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Gallardón y otros placeres

No era un verso suelto del PP. Era un ultra más que sonaba a destiempo. Un arrogante desafinado, incluso dentro de su propio coro

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Amadísimos hermanos y hermanas, he de haceros una confesión. Y es que, desde que él es ex, pero que muy ex, y a pesar de todo lo que ha dejado colgando, a pesar del pérfido Gobierno que le cobijó y que sigue en la enfangada brecha; y del cizañoso presidente que le dio la espalda, y que continua pendiendo sobre nuestras cabezas… A pesar de todo ello, desde que Alberto Ruiz-Gallardón anunció su pataleta final llevo horas y horas sin dejar de experimentar un orgasmazo continuado y venturoso tal que, por ser sin pareja y sin manos, no tengo más remedio que admitir como tántrico. Me estoy yendo de gusto cada vez que le veo, en mi mente, irse de disgusto.

Nunca le tragué, y siempre lo dije. Nadie encontrará una sola línea escrita por mí en su favor, ni siquiera cuando le arrullaban los propietarios, y no pocos capos, del diario en el que yo entonces trabajaba, que veían en él una posibilidad de contar con favores en la derecha. Hasta el final ha tenido lacayos allí. A finales de agosto, la sección de Noticias -me cuentan mis espías en mi antiguo hogar profesional- elaboró y puso en página una información en la que se daba cuenta de que las tensiones dentro del Gobierno hacían cada vez más difícil que el proyecto de Ley del Aborto se fuera a aprobar en esta legislatura. Ello fue tumbado por la dirección del periódico global. Los profesionales tuvieron que ver cómo su rival, El Mundo, adelantaba algo similar. El País no tuvo más remedio que subirse al carro más tarde, pero, eso sí, para compensar, fue el primero en ejercer como vocero de Gallardón, en su autobombo de anunciar, haciendo sonar las trompetas de Jericó con aroma a romero, una imposible -sin reforma de la Consti- reducción del número de aforados.

La primera vez que hablé con Gallardón fue cuando le entrevisté porque aspiraba a la presidencia de la Comunidad de Madrid, formando tíquet con Rodríguez Sahagún para la alcaldía de la capital; los dos perdieron a mano del duetto Leguina-Barranco. El joven pretendiente me recibió, amabilísimo, al otro lado de su escritorio, y yo le vi muy caduco para su edad, no llegaba a los 30, muy antiguo, muy tocándose el puente de las gafas de concha, y muy sonrosadín con acné para estar ya tan casado, tan formal y tan con hijos.

En la segunda ocasión ya era alcalde de Madrid, y se daba el lujo de hacer alardes culturales porque, eso es verdad, tuvo el acierto de colocar a Alicia Moreno Espert al frente de la cosa teatral. Uno de los serviciales adeptos del diario de referencia había organizado una comida informal con unas cuantas atracciones, yo entre ellas, para el alcalde. Gallardón presidía la mesa de una posmoderna y protocastiza casa de comidas, teniendo frente a él a Carmen Romero. Entre medias, otras atracciones, conmigo misma a la derecha del munícipe. Recuerdo que ya en el primer plato le pregunté si podía dejar de hablar del teatro de la La Abadía y de Shakespeare, y relajarse un poco, que ya sabía yo que era muy leído.

Asistí a su santificación mediática con esa mueca de escepticismo que se me pone siempre que me quieren vender una burra como si fuera un caballo árabe. Aplaudí a Tim Robbins cuando se negó a estrechar su mano en pleno escenario, en Madrid, y lo conté. Y morí un poco cuando le nombraron ministro de Justicia. A mi piel nunca le gustó, y pronto sabría por qué. No sólo por su voz de mal controlados agudos que denota una soterrada histeria, no sólo por sus soberbios sofocones, que camufla tras una supuesta rectitud conservadora. No sólo por haber jugado a los plantes ante la autoridad y luego haber chupado medias hasta que se le salieron por la nuca, colocando de segunda en la alcaldía a la mujer de Aznar y dejándonosla como herencia nunca votada y muy envenenada, junto con la monstruosa deuda.

Había, hay algo en él profundamente revanchista, decididamente elitista. Sudoroso. Me recuerda al Magistral de La Regenta, pero recreado por Pío Moa.

No era un verso suelto del PP. Era un ultra más que sonaba a destiempo. Un arrogante desafinado, incluso dentro de su propio coro.

Placer tántrico, queridos hermanos y hermanas. Deleite sólo superable por el de ver a Rajoy haciéndose trapense.

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