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Las guerras del clima, de París a Barcelona

Hay un vínculo evidente, pero ocultado, entre la crisis ecológica y la espiral de fanatismo terrorista y venganza a la que asistimos.

Ninguna de las medidas ensayadas hasta ahora, cuidadosas de no tocar el dogma del crecimiento y las estructuras de poder, sirve para combatir el cambio climático.

Frenar el cambio climático exigiría la auto-organización desde el plano local y la detención del crecimiento, con sus secuelas de saqueo neocolonial y destrucción ecológica.

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Por si no se cernían ya bastantes nubarrones sobre la Conferencia Internacional sobre Cambio Climático, el estado de emergencia decretado por Hollande augura un clima definitivamente asfixiante en las calles de París. Durante meses se han preparado movilizaciones -como los Climate Games- para presionar a los delegados y lograr un acuerdo que impida superar los 1,5 grados de calentamiento global... y al final quien va a ser realmente presionado serán los activistas, que para eso sirve también el estado policial.

Pero aunque los árboles impidan ver el bosque, existe un vínculo entre los atentados del ISIS y la conferencia del cambio climático, un vínculo esclarecedor pero apenas audible ante este atronador espectáculo de dolor y venganza. Porque fue debido al cambio climático que una sequía sin precedentes destruyó la agricultura del norte Siria entre 2006 y 2010 y expulsó a sus habitantes a los slums urbanos. Y fue ese éxodo uno de los principales detonantes del estallido de las revueltas del 2011, lo que sumado a la represión estatal y la injerencia extranjera llevó a la guerra, la crisis de los refugiados... y al terrorismo.

No es ningún secreto, la combinación de deterioro ecológico, rapiña occidental, tráfico de armas y fanatismos es explosiva. Por eso Michael Klare escribía hace unos días que “ la COP-21 no solo es una conferencia por el clima sino también una conferencia de paz; tal vez, la convocatoria por la paz más importante de la historia”.

Y a pesar de eso seguimos desbocados. Este otoño va camino de ser el más caliente del que se tiene registro. La tendencia es clara; la evidencia, abrumadora. La crisis ecológica ya hace tiempo que es oficial. De hecho, no hay corporación u organismo público que no tenga un discurso sobre sostenibilidad, aunque, como ironiza Serge Latouche, “ el yacimiento de las palabras es inagotable, pero su uso no puede reemplazar el de los recursos naturales en vías de agotamiento”.

Cortinas de humo “ contra el terror”, greenwashing , retórica vacía ... ¿son estas las razones de que seguimos siendo inoperantes ante el cambio climático? Hay que sumarle además las falsas soluciones, entre las cuales los fallidos mercadeos con los derechos de emisión de CO2 se llevan la palma, así como las falsas ilusiones, como la geo-ingeniería. Cualquier cosa antes que discutir en serio de autolimitación (¡anatema en una economía de crecimiento obligatorio!) y de tocar las estructuras de poder. En los pre-acuerdos de París ni siquiera se recoge acabar con los subsidios a las energías fósiles.

Pero no se trata solo de las élites y sus intereses. La sociedad en su conjunto sigue haciendo el avestruz ante el cambio climático en particular y la crisis ecológica en general. A todos nos encanta criticar a los negacionistas climáticos del Tea Party, su ignorancia y su egoísmo nos sonrojan y angustian a partes iguales, pero... ¿qué hay de nosotros? Aquí el tema sigue muy alejado de “ la centralidad del tablero”. Aunque Naomi Klein resuma con brillantez que “ el cambio climático lo cambia todo”, este no es el argumento que galvaniza las contiendas electorales, ni siquiera es el que hizo ganar las “ciudades del cambio”. Tampoco el que las CUP ponen sobre la mesa para desencallar las negociaciones con Junts pel Si. Lo urgente se come lo importante.

 

Si el cambio climático lo cambia todo... ¿por dónde empezamos a cambiarlo todo?

