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Quim Torra en el altar de la estupidez

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Si es cierto que todo el mundo tiene que sacrificarse de vez en cuando en el altar de la estupidez, el president de la Generalitat lleva una semana instalado en el púlpito. Quim Torra ocupa un cargo que no quería y ese fue ya su primer sacrificio, pero desde que lo ostenta no ha hecho más que denostar la institución. Quien más debería respetarla es quien más la está perjudicando.

Ni la prisión injusta de sus compañeros, ni las mentiras y exageraciones que se han escuchado en el Supremo, ni la amenaza de una derecha que circula sin frenos pueden ser excusa para tener un país paralizado y cada día más sonrojado por polémicas como la de las pancartas y lazos en las instituciones.

Tal vez la argucia de quitar y poner pancartas en el Palau de la Generalitat para acabar reivindicando la libertad de expresión incluso se convierta en un tanto jurídico a favor de Torra. Pero, mientras los minutos de tertulias se ocupan con debates sobre pancartas, recursos y discursos, cada vez se pone más al límite el sentido del ridículo.

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Quiénes quieren romper España

Casado, en la manifestación de Colón

Esta capacidad de objetivar países que tiene la clase política es francamente sospechosa. En confundirlos con un ente con una vida propia que no es la suma de todas las personas y seres vivos que la conformamos, sino algo más atávico. Casi divino. Insiste la derecha una y otra vez en que nadie puede romper España; como si fuera una cosa. Un objeto. La pieza de algún conglomerado. Como si este país no fuera algo vivo y latente que se modifica a sí mismo porque está compuesta por millones de seres vivos que nacen y mueren, vienen y van, abortan y se reproducen constantemente: árboles, microbios, montañas, ríos, playas, personas…

La auténtica voluntad de no romper España sería otra: impedir que las playas desaparezcan por la construcción de diques para puertos, cuidar el medio ambiente para que no se desertice el territorio, sobreponer la necesidad de las personas a las de las aucas del estado y sus ridículos repartos, no permitir crímenes ni manifestaciones de odio ni la vulneración de los derechos fundamentales, respetar la vida y los derechos humanos, respetarnos, escucharnos, dialogar, pactar...

Pero cuando la derecha habla de romper España no se refiere a maltratar el territorio, su flora, su fauna y su ciudadanía; sino que habla de una idea de España. De verdad, casi religiosa. Una idea de España y los españoles (las españolas menos) que a muchas de nosotros, hoy, nos parece antigua, casposa e imposible identificarnos; y que aún así se habla de ella como si se tratara de un ente casi sagrado que debe prevalecer por encima de todas nuestras emociones y necesidades.

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El procés y la rabia

El presidente del tribunal del juicio del procés, Manuel Marchena, no quiere enfrentarse a las defensas pero cada día le cuesta más. Cuando en la tarde del miércoles el abogado Jordi Pina preguntó al agente de la Guardia Civil que analizó los correos electrónicos que se intervinieron a Jordi Sànchez si en alguno de ellos su cliente incitaba a ejercer la violencia, Marchena interrumpió la cuestión por considerarla improcedente. "¡No, no, no!", se quejó el letrado, enfadado. "¡Claro que sí, sí, sí…!", le replicó el magistrado con ese tono que emplean las madres cuando advierten a los hijos de que hay que irse a la cama porque es la hora y ya no hay "ni consola ni consolo" que valga. Es un ejemplo de que la crispación está empezando a invadirlo todo, también en el Supremo.

El enojo de las defensas con los siete jueces que tienen la difícil labor de encajar el proceso independentista catalán en el Código Penal que han redactado los políticos se debe, entre otros motivos, a que no permiten exhibir durante las declaraciones de los testigos los vídeos que refutarían su versión sobre las actuaciones policiales en las que participaron. Como en todos los juicios, su reproducción tendrá lugar tras escuchar a los testigos y los peritos, cuando llegue el turno de la práctica de la prueba documental.

