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Los asesinos de mujeres y Juana Rivas

No sé cuántos niños más tienen que ser asesinados en las visitas, o fuera de ellas, para que los jueces nieguen la custodia y las visitas a los hombres condenados por malos tratos a mujeres

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Pancarta de la manifestación del 7N. / Marta Borraz

Pancarta de la manifestación del 7N. / Marta Borraz

El anteúltimo hombre español asesino de una mujer es un antropólogo vasco, de Bilbao, se llama Héctor Menchero y se fue hasta Ecuador para asesinar a la que fue su mujer, con la que tenía una hija.

Con este crimen llegamos a las 34 mujeres asesinadas por hombres en España y a las 103 en Ecuador en lo que va de 2017. Una matanza. Matanza que sobrecoge aún más si en vez de hacer una contabilidad anual –como si pudiéramos poner el mortal cuentakilómetros a cero cada uno de enero– recontáramos las mujeres asesinadas desde que hay estadísticas en España: más de mil. Más que ETA.

El antropólogo vasco, 45 años, asesinó a Paola, un mujer ecuatoriana, ingeniera de sistemas, de 43 años, que había abandonado a su asesino hace seis años por maltrato y se había ido de Bilbao para vivir en Ecuador, creía que sin miedo, con su hija.

Para confirmar el carácter transversal, aquí sí, de los asesinos de mujeres, hay que decir que el criminal trabajaba en programas de intervención social y cooperación en Ecuador. En el perfil profesional del asesino de la que fue su mujer nos muestran un historial académico brillante y solidario: licenciado en Antropología e Historia por la Universidad de Deusto, máster en Derecho Internacional por la Universidad del País Vasco, becas en cooperación, voluntariado… , según nos cuenta El Diario Vasco.

Uno ya sabía, porque me lo había contado una mujer víctima, que un catedrático de ética podía ser un torturador de su mujer y de sus hijas durante años y mantener un perfil amigable en la manada que sostiene que 'algo habrá hecho' la mujer maltratada para ser maltratada por un tío tan 'bueno'.

Paola, la asesinada, pensaba que estaba bien para su hija que su padre, a pesar del maltrato, tuviera contacto con su hija después de la separación. Por eso accedió a que Héctor viajara a Ecuador y estuviera con la cría que se acaba de quedar huérfana. En este último viaje, el antropólogo vasco asesinó a la que fue su mujer. Diez puñaladas en el pecho y cinco en la espalda. Saña. Saña machista. Abandonada en un coche, en un descampado.

Hay decenas de mujeres que han sido asesinadas después de acceder a que sus exmaridos maltratadores estuvieran con sus hijos. Hay decenas de niños que han sido asesinados en las visitas a las que tenían derecho, por sentencia judicial, sus padres asesinos.

Aquí se debería abrir el debate: ¿puede ser buen padre un maltratador? Parece que no; no solo por los asesinatos de hijos y de mujeres, más bien por una imposibilidad intrínseca. Hay padres que han estrellado en coche a sus hijos delante de su madre. Esa violencia vicaria que llega al paroxismo en el caso Bretón: asesinar a los hijos para hacer el mayor daño posible a la madre que acaba de anunciar al asesino que no aguanta más y se separa.

Hay sentencias judiciales que establecen que el hijo de la maltratada visite a su padre maltratador ¡que estaba en la cárcel! Eso no puede ser bueno para el hijo.

No sé cuántas mujeres más tienen que ser asesinadas en las visitas, o fuera de ellas, cuántos niños más tienen que ser asesinados en las visitas, o fuera de ellas, para que los jueces nieguen la custodia y las visitas a los hombres condenados por malos tratos a mujeres.

Juana Rivas se ha negado a entregar a sus hijos a su exmarido maltratador; condenado por violencia contra la que fue su mujer. Acaba de difundir una carta en la que dice que sus hijos corren peligro por "errores judiciales" y no siente que esté fuera de la ley por no entregarlos al maltratador.

Como en toda la violencia machista, depende de dónde pongamos la cámara para analizar bien la matanza. Hay quien ha conseguido situar a la mujer realmente víctima en el papel de supuesta culpable; otra vez la martingala de las presuntas denuncias falsas, que son el cero coma cero, y así hasta no sé cuántos ceros, para llegar a menos del uno por mil. Son los que insultan a las mujeres con calificativos infames que tantos medios reproducen con la naturalidad propia de un campo de concentración. Otra vez la mujer maltratada obligada a dar explicaciones a todo el mundo, mientras se da por bueno que el condenado por maltrato no lo es, que se conformó con la pena por no enredar. Ya. Quedamos a la espera de la siguiente mujer asesinada, a la espera de los siguiente hijos asesinados, así sea a manos de ignorantes o doctores.

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