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EXTREMADURA

“Para la Iglesia sigo estando fuera de todo, nada ha cambiado oficialmente”

A Diego Neria, el primer reasignado de género recibido por el Papa, no podrá casarle un sacerdote

Aboga por aumentar las penas por pederastia y dejar de esconder a los curas que la cometen

El placentino prepara un libro sobre su vida en el que no desvelará lo que habló con Bergoglio

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Diego Neria

Diego Neria

Personalmente tiene mucho ganado, por encima de todo un buen amigo que se llama Papa Francisco. Oficialmente sabe que nada ha cambiado porque a los ojos de la Iglesia sigue estando “absolutamente fuera de todo”.

Es la conclusión a la que a su vuelta de Roma llega Diego Neria Lejárraga, el primer sometido a una reasignación de género que fue recibido por Francisco Bergoglio el pasado 25 de enero. Su rostro, pero sobre todo su vida, han dado desde entonces la vuelta a un mundo en el que se siguen poniendo zancadillas a tantos casos como el suyo, el de todos aquellos que nacen con un cuerpo que se rebela contra la mente. El de quienes aterrizan en la vida como hombres o como mujeres cuando su alma siente que son justo lo contrario.

El placentino de 48 años está preparando su boda pero sabe que no podrá celebrarla delante de un sacerdote, por poner un ejemplo.

“Me tendré que casar por lo civil porque no se me ha dado licencia para nada. Cambiar las leyes de la Iglesia no depende del Papa sino de la institución, que tendrá que hacerlo cuando lo considere y si alguna vez lo considera conveniente”, apunta.

Mano tendida

Lo que sí ha hecho el jefe de la Iglesia ha sido tenderle una mano. Una inmensa mano que muchos de sus acólitos antes le negaron. Curas que no se encontraban precisamente a cientos de kilómetros, sino nada más cruzar la calle y en los que intentó encontrar respuesta a por qué no hallaba hueco en la casa de un Dios que mamó desde pequeño en el seno de una familia generosa, católica y practicante. A por qué algunos de los que lucían alzacuellos le llegaron a llamar hija de Satanás cuando hace ocho años decidió iniciar el duro camino de pasar por los quirófanos para cambiar su aspecto. A por qué algunas beatas le volvían la cara cuando se hacía sitio junto a ellas para rezar en una iglesia.

Jamás se me habría ocurrido escribir a Raztinger. Pero desde que vi por primera vez la cara del Papa Francisco me animé a hacerlo”.

Como de todo hay en la viña del Señor, Neria encontró también gente del gremio dispuesta a empujarle en su intento. Sin ir más lejos el obispo de Plasencia, Amador Rodríguez Magro, o Alfonso Llorente, hombre de Iglesia en Plasencia que sirvió de puente entre ambos. Confiesa que nunca pensó, sin embargo, que esa carta que mandó al Vaticano recibiera respuesta y menos aún, que en pleno puente de La Constitución sonase el teléfono para que desde el otro lado le hablara en vivo y en directo el Papa.

“El acento argentino me hizo pensar que era una confusión, un teleoperador equivocado o incluso alguien con ganas de broma.Como mucho pensé que me podrían llegar a mandar una carta oficial diciendo que habían recibido mi escrito y ya está”.

El caso es que el 25 de enero a las cinco de la tarde y tras dos llamadas de Bergoglio, Diego y su pareja estaban delante de “un hombre con una cara de bondad tremenda, como de abuelo de cuento”, en la residencia papal de Santa Marta. Lo que allí se habló solo lo saben los tres y asegura que no lo desvelará ni por todo el oro del mundo “porque se trata de un asunto puramente espiritual”.

Historia de una vida

Lo que sí va a contar Diego Neria es su vida. La está recogiendo en un libro cuyas primeras páginas empezó a escribir hace años, muchos antes de este capítulo que a nivel personal ha transformado su existencia y la de los suyos. La de su padre, Tino, que anda pachucho y al que la visita de su hijo al Papa le ha inyectado un chute de ilusión. La de su hermana, la de su novia, la de su madre María incluso, que le pidió que no se pusiera en manos de los médicos hasta que ella se fuera de este mundo porque sabía lo que es sufrir tras años de batalla con la diálisis.

