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La banca y sus demonios

Asistimos al milagro cada vez que pedimos un crédito, una operación financiera  que nos convierte en acreedores y que consiste en comprar dinero a un precio mucho más alto del que nos darían por ese mismo dinero si nosotros lo ingresamos. Ese es su juego

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EFE

Desde que el Dios racional de Calvino autorizó el préstamo con interés, la tierra que pisamos es propiedad de la banca, así como todo lo que se construye sobre ella. No sé si me explico, pero hay una relación litúrgica entre las propiedades inmobiliarias y los créditos bancarios, de tal manera que si no existiese el dios de la especulación, dejaría de existir el demonio crediticio.

Porque los precios abusivos de un suelo que pertenece a los gusanos y a otras criaturas de Dios condicionan el precio de un dinero que cada día está más caro y que siempre tendrá más valor en manos del banquero que en las nuestras. Asistimos al milagro cada vez que pedimos un crédito, una operación financiera  que nos convierte en acreedores y que consiste en comprar dinero a un precio mucho más alto del que nos darían por ese mismo dinero si nosotros lo ingresamos. Ese es su juego.

Por extensión, la actividad crediticia que soporta el trapicheo, viene a condicionar la política económica, siempre de derechas, es decir, beneficiando al Capital. Sin ir más lejos, la historia de los últimos años de la banca en España atestigua que las decisiones de nuestro futuro político han sido tomadas por la clase dominante desde despachos financieros blindados al ruido de la calle, negando la existencia de la lucha de clases. Porque, si alguna vez la han afirmado, ha sido para neutralizarla.

Conviene recordar aquí al doctor Pedro Vallina, anarquista y hombre del pueblo que organizó y puso en acción su plan contra los desahucios en la Sevilla de 1919. El capítulo titulado La rebelión de los inquilinos ha sido borrado de la memoria histórica por ser episodio ejemplar de lucha contra la especulación inmobiliaria que, al igual que ahora, se traducía en desahucios. Por cada desalojo, el desalojado quemaba la vivienda, reduciendo a cenizas el valor de cambio de cuatro paredes y un techo.  De esta manera incendiaria se pararon los desahucios en la Sevilla de la época.

Llegado el momento límite, es decir, cuando el pueblo toma conciencia de que no existen milagros, el “método Vallina” es el  modo de quemar al dios de la especulación en su misma hoguera. Porque no hay gobernante que practique el exorcismo y nos pueda salvar de la banca y de sus demonios, tan racionales ellos como la religión que los originó.

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