El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon.
Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.
El psiquiatra norteamericano Adam Blatner afirma que la vida de las personas se basa en la relación que mantenemos con cuatro habilidades: amar, trabajar, jugar y pensar. Si hoy estuviera vivo este apasionado del psicodrama, quizás dudara de poner en primer lugar un término tan romántico. Claro que siempre podríamos hablar del enamoramiento hacia uno mismo, su poder, su riqueza o su fuerza. El egoísmo, la soberbia, la avaricia y la prepotencia son perversiones del amor propio. Puro desamor. Como todas las herramientas que acompañan a nuestra personalidad, el problema no es su existencia sino su finalidad. La más inocente de esas cuatro destrezas del comportamiento sería el juego. Ya sé. Lo hemos convertido en disputa, más o menos sana, o en negocio en forma de apuestas. Volvemos a la depravación de lo natural. Tal vez podamos recuperar algo de ingenuidad si hablamos del juego en la niñez. Esa actividad lúdica que mezcla diversión y entretenimiento. Sin acaparar, sin ganar y sin reglas. Precisamente, la incorporación de normas convierte un entretenimiento divertido en uno formal, en el que las instrucciones o arbitrajes (o ambos) son necesarios para determinar ganadores y clasificaciones. En torno a los seis años lo lúdico deja paso a lo competitivo. Es un ensayo para la vida. Aunque tampoco estaría de más que pudiéramos adaptar las reglas a la vida y no al revés.
Los juegos cooperativos nos ayudan a colaborar. Y los solitarios nos permiten escapar de nuestro aburrimiento. Los juegos de mesa nos quitan el sueño y los juegos de cama nos facilitan el descanso. Jugamos al despiste para evitar problemas y con fuego para subir la adrenalina. Nos arriesgamos a perder, al querer ganar, pero pasamos la mano en las decisiones diarias porque no sabemos jugar nuestras propias cartas. Convertimos las responsabilidades en juegos para echar la culpa al azar de nuestros errores. Jugamos a vivir como si no supiéramos la baza final. Pero, al fin y al cabo, a este mundo hemos venido a jugar.
Los juegos infantiles suelen estar relacionados con la música. Las rimas ayudan a memorizar. Y las canciones, con sus movimientos, a socializar. Pero hasta los más dulces soniquetes que todos hemos recitado tienen, o provienen, de un pasado algo más oscuro. La Iglesia católica ha convertido una rogativa de sus creyentes en un juego inocente. El Santuario de la Cueva Santa de Altura, en Castellón, protagonizó las plegarias de los agricultores de la zona ante la pertinaz sequía (esta vez sin Franco) que sufría la Comunitat Valenciana en 1726. Ha llovido mucho desde entonces. Pero el éxito de la canción sigue en los cerebros de nuestra infancia. Que llueva, que llueva, la Virgen de La Cueva. Otra canción bastante más tétrica es la que protagoniza Antón Pirulero ¿Qué puede haber de malvado en esta tierna expresión tan propia de la niñez? Para empezar, todo apunta a que el origen de este temazo está en Granada. Allá por el año 1860, un tal Antón Pirulero mató a su esposa, puso el cuerpo en una bolsa y lo trasladó a un molino para hacerlo polvo. De hecho, esta fuente señalaría que la letra original de la canción era: “Antón Pirulero/ mató a su mujer/ la metió en un saco/ y la hizo moler”. También circula una versión francesa de esta tremenda historia macabra. En concreto de un supuesto Antoine Piruliere que cometió el asesinato machista de su mujer, en un formato similar al hispano. En cualquier caso, no deja de ser curioso que el feminicidio se haya convertido en una simpática cancioncilla con la que juegan nuestras adorables criaturas. Y hay muchos ejemplos de este pelaje.
0