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Dos años sin Público

El cierre entraba perfectamente dentro de la lógica de un grupo que irrumpió con la etiqueta de progresista, pero que desde siempre ha contado con unidades de negocio que operan desde la derecha dura hasta el mundo bolivariano.

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Hoy se cumplen dos años del anuncio de deceso del diario  Público, que cerró justo a las puertas de la rentabilidad y cuando parecía llegado su gran momento: el único periódico en papel de ámbito nacional sin la banca en su capital, con cifras económicas y de difusión que mejoraban año tras año en un contexto de desplome del sector y sin vínculos con el tambaleante régimen de la Transición.

El último artículo que escribí en el periódico describía la dureza de la reforma laboral de Mariano Rajoy, que nos retrotraía al siglo XIX. Pocos días después, llegaban al periódico los chicos de Garrigues –uno de los bufetes más duros de la patronal-, llamados por Jaume Roures. El empresario que aún se presenta como trotskista -debe de ser porque sigue aplicando a sus nuevos intereses las enseñanzas de Su moral y la nuestra- les encargó exprimir todo el jugo que la nueva reforma laboral permitía. Naturalmente, los chicos de Garrigues cumplieron.

Roures nos mandó al Fogasa y los que no fueron allí de la mano de Garrigues –como lector de Hegel, el magnate conoce bien la dialéctica del amo y el esclavo- aún no han cobrado la indemnización. Tampoco los colaboradores, a los que adeuda meses de trabajo.

Las facturas de Garrigues son tan caras que en parte se entiende que Roures no pueda pagar a los trabajadores y colaboradores despedidos. Pero el problema no puede ser de dinero: los dueños que fusilaron  Público han abierto recientemente un restaurante de lujo en Barcelona con el excelso cocinero Fermí Puig, una oferta gourmet que se suma a la que el empresario tiene desde hace años en la Costa Brava.

Antes de cerrar  Público, el magnate se presentó a una asamblea de trabajadores y aseguró: "Mi patrimonio es cero; me lo he gastado todo en  Público". Ahora sabemos que tenía parte de razón siguiendo la misma lógica que impera entre los grandes capitalistas duchos en optimización fiscal, que no tienen nada a su nombre: ni la casa, ni la mansión de verano ni los yates ni los coches de lujo que coleccionan ni las obras de arte que atesoran.

Todo está a nombre de empresas. Y muchas de las compañías del imperio Roures acaban conduciendo a Holanda, cuyo régimen fiscal se acerca en algunas cuestiones a la de los paraísos fiscales. El concurso de acreedores de  Público permitió descubrir que, en realidad, la editora del diario de izquierdas, Mediapubli, tenía su matriz en Holanda y que no era otra que  Mediacapital BV, el mismo vehículo inversor que los empresarios catalanes han utilizado para el holding Imagina.

El maltrato a los trabajadores se justificó entonces porque se trataba de un proceso de liquidación de empresa, pero incluso esto acabó siendo un sarcasmo: muy pocos meses después del cierre, los mismos dueños de Mediapubli impidieron que un grupo de trabajadores recuperara la cabecera y presentaron una oferta para quedársela libre del polvo y paja de la deuda (a los trabajadores, a los colaboradores, a la imprenta, a la distribuidora, a la Seguridad Social, etcétera). La recompra y el plan presentado puso sobre la mesa 1,5 millones de euros para publico.es, que sigue teniendo los mismos accionistas que el diario fusilado, aunque con porcentajes distintos entre sí.

Sería muy interesante que el administrador concursal, Ignacio Marroquín, aclarara de dónde salió la inyección económica, no sea que algún acreedor haya sido compensado por esta vía antes de que los trabajadores cobren las deudas, una posibilidad expresamente prohibida por la ley. Uno de los socios de Roures en Mediapuli al que Mediapubli debía un millón de euros es ahora el principal accionista de la nueva sociedad, Display Connector's en la que también están muy bien representados Roures y Tatxo Benet, su compinche en  Público, Mediapro y tantas otras aventuras.

