Opinión y blogs

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Fez, la ciudad de la Medina más grande del mundo

Curtiduría en Fez.

Orientarse por Fez-el-Bali es un reto sólo apto para aventureros. Con más de 300 barrios, 9.000 callejones y medio millón de habitantes, esta Medina fortificada cuyo origen se remonta al siglo VIII está considerada la más grande del mundo. De hecho, suyo es el hito de ser la mayor zona peatonal del planeta. En sus entrañas se puede respirar el legado de un milenio, pero también, literalmente, el hedor de las vistosas curtidurías –patios interiores abarrotados de tinas de adobe donde se curten las pieles– o la mezcolanza de efluvios aromáticos que desprende los tradicionales zocos y los tenderetes de especias. Un lugar único en el mundo, como así lo certifica el distintivo de patrimonio histórico de la humanidad.

 

El arco de Bab Bou Jaloud que da acceso a la Medina.

El arco de Bab Bou Jaloud que da acceso a la Medina. Arnau Margenet

 

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El Lago Lemán y la Riviera suiza

Los Alpes al fondo del lago Lemán.

Estamos ante el mayor lago interior de Europa Central. Por el centro de esta enorme superficie de agua de casi 600 km² discurre la frontera entre Francia y Suiza. En su orilla sur se erigen, majestuosos, los Alpes. El recorrido por la orilla norte del lago Lemán desde Ginebra hasta Montreux ofrece numerosos atractivos y muestra una región suiza de marcada personalidad.

Estos majestuosos paisajes, con los Alpes a los pies del gran lago, han seducido a numerosas celebridades. Aquí tienen estatuas Charles Chaplin o Freddie Mercury, quienes quedaron atraídos por la belleza, el clima y la calidad de vida de este lugar, al igual que Coco Chanel -enterrada en Lausanne- o Lord Byron.

 

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Estocolmo, la ciudad que se refleja

Puerto de Estocolmo.

Estocolmo nació a la defensiva. Allí por el siglo XIII, un militar al servicio de la corona de Erico XI Eriksson llamado Birger Jarl, levantó un fuerte entre el mar Báltico y el lago Malären a fin de frenar las sucesivas tentativas por parte de las flotas extranjeras de invadir territorio sueco, y también la piratería, modus vivendi habitual entonces. Así, entre escaramuzas vikingas y pillajes acuáticos, emergió del profundo estrecho la que hoy se considera una de las ciudades más cosmopolitas de la Europa meridional.

Bañada de agua y luz, Estocolmo se ha asentado en nuestro imaginario como ese lugar al que uno acude de forma casi reactiva cuando piensa en la ciudad ideal. Arte moderno y gastronomía de vanguardia, arquitectura miscelánea que funde lo viejo y lo nuevo, naturaleza y urbe en simbiosis –Estocolmo fue designada la primera ‘capital verde europea’ el año 2010–, puentes y agua por todas partes que desdoblan la ciudad en reflejos, y una luz breve pero intensa y circundante que salpica cada rincón de la apodada ‘Venecia del Norte’, hacen de esta ciudad un destino ineludible para cualquier viajero que se precie.

A través de sus 14 islas, interconectadas a su vez por 57 puentes, Estocolmo es un archipiélago urbano muy bien comunicado que invita a saltar de losa en losa y dejarse sorprender por su belleza y su infinitud de lugares interesantes que visitar.

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Oporto, cada vez más "hipster"

Restaurante en el mercado de Bolhao.

Oporto y Lisboa, ambas paridas por la misma madre patria, Portugal, pero con fisonomías que, aunque a simple vista se dan un aire, analizadas de cerca descubren rasgos diferentes.

En otras palabras, la decadencia en Portugal es una constante, por eso ya no sorprende, cautiva por su romanticismo melódico y su belleza sin maquillaje, pero no sorprende, e impregna tanto a Lisboa como a Oporto. Ambas han sabido contrastar ese rasgo con algo de modernidad y han apostado por el arte urbano –aunque Lisboa lleva la delantera-, pero Oporto ha añadido además los ingredientes necesarios para coger bien la ola mainstream y surfearla a gusto. Ha conseguido, en definitiva, convertirse en una ciudad hipster y vintage.

