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CATALUNYA

¿Inteligencia urbana?

Una característica clave de la revolución digital es que se democratiza la posibilidad de innovación. No hay que pensar la ciudad para los que viven en ella. Sino facilitar que los que viven en ella la piensen, y usen de manera inteligente y propia lo que los avances técnicos ofrecen. Sobre todo si se entiende que no es un problema de nuevas herramientas lo que Internet ofrece, sino una nueva configuración social.

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Smart Cities

Smart Cities (Autor: Jaume Badosa)

En una intervención reciente en Bruselas, el conocido arquitecto Rem Koolhaas manifestó su preocupación por la deriva que iba tomando el debate sobre las “smart cities”. En el tono de su intervención parecía exteriorizarse la preocupación de los arquitectos por su aparente pérdida de protagonismo en la construcción de la ciudad actual. Pero ello no le quita razón en algunas de sus referencias críticas. De alguna manera acusaba a los artífices del plural y abigarrado movimiento que se articula en torno a la idea de “smart city” de tratarnos como estúpidos. La ciudad que dibujan, afirmó, es una ciudad de color de rosa en la que los ciudadanos aparecen infantilizados. “¿Por qué la “smart city” nos ofrece solo progreso?. ¿Dónde queda el espacio para la transgresión?”. Hay cientos de años de pensamiento, de experiencia de inteligencia urbana que parecen hoy inútiles. La intervención concluye con elementos que ya han sido puestos de relieve por Morozov y, entre nosotros, Rendueles o Galdón, sobre el lado oscuro del progreso digital, la amenaza de control generalizado y la probable necesidad de disponer en el futuro de espacios no digitalizados. Advierte Koolhaas que es curioso que sitios como Silicon Valley, que deberían ser una muestra de las ventajas de esos espacios “smart”, tengan hoy problemas de segmentación, de elitismo, generando problemas con la propia gente del vecindario. “Smart cities y política han tendido a divergir”, concluye.

Entiendo que son reflexiones significativas. Sin estar forzosamente de acuerdo con todo lo que afirma, Koolhaas pone de relieve algunos aspectos a tener en cuenta. Sobre todo en pleno debate sobre el futuro de la ciudad que sin duda va a producirse, en mayor o menor medida, aprovechando la convocatoria de elecciones locales del 24 de mayo. Hoy mismo, 3 de febrero, oía en la radio a Saskia Sassen (que intervino el día antes en los debates del CCCB “Prendre la paraula”) manifestándose asimismo crítica sobre el movimiento de “smart cities” por el peligro que se consideraran “estúpidos” a sus habitantes. Y proponiendo que se aprovechara mucha más el conocimiento compartido y distribuido de sus habitantes. Un conocimiento basado en la experiencia y en la vivencia. Que llena de implicación ciudadana a los cambios, y permite una apropiación social de algo que sin ello no deja de ser visto como una modernidad ajena e impuesta.

Sabemos que una característica clave de la revolución digital es que se democratiza la posibilidad de innovación. No hay que pensar la ciudad para los que viven en ella. Sino facilitar que los que viven en ella la piensen, y usen de manera inteligente y propia lo que los avances técnicos ofrecen. Sobre todo si se entiende que no es un problema de nuevas herramientas lo que Internet ofrece, sino una nueva configuración social ( Véase “La riqueza de las redes” de Yochai Benkler (Icaria), presentación en Barcelona el 25 febrero). Y que más propicio a ello que las ciudades. Cuanto más abierta sea la forma de operar, más posibilidades habrá de mejora, de cambio y de perfeccionamiento. Y, al mismo tiempo, más posibilidades habrá de disenso, de transgresión, de politizar (discutir ganadores y perdedores, ventajas y perjuicios) los avances tecnológicos. Esa es la gran potencialidad de la ciudad, de la inteligencia urbana en todas sus dimensiones.

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