Si el cierre de  Público se analiza con luces cortas dirigiéndose sólo al diario es muy difícil de entender: en un contexto de crisis económica brutal y con el sector de medios en caída libre, el diario mejoró de forma espectacular año a año tanto la difusión como las cifras económicas, hasta el punto de que el último ejercicio se cerró justo a las puertas de la rentabilidad, con unas pérdidas de apenas tres millones de euros, muy inferiores a las de la mayoría de  competidores. Pese a lo que propagó Roures, que responsabilizó del cierre a la crisis, las pérdidas acumuladas se aproximaban mucho a las estimadas del plan de negocio y ello a pesar de que este fue elaborado antes de la crisis. Y para poder echar el cierre incluso tuvieron que dar esquinazo a inversores dispuestos a inyectar capital.

Salvo el administrador concursal, que justificó el cierre con el increíble argumento de que la sociedad se había derechizado al darle la mayoría absoluta al PP y que, por tanto, un diario como  Público se quedaba sin mercado, todo el mundo sabe que la mayoría absoluta de Rajoy era una oportunidad de oro para la cabecera. Hasta la consultora fantasma contratada por Roures para aportar al concurso mercantil una justificación del cierre sudó la gota gorda para respaldar la apuesta patronal: perpetró un informe trufado de errores de bulto y giros sonrojantes como que la difusión del diario en 2010 "únicamente" creció el 29%, una cifra excepcional que se registraba en un contexto de desplome del sector.

Para entender el cierre de  Público es imprescindible pues poner las luces largas y fijarse más bien en Mediapro y la constelación de empresas alrededor de sus dueños, que hasta mediados de la década de 2000 tenía una muy escasa presencia en Madrid. A Roures le gusta explicar que su empresa es "El Corte Inglés del audiovisual", en el sentido de que tiene solución para todo lo que necesite el cliente: guiones, imágenes, cámaras, envío de señal de vídeo, producción técnica, decorados, realización de un programa acabado o en partes, etcétera.  Público –y la promesa de creación de un conglomerado mediático progresista alternativa a Prisa- fue el señuelo en el que cayó el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y que ayuda a explicar la lluvia de contratos hacia esta galaxia empresarial  por trabajos en muchos de los segmentos aludidos que empezaron a firmarse desde las múltiples instancias en la órbita del presidente: RTVE, La Moncloa, el PSOE, comunidades autónomas de gobierno socialista, el Congreso, el Senado... Y también, claro, las reformas audiovisuales de calado –como la que permitió la TDT de pago- emprendidas justo en el momento que más convenían al magnate.

Sin Zapatero en el Gobierno, el diario dejó de tener el sentido que ayuda a explicar su lanzamiento y fue liquidado ipso facto, apenas cuatro meses después del relevo en La Moncloa y a la semana siguiente del fracaso de Carme Chacon por encaramarse a la jefatura del PSOE. El cierre entraba perfectamente dentro de la lógica de un grupo que irrumpió en Madrid con la etiqueta de  progresista, pero que desde siempre ha contado con unidades de negocio que vienen y van en función de la coyuntura política y que operan simultáneamente en todo el arco político, desde la derecha dura (Ecclestone, Agag, López Amor, Tebas) hasta el mundo bolivariano, desde Miami hasta Teherán.

Además, el milagro Mediapro va de la mano de una circunstancia a menudo olvidada en Barcelona o simplemente desconocida en Madrid: toda la acumulación primitiva de capital que puso los cimientos del imperio es indisociable del equipo directivo de la TV3 pujolista que construyó Lluís Prenafeta y en particular de Jordi Vilajoana, uno de los hombres clave entre bastidores de Converència Democràtica de Catalunya (CDC),  tanto con Jordi Pujol como con Artur Mas. Buena parte de ese equipo trabaja hoy en Mediapro, aunque no Vilajoana, actual secretario general de la Presidencia de Mas.

Lo mejor de toda esta historia tan triste es que de las ruinas de  Público han salido muchos medios independientes especializados temáticamente, lo que en la práctica permite a los lectores seguir informados como si aquel diario aún existiera pagando bastante menos. Hay huellas de  Público en  Mongolia, eldiario.es y sus  Cuadernos infoLibre y  Tinta Libre La Marea Alternativas Económicas Materia,  Líbero... No falta ni una sección.

Además, coincidiendo con el segundo aniversario del deceso, el más exitoso de todos los nuevos medios surgidos de esa detonación,  eldiario.es, acaba de superar en audiencia a  publico.es, según los datos de Comscore, la medidora de referencia, al rozar ya nada menos que los dos millones de lectores.

Público murió ahora hace dos años, pero la vida sigue incluso cuando los magnates más poderosos aprietan el gatillo.

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