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Análisis

¿Consiguió Netanyahu engañar a Trump para que participara en su “guerra fácil” contra Irán?

Benjamín Netanyahu en la Casa Blanca con Donald Trump el pasado 29 de diciembre.
7 de abril de 2026 21:44 h

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Cuando Benjamín Netanyahu llegó al club privado de Mar-a-Lago de Donald Trump, en Florida, el 29 de diciembre del año pasado, el primer ministro israelí no solo llevaba una petición, sino también un incentivo tan evidente como calculado.

Tras meses reponiendo misiles de defensa aérea y de otro tipo, después del conflicto de doce días de junio de 2025 —en el que Estados Unidos se sumó al bombardeo de las instalaciones nucleares de Teherán—, Israel estaba listo para volver a actuar, esta vez con objetivos más ambiciosos.

En la rueda de prensa conjunta de los dos mandatarios, Trump pareció hacerse eco, de forma disciplinada, de los argumentos habituales de Netanyahu. “Me dicen que Irán está intentando rearmarse”, dijo. “En ese caso, tendríamos que golpearles. Les daríamos una buena paliza. Pero esperemos no tener que llegar a ese punto”.

El líder israelí, como otros antes que él, acudió con una caricia al ego de Trump: la concesión del mayor galardón de su país, el Premio Israel —que rara vez se otorga a personas no israelíes—, por sus “destacadas contribuciones a Israel y al pueblo judío”.

Según el medio The Atlantic, Netanyahu había apuntado a un último beneficio para el presidente estadounidense, conocido por su enfoque transaccional: derrotar a Irán permitiría a Israel reducir su fuerte dependencia de la ayuda militar estadounidense.

Ese encuentro, como reflejan ahora varios relatos, fue uno de los múltiples contactos entre Netanyahu y Trump en las semanas posteriores, en un contexto en que el primero trataba de asegurar la implicación de Estados Unidos en un conflicto más amplio contra Teherán, con ambiciones mucho mayores que las de la anterior escalada de la violencia.

Aunque la dinámica exacta de la influencia y la persuasión de Israel sobre Estados Unidos sigue siendo poco clara, incluso entre altos cargos de la Administración Trump existe la percepción de que Netanyahu prometió más de lo que podía cumplir

Según un análisis del servicio de Inteligencia exterior de Israel (Mosad), el régimen iraní, debilitado e impopular, parecía en situación de ser derrocado, sacudido por protestas internas —con una población indignada por la represión letal de esas manifestaciones–. El Mosad aseguró que se trataba de una oportunidad histórica que solo requeriría una campaña breve.

Algunas versiones indican que el líder israelí esgrimió otro argumento ante el mandatario estadounidense: que Trump podría vengarse de los supuestos complots iraníes para matarlo.

Lo que ha quedado claro tras las revelaciones posteriores es que Netanyahu —un autoproclamado “experto” en Irán— y, en general, el estamento militar israelí estaban plenamente confiados en su propuesta de una “guerra fácil”.

El 28 de febrero, primer día del ataque de EEUU e Israel contra Irán, responsables israelíes aseguraron de forma anónima al diario Haaretz que la amenaza iraní se disiparía en pocos días, una vez neutralizadas las últimas lanzaderas de misiles del país.

Otro artículo del mismo periódico israelí afirmaba que los planificadores militares del país habían acumulado interceptores de misiles para una guerra que, según sus previsiones, duraría tres semanas como máximo.

Estado de “conflicto permanente”

Si se analiza como un conflicto aislado, la responsabilidad recae tanto en Estados Unidos como en Israel. Sin embargo, si se pone en relación con el conflicto en Gaza, se puede analizar desde otro ángulo: la guerra permanente que Netanyahu mantiene desde el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023. Ese ataque alteró los cálculos estratégicos del Estado hebreo. Y en los conflictos regionales en expansión que han venido después, primero en Gaza, luego Líbano y ahora Irán, con los hutíes en Yemen y en Siria, ha surgido un tema común: Netanyahu ha anunciado victorias que, en la práctica, resultan frágiles y efímeras.

En Gaza, pese a una devastadora campaña de muerte y destrucción, un Hamás debilitado sigue presente entre las ruinas. En Líbano, donde se dio por derrotado a Hizbulá, la organización conserva su capacidad de lanzar cohetes a través de la frontera, mientras Israel vuelve a sumirse en la misma política de ocupación del sur del país que ya fracasó en el pasado y que, para empezar, propició el surgimiento de Hizbulá.

En Irán, a pesar del asesinato del líder supremo Alí Jamenei y de otros altos cargos, la estrategia de “decapitación” de la cúpula no ha conducido a las promesas de Netanyahu de un rápido cambio de régimen, sino, al menos por ahora, a una aparente consolidación del régimen en torno al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica.

Aunque la dinámica exacta de la influencia y la persuasión de Israel sobre Estados Unidos sigue siendo poco clara, incluso entre altos cargos de la Administración Trump existe la percepción de que Netanyahu prometió más de lo que podía cumplir, con versiones contradictorias sobre una tensa conversación en ese sentido entre el vicepresidente, JD Vance, y Netanyahu.

A medida que la guerra entra en su segundo mes, sin un final a la vista y con la economía mundial tambaleándose por el cierre casi total del estrecho de Ormuz, las consecuencias perjudiciales de la promesa de Netanyahu de una guerra “fácil” se están extendiendo

El medio estadounidense Axios reveló la semana pasada, citando a una fuente que nombraba a Netanyahu por su apodo, que “antes de la guerra, Bibi le vendió al presidente (Trump) la idea de que sería fácil, de que el cambio de régimen era mucho más probable de lo que realmente era. Y el vicepresidente tenía una visión clara sobre algunas de esas afirmaciones”.

