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Hará falta más música y más tolerancia para defender los derechos humanos

La era de las grandes migraciones nos obliga a volver a evaluar nuestra relación con las otras personas y llegar a comprenderlas. La música puede ayudarnos

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Daniel Barenboim: La música es una excelente escuela para el arte de convivir

Imagen de archivo del músico y director Daniel Barenboim EFE

Siempre he considerado que la tolerancia es un concepto verdaderamente conflictivo. Hoy en día, se considera que describe un atributo positivo pero, de hecho, se refiere más bien a una cualidad negativa. Esa ambivalencia ya fue planteada por  Goethe de manera sucinta en una de sus Máximas y reflexiones: "La tolerancia en realidad debe ser una actitud pasajera: debe llevarte a la apreciación. Tolerar es ofender".

Simplemente tolerar a alguien es, en última instancia, un acto de condescendencia, mientras que la apreciación real se traduce en ver al otro como un igual. La diversidad, a su vez, es una extensión del principio de apreciación, ya que significa la consecución de igualdad de oportunidades para todo tipo de grupos sociales, culturales, étnicos o religiosos que de otro modo serían objeto de discriminación.

Ambos conceptos no podrían ser más actuales en nuestro mundo globalizado, en el que los estados y las sociedades se enfrentan a una inestabilidad y permeabilidad crecientes, y en el que los desafíos resultantes conducen a multitud de debates y conflictos. Es en este clima de inseguridad, de cambio constante, en el que los estados y las sociedades tienen que lidiar con el enorme desafío de niveles de migración global sin precedentes.

La terminología precisa es importante en este asunto. Tomemos como ejemplo el uso de términos como "global" y "universal": mientras que a menudo pueden tener el mismo significado, "universal" tiene un significado adicional distintivo, que es independiente al tiempo y el lugar, y categórico: hay una razón por la que la llamamos  Declaración Universal de los Derechos Humanos y no Declaración Global de los Derechos Humanos.

Es precisamente en el contexto de inmigración en el que debemos reconsiderar y reafirmar nuestras nociones sobre "tolerancia" y "diversidad". El filósofo  Martin Buber exploró el principio de diálogo como una base de las relaciones humanas en su obra fundamental I and Thou. Según Buber, los seres humanos forman sus identidades sobre todo en relación con lo que les rodea, es decir, otros seres humanos y el mundo físico.

De este modo, cualquier construcción social –ya sea en una sociedad o entre estados nacionales– necesita diálogo e intercambio. Entender al otro –en palabras de Buber, cada "yo" busca la comprensión recíproca del "tú"– es el fundamento mismo de la humanidad.

Necesitamos ver al otro como nuestro igual y aceptarlo totalmente a pesar de las aparentes debilidades o diferencias. Esta es la verdadera base intelectual para mejorar las relaciones entre seres humanos. También es sobre esta base donde podemos asumir nuestra responsabilidad de proteger los derechos humanos de todos.

Sin embargo, con cada derecho que disfrutamos hay un conjunto de responsabilidades asociadas. El  Gobierno alemán ha asumido un admirable papel de liderazgo a la hora de tratar con lo que de manera generalizada se ha llamado "crisis de refugiados", aunque está claro que esto es un problema universal. Al igual que el conflicto palestino-israelí, aparentemente irresoluble, no se trata de un conflicto entre dos naciones sino entre dos pueblos que tienen relatos históricos opuestos.

Sin pretender de ninguna manera que podamos lograr una paz verdadera o la igualdad en el mundo en general o en Oriente Medio en particular, la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente (que lleva el nombre de un compendio de poesía de Goethe), ha luchado incansable por dar ejemplo. El concierto que dimos en Ginebra para conmemorar el Día de los Derechos Humanos no es un excepción. En nuestra orquesta, a diario vivimos la diversidad y ningún músico pude existir sin un entendimiento fundamental y sin la apreciación del otro, por muy diferentes que él o ella sean.

La soberana república independiente de Diván de Oriente y Occidente, como me gusta llamarla, comenzó como un experimento impredecible en 1999. A lo largo de los años, se ha convertido en un ejemplo de cómo la sociedad podría funcionar bajo mejores circunstancias. Nuestros músicos han pasado por el costoso proceso de aprender a expresarse mientras escuchan a la vez el relato de sus homólogos.

No me puedo imaginar una manera mejor de poner en práctica  el primer y más fundamental artículo de la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU: que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, que están dotados de razón y conciencia, y que deben actuar hacia los demás en espíritu de hermandad.

Desde el principio, nuestro enfoque en los talleres y seminarios de la orquesta ha sido entender lo que significa escuchar a los demás, tanto a los músicos como a los seres humanos. Aprender a escuchar de ese modo nos sensibiliza a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

La música, por supuesto, hace que esto sea posible porque nos permite pensar, sentir y expresar diferentes pensamientos y emociones de forma simultánea. La música no solo llora o ríe sino que hace posible que ambas cosas sucedan a la vez. Es una conversación constante y simultánea entre contrarios aparentes que pueden existir pacíficamente uno al lado del otro. Este debe ser el espíritu que abanderemos.

Daniel Barenboim y la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente ofrecieron un concierto dedicado a los derechos humanos el 10 de diciembre en Ginebra.

Traducido por Cristina Armunia Berges

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