Decir eso, sin más, es osado. Muchos de sus edificios sobreviven en agonía, desconchados y carcomidos por los años -aunque el centro histórico es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1996- y sus principales reclamos turísticos datan de hace, como poco, décadas y en general, siglos. Por ejemplo, la preciosa librería Lello, de finales del s. XIX, y que, por desgracia, desde hace un puñado de años se ha convertido en una fábrica de colas de turistas y gente haciendo fotos por todos los rincones -tanto que los libros parecen tan sólo un decorado-; la Torre de los Clérigos –la más alta de Portugal, construida en la primera mitad del s. XVIII-; la estación de tren de Sao Bento, un edificio que induce al trance artístico, con sus más de 20.000 azulejos que relatan la historia de Portugal como un cuento ilustrado, y que se inauguró a principios del s. XX; y un largo etcétera.

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Aires medievales y piratas en Bretaña

Vista de Saint Malo.

Bretaña es la región más occidental de Francia y la que alberga más kilómetros de litoral. En este recorrido nos centraremos en su parte más turística y conocida, comenzando por la capital, Rennes, y terminando en la bahía que se abre al famoso Mont Saint Michel. En el camino, se cruzan historias del pasado celta de la región, pueblos y fortalezas medievales y una costa escarpada y agreste donde las antiguas historias de piratas y corsarios se combinan con suntuosas villas veraniegas. 

La ruta se inicia en Rennes, capital de la Bretaña y famosa por su activa vida estudiantil y su notable patrimonio histórico. Allí se ubica el Parlamento de Bretaña, reflejo del sentimiento identitario del pueblo bretón. Es una ciudad que puede recorrerse fácilmente a pie y en metro y en la que conviene disfrutar de sus callejuelas medievales y del mercado de Lices, uno de los de mayor colorido de toda Francia.

 

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Brighton, la ciudad de los embarcaderos

Brighton Pier.

Se siente una nostalgia extraña contemplando el amasijo de hierros oxidados que se eleva en medio del mar, a unos metros de la orilla de Brighton, desconectado de ella, como un pasado aislado en el agua, que resiste a ahogarse. Un pasado que las tormentas y el fuego han ido destrozando. Y ahora sólo queda eso en pie del West Pier, restos de un antiguo embarcadero.

Claro, sólo se siente esa nostalgia si se conoce la historia de esta construcción, porque entonces, con la imaginación necesaria, es posible superponer mentalmente la imagen actual y otra de hace siglos. Una en la que el embarcadero estaba lleno de casetas, con todo tipo de souvenirs y entretenimientos - adivinos y demás- y todo el recorrido de la plataforma se iluminaba con farolas de gas decoradas con serpientes entrelazadas.

Dándole un poco más de gas a la imaginación, se consigue llegar a la segunda mitad del s.XIX y contemplar como en ese embarcadero levantan un pabellón con capacidad para 1.400 asientos, a modo de sala de conciertos, y con los años se empieza a llenar de las personas más distinguidas del lugar, con sus vestidos victorianos -ellas con los faldones abombados, llenas de pliegues, y encorsetadas, y ellos con sus sombreros de copa y sus largos chaquetones-.

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El espíritu salvaje de Fuerteventura

Isla de Lobos

Fuerteventura es un paraíso para los amantes del sol y la playa. Kilómetros arenas doradas, aguas turquesas y un clima privilegiado hacen de esta isla, la segunda más extensa del archipiélago canario tras Tenerife, el lugar ideal para pasar unas vacaciones inolvidables o para desconectar unos días. A pesar de ser un destino turístico de primer orden, Fuerteventura no es una isla masificada y se pueden ver y visitar muchos lugares con relativa tranquilidad.

Un litoral prácticamente llano convierte a Fuerteventura en una inmensa e interminable retahíla de playas de arena blanca, muchas de las cuales gozan de condiciones de viento muy adecuadas para practicar el surf o el windsurf. Las de Corralejo, al norte, y de Jandía, al sur, son las más famosas.

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Venecia: el arte de convertir lo práctico en estético

Uno de los canales de Venecia.

