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La llave del gas es cosa de hombres

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Hace unos días hubo una fuga de gas en mi comunidad. Un técnico entró a mi casa para cerrar la llave y averiguar dónde se había producido la fuga. Era domingo y mi novio estaba cocinando mientras yo recogía. Nos dijo que volvería, y cuando lo hizo dio la casualidad de que tanto mi pareja como yo estábamos hablando por el móvil.

Yo estaba más cerca de la puerta así que fui a abrir y dejé el teléfono para atenderle. El técnico entonces se puso nervioso, no atinaba a explicar lo que teníamos que hacer con la llave del gas y terminó diciéndome: "Es un momento, voy a hablar con su marido para que sepa lo que hay que hacer". Me negué, le dije que podía comentármelo a mí. De hecho, es mi casa porque no vivimos juntos, así que me parecía normal que yo fuera su interlocutora. 

Pero como ya conocía el camino a la cocina, decidió entrar y pedir a mi novio que se asomase a la ventana para que viese cuál era la posición correcta de la llave. Supongo que algo tan simple como que la llave tiene que quedarse cerrada porque siguen sin saber de dónde viene la fuga yo no podía comprenderlo. Mejor hablarlo con mi "marido", alguien que tenga voz en casa.

Lo que más me molesta es que con las ganas de acabar cuanto antes con esa visita, pues tenía una llamada que atender, no reaccioné. Me quedé parada y permití que le explicase todo a mi pareja. Cuando colgué el móvil analicé cómo había sido la situación y me cabreé. Me pregunto qué habría pasado si hubiese estado sola en casa, o hubiese estado con compañeras de piso. ¿De verdad hay personas que creen que hace falta un hombre para entender qué hay que hacer con la llave del gas?

Ainhoa.

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Retiran las cuñas publicitarias de un prostíbulo de Burgos por denigrar a la mujer

"Semana de las setas en el Club Mississipi. Boletus peluda, amanita jamona, lepista desnuda. Todas comestibles. Sube y participa con tu champiñón morado. Show en directo todos los fines de semana y muchas sorpresas. Y recuerda, quien de setas se alimenta, se pone burro sin darse cuenta". Esto es lo que decía una de las cuñas publicitarias con las que el Club Mississipi de Aranda de Duero se daba a conocer en la emisora local de la Cadena SER. Unos anuncios que ya han sido retirados.

Aunque según la dueña del establecimiento lo que se buscaba en todo momento era el tono humorístico y la diversión, el contenido de las cuñas era denigrante para la mujer. Esta semana, el Instituto de la Mujer, dependiente del Ministerio de Sanidad, recibió una queja por este contenido radiofónico y actuó siguiendo el protocolo habitual. Se dirigió a la emisora en cuestión, se le planteó el problema y la empresa retiró en el acto el conjunto de cuñas que servían de publicidad en las ondas al Club Mississipi.

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“Ama de casa”, una ocupación solo de mujeres para el Ministerio de Educación

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Formulario para solicitar las becas MEC para grados, licenciaturas y máster.

Imagina la siguiente situación. Estás rellenando tu formulario online para solicitar la beca de carácter general y movilidad del Ministerio de Educación (más conocida como beca MEC). Entras en la pestaña de unidad familiar, donde tienes que rellenar los campos correspondientes a las ocupaciones de tu padre y madre, o tutor. En el desplegable, todas las situaciones laborales aparecen en género neutro (masculino), salvo una: "ama de casa".

Fuentes de la cartera que dirige Iñigo Méndez de Vigo justifican que por un "descuido" no se han actualizado en los formularios las ocupaciones, "tomadas del Directorio de Profesiones del Censo del INE". En dicho directorio, el término "ama de casa" ha desaparecido. Solo puede encontrarse, como ocupación más próxima, "empleado doméstico".

El "descuido" de mantener solo en femenino esta situación laboral va a ser "subsanado próximamente", según Educación.

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Exhibicionismo en la playa

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Recuerdo muy vívidamente algo que me sucedió cuando yo tenía unos 11 años, en un lugar apartado de una playa valenciana. Era pleno día y el sol lucía en el cielo sin miramientos. Una amiga con la que me encontraba y yo decidimos inspeccionar un poco más aquella playa, que tenía diversas dunas desperdigadas algo alejadas de la orilla. Nos adentramos por una de aquellas dunas y nos dispusimos a tomar el sol tranquilamente. Pero allí había un hombre. Un hombre de unos 50 o 60 años, fornido y con la piel muy morena. Se notaba que pasaba largas horas expuesto al sol. En cuanto lo vi, tuve el impulso de marcharme de allí, pero aquel señor se dirigió hacia nosotras:

-"¿Por qué no os acercáis y hablamos un rato?", nos dijo. Él estaba sentado en la arena.