Otros se muestran más cautelosos. Según un análisis de Daniel C. Kurtzer, exembajador de Estados Unidos en Israel, y Aaron David Miller, publicado por la Fundación Carnegie para la Paz Internacional con sede en Washington, Trump ha actuado como “un socio dispuesto y de pleno derecho”. “Estaba dispuesto a asumir riesgos y se vio envuelto en un aura autogenerada de poderío militar e invencibilidad tras derrocar al presidente Nicolás Maduro de Venezuela”. Aunque reconocen que “Netanyahu pudo haber determinado el momento del conflicto”, señalan que Trump “probablemente ya estaba sopesando la guerra”.

A medida que la guerra entra en su segundo mes, sin un final a la vista y con la economía mundial tambaleándose por el cierre casi total del estrecho de Ormuz, las consecuencias perjudiciales de la promesa de Netanyahu de una guerra “fácil” se están extendiendo mucho más allá de la región de Oriente Medio.

En ese sentido, la percepción del papel desempeñado por Netanyahu tras años defendiendo el conflicto importa tanto como la propia implicación, más o menos manipulada, de Trump.

En un análisis publicado la semana pasada en Foreign Affairs, influyente revista estadounidense especializada en política internacional, los expertos en seguridad Richard K. Betts y Stephen Biddle señalaban: “En tan solo las primeras semanas, la guerra ha costado muchos miles de millones de dólares en gastos directos, ha reducido el apoyo a Ucrania, ha sometido a una peligrosa presión las reservas de las armas estadounidenses más avanzadas y ha sacudido la economía mundial”.

El conflicto también ha debilitado a la OTAN, al tiempo que podría haber envalentonado a China, Rusia y Corea del Norte. Y aunque Netanyahu se ha jactado, en términos bíblicos, de azotar a Irán con “diez plagas”, a algunos no se les ha escapado que los misiles iraníes y de Hizbulá que siguen cayendo sobre Israel hacen que la Pascua judía se esté celebrando con un ojo puesto en el refugio antiaéreo.

Para Netanyahu e Israel, es probable que haya consecuencias a más largo plazo en términos de diplomacia y opinión pública, que, junto con la cuestión de Irán, han obsesionado durante mucho tiempo al primer ministro israelí.

El impacto en la imagen de Israel

Vistos ya con cautela, si no con abierta desconfianza, en muchas capitales extranjeras, Netanyahu y su guerra amenazan la distensión de Israel con los Estados del Golfo, materializada en los Acuerdos de Abraham de 2020 (los pactos de normalización de relaciones diplomáticas entre Israel y varios países árabes, impulsados por Estados Unidos durante el primer mandato de Trump).

“Algunos Estados árabes podrían culpar a Israel de verse empujados a una guerra que no eligieron”, ha afirmado Raphael Cohen, director del programa de estrategia y doctrina del think tank Rand. Según Cohen, aunque el panorama geopolítico de Oriente Medio pueda cambiar tal y como prometieron Trump y Netanyahu, “al menos, en lo que respecta a qué países están del lado de Israel, la situación podría parecer muy diferente una vez que la situación se calme”.

Para Netanyahu e Israel, es probable que haya consecuencias a más largo plazo en términos de diplomacia y opinión pública, que, junto con la cuestión de Irán, han obsesionado durante mucho tiempo al primer ministro israelí

Fuera del golfo Pérsico, el presidente francés, Emmanuel Macron, se hizo eco la semana pasada de una percepción cada vez más extendida: que los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán no ofrecerán una solución duradera al programa nuclear de Teherán.

“Una acción militar selectiva, aunque sea durante unas pocas semanas, no nos permitirá resolver la cuestión nuclear a largo plazo”, dijo Macron durante una visita de Estado a Corea del Sur. Asimismo, calificó de “poco realista” una operación militar para abrir el estrecho de Ormuz. “Si no existe un marco para las negociaciones diplomáticas y técnicas, la situación puede deteriorarse de nuevo en unos meses o unos años”, añadió.

Más difícil de cuantificar es el impacto que el rápido descenso del apoyo a Israel puede tener en la política interna de todo el mundo, un fenómeno ya evidente en la oposición generalizada a las tácticas de tierra quemada del Gobierno israelí de extrema derecha en Gaza y ahora en Líbano.

En Estados Unidos, las encuestas muestran que el apoyo a Israel ha disminuido en todo el espectro político, sobre todo entre los demócratas y los votantes jóvenes. Una encuesta de Gallup publicada el día antes del ataque estadounidense-israelí contra Irán reveló por primera vez desde que esta empresa comenzó a medir esa cuestión en 2001 que los estadounidenses simpatizan más con los palestinos que con los israelíes.

Desde entonces, la tendencia no ha hecho más que acentuarse, incluso entre los votantes judíos estadounidenses. Una encuesta encargada por la organización judía-estadounidense J Street (que defiende una solución diplomática al conflicto) reveló que el 60% se oponía a la acción militar contra Irán y que el 58% consideraba que debilitaba a Estados Unidos. Un tercio afirmaba además que la guerra perjudicaría la seguridad de Israel.

Rahm Emanuel, jefe de gabinete del expresidente Barack Obama entre 2009 y 2010 y exembajador de Estados Unidos en Japón, declaró al medio estadounidense Semafor que, a largo plazo, esto podría significar el fin de Israel como único beneficiario de la ayuda militar estadounidense: “Se le aplicará las mismas restricciones que a cualquier otro país que compre nuestras armas. Será un país más entre los demás… Ahora las reglas del juego han cambiado y no conseguirá que los contribuyentes estadounidenses paguen la factura”.

Traducción de Emma Reverter.

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