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Una política sin odio

"Se ha cuestionado mi capacidad, mi formación, se ha criticado mi sueldo (...) se ha publicado mi estado civil, la dirección del domicilio de mis padres, las edades de mis hijos y hasta se ha opinado de mis relaciones personales" tras las declaraciones a las puertas de Ferraz

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El PSOE-A cree que hay "margen" para que "todos" acaten la decisión del Comité Federal

EFE

En el último mes he escuchado, leído e incluso sufrido más insultos de los que había conocido en mis 38 años de vida. Si toda la energía, el tiempo y el talento que muchos invierten en insultar en el estercolero que algunos pretenden convertir las redes sociales lo emplearan en hacer algo productivo, estoy convencida de que a este país le iría mucho mejor. Y es que parece que en los últimos tiempos la legítima discrepancia política y el enriquecedor debate ideológico se ha reducido al simplismo intelectual que, lejos de argumentos, se pervierte desde la descalificación y la zafiedad.

Recurrir al insulto es el más claro síntoma de no disponer de argumentos ni capacidad dialéctica suficiente para mantener un debate riguroso y sereno, propio de una democracia sana y saludable como debería ser la nuestra. La banalidad y la simpleza que algunos han hecho suya empiezan a abrirse paso para instalarse en nuestras conciencias aunque ofrezcamos resistencia.

Una democracia fuerte y sólida debe tener como uno de sus pilares el respeto al debate político profundo que posibilite argumentar los distintos posicionamientos y eso requiere de un sosiego y de una serenidad que, en este momento, cuesta trabajo encontrar.

Precisamente aquellos que prometían llegar a la política para regenerarla y fortalecer la democracia son los que cada día se esfuerzan en hacer un debate de lo anecdótico y huir de lo realmente importante. Se distraen en lo accesorio y se olvidan de lo sustancial. Flaco favor para la regeneración política y, por supuesto, flaco favor para la democracia.

Y de esos barros, estos lodos. La crispación, el odio y la vileza que rezuman las intervenciones de algunos líderes políticos contagian a una parte de la sociedad que los considera sus referentes. Aún resuenan en la cabeza de los andaluces las ofensivas palabras que el señor Rufián dedicó en el debate de investidura a Andalucía y a su presidenta, Susana Díaz, legítimamente elegida en las urnas; así como los aplausos cómplices de quienes apoyan el permanente frentismo como estrategia política. De hecho, hace muy pocos días, la consejera catalana Dolors Bassa profundizaba en ese sentido con unas intolerables y xenófobas declaraciones en sede parlamentaria sobre el tratamiento del Gobierno andaluz a los menores inmigrantes sin compañía. Usar a los menores y culpar a otra comunidad autónoma de la incapacidad manifiesta del Gobierno catalán en una cuestión tan sensible da buena muestra de la gravedad del problema. El enfrentamiento entre territorios nunca fue y nunca será bueno para la convivencia pacífica y el progreso de este país.

Aún no estamos en condiciones de calcular el tremendo daño que el odio y el enfrentamiento auspiciados por algunas fuerzas políticas están causando a nuestras instituciones democráticas, al Estado y, por supuesto, a una sociedad cada día más fracturada a la que permanentemente se la bombardea con el discurso de buenos y malos, dignos e indignos. Polarización. Radicalización. Miedo. Populismo…Trump, ¿les suena?

Escarnio público

Inocular a la sociedad ese odio es un peligro y un riesgo para nuestro futuro como proyecto de país. En el último mes he padecido en mis propios huesos ese odio que algunos pretenden socializar. Tomar una decisión política puede conllevar la lógica crítica de quien no la comparte, pero jamás debe de ser una excusa para descalificar personalmente e, incluso, someter a alguien al escarnio público.

Me produciría rubor reproducir las soeces palabras que algunos me han dedicado, algunas de ellas bastante predecibles lamentablemente por ir dirigidas a una mujer. Se ha cuestionado mi capacidad, mi formación, se ha criticado mi sueldo que, por cierto, es el mismo que el del resto de diputados andaluces de todas las fuerzas políticas; se ha publicado mi estado civil, la dirección del domicilio de mis padres, las edades de mis hijos y hasta se ha opinado de mis relaciones personales, por no hablar de las consideraciones sobre mi estabilidad emocional o mi estatura.

En estos días me he preguntado en muchas ocasiones si la reacción habría sido la misma en el caso de que hubiera sido un hombre el que hubiera reivindicado su condición de Presidente del Comité Federal del PSOE a las puertas de Ferraz en un momento de vacío de poder. Y es que la palabra autoridad sólo tiene sentido en una voz masculina pero se torna grotesca cuando la pronuncia una mujer y, aún más, si es joven y menuda.

La respuesta a mi pregunta la tengo meridianamente clara. Valores positivos en la masculinidad como la fortaleza, la convicción o la actitud decidida se convierten en soberbia, prepotencia o ambición desmedida si se perciben en una mujer. Someter a juicio público nuestra vida privada y valorar nuestros estilismos son también tentaciones recurrentes que no suelen tener ningún atractivo en el caso de los hombres en política.

Sé que sólo soy una más y que son muchas las mujeres que padecen cada día este trato. Mi solidaridad y apoyo a todas esas mujeres que por el hecho de serlo y estar en política sufren o han sufrido un trato desigual. Y, por supuesto, mi solidaridad con todas las mujeres que sufren día a día en el ámbito personal o laboral esa discriminación o desigualdad que no es más que la constatación de que la sociedad sigue siendo machista.

Creo en la igualdad como creo en la política, pero creo en la política de verdad, no en la política espectáculo. Creo en esa política que cambia la vida de la gente y que es espacio de reflexión y de debate respetuoso y sereno.

De la misma forma, creo en la igualdad como principio irrenunciable para garantizarnos a hombres y mujeres los mismos derechos y deberes y las mismas oportunidades. Lo creo desde el firme convencimiento de que ambas, la política y la igualdad, la igualdad y la política, son necesarias para construir una sociedad mejor.

Este país debe desterrar de una vez por todas ese machismo retrógrado que no acepta que las mujeres podamos tener poder y asumir responsabilidades con absoluta normalidad. Del mismo modo que debemos desterrar la intolerancia y el odio del parlamentarismo español, porque sembrar odio no sirve para construir.

Aún vivimos la resaca electoral de un país poderoso y democrático como EEUU, en el que el machismo y la intolerancia han triunfado socialmente ante la perplejidad del resto del mundo. La sociedad estadounidense ha preferido que dirija su futuro un machista intolerante a que lo haga una mujer, lo que demuestra que aún hay muchos techos de cristal que debemos romper. Y los romperemos. Más pronto que tarde los romperemos porque, aunque algunos poderes fácticos se resistan a aceptarlo, las mujeres ya no tenemos que pedir permiso para tener poder y ejercerlo. Somos mujeres, fuertes, valientes y decididas que también, les pese a quién les pese, tenemos y somos autoridad.

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