No sé cómo ni por qué –supongo que mi conciencia no era por entonces tan precavida como lo es ahora, después de muchas experiencias similares- accedimos y nos sentamos junto a él. El hombre empezó a contarnos historias de su día a día: que le gustaba ir a la playa, pescar a veces, tomar el sol. Todo era normal hasta que de pronto empezó a hablar de su mujer. Y se sacó el pene. Nos lo mostró diciendo: "A mi mujer no le gusta follar conmigo porque dice que tengo la polla demasiado grande, ¿vosotras qué opináis?". Nos miraba y miraba su pene, aún puedo recordar su aspecto, una imagen muy vívida que se quedó grabada en mi retina. "¿Os gustaría probar esta polla?", añadió. Por suerte (una suerte que agradeceré toda mi vida) pudimos salir corriendo de allí. Contamos lo ocurrido a nuestros padres, pero cuando se dirigieron al lugar del "incidente" el señor ya se había marchado.

A lo largo de mi vida, desde bien niña, he tenido que soportar experiencias similares. Desde los tocamientos del hermano de mi mejor amiga mientras (él creía) que yo dormía, hasta los de un compañero de clase, ya en secundaria, que encima me acusó de no corresponderle y "de dejarle triste y destrozado". Desde que cumplí los 12 años he soportado a diario (sea a plena luz del día o de noche) cómo hombres de cualquier edad o condición me gritaban obscenidades por la calle, intimidándome y logrando así lo que ellos querían: sentir dominación sobre mí. Sobre las mujeres.

A mi madre la intentó violar un conductor de autobús. Cuando el vehículo se quedó vacío, el hombre aparcó en una cuneta y fue tras ella. Afortunadamente, también tuvo la suerte de escapar. Tenía por entonces 15 años, era el año 1984. Entonces, el juez de turno dictaminó que "no se podía manchar la dignidad de un hombre de familia, trabajador y respetable, de aquella forma". El caso se archivó.

Han pasado casi 30 años desde aquello, pero hay muchas cosas que aún no han cambiado. Todavía las mujeres nos sentimos culpables por contar estos testimonios por miedo a ser acusadas de lunáticas o de querer llamar la atención (como a mí se me acusó en alguna ocasión). O por vergüenza.

Creo que es momento de que todas contemos este tipo de vivencias, de que se publiquen y la gente las sepa para conocer la realidad, para que esa realidad cambie y la sociedad pueda ser más igualitaria y equitativa. Por ello invito, como yo he hecho, a todas esas chicas que han sufrido situaciones de este tipo a que las denuncien y se las cuenten al mundo.

Rebeca

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El grupo de chicos que se rieron de unas piernas sin depilar

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El pasado verano volvía de hacer un curso que organizaba una galería de arte cerca del museo Reina Sofía. Estábamos en plena ola de calor madrileña y yo llevaba, como suele ocurrir en los días de calor, una falda. Falda que, como también es lógico, dejaba ver mis piernas. Y ahí es donde empezó el problema.

Nunca he sido una persona a la que le guste demasiado depilarse, no solamente porque me duele, sino también porque me suele provocar muchos problemas en la piel, por lo que siempre intento apurar al máximo antes de hacerlo. Además, he crecido en una familia en la que a mi madre tampoco le hace mucha gracia el asunto y después de haber leído mucho sobre el tema siempre he considerado que depilarse es una decisión personal y que cada una tiene derecho a hacer lo que quiera. 

Yo esa tarde llevaba lo que podría describirse como 'una barbita de tres días'. Es decir, ni corto, ni largo. Lo suficiente para que si estás morena (que no era mi caso) no se note. Así que no, no iba perfectamente depilada. Y así, con mi falda y mis piernas ligeramente peludas me subí al metro. 

Cuando llevaba ya un par de paradas se subió al vagón un grupo de chicos que rondarían los 22 años, y se sentaron en unos asientos que estaban libres justo delante de mí. Inmediatamente miraron mis piernas, se miraron entre ellos y se empezaron a reír. Y yo decidí parar la música. Uno de ellos dió un codazo a otro y, por si acaso no se había dado cuenta (o yo no me había fijado) volvió a señalar mis piernas (más disimuladamente), soltó un comentario a su oído y ambos comenzaron a reírse.

