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A la caza del topo

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Siempre he tenido, y aun tengo, ciertas veleidades literarias. Cuando trabajé en televisión tuve ocasión de escribir algunas –lamentables, todo hay que decirlo– piezas de ficción. Sin embargo no me ha dado nunca por tratar de componer un guión dramático. En realidad yo siempre he querido escribir una novela. Aunque durante estos días igual me lanzo a lo de la escritura cinematográfica. Me ronda por la cabeza la idea de una historia que sería genial para un drama histórico y político en la gran pantalla. Ya tengo hasta el título; podría llamarse 'A la caza del topo'.

A ver qué les parece el argumento. Sitúense: viajamos al pasado, poco antes de la caída del Muro de Berlín. Estamos en una antigua república soviética cerca de la costa del Mar Caspio, donde el gobierno perteneciente al partido único tiene tres prioridades a la hora de fundirse el magro presupuesto que le envía Moscú: obras faraónicas que alimenten el ego del líder, vodka y parrandas para que los moscovitas sepan dónde está la mejor fiesta de la Caspian Shore y, por supuesto, litros de cocido para mantener los samovares calentitos.

El pueblo todavía vive feliz en la inopia, creyéndose lo que dice el Politburó y pensando que sus rublos se invierten sabiamente en tener la mejor sanidad de la URSS o los silos de misiles más bonitos. Pero la credibilidad del gobierno tiene los días contados. Un peligroso elemento subversivo dispone del arma definitiva para desequilibrar al régimen: una fotocopiadora.

Como lo oyen. Un maligno funcionario se está dedicando a fotocopiar las servilletas en las que el partido anota sus pagos en rublos sacados directamente de la Caja B. Y como en el presídium no pueden tolerar que alguien siquiera pueda llegar a plantearse el plantarles cara y dudar de que ellos actúan imbuidos de la infalibilidad, han decidido combatir el fuego con fuego.

Aquí es donde empezaría la tensión. De una prisión de máxima seguridad sacan a una coronel del KGB a la que habían encerrado por hacerse una dacha nueva a costa de los presos del Gulag más cercano y no invitar a merendar al secretario general del partido. El caso es que la citada coronel, para demostrar su fidelidad al politburó, monta unos interrogatorios que ríete tú de Guantánamo. Imagínense el elemento dramático aquí: primeros planos, tensión, luces directas en la cara de los detenidos a los que la implacable coronel les aprieta las tuercas hasta que suden tinta, mientras graba todo el interrogatorio en uno de esos viejos magnetofones de bobina abierta para que los líderes vean lo mala que es y lo comprometida que está con el partido. Es que no se imaginan la ilusión que le hace colgarse otra medallita de la pechera del uniforme y, de paso, recuperar el privilegio del despacho oficial y el Lada con chófer.

¿Qué les parece? Sí, tal vez es todo muy exagerado. Creo que ni siquiera en una de esas extintas y corruptas repúblicas podrían darse unos hechos tan delirantes ¿Verdad? Hay que reconocer que esta historia es más propia de un sainete; igual el compañero Fitó puede sacar de aquí una segunda parte para su ‘Corrüptia’. O, mejor, de un tebeo de Mortadelo. Seguro que Ibáñez haría maravillas con esta historia…

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