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Lo que somos

Breve tratado sobre la indolencia, la vida retransmitida y la incapacidad para participar de ella.

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Somos invitados ausentes en esta vida. La vemos a través de una pantalla, la padecemos en las dormidas carnes que nos contienen. No nos indigna el sufrimiento ajeno, no hacemos mucho por frenarlo. No hacemos casi nada. No hacemos nada. Nos sorprende que los alemanes permitieran que la bestia germinara en su vientre, pero nos parece normal que se hundan pateras con humanos que no lo parecen ser; nos conmueve la nieve, pero no nos quita el apetito el juego de fronteras con sangre de civiles que se avanza en la Europa continental; nos indigna la corrupción ajena pero no nos martiriza la fila del paro ni el parón en las filas de la participación. Son 50 las personas que protestan frente al ayuntamiento que ha empujado a Amparo Pérez al estado de coma; son unas cuantas menos las que se abrazan a los árboles de La Marga; son unas muchas más las que defienden sus empleos antes de volver al bar con conexión a Canal Plus, sólo hasta que lo suyo esté resuelto; son unas 150 las que gritan en la calle contra las leyes que les pueden prohibir gritar; son unas decenas las que piden al Gobierno un asilo político para quien puede tener los días contados…

Somos espectadores del esperpento y somos, por tanto cómplices de él, de la soberbia de los gobernantes a los que consentimos el insulto cotidiano, del descaro de las diferentes familias Botín con apellidos trocados que nos esquilman en la cara, del penoso ascenso de los nuevos salva patrias que se muerden entre ellos las pantorrillas antes de llegar a la cima con esas piernas ya untadas de barro.

Somos cómplices enajenados del mal. Así, sin matices. Unos van a misa para sentirse más cerca de Dios y de su bondad; otros seguimos los rituales del performance social para sentirnos más lejos de los dueños del oprobio. Pero todos somos cómplices en este día-a-día-tan-plagado-de-cesiones, de renuncias a ser, de contenturas con estar.

Los que no participamos del ritual contemporáneo del fútbol no entendemos esta sociedad, no sabemos lo que somos. Al estadio sólo entran los que pueden pagar. Pagan para ser el decorado necesario del espectáculo de masas, pagan para ser nada. Agitan las banderolas y sienten que corren, cuando sólo engordan en la silla animando a unos pocos pobres tipos a los que alguien le paga por correr en nombre del resto. Los que no pueden pagar la entrada al circo, se suscriben a una televisión de pago. Los que no pueden pagar la televisión de pago, disimulan con una caña en el bar que colectiviza la estupidez.

Todos opinamos sobre el fútbol, sentimos los fracasos y las derrotas como nuestras, aunque no tengamos ni puta idea, aunque no seamos nada en esta opereta de calzón corto. En el fútbol hay militantes radicales, que llegan hasta las últimas consecuencias por su equipo, pero las mayorías heredan las pasiones de su padre-ya-muerto-en-vida o se apuntan al equipo ganador de la temporada. El próximo año ya seremos otros y podremos cambiar de camiseta gracias al plan Pive 2564 de renovación de las pasiones (ajenas).

Somos espectadores aburridos esperando un final de infarto antes de que el infarto de la indolencia anuncie nuestro triste final. La vida social como el espectáculo futbolero. Unos, los menos, dentro, porque pueden pagar su asiento (alcaldes, diputados, concejales y burócratas políticos de medio pelo y de pelo engominado). Otros, los muchos, siguiendo por televisión esa vida tan simulada como sufrida. Ahora que se acercan las finales, las mayorías apuestan por el equipo ganador -cada vez que Podemos sale bien en las encuestas gana más votantes-espectadores-, aunque siempre habrá hooligans que se queden con sus siglas  heredadas (PP, PSOE, IU, PRC…), con la adhesión telúrica e insondable por aquellos que llevan toda la vida jodiéndonos, jodiéndolos a ellos también.

Somos lo que comemos, lo que vomitamos, lo que hacemos, pero comemos tan mal, vomitamos tan poco y hacemos tan nada… Somos invitados ausentes en esta vida y… o nos damos cuenta pronto de la posibilidad de participar en ella hasta dislocarla, hasta hacerla nueva… o asistiremos como espectadores a nuestro propio fin que, por supuesto, será televisado en abierto, para todos los públicos, para todos los silencios, para todas las cesiones.

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