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El parque de la Marjal, o cómo reverdecer la ciudad en el siglo XXI

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Marjal de ciudad en Alicante

No es extraño que, en materia ambiental, andemos fijándonos siempre en experiencias que se llevan a cabo en otras partes del mundo. Sin embargo, a veces tenemos los proyectos más punteros justo al lado de casa, y de eso es justo de lo que nos damos cuenta cuando nos acercamos al parque de la Marjal, en Alicante. Pero empecemos por el principio: ¿por qué insertar un humedal en medio de la ciudad?

En este espacio, Humedales con Futuro, hemos visto cómo el litoral valenciano ha sido históricamente un continuo de zonas húmedas, que han ido reduciéndose poco a poco por el cambio de usos del suelo, desde la construcción de edificios o infraestructuras a su transformación para cultivos. Ello, sin embargo, ha causado no pocos problemas: donde antes el agua encontraba el camino libre hacia el mar o lagunas costeras, ahora quedaba retenida entre calles y líneas de tren. El enfoque tradicional ha consistido en construir aliviaderos para permitir vaciar las zonas encharcadas, aunque no siempre ha tenido éxito. Pero ¿y si en vez de ello redirigiésemos el flujo hacia una zona preparada para acumular un gran volumen de agua en episodios de avenidas, tan frecuentes en el ámbito mediterráneo?

Justo eso es lo que se preguntó el equipo técnico de Aguas de Alicante, empresa que ha construido y puesto en marcha el innovador parque, cuando hubo que afrontar las riadas sucesivas en la zona en la que se ubica. Entre las tres soluciones que se consideraron, se descartó el esquema de tubos de desagüe y también el de un vaso de hormigón, optándose por el más complejo pero mucho más estimulante de una marjal urbana. Su función primaria es la de servir como un freno a las avenidas, y para ello cuenta con una capacidad de 45.000 m3 (unas 18 piscinas olímpicas). Para que nos hagamos una idea de lo que ello implica, en las lluvias más abundantes de 2015 –su primera prueba real de funcionamiento-, apenas subió cuatro centímetros, cuando tiene varios metros de margen para llenarse. Es un auténtico seguro de vida para la zona.

Ahora bien, construir una marjal es mucho más complejo que excavar un agujero para que funcione: una marjal es un ecosistema, no un receptáculo. Para ello, hay que pensarlo todo desde el diseño inicial hasta los últimos detalles. La tierra obtenida al excavar la zona húmeda se reaprovechó para elevar una pequeña montaña en el parque, cuya vegetación además consiste en arbustos y árboles típicamente mediterráneos, y que enlaza con unos bancales de cultivos tradicionales de la zona (algarrobos, vid o almendros), algo poco habitual pero muy interesante. El suelo del lago, a su vez, está sembrado de más de treinta tomas de recirculación, que junto con una cascada en uno de los extremos permite oxigenar adecuadamente el agua, un factor clave para mantener su buen estado.

Pero lo realmente asombroso, más allá de los planos y la ingeniería que hay detrás, es la percepción que tenemos, cuando observamos el parque desde uno de sus miradores, de estar delante de una auténtica zona húmeda, como la que podemos ver en espacios protegidos a lo largo de todo el territorio. Si observamos durante unos pocos segundos, distinguiremos varias especies de aves, desde patos hasta fochas, pasando por zampullines o lavanderas. Y aunque no lo veamos, también hay un habitante muy especial el la marjal: el martín pescador, una ave bellísima que, además, denota calidad ambiental.Le acaban de reservar un espacio en la isla central, y esperemos que pronto se decida a ocuparlo.

Por supuesto, también hay otros animales que quizás no nos entusiasma tanto ver, como los mosquitos, muy ligados de forma natural a este tipo de ecosistemas y un problema recurrente en cualquier masa de agua cercana a núcleos urbanos. Aunque existen soluciones drásticas (como la fumigación), desde Aguas de Alicante se ha apostado por el control biológico, dado que nos encontramos en una zona rodeada de viviendas y con un uso intensivo por parte de los visitantes. Así, se han instalado cajas nido para murciélagos, que son excelentes depredadores de los mosquitos, y también nidos para golondrinas (avión común), una ave con una gran apetencia por estos insectos. En el agua, por su parte, se introdujo una población gambusia, una especie que se alimenta de larvas y que quizás en un futuro pueda ser sustituida por el fartet o el samaruc, especies autóctonas que también comen mosquitos. Quién sabe, quizás en un futuro podamos tener una reserva de fauna dentro de la ciudad. Y es que todo en el Parque de la Marjal, en definitiva, está pensado para potenciar la naturaleza urbana.

El resultado final es un humedal que apenas tiene unos meses, pero cuya evolución es fácilmente constatable: con una vegetación acuática y de ribera que ha ido colonizando el ecosistema, una población estable de avifauna y un entorno que aúna lo mejor de los parques urbanos y los marjales naturales. Los paneles explicativos, con abundante información, contribuyen a dar la sensación de encontrarnos ante un espacio valioso y que merece ser conocido. Además, el parque está conectado a otro colindante mediante un puente que salva las vías del tren, y que es a su vez otra obra de ingeniería ambiental: un jardín vertical.

El verdadero valor de la marjal es justamente ese: ser el modo mediante el cual la naturaleza invade Alicante. De un enfoque de jardines decimonónicos, aislados y controlados hasta el último milímetro, se está pasando al de la ciudad como ecosistema difuso, interconectado y cambiante. En pocos sitios del mundo tienen una infraestructura similar, y es que nos hemos dado cuenta por fin de que también podemos fijarnos en nuestro patrimonio natural para innovar. Las ciudades, en el siglo XXI, serán verdes o no serán, y el camino lo marcan espacios como el Parque de la Marjal.

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