Finiquitada la sexta semana de sesiones, los automatismos en el juicio han llegado a tal punto que el pertinaz letrado de Oriol Junqueras, Andreu Van den Eynde, solicita el visionado de las grabaciones y la protesta por no conseguir su objetivo prácticamente de carrerilla porque sabe que, si se demora un poco, le volverá a caer otra bronca de Marchena. "Vamos a hacer como si eso no lo hubiera dicho usted", le llegó a decir el juez, condescendiente, cuando el defensor insistió por quinta vez en su petición nunca atendida. La abogada de Jordi Cuixart, Marina Roig, cree que esta decisión provoca "indefensión" a los acusados y cuando lo hace saber el presidente del tribunal, que controla el juicio al milímetro y se revuelve en su sillón mientras musita un "vamos a ver" cada vez que alguien se sale del guion establecido en su cabeza, tira de la frase hecha que utiliza sin piedad cada vez que quiere hacer notar que alguno de los presentes flojea en Derecho procesal: "Usted es una estupenda jurista y sabe que eso que pide no es posible".

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Y ahora que no hay lazos, ¿de qué se hablará y qué se callará?

Albert Rivera y Pablo Casado.

Hay gente que vive con pasión estos rifirrafes y otra los sigue con el mismo interés con que se mira una serie de éxito. Si no fuera por eso, el episodio de los lazos amarillos no merecería siquiera ser valorado como un hecho político. Pero ha estado durante más de cuatro días en el centro del interés, desplazando a cualquier otro asunto de la actualidad y de la campaña. Y eso que se sabía cómo iba a terminar: con Torra bajando la cabeza y aceptando la justa prohibición de la Junta Electoral. Pero, ¿queda algún poso de este ridículo episodio?

Si la política española discurriera dentro de los cauces de la normalidad democrática y de la racionalidad, cabría deducir al menos dos cosas de lo ocurrido. Una, que como ya se sabía, Torra, Puigdemont y quienes les apoyan han emprendido una senda que no les conduce sino al fracaso y que el independentismo tendrá que buscar otras vías distintas a la de la resistencia insensata si quiere tener algo de futuro. La otra, que Pablo Casado y Albert Rivera han fracasado de parte a parte en su intento de involucrar a Pedro Sánchez en la querella. Y mira que lo han intentado.

Habrá alguien en los despachos de los partidos que reflexione sobre esos aspectos. Pero en la plaza pública se hablará muy poco de ellos. Porque lo que acucia tanto a los responsables de las campañas como a los de los medios es encontrar lo más rápidamente posible un nuevo asunto, mejor si es algo escandaloso, que atraiga la atención de un público mayoritario al que le gusta lo directo y no las segundas lecturas.

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Los lazos de nunca acabar

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Operarios colocan una nueva pancarta en el Palau de la Generalitat

Aunque están integradas mayoritariamente por jueces o magistrados, las Juntas Electorales no son órganos judiciales, sino órganos administrativos. Constituyen la Administración Electoral del sistema político ordenado jurídicamente por la Constitución de 1978. Es una de las piezas que mejor ha funcionado en dicho sistema político. La vigilancia del proceso electoral, la garantía del ejercicio de las libertades públicas en el transcurso del mismo y la regularidad del escrutinio que permite la proclamación de unos diputados y senadores electos sin sombra de fraude alguna, se han impuesto de manera indiscutida.

Las Juntas Electorales gozan, en consecuencia, de un merecido prestigio. El mejor elogio que puede hacerse de ellas, como de los buenos árbitros de las competiciones deportivas, es que su presencia pasa desapercibida. Así ha sido en todas las elecciones celebradas hasta la fecha. Incluso en las generales de 1989, en las que en las Provincias de Murcia y de Pontevedra, las decisiones de proclamación de candidatos electos por las Juntas Electorales fueron anuladas por las Audiencias Provinciales respectivas, el Tribunal Constitucional acabó anulando las sentencias de dichas Audiencias y dando por bueno el trabajo de las Juntas Electorales Provinciales.

Es importante que lo sigan manteniendo. Con la crispación que hay en la vida política española, pocas cosas serían más corrosivas que la pérdida de confianza en los árbitros electorales. Para ello es importante que ejerzan las funciones que tienen atribuidas con celeridad y determinación. No pueden titubear en el ejercicio de las mismas, porque el titubeo se traduce en merma de autoridad.

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El Estado siempre empapela

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Alguien dijo que uno de los principales errores de estrategia del independentismo catalán fue el de menospreciar la fortaleza del Estado, quizás confundiendo la política del gobierno de Rajoy, con lo que es el estado en sí.

Esta es una discusión antigua, que viví en mis primeros años de periodista, con el tema del GAL. Recuerdo una mítica entrevista de Iñaki Gabilondo a Felipe González, en la que lo va acorralando a preguntas, cargo por cargo para determinar qué era y qué no era Estado. Obviamente estaba en juego la denominación de terrorismo de estado y González intentaba esquivar responsabilidades.

