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Las palabras prohibidas

Algunas palabras significan más que lo que reconoce el Diccionario de la Real Academia; cuando se convierten en símbolo su uso se convierte en un acto político.

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Varias cartas llegadas a este Defensor (Stéphanie Papin y Lucas Platero, ambos de Madrid; Pilar Lima, de Valencia) protestan por el uso de una única palabra en algún post del blog ‘De Retrones y Hombres’, y también por la respuesta de sus autores a quejas publicadas en los comentarios. La palabra es ‘sordomudos’:

“Me parece una falta de respeto y una contradicción grave el hecho que Raul Gay utiliza la palabra "sordomuda" en su articulo, teniendo en cuenta que no es ignorante del tema y de lo que implica esta palabra para la comunidad sorda : es decir el no reconocimiento a su capacidad de comunicación, lo que les ha llevado a ser tradadxs como "retrasadxs, inadaptadxs, imbeciles etc" durante siglos, lo que son justamente los prejuicios que pretende romper. Ademas no tiene ni la humildad de admitir su error cuando un lector le hace la critica de manera muy amable, sino que muy al contrario se sube en una postura mas condescendiente aun (que la tiene habitualmente en sus artículos, eso ya es valoracion personal) y le contesta "yo no soy sordo, no tengo que utilizar sus criterios, y que el debate del lenguaje es interminable”.” (Stéphanie Papin)

“Me ha decepcionado mucho encontrar que Raúl Gay utilice de una manera tan condescendiente la noción del lenguaje y el apelativo peyorativo "sordomudos". La sección no se llama "Señores minusválidos ociosos y privilegiados que nos podemos permitir escribir" (por decir algo), sino un nombre autoelegido, con lo que pensaba que eran conscientes de la importancia de cómo uno quiere ser nombrado en la vida. Me he encontrado con su testarudez para dejar de usar el término "sordomudo", que es tan ofensivo como otros tales como mongólico o inútil, por decir algo.” (Lucas Platero)

“Su comentario es faltar el respeto a la dignidad de las personas sordas que hemos luchado contra el término de "sordomudo" impuesto desde esferas externas a nosotros (médicos, educadores, monjas, curas, etc. ) desde antaño; un día decidimos, nosotras, las personas sordas asumir la lucha por nuestra normalización y ahí consideramos que cómo no somos mudos... dado que la capacidad del habla está de una forma u otra unida a la voz...y voz tenemos a veces aunque sea a nuestra manera: en lengua de signos... habíamos de llamarnos sordxs, luego... sordomudo actualmente denota ignorancia y ahora me he dado cuenta que testarudez y sub-normalidad basada en la prepotencia...” (Pilar Lima)

La queja tiene dos puntos de interés que trataré por separado. Por una parte está el problema de las palabras prohibidas, que se convierten en tabú porque se utilizaron en el pasado para designar a una comunidad oprimida y en desventaja y que posteriormente esta comunidad considera deben desaparecer como forma de acabar con esa discriminación. Siendo los humanos animales simbólicos y siendo las palabras símbolos estos términos tabú cumplen con un importante papel de cohesión interna frente a un rechazo que se encarna en este término, y de exigencia externa de reconocimiento. Su uso desde fuera se transforma pues en un insulto intolerable. Expresiones como ‘nigger’ en los EE UU para los afroamericanos (tan políticamente cargada que raras veces se usa en medios, reemplazándose por eufemismos), o “cholo” en Perú para las comunidades andinas son ejemplos de este tipo de términos cuyo uso se considera ofensa imperdonable. En el caso de las personas sordas el rechazo a la palabra en cuestión forma parte intrínseca de las polémicas sobre la Cultura Sorda (como las relacionadas con los implantes cocleares (pdf) y las peticiones de tener hijos sordos) así como de la reivindicación de dejar atrás clasificaciones y preconcepciones de otro tiempo al tratar esta discapacidad comunicativa compartida. Entre ciertos miembros del colectivo sordo la palabra levanta ampollas.

Preguntado al respecto Raúl Gay, autor del ‘post’ en cuestión, responde:

“Hace unas semanas, publiqué un artículo sobre sordera. Allí comparaba el rechazo al término sordomudo con el gag de La vida de Brian. Como quizá sepas, en este blog hemos tratado de provocar a todo el mundo. Creemos que es una buena forma de llamar a la reflexión.

En mi opinión, existen los sordos, los mudos y los sordomudos. Durante siglos, muchos sordos se convirtieron en sordomudos por falta de educación; quien recibe una atención y una educación adecuada puede llegar a hablar con mayor o menor dificultad. Sin embargo, hay sordos profundos que por mucho que la sociedad ponga de su parte, no podrán hablar. Yo mismo conocía a una de ellas al preparar el citado artículo.

