Opinión y blogs

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Las aguas turquesas y cristalinas de la Puglia

Playa Punta Prosciutto.

El tacón de la bota, la tierra sin lluvia –Apuvlia- o la zona menos montañosa de Italia. Todos esos nombres para designar a la Puglia, una zona increíble al sur de Italia, encajada entre los Apeninos, el Adriático y el mar Jónico, con unas playas y una comida espectaculares y decenas de pueblos en los que perderse y disfrutar de sus calles, de sus plazas, sus bares, sus helados, cafés, sol y sombras. Un lugar para recorrer, para coger un coche y dejarse llevar por la improvisación, parando en cualquiera de los 300km de costa.

La capital de la región es Bari y puede ser un buen punto de partida, aunque como punto de inicio, Bríndisi, un poco más al sur, también es buena opción. Desde allí en coche se tarda cerca de una hora en cruzar de la costa del Adriático a la del Jónico y llegar a la “Ciudad bonita” –del griego Kalé polis-, Gallipoli, en la provincia de Lecce. 

Gallipoli, en la costa del mar Jónico.

Gallipoli, en la costa del mar Jónico. ALICIA FÀBREGAS

 

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Zumaia, donde las rocas hablan

Prados verdes y acantilados en la costa de Zumaia.

El surf es el gran atractivo de la costa vasca -y con razón-, pero allí también se encuentran tesoros muy poco conocidos que merecen ser visitados. Concretamente en un rincón de Guipúzcoa, a menos de una hora en coche de San Sebastián. En un lugar rodeado de montañas verdes que descienden en acantilados hacia una bahía donde confluyen los ríos Urola y Narrondo: en Zumaia.

Desde finales del s.XIX este lugar ha atraído a centenares de paleontólogos, geólogos, antropólogos y muchos otros investigadores de todo el mundo, porque allí las rocas son capaces de contarnos la historia de los últimos 60 millones de años de la Tierra: los cambios en el clima, las especies, las catástrofes... Un libro abierto, escrito por la naturaleza y el tiempo, que el hombre puede leer cada vez con más precisión.

Ermita de San Telmo, en Zumaia.

Ermita de San Telmo, en Zumaia. ALICIA FÀBREGAS

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Málaga, la nueva capital del arte urbano

Grafiti en las calles del Soho de Málaga, parte del proyecto MAUS.

Paseando entre sexshops y puticlubs te encuentras muros de edificios enteros -hasta 38m de alto- pintados por grandes como Shepard Fairey, conocido artísticamente como Obey, que tiene también la famosa marca de ropa, D*Face, Roa y muchos más. Pero no es solo arte urbano, también hay exposiciones de fotos que cuelgan de los balcones, conciertos, artes escénicas a pie de calle, rutas gastronómicas, festivales de cine…Es el MAUS (Málaga Arte Urbano Soho).

Se podría decir que todo empezó con el Centro de Arte Contemporáneo (CAC). A veces hace falta crear ondas expansivas a partir de un diamante en bruto o soltar un antídoto en medio de zonas desoladas para que contagien a todo el entorno y que la hierba vuelva a crecer.

Ese fue el caso del CAC. Se apoderó del antiguo Mercado de Mayoristas, que en 1987 fue declarado Bien de Interés Cultural pero que necesitaba una remodelación a fondo. El edificio estaba en lo que era la periferia de la ciudad, al lado del puerto, en una zona abandonada y deteriorada, donde se concentraba la prostitución y el estraperlo. Y la hierba volvió a brotar. 

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La Costa de la Luz: el oro rojo y la batalla de Trafalgar

Calles de Vejer de la Frontera.

La flota española fondea en la bahía de Cádiz. Cuenta con a penas 15 navíos y la mayoría de los combatientes españoles acuden a luchar–muchos de ellos de manera forzosa- sabiendo que seguramente no cobrarán nada, porque hace meses que los fondos se han acabado. Estamos en octubre de 1805 y una de las batallas más tremendas de la historia del s.XIX está a punto de estallar frente a las costas de lo que entonces era el municipio de Vejer de la Frontera.

Al frente de los navíos españoles está el Teniente General Federico Gravina y Napoli, que conduce el buque insignia, el Príncipe de Asturias. Una bestia con 118 cañones y más de 1.000 hombres a bordo. Navega valiente junto a la Armada francesa de Napoleón hacia una muerte casi segura, pues los barcos ingleses son mucho más numerosos y sus tripulantes están más entrenados en el dominio de la guerra en el mar.

Es casi mediodía cuando el Almirante Horatio Nelson, el marino británico más célebre de la historia, al frente de la Royal Navy, envía por señal a sus buques el siguiente mensaje: “England expects that every man will do his duty” (Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber). Y a partir de ese momento se empieza a abrir fuego.