“Desde pequeño tuve claro que estaba en un cuerpo que no era el mío y a los Reyes Magos les pedía siempre ser un niño. Cuando ella murió decidí someterme a una reasignación de género, que es algo muy duro y muy costoso. No podemos ser intolerantes ni frivolizar con ello porque lo puedes tener en tu propia casa”.

Cuenta que escribir siempre le ha servido como descarga y que en ese libro que quiere tener rematado de aquí a un año, va a imprimir su propia experiencia, su lucha contra sí mismo y contra el rechazo social. Su existencia, en definitiva, por la que siempre ha tenido que caminar con una mochila cargada de explicaciones que a veces se vuelve especialmente pesada. Su deseo es que sirva de alivio y de ayuda a otros como él.

“Nada más, porque siempre he sido un caballero y no voy a poner a nadie en el disparadero. He tenido parejas extraordinarias y otras que no lo han sido tanto, pero siempre un caballero. Nunca una lesbiana, ni un transexual”.

Hay mucho que cambiar

El relato de su historia tal vez sirva también para que quienes llevan la batuta de la Iglesia se planteen la necesidad de cambios. No sólo en el sentido de entender que hombres como él puedan sellar su amor delante de un altar, sino también en el de fomentar una paternidad responsable o no relajar la guardia frente a sacerdotes pederastas.

“Hay muchas cosas que cambiar y puede que este Papa lo intente, que dé los primeros pasos, porque si no explícame por qué me ha recibido a mí. Él mismo ha dicho que para ser buen católico no hay que traer hijos al mundo como los conejos y es que hay mucho que cambiar sobre la paternidad, no sólo en África sino más cerca, aquí en Europa. Hay que condenar absolutamente la pederastia tanto en la Iglesia como fuera de ella, aumentar las penas y perseguirla, acabar con la costumbre de esconder en algún lugar perdido a los curas que la cometen”, apunta el placentino.

El Papa Francisco ha dicho también que no es lícito matar en nombre de ningún Dios y que si a uno le mientan a la madre, incluida la suya, puede que se lleve un puñetazo. Parábolas del siglo XXI nacidas de la boca de un hombre que apuesta por el lenguaje de las lágrimas ante preguntas sin respuesta, como la de la pequeña filipina que hace unos días quiso que le explicara por qué Dios permite que los niños sufran. Ni él siquiera supo qué decir y como contestación echó mano de un abrazo, seguro que tan reconfortante como el que el 25 de enero le dio a Diego Neria en Santa Marta.

“Quienes siguen la doctrina de Jesús de Nazaret tienen en él al referente número uno, no me cabe la menor duda”.

Un abrazo que vale más que mil palabras, a pesar de que Bergoglio también se las regaló a Neria el 25 de enero pasado. Asegura que quedarán para siempre guardadas en el aire de una estancia que consiguió que este caballero respire mucho más tranquilo de lo que lo ha venido haciendo hasta ahora.

“En mi vida ha habido mucho sufrimiento pero también mucho amor y muchas satisfacciones. A partir de ahora no se me va a ver ni más ni menos, siempre he sido super humilde y así seguiré siendo. Cuando me apetezca ir a misa iré y si tengo ganas de entrar un día cualquiera en una iglesia a rezar también lo haré, como antes, pero con un nuevo gran amigo ganado. Eso es lo que ha cambiado”.

Aún hay días en los que Diego se acuesta dándole vueltas en la cabeza al interés que ha despertado. De hecho, en principio pensó no contar nada, pero finalmente le aconsejaron que lo hiciera para evitar informaciones erróneas. A pesar de ello le ha tocado tragarse “algunas entrevistas de patio de portera, aunque han sido contadas excepciones”, frente a las que se ha rebelado “ porque ya he puesto demasiadas veces la otra mejilla a lo largo de mi vida”.

Desde fuera le dicen que si todavía no entiende el revuelo en el que se ha visto envuelto es porque no es consciente de que su voz ha sido el megáfono de muchas otras almas que como la suya andaban tiempo en busca de respuesta. De lo que sí se ha dado cuenta es de que algunos de los que algún mal día le gritaron insultos en mitad de la calle, ahora agachan en silencio la cabeza cuando se le cruzan.

 

 

 

 

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