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¿Mejor de lo esperado? Claves electorales en Argentina

Las elecciones del pasado domingo representan un claro triunfo de Cambiemos, la coalición del Presidente Macri

Cristina Fernández de Kirchner queda en una posición débil frente a un Peronismo que rara vez perdona las derrotas de sus líderes

Este escenario de incertidumbre dentro del Peronismo representa lo mejor de ambos mundos para Cambiemos

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Mauricio Macri. EFE

Las elecciones del pasado domingo representan un claro triunfo de Cambiemos, la coalición gobernante de centro-derecha liderada por el Presidente Mauricio Macri. Frente a resultados que superaron las expectativas generadas por las primarias de Octubre, la disimulada euforia de líderes, candidatos, y militantes en los actos de festejo mostraba, por un lado, el alivio de haber espantado finalmente los fantasmas “delaruísticos” que se agitaban desde el 2015, cuando se temía que la volátil amalgama de falta de experiencia, elitismo, y un programa de ajustes pro-mercado se llevarían por delante el austero margen con que Macri había triunfado en las elecciones presidenciales. Por el otro, los festejos sugerían también la seguridad de algo cada vez más evidente tanto para la oposición cómo para la sociedad entera: que esa victoria era, también, una nueva derrota del Kirchnerismo, la tercera en sucesión desde el 2013. Con el agravante de que esta era una derrota más significativa, distinta a las anteriores, ya que indicaba la conclusión de un ciclo histórico y político de más de una década de duración marcado en sus inicios por la crisis del 2001 y por el colapso del sistema de partidos que siguió, y que dejó al Peronismo, primero, y al Kircherismo, después, en una posición hegemónica sin precedentes en la democracia argentina.  

Esto todavía no significa, a mi entender, la vuelta a la normalidad, un término que difícilmente puede ser usado para entender la política en Argentina. Esto es porque el nuevo ciclo que se abre va estar marcado, al menos en el corto plazo, por la evolución de dos dinámicas político-partidarias entrelazadas. La primera tiene que ver con la posición y consolidación de Cambiemos como partido político. Los resultados del domingo, sin duda, confirman la graduación de Cambiemos de fuerza distrital a fuerza nacional. La coalición no sólo confirmó su dominio en su distrito de origen, con Elisa Carrió superando al candidato Kirchnerista Daniel Filmus por 25 puntos en la Ciudad de Buenos Aires, sino que avanzó en regiones y provincias que difícilmente se enmarcan con la idea del “Macrismo” cómo partido porteño, de clase media o clase alta. En la provincia de Buenos Aires, tradicional bastión peronista, Esteban Bullrich, un tecnócrata de escasa popularidad, superó a Cristina Fernández por 41% contra 37% de los votos. Cambiemos también triunfó en Salta, Jujuy, Chaco y La Rioja, provincias pobres en el Noroeste del país (y en este último caso, la primera que el expresidente Carlos Menem pierde una elección en su provincia). Cómo resultado, el mapa electoral argentino tiene hoy un marcado tinte amarillo, dándole a Cambiemos la seguridad de tener (limitadas) mayorías en ambas cámaras.

Ahora bien, Cambiemos es una coalición electoral recién nacida, que aglutina partidos y facciones con distintas ideologías, pero que bajo la polarización promovida durante doce años de Kirchnerismo encontraron, gradualmente, puntos comunes. Podemos pensar entonces que el éxito electoral (y la expansión territorial del partido y sus líderes) va a reforzar estas asociaciones y relativizar diferencias internas, más aún cuando Mauricio Macri quedó en una posición favorable para ganar su re-elección dentro de dos años, una posibilidad que unos meses atrás pocos se atrevían a mencionar. Sin embargo, de ahí a que esto implique la consolidación de una nueva identidad partidaria de centro-derecha en Argentina hay un gran paso. Hay que recordar que Cambiemos surgió principalmente cómo una coalición opositora no-Peronista y, más fundamentalmente, anti-Kirchnerista. El ocaso de su espejo, que muchos comentaristas dan por sentado ahora, no es un tema trivial y podría generar ciertos problemas.

Esto conecta con la segunda dinámica en cuestión: la caída del Kirchnerismo y sus implicaciones para el Peronismo. Primero, hay que notar que esta caída es relativa: el Kirchnerismo y sus aliados obtuvieron el 20% de los votos a nivel nacional, y conservan 67 escaños en el Congreso Nacional. Si se le suman los votos Peronistas no-Kirchneristas, ambos obtuvieron el 37% de los votos, un punto porcentual más que los ganados por Cambiemos. Sin embargo, es difícil negar que el lunes por la mañana, la posibilidad del retorno de Cristina Fernández al poder fue degradada de probable a remota. Más notable y significativo es quizás que el Kirchnerismo parece estar involucionando en dirección apuesta al Macrismo: el grueso de sus votos procede de unos pocos distritos muy poblados en el conurbano bonaerense (principalmente de esa aberración geo-política conocida como Partido de La Matanza, con sus casi dos millones de habitantes), peligrosamente cerca de convertirse en un partido municipal. Como repiten distintos observadores políticos, el problema de Cristina Fernández es que tiene piso alto y techo bajo. Esto la pone en una posición débil frente a un Peronismo que rara vez perdona las derrotas de sus líderes, mientras que envalentona a sus competidores internos, particularmente aquellos que aceptan el nuevo clima político. La renovación del Peronismo parece entonces más necesaria considerando que a dos años de las próximas elecciones, este se encuentra fragmentado y carente de liderazgos fuertes y visibles, mientras que Cambiemos no sólo tiene a un Macri cada vez más cómodo, sino que ha desarrollado un grupo de figuras carismáticas con proyección nacional (la gobernadora de Buenos Aires, Maria Eugenia Vidal, siendo el ejemplo más concreto).

Este escenario de incertidumbre dentro del Peronismo representa lo mejor de ambos mundos para Cambiemos, y para la gobernabilidad del país. Cambiemos ha explotado exitosamente la polarización promovida por el Kirchnerismo, particularmente en los últimos cuatro años de gobierno: difícil si no explicar los votos provenientes de distritos desfavorecidos, considerando la fuerte política de ajuste y subida de tarifas aplicada en los últimos dos años, así como la escasa repercusión electoral del caso Santiago Maldonado, considerando el conflicto político y social que provocó. De esta manera, el desafío a medio plazo de Cambiemos es superar su identidad anti-Kirchnerista, y claro está, lograr sus objetivos de gobierno, principalmente re-activar la economía. En el mientras tanto, disfruta de la situación de crisis de Peronismo, una situación que recuerda a la famosa frase de Antonio Gramsci, donde lo viejo está muriendo pero lo nuevo no acaba de nacer. Una Cristina que se niega a claudicar, y que todavía supera a sus competidores en reconocimiento y votos, pero que no gana elecciones, es la mejor garantía que tiene Cambiemos para evitar competir con un Peronismo unificado. Mientras esto dure, Macri, su partido, y muchos de sus votantes, pueden respirar tranquilos.

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