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Arde Mississippi otra vez

La solución a la violencia racial está en la educación, pero será un esfuerzo ingente de todos los actores sociales.

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Juez confirma los cargos contra los policías por la muerte de un joven negro en Baltimore

Protesta ante la Policía después del asesinato de un joven negro a manos de un agente. | EFE

De Dallas a Los Ángeles, de Chicago a Baton Rouge, la violencia racial vuelve a incendiar la sociedad estadounidense en una pesadilla nunca del todo olvidada, sino más bien latente en demasiados barrios, en no pocos high schools e incluso en cierta parte del establishment.

Los sucesos de los últimos días me han devuelto a la memoria viejos titulares de prensa, documentales en blanco y negro o la imagen de Gene Hackman con gafas de pasta y estrecha corbata negra buscando a tres chicos asesinados en Mississippi.

Lo malo es que no son cosas del technicolor, sino de la más pura y cruel realidad, hasta el punto de haber reducido a la mínima expresión la visita del presidente Barack Obama a España, demasiado agobiado por comprobar que el sueño de Martin Luther King vuelve a convertirse en pesadilla.

Estados Unidos es un país tan grande y con una población tan acrisolada en razas y procedencias que cuesta creer que las tensiones raciales estén a flor de piel y acaben estallando en este incendio social de dimensiones inimaginables. Quizá pensábamos que el hecho de tener un presidente afroamericano por primera vez en la historia enterrase definitivamente viejos odios, pero está claro que los norteamericanos necesitan revisar urgentemente las causas de tanta violencia.

¿De verdad es solamente el color de la piel lo que hace que un policía dispare sobre ciudadanos desarmados? ¿Es el solo el conflicto racial lo que mueve al asesinato de cinco policías blancos en una ciudad de triste pasado como es Dallas?

Si miramos atrás, la guerra de secesión fue mucho más que un conflicto por la abolición de la esclavitud, en realidad fue el choque de dos modelos productivos, de dos maneras de orden social, de lo urbano frente a lo rural, de la industria frente a la agricultura. La mayor parte de quienes combatieron en los ejércitos sudistas no solamente no eran propietarios de esclavos sino que jamás habían visto siquiera a un negro en su vida.

El país que se construyó de esas cenizas se desarrolló hasta alcanzar el poderío de una potencia emergente tras la primera guerra mundial y se consolidó como la primera economía mundial tras la segunda. Pero es un país pleno de contradicciones en el que blancos y negros conviven razonablemente bien en Bel Air o en Manhattan, pero no tanto en el Bronx o en South Central, al sur de Los Ángeles. El color de la piel nunca fue un problema para Michael Jordan, Denzel Washington, Tiger Woods o el propio Barack Obama, porque en el racismo hay una gran componente de desigualdad económica.

La solución a este asunto solamente puede alcanzarse a través de la educación, esa es la única fuerza capaz de modificar este tipo de comportamientos. Pero esa educación no solamente es trabajo de los institutos o de las universidades, es un esfuerzo ingente que tendrá que acometer la sociedad americana en su conjunto: desde las familias, las guarderías, los comercios, las empresas, las instituciones, los medios de comunicación y en definitiva cuantos agentes sociales tengan la más mínima influencia sobre la vida del individuo.

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