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Podemos se refugia en las trincheras

Iglesias y Errejón, en el curso de la Universidad Complutense.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Podemos pone fin a la épica, a tomar el cielo por asalto, a las cargas lanza en ristre por las llanuras donde las piedras se tiñen de sangre y el general envía oleada tras oleada de sus tropas, al llamamiento de ahora o nunca, vencer o morir en el intento. Winter is coming. Pablo Iglesias e Íñigo Errejón dicen haber descubierto que la guerra relámpago no les puede llevar a la victoria. El factor sorpresa se acabó hace tiempo y el frente es demasiado largo para cubrirlo con las fuerzas propias. Toca empezar a cavar trincheras y prepararse para una “guerra de posiciones”, según su expresión, que se prolongará durante años.

Lo malo de esa estrategia en la guerra es que ningún general sabe si serán sus tropas o las del enemigo las que podrán aguantar ese desgaste. Con el paso del tiempo, esas trincheras se refuerzan y consolidan. En la Primera Guerra Mundial, cuando se utilizó ese concepto de “guerra de posiciones”, llegaron a alcanzar varios metros de altura y contar con cortinas y muebles. Pero también eran un lugar horrible para vivir durante los fríos meses de invierno, con los soldados congelados, sucios y mal alimentados sufriendo interminables periodos de inactividad sólo interrumpidos por ofensivas condenadas al fracaso.

La visión pesimista –o quizá sólo descarnadamente realista– que los dirigentes de Podemos han mostrado en un curso de la Universidad Complutense demuestra al menos que han comenzado a encajar el golpe del fracaso de las elecciones de junio. No hay un intento de enmascarar la realidad, aunque se mantiene la confortable explicación del voto del miedo como principal justificación de los resultados. Esa es una interpretación arriesgada, porque supone acusar de cobardes a los votantes de diciembre que no reiteraron su confianza en Podemos seis meses después. A los que se rindieron ante los terribles augurios que sus rivales anunciaron en los meses anteriores al 26J para el caso de la llegada de Iglesias y los suyos al Gobierno.

También puede interpretarse como una hábil forma de cortar el debate sobre las razones de la derrota. Centrar el debate en el futuro, y de forma dramática, es una táctica que sirve para obviar el pasado. De hecho, el pasado se convierte ya en algo que no se puede repetir porque sus circunstancias no se van a volver a dar. Y de ahí el cambio de estrategia.

Podemos tuvo una buena parte de sus pérdidas electorales precisamente donde había sido más fuerte en 2015. En grandes ciudades donde el mensaje de cambio triunfó con más fuerza y el PSOE sufrió la vergüenza de ser sobrepasado por el nuevo partido, Podemos no ha continuado avanzando posiciones, sino que las ha perdido.

Iglesias no acepta la hipótesis de que el pacto con Izquierda Unida haya restado en vez de sumar: “Si nos hubiéramos presentado por separado, no tendríamos 71 diputados”, ha dicho, por lo que hay que deducir que cree que el castigo electoral habría sido mayor sin el acuerdo. Los dirigentes opinan que esos votos se han ido a la abstención, lo que es una forma optimista de explicar el descenso. Son gente que ha perdido la confianza en ti, por las razones que sea, y que en teoría se puede recuperar en el futuro. En teoría.

La entrada en las instituciones no parece haberle sentado bien a Podemos. Las instituciones no te hacen necesariamente más moderado, pero sí te obligan a retratarte, a tomar partido. En el caso de la legislatura abortada, la primera decisión era la formación del Gobierno y ahí no había ninguna opción carente de riesgos. La estrategia política pudo ser acertada (buscar un Gobierno de coalición), pero la estrategia de comunicación política (en primer lugar, con tus posibles socios y después con tus rivales) falló de forma rotunda. La aparición en rueda de prensa de los futuros ministros de Podemos o las durísimas críticas de Iglesias a la investidura de Sánchez hicieron mucho más difícil el pacto que se buscaba.

A ello obviamente habría que sumar los errores del PSOE, que vive su psicodrama particular ante la mirada de todo el mundo, pero si tu estrategia depende de que el posible socio recupere las constantes vitales, estás poniendo tu destino en manos de otros, en este caso de gente que pasa de la depresión a la euforia y vuelta a empezar sin poder aliviar el tránsito con la medicación adecuada.

Podemos irrumpió en el Congreso como un torbellino que dejó perplejos a los políticos de toda la vida, los que se habían hechos fuertes en las alfombras de los salones. De creer a los diputados del PP, era como si hubiera entrado hasta el fondo del hemiciclo el Ejército de Pancho Villa disparando al aire y con una botella de tequila en la otra mano.

Pero, por lo que han dicho en El Escorial, eran ellos los que estaban también asustados o impresionados. “El Parlamento congela. Literalmente”, dice Errejón. “Yo he salido asustado tras seis meses”, dice Iglesias. Ni que hubieran visto al Chupacabras.

Resulta ahora difícil vender ilusión cuando se pide al soldado que guarde el fusil y saque la pala para montar la posición defensiva. Procede de una decisión fría y calculada que un general puede imponer con facilidad gracias a la disciplina, pero que es más complicada para un líder político. Quizá no tanto con los demás dirigentes –a un secretario de Organización que no obedece las órdenes se le puede poner delante del pelotón de ejecución–, pero sí con los militantes y los votantes.

Las trincheras propias no se toman por asalto. Te refugias en ellas para esperar tiempos mejores. No son una estrategia para vencer, sino para resistir.

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