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Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Voxferatu

José Mendi

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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

La intransigencia se opone a la firmeza. Un intransigente es un indigente del diálogo y un pordiosero de la razón. Las personas firmes, en cambio, basan su seguridad en convicciones flexibles que han adquirido con aprendizaje. La intolerancia es el fanatismo de la intransigencia. Un comportamiento que vemos en humanos que no ejercen de personas. Las creencias dogmáticas, las ideologías incuestionables y las religiones divinas utilizan el odio para enardecer a sus seguidores y excitar las conductas más viscerales de sus miembros. El ardor mantiene el fuego purificador contra otros, a los que señalan como seres inferiores y malintencionados. La ofuscación nos arrastra a episodios que protagonizamos con intransigencia. Afortunadamente, son respuestas instintivas que acaban siendo corregidas por un cerebro pacificador. El problema surge en el momento en que un grupo social admite, tolera e incita a comportarse de forma intransigente. En ese momento, un funcionamiento de tipo sectario normaliza la intolerancia y la irradia multiplicando su poder destructor. La banalidad del mal, que popularizó la filósofa alemana Hannah Arendt, se reproduce con una facilidad pasmosa en los círculos de poder autoritario. En ese sentido, no es necesario llegar a términos como el asesinato o el holocausto. El racismo, la xenofobia o la homofobia encarcelan a los diferentes bajo los guardianes del odio. La animadversión asesina a quienes despreciamos, no con sangre sino con deshumanización. Eso es el fascismo.

Se dice de los aragoneses que somos tenaces. Pero no tercos. La tenacidad lleva a la persistencia para buscar nuevas alternativas. En cambio, las personas tercas se enfurruñan con su obcecación. Desde el punto de vista de la psicología debemos señalar que la intransigencia no es un trastorno. Simplemente nos enfrentamos a individuos que no aceptan que otros tengan razón, ni admiten que argumentos diferentes de su cerrazón, puedan ser razonables. La inflexibilidad cognitiva es su patrón y llevan la contraria porque sí, a todo y contra todos. Este patrón de autoritarismo individual se retroalimenta en grupo, y viceversa. La intransigencia no tolera el debate ni es susceptible de contrastar. Entre la afirmación indudable y la actitud intolerante, la violencia es una respuesta habitual. La mirada, el gesto, la respuesta verbal, el insulto y hasta la agresión física, se encadenan en el círculo de ira que manifiestan los intransigentes. Su razón no es de este mundo. Ni del nuestro. Sólo del suyo. Y ahí reside la patente de corso para saquear los derechos de los demás. El proceso mental que comparten las personas que creen que la tierra es plana, los que piensan que su Dios es el único verdadero y los que esgrimen sus ideas con superioridad y sectarismo contra los demás, tiene mucho en común.

Hoy, la actualidad ha normalizado las actitudes autoritarias que esgrimen los líderes de la intransigencia. Y eso se ha trasladado a la sociedad. Hablamos de un “normofascismo” que asumimos como espectadores de una amenaza que nos asombra, pero a la que nos está costando hacer frente. La derecha conservadora no lo hace, porque percibe a la ultraderecha como un aliado necesario para acceder al poder. Y a la izquierda le ha faltado atrevimiento (y unidad) para consolidar con nuevas propuestas los logros económicos y sociales que se han basado en la buena marcha de la economía. Lo real ha estado más cerca de lo emocional que del bolsillo. Y esto es una dificultad añadida. En particular con la población más joven. También debemos reconocer que es difícil plantar batalla a lo impensable. Pero es imprescindible confrontar con una dictadura que se está adueñando de la democracia. No para ganar terreno hacia sus intereses, sino para destruirla junto a los derechos conseguidos.