 

Aunque no dé votos ni nos afecte claramente en el corto plazo, la lucha contra el cambio climático impulsa miles de experiencias desde abajo. Si los municipios son tan importantes en la lucha por el cambio climático no es solamente por la ventana de oportunidad que han abierto Ada Colau o Manuela Carmena, sino porque hablar de frenar el cambio climático es hablar de autoorganización de las regiones, de invertir la dinámica del más lejos, más rápido y más a menudo. Es decir, hacer que lo que ya no va a crecer a escala global -¡ni debe hacerlo!- lo hagamos florecer a escala local, reduciendo así las dos caras B del crecimiento realmente existente: el saqueo neocolonial y la destrucción ecológica.

Pero semejante cambio de paradigma no se hace sin cambiar de relato. Necesitamos alcaldesas, diputados y candidatos que amplifiquen un relato distinto sobre la crisis. Un relato que ate cabos, que desvele que detrás de temas tan dispares como la polémica por las luces de navidad en Barcelona o la crisis de los refugiados están la crisis climática y la crisis de escasez. Un relato en el que asumimos por fin que no solamente somos víctimas de la rapiña financiera (que lo somos), sino también cómplices pasivos del saqueo. Un relato ilusionante de acceso a los bienes comunes, pero también un relato que asuma prohibir, tasar, regular o desincentivar aquello que simple y llanamente es inasumible, ya sea por su impacto o por su agotamiento. Un relato en el que dejamos de reivindicar el aumento del poder adquisitivo como único horizonte posible y propongamos otras formas de acceder a los bienes comunes. Un relato, además, que abandone todo pensamiento mágico alrededor de la autoregulación de los mercados. Un relato, en resumen, en el que la referencia para Barcelona, Madrid o Cádiz sean las “ ciudades en transición” británicas, las “ slow cities” italianas o los municipios y regiones “ postcarbono” de los EEUU.

Pero para eso no bastan 11 regidores, ni pactos con el PSOE. Hacen falta consultas ciudadanas arriesgadas, conflictos que ayuden a construir consensos hasta ahora impensables. Es decir, hace falta tomarse la crisis ecológica en serio. Prevenir que nuestros derechos en vivienda, salud, educación o seguridad queden sepultados no solamente por la presente estafa financiera, sino también por las guerras del clima y los recursos que se avecinan.

No se trata de imponer más austeridad neoliberal; se trata de reinventar el contrato social:  garantizar vivienda, espacio vital, seguridad, salud integral, alimentos de verdad... a cambio de limitar hipermovilidad, consumismo, chucherías, desigualdad. Ya dejó escrito Andre Gorz que “ sin restricción de la dinámica de acumulación capitalista y sin autolimitación del consumo no habrá modernización ecológica”. Y hasta el Informe Stern, encargado por el gobierno británico, asume que “ el cambio climático es el mayor fracaso del mercado jamás visto en el mundo”, lo cual le da un inesperado aval a las exploraciones post-capitalistas.

Nos falta relato, nos falta consenso y nos falta más conflicto con las élites. Pero no nos faltan propuestas. El equipo de Inés Sabanés en Madrid o la creación del comisionado de economía social y solidaria en Barcelona son pasos esperanzadores. Lo concreto será rehabilitar en lugar de construir. Repartir el espacio público: 10% para el coche, 30% para el transporte colectivo y 60% para el peatón y la bici. Instalar renovables descentralizadas. Levantar redes de alimentación km 0. Promover convenios para la investigación: química verde, agroecología, medicina integral... Alcanzar el residuo 0. Estimular polos de economía avanzada: menos horas de trabajo, cooperativismo, moneda local...

Como ha declarado Ecologistas en Acción, el mejor homenaje a las víctimas de Paris es que la ciudad de las luces acoja la próxima semana el inicio de una transición real del modelo energético. Nada traería mas paz que eso.

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