La primera vez que vi una góndola en los canales de Venecia pensé en la Edad Media. Pensé en los primeros siglos de vida de ese tipo de embarcación, que se remonta a los años 1000, y me imaginé lo diferente que debía ser entonces montar en una de ellas. Toda untada de esa mezcla de brea –una substancia viscosa de color rojo oscuro-, pez, sebo y aceite de pescado, que se utilizaba para pintar las maderas y calafatearlas -cerrar las junturas para que no entrara el agua- y que le daba un color negruzco. Con una pequeña cabina para proteger al pasaje o la mercancía, que las hacía parecer un carruaje acuático. Y manejadas por hasta 12 remeros. 

Poco tenían que ver con el melodrama de decoración que son ahora, con esos asientos que parecen sacados de un salón kitsch, esa elegancia estructural y ese romanticismo que se les otorga. Parece que eso llegó en el s.XVI, cuando la burguesía veneciana empezó a utilizar la góndola como símbolo de su estatus social y las cargaba hasta los topes de decoración en un intento material de decir “y yo más”.

 

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Corfú, la belleza jónica

Puesta de sol en Peroulades.

Esta enorme isla, la mayor de las jónicas, situada a 75 km de la famosa bota de Italia y a casi tiro de piedra de Albania, no responde al prototipo. Corfú puede alardear de poseer algunas de las playas más espectaculares de toda Grecia y, como en muchas otras islas de este país, en su territorio también florecen los olivos (se han contabilizado hasta tres millones) y los cipreses. Pero ahí se acaban los parecidos. En Corfú apenas sí hay restos arqueológicos. Y, a diferencia de la aridez que caracteriza la mayoría de las islas griegas, el paisaje está cubierto de vegetación. Nada raro si se tiene en cuenta que esta parte del Mediterráneo cuenta con un régimen de lluvias superior al normal. Pero no hay que asustarse: en verano puede disfrutarse del sol las altas temperaturas. Y por el continuo chirriar de las cigarras.

Corfú remite a algunos de los personajes más conocidos de la mitología griega. Por ejemplo Poseidón, el rey del mar, de quien se dice que raptó a Córcira (hija del rey Asopo y una ninfa) y se la llevó a una isla desierta del mar Jónico, a la que bautizó con su nombre como regalo de nupcias. El nombre mutó con el tiempo hasta convertirse en la Kerkyra actual, tal y como se conoce a Corfú en griego. Juntos, tuvieron un hijo llamado Féax, héroe de los feacios, posteriores habitantes de la isla.

Precisamente, la isla de los feacios es mencionada por Homero en La Odisea como la isla que acogió a Ulises tras su regreso a la cercana Ítaca después de haber luchado en la guerra de Troya. Aún hoy diversos lugares pugnan en la isla por ser el punto donde Ulises desembarcó en su viaje. 

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Asturias: la luz tamizada de Garci

Playa de Aguilar.

En el prólogo de El abuelo, Benito Pérez Galdós deja claro que: “no tienen determinación geográfica el país ni el mar que lo baña. Todos los nombres de pueblos y lugares son imaginarios”. Sin embargo, cuando José Luis Garci pensó en cómo llevar esa novela a la gran pantalla, no dudó: “Yo he elegido Asturias porque siempre ha sido para mí un buen talismán. Pero además he venido buscando la luz de Asturias, que es una luz muy tamizada y tenue, que permite rodar una gama de colores suaves". Y, efectivamente, en la película Garci se deleita con esa luz que descubre unos acantilados soleados o sombríos –según el momento-, un mar con carácter, como el abuelo, y unos verdes frondosos, que hacen de Asturias por lo menos un lugar sentimental y, llevándolo un poco más allá, hasta mágico.

Igual por eso, allí se pueden ver escenas impresionantes, extremadamente sencillas pero de una belleza de obra de arte y con una emotividad tan intensa como una descarga de arma de fuego.

Al norte del norte hay un bar, algo destartalado. Está en el Cabo de Peñas, el punto más septentrional de Asturias. Desde allí, bebiendo un poco de sidra o comiendo y contemplando las vistas, es fácil ser feliz. En cualquier momento del día, esos acantilados, las rocas peladas, cubiertas a trozos de verde intenso, y el mar, muy abajo y amplísimo, te hace feliz.

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