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Praga, siempre rebelde

El puente Carlos, sobre el río Moldava.

“Josef Gabcik, echado sobre su estrecho jergón, escucha fuera el chirrido del tranvía que sube hasta Karlovo námestí, la plaza Carlos. Muy cerca de aquí, la calle Resslova, que baja hacia el río, ignora todavía la tragedia de la que muy pronto será escenario. Algunos jirones de luz se abren paso a través de los postigos cerrados del piso que esos días acoge y oculta al paracaidista”, escribe Laurent Binet en su genial HHhH.

Reinhard Heydrich se ganó a pulso el sobrenombre del “Carnicero de Praga”. Como Gobernador de Bohemia y Moravia –la actual República Checa- durante la Alemania nazi, jefe de la Gestapo y de las SS, demostró que su crueldad y su sed de sangre no tenían límites. Pero la dirección de su vida acabaría con un giro brusco, la resistencia checoslovaca le tenía algo preparado: la Operación Antropoide. Un paracaidista checo y otro eslovaco fueron los encargados de llevarla a cabo. La suya es una historia sobre los recovecos de la Historia, sobre las personas, sobre actos heroicos y sobre Praga. Un relato que Laurent Binet hace brillar con su HHhH, impresionantemente bien escrito y bien documentado. Un libro que te hace cambiar la manera de pisar las calles de la capital de la República Checa, historia viva.

Praga ha sido capital de muchos territorios. En la Edad Media lo fue del reino de Bohemia, después de Checoslovaquía y finalmente de la República Checa. Algo especial tiene que tener para acaparar tanto protagonismo. De hecho, es una de las 20 ciudades más visitadas del mundo. 

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Edimburgo, la hija intelectual de Escocia

Gaitero escocés a las puertas del Castillo de Edimburgo.

Cómo abre el apetito esa primera escena de Trainspotting, con Renton –Ewan McGregor- a la carrera por las calles de Edimburgo al ritmo de Lust for life de Iggy Pop y una espiral de afirmaciones de la voz en off con la adrenalina de la velocidad –brillante crítica social, concisa y directa, un buen puñetazo de apertura- que culminan con un “Escoge la vida. Pero, ¿por qué debería yo querer hacer algo así? Escojo no escoger la vida: escojo otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”. Y abre el apetito porque te entran unas ganas enormes de visitar Edimburgo y vivirlo en plenitud.

Esa decadencia que transpira la novela de Irvine Welsh llevada a la gran pantalla por Danny Boyle está muy alejada del Edimburgo actual y todavía más del Edimburgo que conoce el visitante que sólo está de paso. De hecho, el moribundo barrio de Leith, lleno de drogadictos, que retrata la película es ahora el lugar con la mayor concentración de restaurantes con estrellas Michelin en Escocia.

Para el viajero, la capital escocesa es bonita y amable, asequible a pie, histórica, con el carácter particular que tiene esa parte del Reino Unido que ha estado al borde de independizarse. Tal vez es eso lo que la hace tan acogedora y atractiva. O porque se asienta sobre colinas de magma solidificado, de volcanes que dejaron de estar activos hace unos 300 millones de años, o porque en ella nacieron, entre otros personajes históricos, David Hume o Adam Smith. 

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De Carcasona a Montsegur, en busca del Santo Grial

Las murallas de la cité de Carcasona.

Es noche cerrada y en el aire resuenan cantos alzados a la gloria de Dios. Es 16 de marzo de 1244 y doscientos infelices van a morir abrasados en las hogueras de Montségur por blasfemos. El último reducto cátaro va a ser aniquilado allí. Para algunos son cristianos místicos, para otros, temibles herejes que el Papa Inocencio III va a intentar borrar de la faz de la Tierra, derramando toda la sangre que sea necesaria. Sus historias de resistencia heroica y represión feroz, retruenan en las murallas de la cité de Carcasona.

En poco más de una hora en coche, se llega desde Toulouse a esta ciudad fortificada, ejemplo viviente del ingenio militar de aquellos tiempos, huella imborrable de la Cruzada Albigense, la cruzada contra los cátaros, que sentó los cimientos de una Inquisición formada en el sur de Francia a finales del s.XII y que entraría en la Península por Aragón en el s.XIII.

Carcasona aguantó y fue de los últimos reductos cátaros en caer. Asediada, acabó rindiéndose. Fue aquí donde murió el señor feudal Ramón Roger Trencavel, uno de los máximos exponentes de la defensa cátara, y ese fue el punto de no retorno para esta corriente religiosa considerada como herejía para el papado. Este movimiento místico brota de Toulouse y se extiende por todo el Languedoc en los siglos XII y XIII, por eso los castillos en lo alto de montañas escarpadas abundan en esta zona. Se dice, además, que los cátaros eran poseedores del Santo Grial y lo tenían guardado a buen recaudo, otro de los misterios que difícilmente se resolverá pero que ha contribuido a agigantar la imagen de estos caballeros de la Edad Media.

