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¿Por qué China mantiene las distancias?

El presidente de China, Xi Jinping.
20 de enero de 2026 22:58 h

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Las crisis internacionales se suceden de manera prácticamente ininterrumpida: Gaza, Siria, Irán, Venezuela… acontecimientos que, en apariencia al menos, reconfiguran la correlación de fuerzas a nivel global. En cada uno de estos escenarios, China emerge con doble presencia: primero, en el análisis de la contextualización de los hechos, y segundo, en la evaluación de su posible reacción.

Hoy, China se perfila como la única potencia efectiva capaz de confrontar a Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump. En los albores de esta segunda fase de la guerra comercial, el país demostró tanto voluntad como capacidad para ejercer contrapesos, apoyándose en un poder económico que le proporciona confianza suficiente para actuar con firmeza. No obstante, más allá de esta demostración inicial, China parece adoptar una actitud de contención, evitando la intervención directa en múltiples escenarios de conflicto. Esta distancia estratégica suscita interrogantes: ¿a qué responde?

Es necesario, en primer lugar, abandonar la analogía con la Guerra Fría. China no es la Unión Soviética, aunque pueda ser situada en un marco ideológico de cierta similitud. La visión que los líderes chinos mantienen respecto a la competencia internacional difiere sustancialmente de la lógica de confrontación propia del mundo bipolar; su aproximación no busca reproducir la confrontación geopolítica que Estados Unidos impone según sus propios términos.

Asimismo, aunque China constituye la primera potencia económica del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo, todavía enfrenta un prolongado proceso de modernización que se extenderá, previsiblemente, durante varias décadas. Paralelamente, la principal fuente de legitimidad política se deriva actualmente de su capacidad para sostener avances internos en desarrollo económico y bienestar social, beneficiando al 20 % de la población global que representa.

En el plano internacional, los desafíos de seguridad más significativos se concentran en su entorno regional inmediato: el Mar de China Meridional y, especialmente, Taiwán. Es en estas áreas donde China desplegará prioritariamente sus recursos estratégicos. Otros escenarios internacionales son gestionables en clave económica, con un equilibrio global que puede ser administrado con relativa solvencia.

La estrategia china se caracteriza por la evitación de la confrontación directa y la promoción de acuerdos sostenibles a largo plazo: beneficios mutuos, desarrollo coordinado y consolidación de vínculos económicos y políticos que incrementen su presencia hasta volverla imprescindible. La proyección militar, la expansión ideológica o el mesianismo político no figuran entre sus prioridades estratégicas. El prestigio de China como referente global se explica, en buena medida, por el crecimiento sostenido de su economía y por su apuesta decidida a favor del progreso compartido como mecanismo de estabilidad frente a las crisis internacionales.

Este enfoque conlleva implicaciones relevantes: China no rechaza intervenir en situaciones de crisis, pero lo hace de manera concertada. Nunca actúa aisladamente como manifestación unilateral de su poder; busca coordinación con socios afines, instituciones multilaterales representativas y se enmarca dentro del sistema de Naciones Unidas. Tal actitud complementa sus recurrentes llamados al diálogo, al cese de hostilidades, la no injerencia y a la defensa de la soberanía, consolidando un enfoque inclusivo y colectivo.

Surge, entonces, una cuestión prospectiva: ¿hasta cuándo mantendrá China esta postura de contención? ¿Asumirá nuevas responsabilidades en el escenario global de forma diferente? Es plausible prever un activismo diplomático creciente, pero siempre dentro de un marco multilateral y mediante soluciones institucionales. Este es el método mediante el cual China busca equilibrar un orden internacional en transformación, con una prudencia consciente de sus limitaciones. Su gestión del abandono de los marcos multilaterales por parte de Estados Unidos ejemplifica esta cautela estratégica.

Si bien la delgada línea entre prudencia y desentendimiento puede ser motivo de debate, resulta más pertinente centrar la atención en los principios, las propuestas y la narrativa general que China proyecta. La consistencia entre palabra y acción distingue a este país de otros actores internacionales, habituados a la discrepancia entre declaración y conducta. Esta coherencia contribuye significativamente a su prestigio y a la acumulación de capital político a escala global.

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