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Hacia una pedagogía del consentimiento sexual

Habitualmente es difícil y complicado identificar una relación sexual no consentida en el seno de la pareja, sin golpes, sin sangre. Apenas un minuto

Es necesario hacer pedagogía en la pareja y deconstruir las relaciones de poder ocultas que obedecen a dinámicas de dominación masculina y a complacencia femenina

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Un momento del corto 'Je suis ordinaire'

Un momento del corto 'Je suis ordinaire'

Seguro que a estas alturas ya has visto o te han hablado del corto Je suis ordinaire ( Yo soy ordinaria) la propuesta de la actriz Chloe Fontaine que se ha hecho viral esta semana. En él vemos a la propia Fontaine que sale de la ducha y se mete a la cama con su novio. A él le apetece follar, a ella no. Él insiste. Ella se deja hacer. Él se queda satisfecho y relajado mientras ella muere de asco. No es para menos. Ha tenido que tener sexo sin que lo deseara, aunque no le han forzado físicamente.

Ha sido víctima de una agresión sexual. Una agresión sexual difícil de identificar como tal, pero que sucede muy a menudo entre parejas consolidadas. No la han violado como a Mónica Belucci en Irreversible, referencia nada casual que se hace en el corto. Incluso han hablado de amor.

Vivimos en una sociedad que naturaliza la violencia sexual contra las mujeres. Si hacemos el ejercicio de zappear cualquier día no es difícil encontrar secuencias en las que las mujeres son víctimas de agresiones físicas y sexuales. Identificamos estas vulneraciones de los cuerpos y los derechos humanos de las mujeres con golpes, hostias, fuerza bruta o agresiones físicas directas. Por eso se nos hace difícil y complicado identificar una relación sexual no consentida en el seno de la pareja, sin golpes, sin sangre, y que dura apenas un minuto.

Esa es una de las razones, pero desafortunadamente no es la única. En la base de estas agresiones sexuales subyace un tema de poder. De poder masculino. De pensar que tienes derecho a forzar a tu novia o a tu mujer cuando esta muestra su negativa a mantener relaciones sexuales. De costumbre, de no pensar en los deseos de la otra.

Esta forma de violencia sexual tan naturalizada, tan cotidiana, tan asumida y tan oculta lleva ya tiempo visibilizándose y denunciando. Testimonios como los recogidos en el artículo 'Yo quería sexo pero no así', de June Fernández, superan la vergüenza y la culpa; o cómo no recordar el brutal testimonio de Lucía Egaña en 'Mi –nuestra– genealogía de la agresión sexual' hablando sobre diferentes agresiones sexuales, incluida la de una pareja habitual, son palabras valientes que nombran situaciones muy difíciles.

Hacer pedagogía de las agresiones sexuales en el seno de la pareja, reflexionar sobre el difuso límite entre el consentimiento y el deseo es positivo, ayuda a deconstruir relaciones de poder ocultas que obedecen a dinámicas de dominación masculina y a una supuesta complacencia femenina. Estereotipos y roles muy perversos y complicados de nombrar y detectar.

Pero hay que trabajar más en ese sentido. Hay que dinamitar los tabúes como lo hacen los testimonios mencionados, como lo hace el corto de Chloe Fontaine o el capítulo American Bitch/ La zorra americana  de la serie Girls. Porque sólo así podremos vivir en una sociedad completamente segura y libre para las mujeres; lejos de violencias, de chantajes silencios impuestos por el peso de la costumbre y, sobre todo, de la culpa, esa que nos inoculan desde que nacemos.

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