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Huellas de carbono, huellas de desigualdad

El cambio climático es hermano siamés de la desigualdad económica global. Una auténtica crisis mundial impulsada por la contaminación que provoca el estilo de vida de los ricos del planeta, y que afecta fundamentalmente a las personas más pobres, las que no tienen la culpa.

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Miradas de la campaña 'Eyes on Paris'. Imagen: Oxfam.

Miradas de la campaña 'Eyes on Paris'. Imagen: Oxfam.

Radiografía del mundo con (malos) humos. La mitad más pobre de la población mundial – aproximadamente 3.500 millones de personas– sólo genera alrededor del 10% del total de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero debidas al consumo individual. Y paradójicamente esta mitad más pobre vive en los países más vulnerables ante el cambio climático. Por seguir con la paradoja, aproximadamente la mitad de las emisiones de gases contaminantes se debe al 0% más rico de la población mundial, cuya huella de carbono media es hasta once veces superior a la la mitad más pobre de las personas que viven en el planeta. Y si comparamos con el 10% más pobre, su huella es 60 veces superior En la pequeña cúspide de la riqueza hay un  1% de crema y nata de la riqueza mundial cuya huella de carbono podría multiplicar por 175 a la del 10% más pobre.

Esta semana, en París, tiene que lograrse un acuerdo negociado entre Gobiernos en función de las emisiones que se generan en sus territorios. Pero los verdaderos ganadores y perdedores del acuerdo seremos las personas. Sólo será un buen acuerdo si mejora las vidas de las personas más pobres, que son las que menos han contribuido al cambio climático. Las que más sufren ante sus consecuencias, independientemente de dónde vivan.

Hay algunos mitos sobre las injusticias del clima que están cayendo poco a poco. Por ejemplo, aunque el nivel de emisiones de algunas “economías emergentes” como China, India, Brasil y Sudáfrica es elevado y aumenta rápidamente, en realidad los hábitos de consumo incluso de su población más rica son menos contaminantes que las de sus semejantes en los países ricos de Europa y Norteamérica.

Pero todo está cambiando, y de hecho todo empeorará si no se logran medidas urgentes. Cualquier análisis mínimamente inteligente nos llama a cambiar nuestro estilo de vida, si somos personas o familias. Y a nuestros gobiernos, a cambiar sus estrategias de energía y transporte. Depender del carbono y las energías fósiles sólo beneficia a una mínima e insolidaria élite mundial, no a las personas, ni en los países ricos, ni en los emergentes, ni en los pobres.

Entre las cumbres sobre el clima de Copenhague y París, el número de milmillonarios de la lista Forbes con intereses en el sector de los combustibles fósiles ha pasado de 54 en 2010 a 88 en 2015. El conjunto de sus fortunas personales se ha incrementado en un 50%. Han pasado de 200.000 millones de dólares a más de 300.000. Riqueza sin paliativos. Cúspide de malos humos.

Quedan unas horas para lograr un buen acuerdo en París. Uno que plante cara a la influencia de las élites y defienda a las personas, sobre todo a las más pobres y vulnerables. Sobre todo a las que menos culpa tienen.

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