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La sorprendente resiliencia económica de nuestras ciudades

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La Ciutat-Construïda_La sorprendente resiliencia

Uso lúdico del espacio público/Andrea Serra

Me pregunto si hay alguna relación entre la trama urbana, sus patrones de uso, y la resiliencia urbana a las crisis económicas; si es posible que la ciudad mediterránea tenga características físicas y económicas que le permitan ‘sufrir’ mejor dichas crisis.

Es relativamente sorprendentes que la cohesión social -suma de convivencia pacífica y algún tipo de sentimiento de pertenencia- se mantenga a pesar de que las disparidades económicas se ensanchen: pensemos en las brechas generacionales o en el gap entre insiders y outsiders del mercado de trabajo. ¿Cómo es posible que con una tasa de paro superior al 25% y un desempleo juvenil mayor del 50% no estemos, literalmente, en las barricadas? ¿Cuál ha sido el papel de nuestras ciudades evitando el resurgir de la extrema derecha? Es evidente que hay algunos elementos estructurales que hacen que en términos agregados nuestra sociedad pueda soportar cotas altísimas de sufrimiento económico.

Quiero plantear una hipótesis que me parece sugerente, es posible que algunos de los indicadores de la dramática situación económica nos hagan, ex post, más resilientes a la mismas. Señalaré dos elementos: el diseño urbano denso y complejo y la manera como se sustenta la desigualdad generacional.

A pesar de que en España hemos doblado la cantidad de terreno urbanizado en el período anterior a la crisis, creando algunos barrios segregados e incrementando los costes medioambientales, el diseño urbano es en general consistente. Los barrios centrales y de primera corona (Russafa, Gràcia o Lavapiés) siguen mostrando una gran diversidad de usos y un aparente mix socioeconómico. La pura convivencia elimina factores irracionales de ‘rechazo al otro’ que son caldo de cultivo para el surgimiento de la ultraderecha. La consistencia de la trama urbana, que permite desplazamientos peatonales y movilidad blanda -muchas veces a pesar de algunas políticas públicas- tiene efectos directos en la felicidad del personal. Éste estudio demuestra que una persona que dedica una hora diaria a desplazarse debe ganar un 40% más que otra que puede ir caminando al trabajo, para mostrar los mismos niveles de satisfacción con la vida. A la inversa, si existe ese tradeoff, la relativa densidad de nuestras áreas urbanas hace que podamos soportar niveles de ingresos bastante inferiores. Charles Montgomery explora en The Happy City la intersección entre urbanismo y felicidad. Sus ejemplos se parecen mucho a lo que podemos observar cada día en el Jardín del Túria de Valencia, un espacio compartido, de movilidad, de actividad y, claro, de felicidad.

De la desigualdad generacional he hablado en este medio. No me cabe la menor duda de que es uno de los grandes dramas del presente. En esencia parece que una generación ha mantenido, a grandes rasgos, su estatus socioeconómico a costa de la precarización de sus hijos. La argamasa social se sustenta a través de prestaciones informales vía familia (básicamente de padres a hijos). Esta situación de dualidad tiene un doble efecto: es cierto que condena a la inseguridad económica a toda una generación joven pero, al mismo tiempo, la generación mayor, la de los insiders, se puede permitir mantener de forma informal a la otra. Sé que suena un poco retorcido, pero a través de estas transferencias se paga gran parte de la emigración joven, el emprendimiento que encubre precariedad, la eternización de los estudios etc. ¿Sería deseable que se redujese la dualidad haciendo innecesarias estas transferencias de renta? Sin duda. Pero debido a la falta de ‘conciencia de grupo’ de los jóvenes parece que la solución actual funciona mejor en términos de cohesión social que una pérdida neta de renta más equilibrada.

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