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La Meseta también se va

Esperanza Aguirre bien podría liderar ese Estado independiente, con Rosa Diez y Toni Cantó en algún Ministerio.

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La vida no es ordenada y las cosas vienen siempre como vienen, se amontonan. Y así está España, devastándose socialmente por una crisis financiera y unas políticas antisociales y, al tiempo, con una regresión hacia el franquismo en aspectos como la educación o el derecho de la mujer sobre su cuerpo. Es curioso que reformas tan reaccionarias e integristas las ejecuten dos ministros que antes de serlo eran presentados como modernos, liberales y alguna otra cosa. Para que se fíe uno de las empresas de comunicación.

Pero, como todo eso es poca cosa, España ha perdido su soberanía económica, que lo es todo, atada y arrastrada por el capital financiero y concretamente la banca alemana. Ya no hay Gobierno que decida una política económica, sólo decide a quién le va a hacer daño con cada medida. En realidad, siempre a los mismos. Ya que no hay Gobierno, realmente es coherente lo que hace el presidente del Gobierno, esconderse de la ciudadanía en su cueva.

Pero la cosa no acaba ahí, la sociedad catalana vive un momento soberanista y quiere decidir su futuro; Euskadi va a plantear de modo inmediato también su demanda de soberanía. Y es entonces cuando en la Meseta, Madrid y las dos Castillas, se extiende también la demanda de soberanía: el 56,5% de los madrileños cuestiona el Estado actual, y en ambas Castillas se dan unas cifras semejantes aunque algo menores. La Meseta también se va de esta España pero se van con lo que son hoy sus playas: en Valencia también hay una mayoría semejante de opinión.

Se trata de una nueva nacionalidad española que también tiene así salida al mar y que, disconforme con esta España que no es nada uniforme, puede reclamar su independencia en cualquier momento. Esperanza Aguirre bien podría liderar ese Estado independiente, con Rosa Diez y Toni Cantó en algún Ministerio.

Oímos y leemos a diario referirse a este Estado como “la España de las autonomías” y “el Estado de las autonomías”, seguramente sea una definición válida para el Estado que acabó resultando, éste que unos y otros consideran hoy agotado o fracasado. Los pactos sobre los que se redactó la Constitución preveían el reconocimiento de las tres nacionalidades que habían plebiscitado sus estatutos de autonomía durante la República, antes del golpe de Estado de los generales nacionalistas.

Fue esa demanda de reconocimiento nacional la que conllevó que el nuevo Estado no fuese exactamente unitario, aunque tampoco confederal o federal, y reconociese y garantizase el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones. A continuación se inició un proceso, realmente previsible, que transformó la estructura del Estado en un monstruo un tanto confuso, se conservó la división en provincias de 1833, pero se le superpuso la organización por autonomías.

Ese mapa administrativo y político confuso enmascaró las demandas nacionales de, sobre todo, la sociedad vasca y catalana pero las corrientes históricas, los proyectos colectivos arraigados, no desaparecen mágicamente redactando leyes y ya estamos de nuevo en un principio.

Con una diferencia, el diálogo forzado pero real del que nació el redactado constitucional ya no es posible. Tanto quienes desean volver a la España de Madrid y sus provincias como quienes desean ver reconocida su identidad nacional distinta y tener existencia nacional plena creen que esta España es un fracaso. Y con un matiz, ahora Madrid y sus alrededores se ha transformado no sólo en un centro de todos los poderes del estado sino también en una especie de nacionalidad con su propia agenda de intereses.

Ya no es la capital del Estado sino una de las partes en el conflicto nacional español. Pero defiende sus intereses particulares bajo la bandera de España y ahí están esas cabeceras de prensa madrileñas que lo mismo agitan la contestación a las políticas lingüísticas de los otros o sacan en procesión a la “fiesta nacional”. En todo caso, esa parte de España que ya no cree en esta España se aleja de buena parte de la ciudadanía española, aunque, eso sí, en nombre de la verdadera España.

En los años noventa publiqué en una extinta cabecera madrileña, Diario 16, un artículo titulado “Por un Madrid federal y abierto” y hace seis años todavía publicaba en El País “Que no nos roben Madrid”. Esa oportunidad ya pasó y hoy buena parte de los ciudadanos españoles no se reconocen en Madrid como su capital, es una realidad que evidencian las encuestas. ¿Los motivos? Los cuenta muy bien un libro reseñado en esta web, “Madrid es una isla”, del profesor Óscar Pazos (Editorial “los libros del lince”).

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