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Un no-turista en Lisboa

Las calles de la Alfama.

El café en Italia goza de una inmejorable fama, pero menos se habla del café portugués que no tiene nada que envidiarle. Tomando uma bica o um pingado, un café solo o un cortado, es fácil toparse con una empresa de café portuguesa que se caracteriza por producir unos simpáticos sobrecitos de azúcar adornados con frases que conectan con el placer pacífico que implica el momento de tomarse un café. Esta empresa ―que no hace demasiado, también con agradables frases y como si la cosa no fuera con ellos, travestía de alegres experiencias vitales la emigración masiva de jóvenes portugueses por todo el mundo― publicó en 2010 una colección de sobres de azúcar en los que se podían leer propósitos más o menos encomiables como: “Um dia vou ser turista na minha própria cidade” (Un día voy a ser turista en mi propia ciudad). Igual hacer lo contrario tampoco está mal. ¿Por qué no recorrer la geografía de Lisboa como un no-turista en una ciudad ajena? Pisarla, caminarla y conseguir que deje de ser ajena para poder vivirla como propia.

Vistas desde el Mirador de Santa Catarina.

Vistas desde el Mirador de Santa Catarina. BERTRAN ROMERO

Portugal, en el extremo del continente europeo y mirando al Atlántico, ha sido el territorio olvidado de la península. España le daba la espalda por estar demasiado ocupada mirando hacia una Europa que acaparaba toda la atención. Y aunque últimamente haya ido ganando adeptos, todavía sorprende comprobar cómo el viajero peninsular que pone el pie en Lisboa se asombra con la cantidad de diferencias (y semejanzas) que descubre respecto a su lugar de origen, definiendo y redefiniendo ideas de pertenencia bajo una lente mayor, la de lo peninsular, la de lo ibérico.

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Favignana, la Formentera de Sicilia

El puerto de Favignana.

Hay muchos tipos de viaje. El cultural, con visitas que llenan los días de nuevos conocimientos, el de aventura, con actividades infinitas, o el tranquilo, el de olvidar que existe el reloj y seguir el ritmo de nuestro apetito en cada momento, gozando de ese disfrute perezoso que nos aportan los lugares con una naturaleza increíble y unas distancias asequibles. Ese último es el que vale para Favignana.

Buen tiempo, playas paradisíacas y una comida excepcional, es lo que caracteriza a esta isla situada en el archipiélago de las Egades. Allí se llega desde Trápani, en la punta oeste de Sicilia, a cerca de una hora de Palermo. En su puerto es habitual el barullo, entre griterío y bocinas de coches y motos de turistas, trabajadores italianos y demás que se amontonan para coger un ferri hacia la bonita isla de Favignana, que queda a sólo un tiro de piedra de la costa, a escasos 7km. Pese a su belleza, es un lugar relativamente desconocido, sobre todo para el turismo de fuera de Italia.

Por su aridez, sus aguas turquesas y transparentes y sus abundantes motos de alquiler, posee ciertas reminiscencias de Formentera, aunque con unos niveles de precios bastante más asequibles. Es cierto que comparado con el resto de Sicilia, puede resultar algo cara, pero nada que ver con las islas Baleares. E igual que sucede en Formentera, aquí también es habitual ver a gente recorriendo la isla -20km cuadrados de extensión- de cala en cala en bicicleta o en barco, anclando en parajes dignos del Caribe.

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Rincones de arte y de naturaleza en Londres

Campos de lavanda en Myfield Lavender

Por el metro más antiguo del mundo fluye el gran melting pot que es Londres, donde conviven más de ocho millones de personas. Quizás ha sido esta mezcla de culturas, casi siempre presente en la ciudad, la que ha hecho de Londres la cuna del arte en muchos sentidos. Allí vivieron escritores como Shakespeare, Dickens o más recientemente el gran Jeffrey Bernard, el Bukowski londinense. Un hombre de bares y borracheras infinitas, de muchas mujeres, de vida bohemia...una vida que retrataba en su columna “Low Life” en The Spectator, que muchas veces quedaba vacía con sólo una nota, “Jeffrey Bernard is unwell”. Eso significaba que el hombre tenía una resaca tan infernal que no podía ni escribir o que estaba desaparecido, tirado en cualquier pub de Londres. 

Pero más allá de la escritura, la capital británica se ha erigido como una de las capitales mundiales del arte, junto con Nueva York y París. Además de contener prestigiosos museos (Tate, British Museum, Victoria & Albert, etc.), aquí se pueden visitar las dos casas de subastas más importantes del mundo: Sotheby’s y Christie’s.

Subasta en Sotheby's

Subasta en Sotheby's ALICIA FÀBREGAS

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