pasado, durante una entrevista en La Sexta, evitó posicionarse y se parapetó en el liberalismo: "Ciudadanos es un partido liberal, progresista, constitucionalista y europeísta. Soy liberal. No soy conservador ni socialista".

Su concepto de liberalismo dista mucho del que tienen en Europa, empezando por su principal referente, Emmanuel Macron, el mismo que hace un año afirmó que no se fiaba de Valls porque lo veía capaz de "cualquier mala jugada" y que ahora recela con razón de las alianzas de Ciudadanos con Vox para que las tres derechas acaparen la mayor cuota de poder posible. Macron no confía en Valls (y acertó al pronosticar que no sería alcalde de Barcelona) y hace bien en no fiarse de Rivera si lo que quiere es un aliado que no blanquee la derecha extrema.

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