Hemos visto también la diferencia entre Estado y Gobierno en el juicio contra los líderes independentistas del "procés". Ni el presidente, ni la vicepresidenta, ni el ministro de interior parecían saber u ordenar nada en los hechos de finales de septiembre, principios de octubre que ahora se juzgan. Una vez más el secretario de Estado parecía ser quien estaba al mando. Algo poco coherente con la situación de rebeldía y violencia que la fiscalía pretende probar. Igual que la Generalitat, una institución del estado, funcionó perfectamente con la aplicación del artículo 155. La maquinaria funciona aunque siga sin un gobierno que gobierne..

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El sueño de los robots produce monstruos

Un robot con pantalla, controlado a distancia por un médico, comunicó a un paciente que su muerte era inminente. Ocurrió en un hospital de California, en el Centro Médico Kaiser Permanente en Fremont, ante la estupefacción del paciente y su nieta, que se encontraban en la habitación. La calidad del sonido era baja, por lo que la nieta tuvo que repetir en sus propias palabras lo que había dicho el robot a su abuelo, con problemas de audición, para que así pudiera enterarse. Posteriormente, la nieta declaró a los medios: "Iba a perder a mi abuelo. Sabíamos que esto iba a pasar y que él estaba muy enfermo. Pero no creo que nadie deba recibir las noticias de esta manera. Debería haber sido un ser humano".

El hospital ha reaccionado publicando la siguiente declaración: "En nombre de Kaiser Permanente y de nuestros cuidadores en Fremont, ofrecemos nuestras sinceras condolencias. (...) Nuestro personal de atención sanitaria recibe un extenso entrenamiento en el uso de la telemedicina, pero la tecnología de vídeo no se usa como un sustituto para las evaluaciones en persona y las conversaciones con los pacientes. En cada aspecto de nuestros cuidados y especialmente al comunicar una información difícil, lo hacemos con compasión de forma personal. Esto es una circunstancia muy inusual. Lamentamos defraudar las expectativas del paciente y la familia en esta situación y usaremos esto como una oportunidad para revisar nuestras prácticas y estándares en el equipo de atención médica".

Este suceso ilustra perfectamente uno de los principales riesgos del uso de la telemedicina: la deshumanización de la práctica médica. Al igual que un bisturí, la telemedicina es una herramienta más de la medicina. Como tales utensilios, su buen o mal uso son los que van a determinar si suponen un beneficio o un perjuicio para las personas. En "Futuro de la fusión entre la medicina e Internet" explicaba que la telemedicina se presenta como una potente herramienta que hace posibles la atención médica y las cirugías a distancia, el seguimiento y análisis remoto de las constantes vitales de pacientes o, quizás en el futuro, la predicción de epidemias.

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Esclavos del like

Una joven accede a una red social desde el móvil.

La celebrity Kim Kardashian, que alcanzó la fama como carne de reality show y cuyo trabajo actual consiste en anunciar y exponer perfumes y marcas de maquillaje, anda muy preocupada por una psoriasis. Y, como no, lo cuenta en su Instagram con fotos incluidas.

Para demasiada gente, y más entre los jóvenes, figuras como Kardashian se convierten en su referente y redes como Instagram o Facebook son el escaparte en el que exponen su vida a la aprobación de los demás. Esta gente se siente presionada para crearse una identidad pública y expansiva tal y como la tienen los famosos que ven en los medios de comunicación. Esa exposición, como ya dijo Zygmunt Bauman, sería su equivalente a la revista '¡Hola!', templo referente de culto a la celebridad. Necesitados de autoestima, y a modo de revista de celebridades para pobres, el formato de las redes se convierte en la plaza pública donde se te saluda, se te sonríe o se te aplaude como antes sucedía en una discoteca, una plaza del pueblo o un paseo por el bulevar del centro de una ciudad. Un "me gusta" ha pasado de ser un gesto de simpatía de alguien hacia ti —o a tu mensaje concreto en la red— a un signo de integración social y, posteriormente, una obsesión para muchos jóvenes necesitados desesperadamente de reconocimiento en un mundo, el virtual, en el que se sienten más desenvueltos que en el real.

