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Blasco y las postales de Negrolandia

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Un soleado y caluroso día de agosto de 2008, el por entonces conseller de Inmigración y Ciudadanía, Rafael Blasco, aparecía fotografiado sonriente entre globos, simpáticas monitoras y unas pequeñas niñas subsaharianas que jugaban en una ludoteca instalada en una autopista para hacer más llevadero el camino a los miles de africanos que regresaban por vacaciones a sus países. Al día siguiente de aquella entrañable noticia, me desplacé hasta la mediática ludoteca con el fin de preparar un reportaje para Levante-EMV sobre la experiencia de los inmigrantes protagonistas de la Operación Paso del Estrecho. Pero lo único que encontré en aquel lugar fue una habitación vacía, sin juguetes ni globos, sin rastro de niños ni risas y sin más asistencia que un número de teléfono que, según el servicio de información de Telefónica, ni siquiera existía.

La divulgación de imágenes preparadas a mayor gloria del personaje principal es un clásico en la historia de la propaganda política. Mucho antes de que el photoshop fuera una intuición, el trucaje de instantáneas ha sido un recurso habitual a lo largo de los tiempos. En la mayoría de casos la intervención consistió en eliminar aquellas figuras cuya presencia resultaba políticamente incómoda, una práctica que, por ejemplo, haría desaparecer a Trotsky de las fotos oficiales del stalinismo. En otros casos, fueron anónimas personas quienes fueron invisibilizados para realzar el encuadre épico del protagonista, como el pobre ayudante que sostiene las riendas del caballo de Mussolini. Y tampoco han faltado en toda esta larga historia los pequeños retoques como los que recientemente recibía la imagen regia de Juan Carlos I para intentar borrar la decrepitud del semblante de una monarquía cada vez más arrugada.

En el otro extremo se encuentran aquellos que lejos de eliminar competidores que ensombrezcan al protagonista principal, prefieren añadírselos para aprovechar en su beneficio la luz que irradian. Eso es lo que debieron pensar los asesores del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, cuando en 2004 decidieron “pegarle” a Jane Fonda durante un mitin contra la guerra de Vietnam, en una de las fotos de campaña. Y finalmente, tampoco faltan quienes prefieren alterar las imágenes para dotarlas de una escenografía más elegante, como el ferroviario decorado elegido por los consejeros de Franco para inmortalizar su fugaz encuentro con Hitler en Hendaya.

A estas dos últimas tendencias parecen pertenecer los gustos fotográficos de Blasco, con sus desmontables ludotecas solidarias y multiculturales. Lograda la instantánea deseada, las pequeñas africanas, como cenicientas en la medianoche, ya vuelven a ser simples negratas de los ignotos confines de Negrolandia y el escenario puede desaparecer. No en vano, la gran maestría del hasta hace unos pocos meses principal materia gris del PP valenciano, está en su dominio del arte de hacer desaparecer fondos y trasfondos. En los noventa, este simpar Houdini político logró hacer desaparecer con malabarismos legales las escuchas telefónicas que le señalaban como corrupto. Hoy se sienta en el banquillo para tratar de explicar la curiosa desaparición de 1,8 millones de euros de la cooperación internacional.

Seguro que durante estos días no faltarán fotógrafos en la sala. En cualquier caso, esperemos que el photoshop no acabe retocando el proceso. Aunque, visto lo visto, la justicia parece uno de los personajes incómodos más fácil de borrar en estos tiempos mezquinos.

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