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Hay vida más allá de Punset

El economista, exministro y presentador del desaparecido programa de TVE Redes, Eduard Punset. / Efe

Antonio Martínez Ron

Dicen los que le conocen que Eduard Punset está cansado. Tanto, que después de 18 años al frente de Redes es posible que se aleje un tiempo de la primera línea. La última vez que coincidí con él, en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, también lo encontré muy cansado. Al final de la jornada, una azafata se le acercó en el avión y le pidió consejo para un familiar que estaba gravemente enfermo y para el que no encontraban cura. La mujer se dirigía a Punset en un acto de desesperación, como quien acude al sabio de la montaña, ese tipo de pelo blanco que sale por la tele y lo sabe todo. Y Punset sacó fuerzas para estar a la altura de su personaje.

Con tal nivel de exposición pública, no es de extrañar que este economista y exministro catalán de 77 años haya terminado devorado por su papel de oráculo. Después de tanto tiempo en La 2, su apariencia de sabio preguntón se instaló en el imaginario colectivo hasta el punto de que, a medida que su pelo encanecía, su popularidad iba en aumento. Una popularidad que nunca se correspondió con los datos de audiencia, porque a Punset le terminó sucediendo lo que a los documentales de la misma cadena, que entusiasman sobre todo a quienes no los ven.

La última vez que se anunció que se suspendía Redes, en 2007, hubo una pequeña movilización con recogida de firmas incluida. El anuncio de su cancelación ha sido acogido ahora con cierta frialdad y sin grandes aspavientos, quizá por la deriva que ha tomado el programa en la última etapa. En este periodo, el espacio de Punset ha pasado todas las líneas del sonrojo, desde la inclusión de los consejos alucinógenos de su hija Elsa, hasta sus arranques de gurú cósmico de la felicidad. El programa se ha ido haciendo cada vez más Punset y menos Redes, con una pérdida de calidad y de rumbo. Más que divulgar la ciencia, el programa se centraba ya en las ideas personales de Punset (la felicidad y la importancia de las emociones) y en la búsqueda de estudios de neurociencia que las arroparan. Y con destellos de la peor retórica vendemotos.

Los flirteos de Punset con las pseudociencias vienen de lejos. En casi dos décadas de programa, ha entrevistado a algunas de las figuras más relevantes del mundo de la ciencia, pero también ha legitimado a charlatanes como Uri Geller, Deepak Chopra o Masaru Emoto. Lo que pocos sospechábamos entonces es que Punset terminaría adoptando parte del lenguaje y la retórica de estos personajes y entregado igualmente al negocio de la autoayuda, que bien entendida empieza siempre por uno mismo.

La diferencia entre un sabio y este tipo de charlatanes está muchas veces en la forma en que utilizan la ciencia. El charlatán busca la legitimidad de la ciencia como envoltorio para vender más libros, o más pulseras, y se mueve en territorios escurridizos, como el de las emociones, donde buena parte de lo afirmado se basa en la mera subjetividad. Si lo adereza con frases que podrían salir en una galletita de la fortuna, ya tiene la fórmula del éxito. “La felicidad está en la antesala de la felicidad”, “hay vida antes de la muerte” o “hasta las bacterias funcionan por consenso”, son ejemplos de un discurso vacío y paracientífico que algunos han bautizado como #punsetadas y que ha tenido manifestaciones gloriosas, como el día en que el presentador se rompió una pierna y apeló al principio de incertidumbre.

La entrevista publicada el 19 de enero en el diario El Mundo es casi una salida del armario. Punset anuncia en ella que deja la divulgación científica y se dedicará, de pleno, a la autoayuda. Su ocupación será ahora un gabinete llamado Apol (Apoyo Psicológico Online), con el que se centrará en “intentar responder a las preguntas de tantísima gente sobre qué les pasa por dentro”, como “la soledad, el cansancio y las contrariedades”. Si uno entra en este gabinete, se encuentra con algo parecido al típico consultorio sentimental. “Mi madre abusa del alcohol y las pastillas” o “se burlan de mí por mi sobrepeso” son algunos de los títulos de las consultas. En la misma entrevista Punset viene a decir que los científicos no resuelven estas cuestiones “porque resulta más fácil clasificar estas preguntas en grandes grupos” y dice que la medicina del futuro “se centrará más en el estado de ánimo” que en las cuestiones físicas.

Que sentirse bien es bueno es quizá una idea demasiado obvia como para redundar en ella. A Punset le ha dado para muchos programas y varios libros. De ahí a decir que la medicina del futuro consistirá en que todos seamos felices hay un salto cualitativo y un poco irresponsable. Por esa puerta se vienen colando durante décadas los gurús de las pseudomedicinas y terapias demenciales que cuestan miles de vidas. Y estoy seguro de que alguien tan respetable como Punset no quiere contribuir a esa causa.

Durante muchos años, entre la comunidad científica y escéptica hubo un debate entre partidarios y detractores de Punset y la cuestión de fondo era si resultaba preferible un poco de ciencia popular, salpicada de ideas erróneas, o nada de ciencia en absoluto en los medios públicos. Lamentablemente, muchos de los que entonces defendimos a Punset nos hemos quedado sin argumentos para hacerlo, y ahora nos toca observar de forma empírica lo que sucede en el segundo escenario, el de la tele pública sin espacios de ciencia.

Otros modelos, como el fantástico Tres14 (realizado por exmiembros del equipo de Redes) ofrecieron ciencia rigurosa, divertida y breve, pero duraron un suspiro en antena. ¿Estamos condenados a no tener un programa de ciencia popular si no está protagonizado por un personaje carismático y excéntrico que le dé visibilidad? El éxito de la divulgación está en que el público encuentre el atractivo en la aventura de conocer más y se haga una idea del método científico. Si lo que se consigue es otra cosa, no habrá alcanzado el objetivo por más que se disfrace de ciencia.

En España hay una generación de divulgadores magníficos y rigurosos, algunos de ellos salidos del equipo de Punset, capaces de transmitir la ciencia sin necesidad de divagaciones excéntricas ni morcillas psicológicas de supermercado. Mi esperanza es que alguien les dé la oportunidad de ponerlo en práctica, como en su día se la dieron al exministro. Que les den 18 años de margen, y verán cómo algo se consigue.

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