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Terrorismo machista

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De enero a mayo de 2013, 22 mujeres han sido asesinadas en España por sus maridos, ex maridos, novios, ex novios, amantes o ex amantes. 22 mujeres de todas las edades: algunas, con toda una vida por delante (una adolescente de 15 años sobrevivió en Madrid al apuñalamiento de su novio); otras, con todo un infierno por detrás. Que de enero a mayo hayan sido asesinadas 22 mujeres debiera considerarse una cuestión de Estado: lo sería si hubieran sido asesinados 22 policías, 22 políticos o 22 futbolistas por el mero hecho de ser policías, políticos o futbolistas. Sin duda, lo sería si a 22 hombres los hubieran asesinado por el mero hecho de ser hombres. Porque a estas 22 mujeres las han asesinado por el mero hecho de ser mujeres. Es decir, por tener, a ojos de sus asesinos, de los hombres que las han matado, una consideración de objeto, de algo menor, por pertenecer a una categoría inferior. Es, por tanto, una violencia ideológica, que persigue la dominación a través del terror. Es terrorismo.

Dicen los expertos que bajo ese desprecio total por las mujeres suele agazaparse un hombre lleno de inseguridades, de complejos que lo llevan a cebarse en quien cree que puede dominar. Pero lo que importa aquí es que se trata de una inseguridad y de unos complejos que no son de carácter particular sino de transmisión cultural y, por tanto, política. La violencia machista no es, así, sino es el brazo armado, la solución final, de un sexismo discriminatorio que no surge en el asesino por generación espontánea o como brote patológico aislado: procede de una larga historia de desigualdad de derechos, una historia en la que las mujeres son sometidas por los hombres en connivencia con un poder patriarcal que ha sido, y aún es, su escenario, su soporte, su aliado y su cómplice. El machismo ha ejercido a lo largo de la historia una violencia contra las mujeres que habría sido sofocada si su objetivo hubiera sido otro. Cuando la lucha feminista va ganando batallas de igualdad, ellos, los machistas, cobran fuerza. Y por la fuerza bruta se vengan de la libertad de ellas, de su autonomía, de su toma de decisiones. Una fuerza bestial, criminal, que llega a matarlas. Una fuerza bruta que es ideología. Si se expresara con bombas, constituiría razón de Estado.

La ministra de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad, Ana Mato, dijo que a las mujeres que sufren maltrato es difícil ayudarlas porque ellas mismas no denuncian. En parte es cierto, como saben las personas que han tenido una experiencia cercana de violencia machista, pero no es menos cierto que semejante declaración tiende a minimizar la situación de las víctimas. Como consecuencia de un machismo de nueva tendencia, que arremete contra una supuesta discriminación legal positiva para las mujeres, el testimonio de ellas siempre está bajo sospecha y la veracidad de las denuncias se pone en duda con mucha más frecuencia de lo que es admisible. Lo que en realidad pretendía la ministra Mato era justificar los vergonzosos recortes en la protección a las mujeres víctimas de la violencia machista (y del terror y la incomprensión que les genera y las paraliza a la hora de denunciar) que inspiró en 2004 una Ley Integral Contra la Violencia de Género que, lejos de ser ignorada en la actualidad, debiera estar siendo evaluada, completada y cumplida.

Ahora, el Gobierno del PP, a través de Juan Manuel Moreno, Secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad, viene con un paquete de medidas improvisadas en fin de semana porque se le han acumulado los cadáveres. 22 mujeres asesinadas desde enero de 2013. Y han rascado del sobre un pequeño presupuesto. Bienvenido sea todo ello, pero no será más que un parche. Porque la violencia machista es ideológica; los criminales, los asesinos de mujeres, son el brazo armado de un terror que se difunde desde un sistema moral. Es el machismo que supura la reforma educativa del ministro Wert, donde se elimina la asignatura Educación para la Ciudadanía, que incorporaba la transmisión del valor de igualdad, pero fortalece la asignatura de Religión, para mayor gloria de una Conferencia Episcopal que ha defendido y defiende la educación sexista y que tradicionalmente ha instado a las mujeres a soportar su papel de víctimas del machismo. Es el machismo que supura el borrador de la reforma de la ley del aborto de Gallardón, en la que los intereses de las mujeres prácticamente desaparecen.

Es, en fin, el machismo que inspiró hace pocos días una cutre y ridícula noticia en los Informativos de la televisión pública española sobre la ropa provocativa de la juventud. El machismo de González Pons, vicesecretario de Estudios y Programas del PP, llamando hijos de puta a los asesinos de mujeres. Por encima de discusiones más o menos pertinentes sobre el uso discriminatorio del lenguaje (Purificación Causapié, secretaria de Igualdad del PSOE, le ha recriminado esas palabras), lo que hay que recordarle a González Pons es que los asesinos de mujeres están impregnados de una ideología que desprecia a este género y cuyo caldo de cultivo es una desigualdad como la que promueven sus políticas educativas y sus obispos. Si las 22 víctimas no fueran mujeres, sería cuestión de Estado y lo llamarían por su nombre: terrorismo. Terrorismo machista.

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