No había oído nada realmente, así que quise creer que solamente eran imaginaciones mías y ya está, por lo que volví a mi música. No quise darle más vuelta al asunto y bajé la vista para cambiar de canción, aunque la pandilla de chicos del vagón seguían riéndose como si allí sucediera la cosa más graciosa del mundo. 

Cuando levanté los ojos de nuevo vi que otra vez estaban mirándome las piernas. Y esta vez, uno de ellos me miró, y como queriéndome recordar cómo tiene una que depilarse las piernas, extendió su mano y pasó un dedo de la otra por encima, como si se tratase de una cuchilla. Luego me volvió a mirar, comentó algo al oído de su compañero y todos se bajaron, no sin antes echar un vistazo a mis piernas que tan asombrosamente graciosas les parecieron. Ninguno de ellos iba depilado. Pero yo, nada más llegar a casa, lo primero que hice fue pasarme la cuchilla. Y mientras lo hacía se me ocurrieron mil cosas que les debería de haber dicho, si no me hubiese sentido tan humillada.

Alejandra

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"Si vienes a casa y tenemos sexo, te daré cien euros"

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Hace cosa de dos años -yo tenía 19- estaba esperando el bus a plena luz del día en una avenida de Barcelona. Estaba de pie, intentando ver si ya llegaba mi autobús, cuando un señor que aparentaba alrededor de setenta años, bastón incluido), hizo el típico comentario de "qué buen día hace" o "¿esperando el autobús?" y me invitó a sentarme a su lado en el banco de la parada. Yo lo hice sin vacilar, supongo que por deferencia a la tercera edad o porque no le veía malas intenciones.

Entonces empezó a lanzar preguntas, que si estudias o trabajas, que si dónde vives, que si tienes marido. Yo le fui respondiendo con monosílabos, y de pronto la cosa degeneró y me preguntó si había tenido relaciones sexuales. Sus palabras fueron, "oye, y, ¿tú ya has hecho el amor?". Lo dijo como quien pregunta la hora. Me quedé tan a cuadros que el tipo siguió con su oda al sexo, que si "es la mejor cosa del mundo". "No lo dudo" dije mordiéndome la lengua para no reír. Creo que pensaba que era un lunático más que un pervertido. Pero entonces me puso la mano en el brazo y me dijo "mira, tú pareces una buena mujer; si vienes a mi casa y haces el amor conmigo, te daré cien euros a la semana". Ahí sí que no pude aguantarme la risa. Sé que alguno se preguntará que dónde está la gracia, pero es que era tan surrealista que no supe reaccionar de otra forma. Los nervios, supongo. Te quedas en blanco.

Al cabo de unas horas, más tranquilamente, te dices "debiste decirle algo, debiste echarle una bronca, debiste dejarlo en evidencia delante de todo el mundo". Porque la parada estaba llena, y el tipo no tuvo ningún reparo en pedirle sexo a una desconocida en una avenida a las doce de la mañana. La verdad es que no sé qué oyeron los demás, porque el señor hablaba flojito y muy formal. En tu cabeza tienes la imagen del clásico pervertido que se saca el pene y te pide un polvo, pero ese señor era el epítome de la "buena educación". Así que quiero creer que nadie ignoró la situación adrede. Justo entonces llegó el autobús y me metí corriendo, no sin antes desearle los buenos días (a veces me odio).

Desde entonces, este es un episodio que cuento como una anécdota de mi vida en la ciudad. Pero pensándolo bien, no es algo anecdótico, ni entretenido, ni mucho menos motivo de risa. Estamos hablando de un hombre que a sus ¿setenta? años todavía no ha aprendido cómo relacionarse con el 50% de sus semejantes, que ofrece dinero a cambio de sexo a plena luz del día a crías que no levantan un palmo del suelo (esa soy yo). 

No, no da risa. Da pena. 

Julia

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"Se busca peluquera española sin cargas familiares presentes ni futuras"

El anuncio publicado en La Voz de Galicia

La empresa Aurejor S.L. ha publicado un anuncio por palabras destacado en la versión impresa de La Voz de Galicia en la que busca peluquera sin "cargas familiares", e incide en que esa condición se cumpla tanto hoy como en el futuro.

