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Entre el dolor y la nada

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Estaba desayunando en un hotel de Barcelona. Había participado en el homenaje a mis editores, Miguel Riera y Elisa-Nuria Cabot. También son Miguel y Elisa-Nuria los editores de las revistas El viejo topo y Quimera. Precisamente el homenaje tenía un motivo más que merecidamente justificado: celebrar los cuarenta años de la existencia del Topo. Cuarenta años son muchos años. Y más en un tiempo domado por la fugacidad, por lo fácil que nos resulta apartar como trastos viejos aquello que un día nos ayudó a entender mejor lo que nos pasa, que es lo mismo que entender mejor lo que somos y por qué hemos llegado a ser lo que somos y no otra cosa diferente. Por la noche comentamos la actualidad política y salió en la conversación la posibilidad o no de que Rita Barberá saliera bien o mal de su imputación con motivo de su papel en los casos de corrupción que llenan la vida de su partido desde hace tanto tiempo. Mientras desayunaba vi en el televisor unas imágenes en que salía la ex alcaldesa de Valencia. Como no se oía la voz, pensé que esas imágenes estaban basadas en sus recientes declaraciones en el Tribunal Supremo. Pero el texto que se deslizaba en la parte baja de la pantalla aclaró la verdadera causa de la noticia: Rita Barberá había muerto en la madrugada, de un infarto, en un hotel de Madrid. Nadie prestaba atención a lo que salía en la televisión. Es lo que pasa siempre: un televisor encendido en un espacio público no llama la atención. Sólo llama la atención si ese televisor está apagado. Cosas de la costumbre, de una cultura acostumbrada al ruido y no al silencio.

Luego he ido leyendo lo que se ha publicado en la prensa. Las reacciones de unos y otros ante esa noticia unánimemente repetida en todas partes. Yo me acordaba de una frase de William Faulkner: entre el dolor y la nada, prefiero el dolor. No sentir nada es lo peor que se puede sentir. A mí me pasó eso cuando leí las letras del televisor. No sentí nada. Por eso me acordé de William Faulkner. Puedo entender el dolor de la familia de Rita Barberá, de sus amistades más próximas. Puedo entender las reacciones de la clase política aludiendo a la humanidad cuando alguien se muere, aunque sea tu enemigo. Puedo entender que alguien se haya negado a participar en su reconocimiento institucional porque es muy difícil separar en una persona -como en el caso que motiva este artículo- lo político de lo humano. Lo que no puedo entender es que la gente del PP llore ahora la muerte de una mujer que lo fue todo en su partido y acabó -como dice el Bigotes- tratada como a un perro por ese partido y sus principales responsables. Hasta ese prodigio de cinismo facha que es Celia Villalobos se atreve a decir que han sido los periodistas quienes la han matado. Ese cinismo, sí: la imagen de marca de un partido que no tiene ningún pudor a la hora de mentir, de enseñar su lado más granítico cuando se trata de infligir un daño irreparable a los demás menos a ellos mismos, de bucear a todas horas en la mierda para que esa mierda nos llene la vida de vergüenza.

Yo no sentí nada. Y espero que eso también sea respetado. Tampoco estoy dispuesto a decir lo que no siento en un momento como éste. Digo lo que siento. Y lo que siento es que no sé si ha habido en el oficio tan digno y noble de la política alguien tan fieramente inhumano como Rita Barberá. Pocas veces he visto en otra gente el desprecio profundo, cruelísimo, a quienes no hemos pensado como ella. Pocas veces -o nunca- a quien confundiera tanto como ella el oficio tan digno y noble de la política con al autoritarismo y la falta de generosidad con quienes necesitaban ayuda, sencillamente porque la fragilidad es hoy un territorio tristemente común para demasiada gente que vive, aunque eso a ella le importara un pito, en el culo del mundo. En los veinticuatro años que estuvo al frente del ayuntamiento de Valencia, ese Ayuntamiento fue sólo suyo y de nadie más. Y la ciudad, esa ciudad que siempre la eligió democráticamente, claro que sí, se vio construida al amparo sólo de su megalomanía, de su despotismo excluyente, de esa manera tan suya de considerar la política no como un trabajo sin fondo a favor de los demás sino como un burlesco entretenimiento en que ella y los suyos eran los únicos que se divertían.

En la vida de Rita Barberá sale retratada con una perfección inaudita lo que tantas veces hemos visto en la vida real y en las ficciones: el ascenso y la caída de alguien que lo ha sido todo y luego nada. Los ídolos con pies de barro. La estatua que de repente se viene abajo con las primeras lluvias que socaban sus cimientos. En el caso de la ex alcaldesa fallecida, a la que con toda desfachatez autoinculpadora nombra Isabel Bonig como la “mejor alcaldesa de Valencia”, hay una definitiva constatación: la muerte, su muerte, representa como pocas lo que quiero llamar la verdad de una ficción. Porque eso fue mientras duró su larguísimo mandato municipal: una invención que pagamos y sufrimos entre casi toda la ciudadanía. Una tristísima ficción cuya única verdad ha sido la de su muerte. Una muerte que me llevó en la mañana barcelonesa a sentir que no sentía nada. Ni dolor ni nada. Allá cada cual con lo que siente o deja de sentir en situaciones como ésta. Allá cada cual con sus emociones. Pero hay que saber y dejar bien claro que la historia no se construye con emociones. Y tampoco la de Rita Barberá. Tampoco esa historia. Tampoco.

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