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España está ingobernable, quién la gobernará...

El fantasma de la ingobernabilidad es el único voto útil que les queda en la recámara a los grandes partidos a estas alturas

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Ingobernabilidad: apréndanse la palabreja y vayan practicando el trabalenguas, porque lo vamos a oír repetido muchas veces en las próximas semanas: España está ingobernable, quién la gobernará, el gobernante que la gobierne buen gobernante será.

El sondeo de ayer del CIS refuerza lo que medios, analistas y dirigentes políticos vienen avisando hace meses: que tras el 24M no habrá quien gobierne unos parlamentos y ayuntamientos fragmentados (apunten esa otra: fragmentación), y lo mismo pasará en el Congreso tras las generales: ingobernabilidad. Fragmentación. Caos.

Para muestra, Andalucía, donde los malabarismos para sacar adelante una simple investidura dan la medida de lo que puede ser aprobar unos presupuestos. A Susana Díaz le salió mal la jugada de buscar estabilidad con el adelanto, pero de rebote ha prestado otro servicio al sistema: convertir Andalucía en un territorio ingobernable que sirva como advertencia de lo que pasará en toda España. Y tú, inocente lector, no querrás eso para tu ciudad o comunidad, ¿verdad? Hacen falta gobiernos fuertes, aquí y en el Reino Unido.

El fantasma de la ingobernabilidad es el único voto útil que les queda en la recámara a los grandes partidos a estas alturas: votadme a mí, dadme fuerza suficiente para poder gobernar sin que el parlamento sea una jaula de grillos. Votadme a mí, si no queréis tener que repetir las elecciones por incapacidad de acuerdos. Un mensaje dirigido a esa enorme masa de indecisos-decisivos.

Y si no cuela, y los votantes insisten en preferir la ingobernabilidad, aun les queda esa bala extra: que unos meses de bloqueo obliguen a convocar unas elecciones anticipadas que devuelvan el orden perdido, la gobernabilidad de antaño. Yo cada vez estoy más convencido de que ese es el plan B del bipartidismo para las próximas generales: dejarnos ingobernables una temporadita para que los echemos de menos y acabemos pidiendo su vuelta en anticipadas.

Pues no sé ustedes, pero si por gobernabilidad entienden la que hemos disfrutado durante décadas, yo casi me quedo con la ingobernabilidad. Porque además, la posible ingobernabilidad de hoy es hija de la gobernabilidad pasada, de la forma en que el sistema electoral, el bipartidismo y el consenso gobernaron este país hasta volverlo ingobernable.

La gobernabilidad anterior es también la que nos ha hecho incapaces de aquello tan normal en otros países: pactar. En España, hablar de coaliciones y acuerdos de gobierno siempre ha sido un drama, un mal plan. Un horror. “Niño, cómetelo todo o vendrá el tripartito”. Hagan la prueba, verán cómo funciona. O pronuncien “cuatripartito” delante de un espejo, verán cómo les tiembla la mandíbula. De ahí que, antes que tener que pactar con nadie, propongan reformas electorales para que gobierne la lista más votada o haya segunda vuelta.

La temida ingobernabilidad sería el reflejo coherente de un país que lleva varios años ingobernable en todos sus espacios y niveles. Si hasta nuestras vidas se han vuelto ingobernables, cómo no iba a pasar lo mismo en los parlamentos.

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