El polémico anuncio lo recogió @danicuv en twitter y luego @hematocritico. En el recorte, que La Voz de Galicia confirma a eldiario.es que viene de una agencia de medios y se publicó el 12 y el 19 de julio, se busca profesional para trabajar en Carballo / A Coruña. Es para un puesto de peluquera con "ganas de trabajar, humildad para aprender", pero también se pide específicamente que tenga "nacionalidad española", que esté en el paro y que tenga entre 25 y 35 años. Sin embargo, lo más sorprendente es el requisito relativo a su situación familiar. No solo actual, sino futura: "Sin cargas familiares presentes ni futuras".

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Paternalismo y culpa en el laboratorio

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Desde hace unos meses estudio una FP superior de laboratorio para intentar conseguir trabajo de ella ya que como bióloga lo veía imposible. Pasamos mucho tiempo en el laboratorio y la tónica habitual es que los chicos hagan grupos y se encarguen de las tareas más importantes. No es que estén más preparados, al contrario, la mayoría de nosotras tenemos carreras de ciencias y experiencia en laboratorios; ni que se haya decidido que sea así por algún motivo en especial. Es que cuando ven que te acercas a algún reactivo y te pones al lío aparecen como setas para "preocuparse" por si como tienes las manos pequeñas se te escapan los vasos; o los alcoholes te disuelven el pintaúñas y ya hay que repetirlo todo; o "a ver si te va a saltar el ácido que luego con cicatrices ya no estarás tan guapa".

Entonces te quitan para ponerse ellos sin que puedas hacer nada porque ya nos ha quedado claro que si protestas va a aparecer el profesor a decir que el laboratorio no es sitio para peleas y que si lo quieren hacer ellos pues les dejemos que tenemos que estar por encima de esas cosas.

Hoy estaba haciendo unos cálculos cuando un compañero me ha pedido que vaya a la balanza, donde estaban pesando. Durante el camino a la balanza creíaque tendrían problemas para pesar toda la cantidad y querrían intercambiar ideas sobre como hacerlo mejor o como organizarlo. Cuando llego resulta que se les ha caído el reactivo y el que me ha llamado se gira hacia mí y me dice: "Es que se nos ha caído todo y no sabemos como limpiarlo, entonces que si puedes hacerlo, que tú tendrás más idea".

Incluso en este momento yo cojo la brocha y les digo como creo que sería mejor hacerlo, intentando enseñarles, intentando ser su igual a la que piden ayuda en un momento de desesperación pero no, cuando quiero darme cuenta ya se han ido y allí estoy yo, limpiando una escabechina que no es mía sin saber cómo he llegado a eso.

Y no reaccioné. Me considero una mujer fuerte, una mujer feminista, joven, preparada... y me quedo limpiando mientras dos hombres adultos siguen jugando sin preocuparse de nada más y encima me siento estúpida por creer que me preguntarían como a un igual. Ya me parece una utopía que se me considere como igual. Y ahora me siento estúpida por sentirme así y por haber limpiado. 

Hoy más que nunca tengo la sensación de que el machismo hace, además, que te veas ahogada en un sentimiento de culpa, Culpa por no oponerte a lo que se espera de ti, culpa por no ser capaz de imponerte a toda una sociedad, culpa por no reaccionar de otra forma... culpa sobre culpa sobre culpa. Y al final me fui del laboratorio, que se hagan ellos las cuentas.

Almudena

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¿Qué pasaría si los hombres tuvieran la regla?

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¿Qué pasaría si fueran los hombres los que tuvieran la regla? Se lo pregunta  una campaña de la organización británica WaterAid en la que denuncia que millones de mujeres no pueden acceder a un aseo durante su menstruación. La campaña critica que la regla sigue siendo un tabú, un tabú que no sería tal si fueran los hombres los que la tuvieran.

"Si los hombres menstruaran, el periodo no sería algo vergonzoso", aseguran. La organización subraya que la regla sería un asunto del que se podría hablar abiertamente, sin estigmas y que el acceso a productos higiénicos y sanitarios sería un derecho más. "Estos productos estarían disponibles en la sanidad pública e incluidos en los paquetes de ayuda internacional junto a la comida, el agua y las medicinas porque ningún hombre debería sufrir la indignidad que supone no disponer de una higiene menstrual adecuada", dice. La publicidad de tampones, auguran, sería también muy diferente.

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Estrena gafas y mujeres todas las veces que quieras

"Ten la increíble sensación de estrenar todas las veces que quieras". La frase se escucha en el último anuncio de Multiópticas. El protagonista, un hombre que, cual vaquero en un 'western', entra en un establecimiento lleno de mujeres. La artista visual Yolanda Domínguez acaba de grabar una acción para denunciar el machismo del anuncio y pedir a la empresa su retirada.

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