Es cierto que sus cuerdas vocales están intactas, pero en la práctica no pueden hablar. En la práctica, son sordos y mudos. No todos los sordos son sordomudos; igual que no todos los sordos son sordociegos. Pero unos y otros existen.

María Sejmet de Ra, la entrevistada en el post sobre BDSM, utilizaba el término sordomudo a conciencia. Esa persona no podía oír ni hablar y utilizaba sus manos para señalar que había que parar la sesión. Yo cité sus palabras (aunque, cierto, sin entrecomillado).

Respecto al debate en twitter, insistí en que este tipo de discusión sobre el lenguaje me parece estéril. Pablo ha escrito 4 o 5 artículos sobre el tema y se ha creado mal ambiente en los comentarios. Creo que se pierde demasiada energía.

En mi opinión, el lenguaje es hasta cierto punto secundario. Aquello de "dame pan y llámame tonto". De hecho, hemos inventado una palabra para ese blog para demostrar que nos da igual cómo nos llamen; lo importante es la accesibilidad,la igualdad de oportunidades en educación y trabajo, la ley de Dependencia....

¿Hasta qué punto debemos utilizar el término deseado por un colectivo? Esa es la clave. Haciendo una comparación un tanto extrema, los presos de ETA son "presos políticos", los que defienden la contrarreforma del aborto se llaman "provida" y ciertos retrones dicen ser "personas con capacidades diferentes" (¿será que tiene rayos X y pueden volar?).

Sinceramente, creo que he tratado a los sordos con respeto y que muchos prefieren fijarse en un detalle porque es una batalla más fácil de ganar que la real.”

Por su parte el otro autor de ‘De Retrones y Hombres’, Pablo Echenique-Robba, ya ha dejado sus impresiones en un post monográfico sobre el tema.

Se trata, está claro, de un debate abierto en el que hay diferentes puntos de vista dentro y fuera del colectivo más directamente afectado. Parece por tanto razonable que como parte de esa discusión se emplee la palabra tabú; al fin y al cabo es la esencia misma de lo que se discute. Aunque fuera de este caso concreto probablemente no esté de más recordar a los periodistas que es bueno conocer y respetar las sensibilidades de aquellos colectivos de los que escribimos, en especial de los que han sido históricamente discriminados o marginados socialmente; porque normalizar su presencia en los medios contribuye a normalizar su situación social. Y porque las palabras-tabú pueden ser importantes banderas, símbolos de una forma de plantearse las relaciones entre ellos y con el resto del mundo.

La segunda cuestión que evocan las dudas de los lectores es la relación entre eldiario.es y los blogs que alberga, dado que en esta y en otras ocasiones se piden responsabilidades al medio por cosas escritas dentro de un blog. Este formato, sin embargo, suele ser bastante diferente en su funcionamiento interno a los más comunes en el periodismo clásico (noticia, columna, reportaje), y la publicación se suele hacer con muchos menos controles por parte de la redacción. Preguntada la dirección al respecto responde Juan Luis Sánchez, subdirector de eldiario.es:

“En la mayoría de los casos, la relación entre los blogs y la redacción es de confianza más que de edición. Tienen autonomía para preparar sus contenidos y publicarlos, y aunque casi siempre hay una vista previa desde la redacción, salvo casos extremos no se toca nada.

Ese pacto de confianza implica que los contenidos de cada blog estarán de acuerdo con los principios editoriales de eldiario.es. Más que discutir artículo por artículo si se cumplen a rajatabla en esta palabra o aquella, se tienen conversaciones cada cierto tiempo para hacer seguimiento de esa relación de confianza y compenetración. Eso puede hacer que de vez en cuando haya puntos que puedan ser más criticables pero a la larga creemos que el hecho de que nuestros colaboradores de opinión tengan independencia editorial hace que, en un clima de libertad de expresión, encuentren el tono que mejor encaje con el espíritu abierto pero con principios sociales claros de eldiario.es.

En algunos casos, más que blogs clásicos son pequeñas publicaciones especializadas: es el caso de Agenda Pública, Piedras de Papel o el ‘De Retrones y Hombres’, por ejemplo. Con sus propias dinámicas de trabajo y que incluso tienen una persona que se hace cargo de la edición de los contenidos.“

Como ya hemos comentado anteriormente, la empatía con quienes sufren debe ser un principio básico del periodismo bien entendido, aunque nunca a expensas de la comunicación; en el caso que nos ocupa se trata de un debate en marcha que no se va a resolver de modo sencillo, pero que conviene tener en cuenta a la hora de usar palabras cargadas de simbología y peso sociopolítico. Para valorarlo es necesario intentar comprender el contexto, que en este caso parece estar mucho más relacionado con la propia discusión interna que con ningún afán de ofensa.

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