El resultado, los medios nos dan ejemplo a diario, son personas esclavizadas por su perfil: subiendo fotos cada vez más espectaculares (con menos ropa, en lugares más insospechados, con selfies con compañías más envidiables), respondiendo diligentemente a los reconocimientos de los demás para mantener su fidelidad, compartiendo sus "éxitos" para seguir promoviendo su maquina de autoestima. En definitiva, personas inseguras que hacen lo imposible por no parecerlo.

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Contraargumentar… ¿Hasta dónde?

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Santiago Abascal (Vox), Cristiano Brown (UPyD) y Pablo Casado (PP) en la manifestación de Colón.

Creo que estamos llegando al punto de la obsesión al tratar de responder y contraargumentar cada una de las provocaciones y barbaridades que dicen los Abascales y Casados. Es cierto que mientras al primero le florecen cada vez más capullos (primaveralmente hablando) que son la prolongación de sí mismo, al segundo le veo cada día más solo y con escasa creatividad.

En todo caso, salta a la vista que buscan, quieren y NECESITAN que los medios y las redes sociales hablen de ellos. Cuanta más atención y crispación capten, para ellos, es mucho mejor. Les da igual que esta notoriedad los lleve a mínimos en su valoración pública como líderes políticos. No buscan ese tipo de popularidad. Son como termitas que viven gracias a cada minuto y artículo que les dedicamos (como este) y del desgaste emocional que nos genera tener que aguantar, a estas alturas, cómo (por ejemplo) Susanna Griso entrevista y da carrete (aunque sea para enfrentarse) al Sr. Paz y sus disparates contra las personas que somos LGTBI. Qué necesidad, de verdad. ¿Dónde está el valor informativo ahí?

Está claro que en esta carrera por ser el más nombrado, a Casado se le ve algo más estresado que a Abascal. Normal. Hace tiempo que se ha perdido entre los distintos papeles de líder que cree tener que representar para agradar al gran Aznar. Entre otras cosas, Casado se ha lanzado a ofrecer pactos y acuerdos a precio de saldo porque no puede permitirse perder un voto más. Le da igual alejarse de la línea roja que acaba de fijar el Partido Popular Europeo, que ha dicho que nada de guiños ni manos tendidas al populismo de la ultraderecha.

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El algoritmo mata la democracia

Un superordenador

Aún no ha empezado la campaña pero estamos en campaña. Llevamos años en campaña y esto no cambiará. Hay que acostumbrarse, no lamentarse. El siglo ha despertado y trae realidades nuevas, cambiantes, líquidas y también inaprensibles. O no lo son y simplemente se ha complicado infinitamente la posibilidad de saber quiénes somos, qué hacemos, quién nos dice qué y con qué efectos. En todo caso la democracia tal y como la conocemos sólo puede basarse, todos lo hemos estudiado, en una opinión pública informada y libre. Sólo un ciudadano con acceso a los datos reales y pertinentes para formar libremente su criterio es el ciudadano de una democracia liberal. Hasta ahora hemos peleado mucho para que la información pudiera fluir de forma libre y sin censuras pero ahora nos encontramos con el problema no sólo de un excesivo flujo sino de que nos hemos quedado sin guardias que ordenen el tráfico o, por ser más precisos, hemos dejado que sea el capital el que se otorgue esa función a sí mismo.

Cuatro o cinco empresas establecidas a nivel mundial tienen el poder de decidir qué vemos con seguridad y qué no vemos porque se pierde en el fárrago del tráfico. Esa es la realidad. No son ya los sistemas los que nos censuran sino que es el modelo de negocio de unas pocas empresas, ni siquiera de la mayoría, que se han atribuido no sólo el derecho a hacerlo sino que se han asegurado de que su decisión no tendrá consecuencias ni responsabilidad. Algo inaudito. Ninguna empresa periodística ha tenido jamás el poder de ser irresponsable. Ninguna.

El problema no son los algoritmos sino la mente humana que los diseña. Lo hace perfectamente para lograr sus objetivos que son mantenernos cuanto más tiempo mejor en sus dominios aprovechando los conocimientos que tienen de nuestro funcionamiento cognitivo y de los sesgos que traemos de serie. El algoritmo tiene su lógica y nos la impone a nosotros como individuos y a nuestros sistemas sociales y políticos por ende. Un importante e inteligente empresario de este país me decía hace poco: “¿por qué todo el mundo ha asumido que esas concretas empresas pueden imponernos su modelo de negocio a todos?, porque es su modelo de negocio y no otra cosa”. Su modelo de negocio no nuestra libertad ni nuestra democracia ni nuestro modelo de mundo.

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